En Las luchas de
clases en Francia (1850) –una serie de artículos publicados luego como
panfleto separado (1895)–, Carlos Marx, analizando las grandes transformaciones
políticas por las que a mitad del siglo XIX pasa este país, describe la lucha
de clases como “política ejercida en ‘terreno ideológico’ y en ‘disfraces
ideológicos’”. Hoy, desde luego, seguimos en el terreno ideológico e incluso
–por la contraofensiva del neoliberalismo– quizás más que nunca. Seguimos, también, en el teatro de los disfraces. En la
escena política francesa destacan las patéticas figuras de François Hollande y
Manuel Valls, que sólo andan de socialistas para representar mejor los intereses
clasistas de la patronal y del gran capital. Pero después de varios años de
aburrimiento y tras oscuros meses de desmovilización por las amenazas del
terror y miedo inducido desde el Estado, finalmente se caen las máscaras.
Las intensas movilizaciones sindicales –huelgas, piquetes,
bloqueos, hasta luchas en las barricadas– y el surgimiento del movimiento Nuit
debout en respuesta a la neoliberal reforma laboral que aumenta horas de
trabajo, facilita despidos, anula la negociación colectiva y contratos por rama
gremial, arrastrando a los trabajadores de vuelta al siglo XIX y tiempos de
Marx, constituyen un nuevo capítulo en las luchas de clases en Francia.
Tras dos meses y medio del estallido de Nuit debout son otra
vez los sindicatos los que tienen la iniciativa. Hace unas semanas, Stathis
Kouvelakis hizo una observación crucial: hay que ver qué sector será la
locomotora de las movilizaciones actuales, el papel que en otros ciclos de
protesta cumplían trabajadores de refinerías y ferrocarrileros (The Jacobin, 16/5/16).
¿La locomotora?
Curioso: es justamente en Las luchas... donde Marx incluye la famosa aseveración las
revoluciones son las locomotoras de la historia, que casi 100 años más tarde
Walter Benjamin encuentra tan problemática.
Tal vez la frase –acorde con el dictum benjaminiano– debería ser entonces: “hay que ver qué sector
será capaz de ‘jalar el freno de emergencia’”; sea como sea, en la cabeza están
otra vez los refineros y los ferrocarrileros. Los primeros paralizando el
suministro de combustible en todo el país y los segundos –en la huelga abierta
desde hace dos semanas– deteniendo la mitad de conexiones locales y 80 por
ciento de trenes rápidos (TGV). Detienen incluso el tren especial en que viaja
el trofeo de la Eurocopa 2016, una pasajera bocanada de aire que el gobierno
aprovecha para desviar la atención interna e internacional de las protestas.
Tiene razón David Fernbach, aunque en varios aspectos se
queda corto: Las luchas... es un
documento formidable. Allí Marx por primera vez trata de explicar el presente
usando su método materialista y empieza a desarrollar de manera sistemática
conceptos para analizar el fenómeno de la lucha de clases: una lucha de grupos
cuya existencia e intereses son determinados por las relaciones de producción
(en: Karl Marx, Surveys from exile,
2010, p. 9).
Afina su argumento.
Hasta ahora –incluso recién en Manifiesto comunista (1848)– habla sólo de dos clases (la
burguesía y el proletariado), pero estudiando a Francia descubre una rica
variedad de ellas y de sus fracciones, sobre todo las que conforman el bloque
de poder. Al final resultará que la lucha de clases es posible precisamente
porque no hay solo dos clases, sino más elementos que no encajan, y que el
conflicto se da porque luchan por encajar o porque otros luchan por apropiarse
de ellos.
Hablando de la democracia representativa –y tratando de
responder a una pregunta: ¿cómo es posible que una minoría de clase propietaria
logra gobernar a los demás?– enfatiza que ésta nace como un producto de la
lucha de clases y que en ella tendrá su fin. Negar esto o tener ilusiones de lo
contrario es para él un ‘“cretinismo parlamentario’: una epidemia que se
propagó ampliamente por Europa a partir de 1848”. Si bien Marx no desecha la
democracia parlamentaria (sic), tampoco defiende mucho el sufragio universal
(sic) –un fenómeno marginal en su tiempo (p. 13-14)–, prefiriendo criticar el
poder mágico que le atribuyen los sectores dominantes que acostumbran contraponer
reglas abstractas de justicia a los resultados inmediatos de la lucha de
clases.
Cuando en 1848 el gobierno de Lamartine niega al pueblo de
las barricadas parisinas el derecho de declarar una (nueva) república, diciendo
que sólo la mayoría de los franceses tiene esta facultad, que hay que esperar
su voto y que todo esto es una usurpación, Marx responde con una amarga ironía:
La burguesía permite al proletariado sólo un tipo de usurpación: la de la lucha
(The class struggles..., en: Surveys from exile, p. 42).
He aquí un déjà vu: el otro día a los manifestantes que en
las calles de París demandan el retiro de la ley laboral, el primer ministro
Valls les dice: ¡La democracia no es la calle! ¡La democracia es el voto! (Libération,
9/6/16).
¡Vaya ironía!
Lo dice el mismo político que –frente a la resistencia en
las filas de su propio Partido Socialista (cuyo nombre sin embargo ya no engaña
a nadie...)– no se anima a poner dicha propuesta a un debate parlamentario y
sujetarla a la votación, como debería ser, sino opta por pasarla por decreto
(¡sic!), un mecanismo antidemocrático por excelencia.
Y él mismo, cuya (im)popularidad –73 por ciento de
desaprobación vs 18 por ciento de aprobación– contrasta con la opinión de 72
por ciento de los franceses que rechazan la nueva ley (Le Figaro, 2/6/16). Pero por supuesto, hay que esperar el voto y
todo lo contrario sería una usurpación, dirán los defensores de la democracia
procedural contagiados del virus del cretinismo parlamentario que aún no se
extinguió en las Europas (y hasta se propagó por el mundo). Esperar, esperar,
esperar... mientras las clases dominantes pasan por debajo de la mesa reformas
antipopulares sin posibilidad de ser aprobadas ni siquiera en los parlamentos
controlados por su propio bloque de poder.
Se mire como se mire en 2016, igualito que en los tiempos de
Marx, el único tipo de usurpación que la burguesía permite a la clase
trabajadora es la de la lucha.
En efecto: ¡bienvenidos de vuelta al siglo XIX!
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