“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

28/2/14

En el 450 aniversario del nacimiento de Galileo Galilei (I, II, III & IV)

  • Con un recuerdo para Antonio Beltrán y Manuel Sacristán
 Salvador López Arnal  |  Además del 75 aniversario del gran triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, del que por cierto apenas se habla en esta ciudad mediterránea, se han cumplido también 450 años del nacimiento de uno de los grandes científicos y filósofos de la historia de la Humanidad. Hablo de Galileo Galilei por supuesto. Tres grandes filósofos ibéricos, que ya no están entre nosotros, también felices cuando recordaban el triunfo popular durante la II Republica española, se aproximaron a la figura del científico y filósofo pisano. El primero que queremos traer de nuevo a nuestro recuerdo, Antonio Beltrán, escribió uno de los libros de historia de la ciencia más importantes que se han publicado nunca en nuestro país.

En la entradilla de una entrevista de finales de septiembre de 2007, se señalaba:
“El historiador barcelonés de la ciencia Antonio Beltrán acaba de publicar el resultado de 25 años de investigación sobre el "caso Galileo" y sus secuelas: Talento y poder. Historia de las relaciones entre Galileo y la Iglesia Católica (Editorial Laetoli, Pamplona, 2007). Un libro raro, por lo pronto, en un mundo hispano demasiado acostumbrado a obras, cuando mucho, de erudición vergonzantemente mendigada. Y un libro fascinante, que aúna insólitamente genuina erudición humanista, acribia histórica, rigor filosófico y convincente prosa castellana. No faltan, además, perspicacia y coraje políticos: porque Talento y poder es también una devastadora crítica de la reciente historiografía revisionista que, en clave apologética, ha pretendido en las últimas décadas minimizar o falsear la persecución de que fue objeto Galileo por parte de la Iglesia católica y aun la permanente hostilidad de ésta a la cultura científica moderna.”
Vale la pena recordar algunos momentos de la conversación.

