
Sus libros y sus ideas marcaron mi adolescencia y mis años
universitarios, desde que descubrí sus cuentos de El muro, en 1952, mi último
año de colegio. Debo haber leído todo lo que escribió hasta el año 1972, en que
terminé, en Barcelona, los tres densos tomos dedicados a Flaubert (El idiota de
la familia), otra de las tetralogías que dejó incompletas, como las novelas de
Los caminos de la libertad y su empeño en fundir el existencialismo y el
marxismo, Crítica de la razón dialéctica, cuya síntesis final, prometida muchas
veces, nunca escribió.