“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

17/2/11

Elevado consumo de fibras disminuye riesgos de enfermedades

La elevada ingestión de fibra procedente de granos disminuye los riesgos de muerte asociada a enfermedades cardíacas, respiratorias o infecciosas, concluye un reciente estudio.

Publicado en la revista especializada Archives of Internal Medicine, la investigación abarcó unos 400 mil adultos entre 50 y 70 años de edad, quienes respondieron cuestionarios sobre sus hábitos alimentarios y frecuencia de consumo de 126 productos específicos. Los especialistas también analizaron otros factores de riesgo como peso, nivel educativo, tabaquismo y condición de salud.

Los peligros de fallecimiento descendieron en las personas que ingerían más fibra. Los resultados indican que sus beneficios van más allá de la salud del corazón, destacó en alusión a estas conclusiones Frank Hu, de la Escuela de Salud Pública de Harvard.

Los hombres y mujeres que consumieron la mayor cantidad de fibra tenían un 22 por ciento menos de posibilidades de morir en comparación con aquellos que las ingirieron en menor cantidad, explicó en el artículo Yikyung Park, del Instituto Nacional del Cáncer.

La fibra alimentaria constituye la parte estructural de las plantas y se encuentra en todos los alimentos derivados de los productos vegetales como frutas, verduras, cereales y legumbres. El consumo actual diario es de 25 gramos para las mujeres y 38 para los hombres o 14 gramos por cada 1000 calorías.

Ítalo Calvino describe a Maurilia, una ciudad invisible

En Maurilia se invita al viajero a visitar la ciudad y al mismo tiempo a observar viejas tarjetas postales que la representan como era: la misma plaza idéntica con una gallina en el lugar de la estación de ómnibus, el quiosco de música en el lugar del puente, dos señoritas con sombrilla blanca en el lugar de la fabrica de explosivos. Ocurre que para no decepcionar a los habitantes, el viajero elogia la ciudad de las postales y la prefiere a la presente, aunque cuidándose de contener dentro de las reglas precisas su pesadumbre ante los cambios: reconociendo que la magnificencia y prosperidad de Maurilia convertida en metrópoli, comparada con la vieja Maurilia provinciana, no compensan cierta gracia perdida, que, sin embargo, se puede disfrutar solo ahora en las viejas postales, mientras antes, con la Maurilia provinciana delante de los ojos, no se veía realmente nada gracioso, y mucho menos se vería hoy si Maurilia hubiese permanecido igual, y que de todos modos la metrópoli tiene este atractivo más: que a través de lo que ha llegado a ser se puede evocar con nostalgia lo que era.



Hay que cuidarse de decirles que a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí. En ocasiones hasta los nombres de los habitantes permanecen iguales, y el acento de las voces, e incluso las facciones; pero los dioses que habitan bajo esos nombres y en esos lugares se han ido sin decir nada y en su sitio han anidado dioses extranjeros. Es inútil preguntarse si estos son mejores o peores que los antiguos, dado que no existe entre ellos ninguna relación, así como las viejas postales no representan a Maurilia como era, sino a otra ciudad que por casualidad se llamaba Maurilia como ésta.