Sobre Talento y poder y su excelencia literaria:
“Dando por sentado que el primer requisito que uno intenta satisfacer es el rigor histórico y la precisión conceptual, creo que siempre hay que tratar de hacer una exposición lo más comprensible, agradable e interesante que sea posible. Pero no se ha tratado sólo de un problema de voluntad o decisión. Una fuente documental básica es la amplísima correspondencia de los protagonistas del caso, sobre todo de Galileo. Conservamos nueve gruesos volúmenes de cartas, que permiten seguir, en muchas ocasiones día a día, el desarrollo de los acontecimientos. Posiblemente esto induce a un cierto estilo narrativo y en cierto modo sugiere un determinado modo de entreverar la información pertinente al contar la historia. En todo caso, creo que ahora entiendo un poco mejor las afirmaciones de algunos escritores en el sentido de que, en ocasiones, las historias parecen tener cierta dinámica autónoma que, en cierto modo, se les impone.”
Sobre la acusación central de la Iglesia católica contra Galileo:
“Según la versión oficial de la sentencia fue condenado porque con la escritura y publicación del Diálogo había desobedecido un precepto recibido en 1616 que le prohibía tratar de ningún modo la teoría copernicana que ya había sido condenada y declarada contraria a las Escrituras. No obstante, si tenemos en cuenta que el libro había sido publicado con todos los permisos, tras un largo proceso de censura de dos años, es obvio que la cuestión era más compleja.”
Sobre si la condena tuvo lugar tras un sereno y prolongado período de reflexión:
“Creo que una de las tesis que el libro prueba de un modo más detallado y exhaustivo es precisamente que la condena del copernicanismo y de Galileo no fueron fruto de ninguna sesuda reflexión filosófica, científica o metodológica. Quienes decidieron fueron las autoridades eclesiásticas ignorantes en el tema, no los especialistas. Pablo V fue famoso por su desprecio de la cultura y del refinamiento intelectual. Bellarmino era totalmente incompetente en el ámbito científico por el que mostraba un considerable desprecio. Era un fundamentalista bíblico que consideraba las Sagradas Escrituras no sólo como autoridad moral inapelable sino como fuente de conocimiento cosmológico detallado que oponía a los astrónomos. En cuanto a Urbano VIII, puede decirse que en los momentos iniciales de euforia de su papado coqueteó con algunos innovadores como Galileo, pero estaba tan lejos de compartir las ideas innovadoras como Bellarmino. Y en este juego equívoco ni siquiera fue capaz de entender las implicaciones de su famoso argumento teológico, que Galileo supo aprovechar. Por lo demás, los intelectuales más competentes de la Iglesia, en especial los matemáticos jesuitas, simplemente fueron fieles a su voto de "obediencia ciega". Según sus propias declaraciones, no hicieron auténtica investigación científica. Se plegaron a las autoridades eclesiásticas más incompetentes que ellos y pensaron a su servicio.”
Sobre la aparente “imprudencia” político-religiosa del científico pisano:
“Galileo creía honestamente que no tenía por qué haber conflicto entre la investigación científica y las Sagradas Escrituras. Pero, en 1616 la Iglesia le prohibió sostener o defender sus tesis tanto exegéticas como cosmológicas. A partir de ese momento nunca expuso públicamente sus auténticas ideas. Y lo cierto es que cuando publicó su Diálogo en 1632 lo hizo sometiéndose a todas las condiciones, limitaciones y cortapisas que el propio Papa le había impuesto, accediendo a falsear sus propias creencias, al gusto de los censores. No obstante, aun respetando las desventajosas reglas de juego impuestas, su talento le permitió, en un arriesgado juego, ganar muchas bazas proporcionando material suficiente al lector para que sacara sus propias conclusiones. Si el talento resulta insultante y la prudencia se identifica con el silencio, la renuncia y la entrega absoluta al poder, Galileo, en efecto, no fue prudente.”
Sobre la denominada "Rehabilitación de Galileo" iniciada en 1979 por Juan Pablo II, que parecía indicar un cambio de actitud por parte de la Iglesia y la disposición a reconocer los propios errores:
“Un poco de historia resultará útil para responder. Desde el s. XIX la Iglesia ha tomado varias iniciativas respecto al caso Galileo. 1. En 1820 la vigencia de la condena de la teoría copernicana como falsa resultaba ridícula. Un sonado caso interno –el caso del canónigo Settele- obligó a tomar una decisión y el comisario del Santo Oficio, Mauricio Olivieri desarrolló y ratificó una tesis que ya se había venido elaborando: en su condena de la teoría copernicana de 1616 la inquisición había actuado con toda pulcritud científica, porque entonces Galileo no tenía pruebas; ahora, en 1820 tales pruebas ya existían y se retiraba del Índice la condena del Diálogo de Galileo y otras obras copernicanas. Así pues, no se reconocía ningún error, se ratificaba un doble acierto. 2. A principios del s. XIX Napoleón se había llevado a París todos los documentos inquisitoriales del caso Galileo. Tras ser recuperados por Roma, el Prefecto de los Archivos Secretos Vaticanos, Marino Marini, publicó en 1850 una obra en la que utilizaba parcial y fraudulentamente tales documentos para afirmar que mostraban la "sabiduría y moderación" de la Inquisición frente a la conducta "siempre incoherente, sino siempre maliciosa" de Galileo. El exceso pareció exagerado incluso a los propios apologistas. Cuando se publicaron los documentos, los historiadores independientes denunciaron fundadas sospechas de fraude en alguno de los documentos inquisitoriales del proceso de Galileo. 3. En 1942, en presencia de Pío XII, Agostino Gemelli, rector de la Academia Pontificia de Ciencias anunciaba con gran fasto que se había encargado al historiador de la Iglesia Pío Paschini una obra sobre Galileo que ubicaría su obra "en su verdadera luz". La imagen que daba Paschini de la actuación de los jesuitas, la Inquisición y la Iglesia en el caso Galileo no gustó a la Inquisición y no se permitió la publicación del libro. Muerto Paschini, en el concilio Vaticano II, se decidió publicarlo tras una revisión del jesuita Edmond Lamalle, que introdujo, según dijo, "algunas intervenciones muy discretas " para actualizarla. La comisión del Concilio consideró que en el libro de Paschini "se expone todo en su verdadera luz" y se citó en la Gaudium et Spes en el contexto de la defensa de la "legítima autonomía de la ciencia" por parte de la Iglesia. El cotejo con el manuscrito de Paschini ha demostrado que la obra publicada cambia, falsea e invierte más de 100 textos del original que parecieron excesivamente críticos con la actuación de la Iglesia o de sus miembros”.
Sobre la intervención de Juan Pablo II:
“En 1979, Juan Pablo II anunció al mundo la creación de una comisión que iniciaría una "reflexión serena y objetiva" sobre las condenas del copernicanismo y de Galileo y se auguraba el "reconocimiento leal de los errores, vengan de donde vengan". Las conclusiones de la comisión, anunciadas por el propio Papa en 1992, pueden resumirse diciendo que se trató de una cuestión teológica, filosófica y científica, en la que, paradójicamente, Galileo erró en el ámbito metodológico científico (una vez más: no tenía pruebas y no fue fiel al método experimental), mientras que fue "más perspicaz" que "la mayoría de los teólogos" en el ámbito de la interpretación bíblica. En cambio el cardenal Bellarmino fue el más sagaz y acertó en ambos campos. Según Juan Pablo II, se trató de un "doloroso malentendido que pertenece ya al pasado". Afirmó que, de hecho, los errores cometidos ya fueron reconocidos en la decisión aludida de 1820, al permitir la publicación de obras copernicanas, que clausuró el debate. No resulta extraño que estas conclusiones causaran perplejidad entre los historiadores y especialistas y que incluso alguno de los propios miembros de la comisión papal criticara durísimamente su total falta de rigor histórico y argumental”.
Sobre si la posición de la Iglesia romana ha cambiado esencialmente a lo largo de los años:
“No, en las últimas décadas la posición de la Iglesia no ha cambiado sustantivamente y hay una coincidencia abrumadoramente mayoritaria en que, de nuevo, la prioridad ha sido tratar de salvar su propia imagen. Pero se puede sospechar que los destinatarios de esta última iniciativa papal no eran los especialistas. No cabe olvidar que estas tesis, que simplemente repiten las de la apologética tradicional, trascendieron a la prensa con titulares según los cuales el Papa había rehabilitado a Galileo y había pedido perdón. En todo caso, sólo añadiré que en 1993, el cardenal Ratzinger, actual Papa, declaraba que "el proceso contra Galileo fue razonable y justo". Pero hay un hecho importante que, aunque merecería mayor comentario, debe ponerse en el haber de la Iglesia: en 1998 abrió los archivos secretos a los investigadores.”
