“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

12/12/11

Julio Cortázar al término del polvo y el sudor

Julio Cortázar por Villarreal
(Relectura del cronopio a veintisiete años de su muerte)

Julio Rafael Silva Sánchez 

Prolegómeno (¿o, tal vez, epílogo?) arbitrario

Especial para La Página
En el Cementerio de Montparnasse, al Suroeste de París, no muy lejos del Sena, una sencilla y solitaria lápida sugiere apenas la condición del viajero:
Julio Cortázar// (Bruselas, 26/01/1914 - París, 12/02/1984) // Fue capaz de ascender a la aceptación (de un territorio reconquistado) o al encuentro (consigo mismo) que se produce solamente hacia el final del camino, como un acto poético, como posesión de una realidad al margen de signos y sistemas, como una voluntad de ser (libre de rediles y máscaras institucionalizadas).
Así despedía el mundo hace veintisiete años a este enormísimo cronopio que fue Julio Cortázar: un autor (novelista, poeta, cuentista, ensayista, fotógrafo), quien siempre se propuso (¡y vaya que lo logró!) superar el falso dualismo entre razón e intuición, materia y espíritu, acción y contemplación para alcanzar la visión de una nueva realidad, más mágica, más real y más humana. En esa dirección, Cortázar intenta retomar la búsqueda de una meta muy antigua: la reintegración del arte a la vida, la fusión y complementación de lo psíquico y lo social.

17/9/11

La moderna y deliciosa esclavitud del BlackBerry


La escritora francesa Marguerite Yourcenar, en su magnífico libro "Memorias de Adriano", escribió: "Dudo de que toda la filosofía de este mundo consiga suprimir la esclavitud, a lo sumo le cambiarán el nombre".

En la otra época de la esclavitud en Estados Unidos, a los esclavos nuevos, y mientras tanto no hubieran sido debidamente alienados y domesticados, se les ataba una bola negra de hierro muy irregular (no era una bola perfecta), con una cadena y un grillete al pie, para que no escaparan corriendo de los campos de algodón.

Los amos, para usar un eufemismo (palabra políticamente más correcta, suena más bonito), le llamaban Black Berry (cereza negra) porque se asemejaba a dicha fruta.