
El jueves 14 de marzo, varias decenas de trabajadores de la
metalurgia Arcelor-Mittal, situada en la Lorena, llegaron a París en
cuatro autobuses. Venían a ratificar sus reclamos y a manifestar su cólera al
presidente-candidato Nicolas Sarkozy. Este había anunciado recientemente nuevas
inversiones –17 millones de euros en la planta de Florange– y el
compromiso de que la empresa, uno de los bastiones de la siderurgia francesa,
se mantenga. “Estará en funcionamiento en
el segundo semestre 2012”, les aseguró en un discurso radial reciente.
Apenas 24 horas después, la dirección del grupo decía todo lo contrario. En una
reunión del consejo de administración, quedó flotando la amenaza de no
reactivación de la planta. El último alto horno de la siderurgia integrada en
Francia no parece tener porvenir.