Sobre los ejes esenciales de la visión alternativa que defiende el autor, sobre la hipótesis alternativa de las motivaciones e intrigas que llevaron a la confesión y condena de Galileo:
“En la última parte del libro se ofrece una reconstrucción del proceso que, frente a la versión oficial y otras de amplio eco, muestra la importancia fundamental del tema del argumento de Urbano VIII, la reacción de este ante el desvelamiento de su propia incompetencia en la delicada situación política del momento y su absoluto protagonismo en todos y cada una de las decisiones que se tomaron. Pero hay un cúmulo de elementos (el funcionamiento de la Inquisición, la revisión de los hechos y documentos de 1616, el análisis de las ideas y papel de Bellarmino y de los jesuitas, el equívoco que se introdujo con Urbano VIII en 1624 y la génesis de la situación que condujo al proceso, la construcción de la versión oficial del caso y su desarrollo posterior por cierta historiografía) cuya combinación forma parte esencial de la nueva visión alternativa de conjunto que ofrece el libro.”
Sobre el "A modo de epílogo" con un poema de Jaime Gil de Biedma, "El arquitrabe":
“Un libro como el mío tiene que dar necesariamente mucha información y argumentar incansablemente. El poema puede ir directamente a lo esencial creando el propio contexto. Si se sustituye "el arquitrabe y sus problemas" por "el argumento teológico de Urbano VIII", por ejemplo, nos puede remitir igualmente a la gente o temas "pomposos" con los que nos vemos obligados a vivir. A problemas o pseudoproblemas cuya naturaleza no se entiende bien, pero que se supone que plantean "graves peligros", tan "inaprensibles" como los "enemigos" que se "insinúan por todas partes". Así, los hechos más cotidianos, "besar a una muchacha o comprar un libro" o discutir el movimiento terrestre, cobran una trascendencia y significados tan indefinibles como ominosos. Me pareció una pulcra síntesis poética de un aspecto central del caso Galileo.”
Sobre la extensión y las razones para emprender la lectura de un libro de 800 páginas:
“El caso Galileo ha sido contado e incluso inventado tantas veces que hoy no es posible dar una visión global de conjunto sin contarla –e incluso des-contarla- con detalle. Y cuanto más minuciosa es la narración más apasionante resulta. Que un libro de estas características requiera una segunda edición a los cuatro meses de su `publicación significa que ha interesado mucho más allá del círculo de especialistas. Esto, a su vez, demuestra que "el caso Galileo" es perfectamente comprensible para cualquier persona culta. Un aspecto concreto que puede tener cierto interés es que en el libro se proporciona la traducción de prácticamente todos los documentos relevantes del proceso, así como de muy numerosas cartas de los protagonistas y otros documentos, relacionadas con el tema.”
Sobre la recepción del trabajo entre la comunidad de historiadores de la ciencia:
“Por el momento, como es natural, la prensa de distinto tipo ha sido la primera en reaccionar y todas las críticas publicadas, sorprendentemente numerosas, han sido muy elogiosas. Las revistas internacionales especializadas tardan mucho más en acusar recibo. Sólo puedo decir que hay numerosas recensiones anunciadas y que las que ya conozco, de prestigiosos especialistas, también son muy positivas. Hasta ahora lo han sido también las numerosas comunicaciones privadas de especialistas de distintos países. Incluso algún prestigioso colega que ha mostrado su profundo desacuerdo con algunas de mis tesis básicas, considera el libro una aportación importante. Pero no dudo que llegarán algunas críticas duras por parte de algunos estudiosos, que también proporcionarán elementos pertinentes para valorar debidamente el libro.”
Sobre el permanente interés del “caso Galileo", sobre por qué el caso Galileo sigue interesando vivamente no sólo a historiadores, científicos o filósofos sino a personas cultas no especialistas, a la ciudadanía en general:
“En primer lugar porque tuvo un papel muy relevante y simbólico en el nacimiento de la cultura moderna occidental. Ilustra que fue un parto con dolor que no ha cesado. En segundo lugar, es obvio que el problema que se planteó no está resuelto en la práctica. Ni en el siglo XVII ni hoy, el mero hecho de ser un jerarca de la Iglesia proporciona ninguna competencia particular en las ideas científicas. Pero hoy, como entonces, la Iglesia sigue dando por sentado que tiene una especial autoridad cognitiva para decir cosas relevantes tanto sobre las ideas científicas y metodológicas de Galileo, como sobre las teorías cosmologías actuales. Pero ahora, en este país, no es necesario explicarle a nadie el denodado y pertinaz esfuerzo de control cultural que sigue intentando ejercer la Iglesia. Lo que sí puedo decir, es que el conocimiento del caso Galileo puede resultar muy útil y pertinente para entender este hecho.”
Antonio Beltrán fue autor también de Galileo, ciencia y religión, Paidós, Barcelona 2001. Una aproximación a esta obra se realizaba en los siguientes términos:
“Permanecerá, sin duda, en lugar destacado de la historia universal de la infamia. Galileo, viejo y casi ciego, obligado a abjurar de su copernicanismo y a convertirse en un delator, arrodillado, frente a los miembros de la Santísima Inquisición, y leyendo un texto que merece ser reproducido una y mil veces:
“Yo, Galileo Galilei, hijo del difunto Vincenzo Galileo de Florencia, a los setenta años de mi edad, constituido personalmente en juicio y arrodillado ante vos, eminentísimos y reverendísimos cardenales, Inquisidores generales en toda la República Cristiana contra la herética maldad; teniendo ante mis ojos los sacrosantos Evangelios, los cuales toco con mis propias manos, juro que siempre he creído, creo ahora y con la ayuda de Dios, creeré en el futuro todo aquello que sostiene, predica y enseña la Santa Católica y Apostólica Iglesia. Pero como por este Santo Oficio, luego de haberme sido jurídicamente intimado con precepto del mismo que debía abandonar totalmente la falsa opinión de que el Sol es el centro del mundo y no se mueve y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve, y que no sostuviera, defendiera ni enseñara de ninguna manera, ni de viva voz ni por escrito, dicha falsa doctrina, y tras haberme notificado que dicha doctrina es contraria a la Sagrada Escritura, he escrito y dado a la estampa un libro en el cual trato la misma doctrina ya condenada y aporto razones con mucha eficacia en favor de ella, sin aportar ninguna solución, he sido juzgado como vehemente sospechoso de herejía, es decir, de haber sostenido y creído que el Sol es el centro del mundo e inmóvil, y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve.
Por tanto, queriendo yo quitar de la mente de Vuestras Eminencias y de todo fiel cristiano esa vehemente sospecha, justamente concebida sobre mí, con corazón sincero y fe no fingida abjuro y maldigo y detesto dichos errores y herejías, y en general cualquier otro error, herejía o secta contra la Santa Iglesia; y juro que en el futuro no diré nunca más ni afirmaré de viva voz o por escrito cosas tales por las cuales se puede tener de mí semejante sospecha; y si conociera algún hereje o sospechoso de herejía lo denunciaré a este Santo Oficio, o al Inquisidor u Ordinario del lugar en que me encuentre
Yo, Galileo Galilei, antedicho, he abjurado, jurado, prometido y me he obligado como queda dicho; y en fe de la verdad, con mi propia mano he firmado la presente cédula de abjuración y la he recitado palabra por palabra en Roma, en el convento de la Minerva, este día 22 de junio de 1633. Yo, Galileo Galilei, he abjurado como queda dicho, de mi propia mano.”
A él, a su figura y a su obra, está dedicado este Galileo, ciencia y religión (GCR). Su autor, Antonio Beltrán Marí, no sólo es un docto verdiano con exquisitas veleidades mozartianas, sino que es, además, un excelente profesor de historia de la ciencia de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona, cuyos intereses básicos se sitúan, por una parte, en su destacada faceta de historiador, en las épocas de la revolución científica y de la Ilustración y, en el ámbito de la filosofía de la ciencia, en el estudio detallado de la obra del historiador Thomas S. Kuhn. Beltrán prepara, en la actualidad, una larga monografía sobre las relaciones entre Galileo y la Iglesia.

GCR está formado por siete artículos que, como el autor señala en el prefacio, “se pueden leer con independencia unos de otros”. El primero de los trabajos reunidos (“La física aristotélica”), el único que no está directamente dedicado a la obra galileana, podría considerarse como una base desde la cual captar mejor el cambio conceptual que significó la revolución conceptual de la física galileana. “Aborda explícitamente una cuestión casi constante a lo largo del libro: la imbricación entre la historia o la tarea de historiar y el historiador, entre lo sucedido y lo contado, entre lo que hay y lo que se ve y dice” (p.11). De esta forma, sabremos que el libro titulado Fisica y atribuido normalmente a Aristóteles no existía antes del siglo XV y que, además, el manuscrito aristotélico no sólo no ha llegado hasta nosotros, sino que hace ya muchos siglos que tal manuscrito original no existe: “se dispone de varias familias de copias totales o parciales del texto de la Física, el más antiguo de los cuales nos retrotrae sólo hasta el siglo X d.C”, copias de los textos de Aristóteles entre las que, obviamente, hay netas diferencias.

No sólo eso. Los asuntos tratados en la Física del Filósofo son muy diversos de los que contendría un manual de física en la actualidad. Aristóteles discute asuntos centrales que habían surgido en la filosofía de la naturaleza. En Parménides, por ejemplo, o con Zenón y sus aporías. ¿Por qué entonces hablamos de física aristotélica? Porque las leyes del movimiento, que ocuparon especialmente a Galileo y a Newton, “fueron cobrando una autonomía que nos permiten hablar de la física de Aristóteles también en este sentido”. Beltrán apunta entonces una inquietud didáctica, en el mejor de los sentidos del término, que recorre las páginas de GCR: “Los estudiosos conocen bien estas cosas, pero ahora sé que a mí, cuando era estudiante, me hubiera gustado que alguien me las explicara y por eso yo intento hacerlo en este texto mediante una triple aproximación a la Física de Aristóteles” (p.12).

El segundo capítulo de GCR (“Galileo. Un diálogo para la historia”) fue escrito en 1997 y constituye la introducción a la cuidada y ejemplar edición castellana, a cargo de Beltrán, del Diálogo sobre dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano. Este trabajo ”proporciona una panorámica suficiente de la biografía intelectual de Galileo para ubicar los temas más puntuales de la obra y vida de Galileo que se abordan en los siguientes artículos” (p. 12). Aquí, el lector puede encontrar, por ejemplo, una excelente discusión en torno al uso de la experiencia en la argumentación científica (p.70 ss) y a la tesis de que “la mera observación no incluye todo lo relevante”, a propósito de la polémica sobre la estaticidad de la Tierra.

El tercero de los ensayos recogidos (“¿Flujo y reflujo conceptual? Galileo y los paradigmas”) fue presentado, como comunicación, en el 18º Congreso Internacional de Historia de las ciencias, celebrado en Montreal en 1995. Se compone de dos partes: la primera es un resumen de un apartado de la Introducción a su edición del Diálogo sobre los dos máximos sistemas, y, en una segunda parte, de contenido más historiográfico y metodológico, Beltrán argumenta y sitúa la curiosa fluctuación científica de Galileo entre las antiguas tesis de la filosofía de la naturaleza y las nuevas posiciones que él mismo ha introducido y defendido en su propia obra. De este modo, Galileo siguió atrapado por la fascinación que el movimiento circular ejerció sobre los cosmólogos y astrónomos hasta que Kepler, tras titánica y admirable lucha, lo sustituyó por la trayectoria elíptica de los planetas. De hecho, como apunta el propio Beltrán, “la distancia entre Galileo y Newton en muchos puntos permite plantear el problema de la aplicabilidad del concepto de paradigma de Kuhn a la obra de Galileo en particular y a la revolución científica en general” (p. 15).

En este capítulo podrá también hallarse una interesante discusión sobre la noción kuhniana de paradigma (pp.116-128) y las críticas vertidas contra esta categoría dada su innegable polisemia. Beltrán resume así su posición: “creo que los filósofos de la ciencia, en especial los formalistas han tendido a dar por sentadas las identificaciones univocidad-claridad y polisemia-confusión en sus críticas al concepto de paradigma. Pero desde el punto de vista del historiador esa polisemia puede ser vista como riqueza de significado” (p. 126).

El resto de los trabajos que componen GCR mantienen una unidad innegable y están escritos en el marco de una investigación más general del autor sobre el “caso Galileo”, sobre las relaciones entre Galileo y la Iglesia.

El primero de estos trabajos, el capítulo cuarto del libro (“El problema del precepto del 26 de febrero de 1616. Documentos, reconstrucciones y apología”) se centra en un punto central de la acusación de la Iglesia contra Galileo: tal acusación no tiene relación directa con el Diálogo publicado en 1630, sino con su desobediencia al precepto, promulgado por la Inquisición en 1616, según el cual Galileo “ni podía sostener, enseñar o defender de ningún modo, verbalmente o por escrito” el copernicanismo. Empero, él publicó el Diálogo y con eso desobedeció la orden.

La cuestión histórica en debate se sitúa en el punto siguiente: el documento que da fe de este precepto contra Galileo presenta numerosos problemas, “tanto internos como de coherencia, con los otros documentos que hacen referencia al asunto” (p.14). Lo sucedido en casa del cardenal Bellarmino aquel 26 de febrero de 1616 ha sido discutido incesantemente. En 1984, en el ámbito del trabajo de la comisión de estudio nombrada por el inefable Juan Pablo II en julio de 1981, se publicó un documento, hasta entonces inédito, que ha sido presentado como decisivo para aclarar lo sucedido. Beltrán apunta buenas razones para defender que el asunto no pueda quedar zanjado “y más bien tenemos razones para pensar que esta polémica se da a pesar de los documentos y no sólo sobre la base a lo documentos, por lo que no parece que vaya a acabarse la discusión” (p.15). La propia posición del autor queda explicitada en la parte final de su trabajo: “(...) parece, por tanto bastante razonable considerar de nuevo la hipótesis de que la intimación del precepto a Galileo en 1616 no tuvo lugar nunca y que el documento se creó fraudulentamente no en 1616 sino más tarde, en 1632-1633, cuando venía a solucionar los problemas más espinosos a los que se enfrentaban el papa y la Iglesia en el proceso a Galileo” (p.170). En definitiva, que la Santísima Iglesia, no siempre santa, no se anduvo con chiquitas y elaboró un documento ad hoc para la condena.

El quinto trabajo (“El diálogo sobre los máximos sistemas del mundo de Galileo. Génesis y problemas”) permite ver, por un parte, los avatares a los que se vio sometida la redacción de esta obra central de la historia de la ciencia y, por otra, la permanencia y estabilidad de sus tesis centrales. En opinión de Beltrán, “en el caso de Galileo, las ideas científicas y los argumentos eran lo fundamental. Éste no es el caso de los enemigos que consiguieron su condena y la de su obra” (p.16).

El sexto artículo (“Una reflexión serena objetiva’. Galileo y el intento de autorrehabilitación de la Iglesia católica”) es producto, según manifiesta el autor, de la reacción a la lectura de dos textos de Walter Brandmüller, “el apologista más fanático de la actualidad” (p.16). La lectura de sus trabajos puede producir, en opinión de Beltrán, un sarpullido moral e intelectual. En el marco de la comisión de estudios galileanos nombrada por el papado, Brandmüller fue encargado, junto con Greipl, de la edición de los documentos inquisitoriales de 1820-1823. La opinión de Beltrán sobre el hacer intelectual del apologista queda señalada del modo siguiente. “Pero, en sus textos, Brandmüller no analiza nunca mínimamente ni un solo argumento teórico. Da o quita la razón con rotundidad, pero las razones no parecen importarle mucho” (p. 224), especialmente en su ensayo Galileo y la Iglesia. En cuanto a la manipulación historiográfica Beltrán señala que “(...) a estas alturas, la manipulación ha alcanzado tal nivel que los decretos inquisitoriales de 1616 y 1633, condenando el copernicanismo y a Galileo, han adquirido el mismo estatus polisémico y político que los textos de las Sagradas Escrituras. Es decir, dicen simple y llanamente lo que la Iglesia católica quiere que digan; independientemente de lo que digan, naturalmente” (p.237). De este modo, Brandmüller concluye en uno de sus trabajos que el héroe de esta historia, el padre Olivieri, comisario del Santo Oficio, partidario de autorizar el copernicanismo en las primeras décadas del siglo XIX, había mostrado una gran erudición y sagacidad, consiguiendo demostrar (¡demostrar!) que la Santa Sede censuró el heliocentrismo en 1616 por motivos tan válidos como los usados para aceptarlo en 1820. Beltrán señala, con fino humor, que éste es, sin duda, “el tipo de logro que sólo la Iglesia es capaz de conseguir” (p. 271).

En el último trabajo, tal vez el central de GCR (“Ciencia y religión. Una conversación entre creyentes”), se examina histórica y analíticamente la opinión sobre el conflicto y el diálogo entre ciencia y religión. La posición del autor sobre este espinoso y delicado tema puede resumirse así:
1. La tesis de que existe diálogo entre ciencia y religión tiene hoy excelente prensa, afirmándose casi como un lugar común.
2. Es, sin duda, un desideratum expresado con entusiasmo por numerosos religiosos (no por todos) y por algunos miembros de las comunidades científicas.
3. Tal proclama reiterada se acaba convirtiendo en ilustración o concreción del supuesto diálogo que se defiende.
4. Pero, aquí Beltrán, “es difícil encontrar otro tipo de ejemplo de este diálogo en cualquiera de los sentidos usuales del término. Naturalmente, también el sentido en que se entiende “ciencia” y “religión” resulta crucial en este tema. Pero no se trata simplemente de una cuestión de semántica. Una de las conclusiones básicas del texto es que lo que se da en realidad es un diálogo entre creyentes, pero no entre ciencia y religión” (p.17). (la cursiva es mía).Tanto el análisis lógico como el estudio histórico del tema le llevan al autor a defender la “impopular” e ilustrada tesis de que ha existido, existe y existirá un inevitable conflicto entre la ciencia y la religión.
La edición de Paidós, como las otras publicaciones de Paidós Studio, es muy cuidadosa y sin erratas. Tal sólo he sido capaz de detectar una en la página 20: se habla aquí de la Fisiké Acroasis, para más tarde titular “La Física de Aristóteles o Fusiké Acroasis”.
 A las varias virtudes del texto, se le puede sumar el detalle que ha tenido Beltrán de abrir cada capítulo con un breve, pero sustancial y significativo poema de Palabra sobre palabra, de Ángel González.
No hay duda pues que este GCR, dicho sea en reconocimiento del trabajo de su autor, además de sus virtudes intrínsecas, tiene el interés de llevarnos a la lectura de la obra de Galileo (alguien del que Asimov dijo en alguna ocasión que, junto con Einstein y Darwin, había sido el segundo mayor científico de toda la historia, después de Sir Isaac Newton) y aproximarnos con detalle y argumentación cuidada a uno de los temas eternos de la discusión filosófica: las relaciones entre la creencia religiosa, y las instituciones que la encarnan, y las teorías científicas.

Hasta aquí Beltrán. Manuel Sacristán fue también otro gran filósofo interesado en la obra de Galileo Galilei.

Salvador López Arnal fue alumno de Antonio Beltrán en la Facultad de Filosofía de la UB.


II


Tres grandes filósofos hispánicos, ya no entre nosotros, se aproximaron a la figura del gran científico y filósofo pisano, decíamos en la nota anterior [*]. El segundo que queremos traer de nuevo a nuestro recuerdo, Manuel Sacristán, fue también un excelente conocedor de la obra del científico y filósofo pisano.

Colaborando en un calendario de amigos médicos escribió el autor de El orden y el tiempo, junto con Mª Ángeles Lizón, su segunda esposa, una breve nota en 1984:
Matemático, astrónomo y físico italiano, revolucionó la concepción del mundo de su tiempo adhiriéndose a la tesis de que la tierra gira alrededor del sol. Su trabajo pionero en gravitación y movimiento le costó la vigilancia ininterrumpida del tribunal de la Inquisición en Roma. En 1633, a los 70 años de edad y después de haber estado sometido a veinte días de interrogatorios y acusaciones, Galileo abjuró. Cuenta la tradición que, al levantarse, golpeó con furia el suelo y exclamó "Eppur si muove" (y sin embargo se mueve). Su contribución al pensamiento moderno recoge, además, su intento inicial de combinar el cálculo matemático y la experimentación. Por eso se le considera no sólo padre de la mecánica moderna, sino también de la física experimental.
En 1967, en una nota sobre Bruno y Galileo para una tesina de filosofía recogida ahora en sus Papeles de filosofía (Panfletos y Materiales II), se había aproximado al criterio de cientificidad en los siguientes términos:
Pues Galileo no probó ni podía probar el heliocentrismo. Tampoco se ha probado,... la ley de caída libre de los graves, por ejemplo: el escolástico Cremonini pudo sostener con toda "razón" contra los galileanos que esa ley "no se cumple" nunca en la realidad accesible a los hombres en la superficie de la Tierra...
Ocurría, en sustancia, que el criterio de la cientificidad de una proposición no era su "demostrabilidad" en sentido absoluto [...] el criterio es más bien una cierta racionalidad crítica, intersubjetiva e interna a la teoría, "vinculada a supuestos y métodos", razón por la cual la racionalidad de cada proposición se manifiesta en la eficacia global de la teoría (que las contiene a todas) sobre la realidad.

Por otra parte, recordaba Sacristán, no estaba en absoluto claro que las verdades objetivas no produjeran jamás esfuerzo moral: "Copérnico y Galileo no han muerto, como Bruno, en la hoguera, pero han luchado y sufrido por verdades así". Al no haber demostrabilidad absoluta, también es necesaria "una decisión para imponerse el modo de pensar -y aún más el de vivir- racional."

Sobre los caracteres matemáticos del libro de la Naturaleza hablaba en 1968, en su presentación de Sigma, seis volúmenes de historia, divulgación y filosofía de las matemáticas cuya traducción coordinó:
El mundo de la matemática es ya el mundo en que vivimos, y lo será en mayor medida para las próximas generaciones. La frase de Galileo según la cual el libro de la naturaleza está escrito con caracteres matemáticos ha resultado tener la permanente verdad de las metáforas poéticas más auténticas. Seguramente nadie tiene hoy presente la inspiración platónica de la frase al reconocerla, luego de tres siglos, una vigencia aun más completa que en el momento en que la escribiera Galileo. Vigencia más completa porque la convicción de que la matemática es una raíz principal de nuestras posibilidades de comprender las cosas no se refiere sólo a las cosas de la naturaleza.
Una naturaleza segunda, la técnica, penetraba ya entonces, por obra en gran parte de la matemática, en la vida cotidiana de las gentes [...] con profundidad creciente, configurándola e influyendo cada vez más en la consciencia de cada día. E incluso en la misma consciencia teórica de la vida social, en las ciencias sociales, se tiene un proceso de penetración del pensamiento matemático que, según toda apariencia, no previeron nunca ni los pensadores más entusiastas de la matemática en el pasado.

En su clásico de 1964, su presentación al Anti-Dühring engelsiano por él traducido (ahora en Sobre Marx y marxismo), se había referido en estos términos al horror de la naturaleza al vacío:
Más en general, el análisis reductivo practicado por la ciencia tiende incluso a obviar conceptos con contenido cualitativo, para limitarse en lo esencial al manejo de  relaciones cuantitativas o al menos, materialmente vacías, formales. Esto se aprecia ya claramente en los comienzos de la ciencia positiva moderna. Así, por ejemplo, lo que hoy llamamos "presión atmosférica" fue manejado durante algún tiempo por la naciente ciencia moderna con el viejo nombre de "horror de la naturaleza al vacío", sin que el uso de esta noción tuviera grandes inconvenientes, pues lo que de verdad interesaba al análisis reductivo del fenómeno (desde Galileo hasta su discípulo Torricelli) era la consecución de un número que midiera la fuerza en cuestión, cualquiera que fuera la naturaleza de ésta.
El análisis reductivo practicado por la ciencia tenía regularmente éxito. Era un éxito descomponible en dos aspectos: [...] por una parte, la reducción de fenómenos complejos a nociones más elementales, más homogéneas y, en el caso ideal, desprovistas de connotaciones cualitativas, permite penetrar muy material y eficazmente en la realidad, porque posibilita el planteamiento de preguntas muy exactas (cuantificadas y sobre fenómenos "elementales") a la naturaleza, así como previsiones precisas que, caso de cumplirse, confirman en mayor o menor medida las hipótesis en que basa, y, caso de no cumplirse, las falsan definitivamente. Por otra parte, el análisis reductivo posibilita a la larga la formación de conceptos más adecuados, aunque no sea más que por la destrucción de viejos conceptos inadecuados. Así, aunque todavía no en Galileo, en Torricelli y Pascal aparece ya el concepto de presión atmosférica, una vez que Galileo ha relativizado y minimizado el contenido cualitativo del concepto tradicional del horror de la naturaleza al vacío.

También había hablado de la "presión atmosférica" en sus primeros apuntes editados de "Fundamentos de filosofía". El siguiente es un texto de 1956, recién llegado del Instituto de lógica de Münster: La decisión con que Galileo va a la búsqueda del integrante matemático de los fenómenos, para generalizarlo luego en leyes que también son matemáticas, se patentiza de modo notable en el siguiente ejemplo, que vale la pena considerar por su radicalismo en este sentido: Galileo analiza matemáticamente a base de ese experimento algo de cuyo concepto careció durante toda su vida: la presión atmosférica.

Los interlocutores del diálogo acerca de dos nuevas ciencias están discutiendo acerca de si el vacío (es decir, lo que la tradición llamó "horror de la naturaleza al vacío" u " horror vacui") es "bastarte de por si solo para mantener unidas las partes separables de los cuerpos sólidos". Galileo quiere demostrar que esa "fuerza del vacío" no basta para explicar la unión de partes físicas de un cuerpo. Y como primer paso para demostrarlo, se propone analizar, "resolver" esa fuerza. Pero analizar es para Galileo medir, matematizar. Arbitra el siguiente procedimiento:
1. Se toma un cilindro hueco de vidrio ABCD, dentro del cual puede funcionar un émbolo FGHI, perforado por la varilla JK. El orificio para el paso de la varilla es holgado.

2. Por el orificio se vierte aceite hasta llenar el espacio HIBO. (El aire puede salir por ser el orificio del émbolo holgado para la varilla).

3. Hecho esto, se tapona herméticamente el émbolo tirando de la varilla KJ, mediante el reborde de ésta, que es de mayor diámetro que el orificio Se invierte el aparato y se coloca en el gancho K de la varilla pesos hasta conseguir "vencer la fuerza del vacío", es decir, hasta que el aceite se separe del fondo del cilindro. Repitiendo el experimento para eliminar errores, será conocida la "fuerza del vacío".
Así mide Galileo lo que hoy llamamos presión atmosférica. Con su método, Galileo ha empezado por llegar a conocer matemáticamente una entidad establecida por inducción: la "fuerza del vacío". Luego, en el curso ulterior de su razonamiento, probará si esa fuerza es suficiente para separar, por ejemplo, trozos de mármol. Comprueba que no lo es, y concluye que los trozos de los cuerpos físicos (no ya sólo del mármol) están unidos por alguna fuerza mayor que la mera presión atmosférica, u "horror al vacío", como creía el físico escolástico con quien polemiza en ese momento.

El método de Galileo está basado en una inducción matemática. La inducción galileana puede prescindir de conceptos esenciales, y hasta usar conceptos fantásticos, sin que eso inutilice su resultado, que es matemático, relacional y no conceptual.

Esa era la auténtica y transcendental diferencia entre la inducción galileana y la aristotélica
[...]  y no la presunta inepcia que se atribuye al gran clásico griego cuando se le hace padre de un imposible método inductivo que exigiría enumerar todos los casos particulares de una predicación antes de hacer la predicación universal. Las obras de Aristóteles abundan en inducciones incompletas, pero no basta con que una inducción sea incompleta para que sea galileana: para ser galileana tiene que ser, además de incompleta, matemática, y debe venir apoyada en una metodología experimental auxiliar.
Aristóteles también buscaba, al igual que Galileo, lo universal por inducción incompleta. Pero para Aristóteles lo universal era cualitativo, conceptual: "los universales eran esencias. Así lo había aprendido Aristóteles de la tradición socrática. En cambio, lo que la inducción galileana descubre, el "universal" de Galileo, no es esencia, sino ley, relación."

En 1965, en Lógica elemental, un libro editado póstumamente por su hija, la matemática Vera Sacristán Adinolfi, se refirió también a la vinculación de Galileo con la tradición aristotélica:
Ahora bien: estos importantes progresos determinan un profundo desprecio por la ciencia escolástica, y víctima de ese desprecio es, junto con muchas cosas que lo merecían, algo que era, en cambio, digno de mejor suerte: la lógica formal de la Baja Escolástica y en general, la tradición lógica aristotélica. Desprestigiada por su desorbitado uso como técnica de investigación empírica... la lógica pierde su espíritu teórico-formal. El desprestigio llega a extremos que sólo pueden comprenderse teniendo en cuenta lo deslumbrador que debió ser para los hombres de los siglos XV, XVI y XVII el descubrimiento de los métodos de investigación empírica y de la filológica: la observación libre, no sometida a autoridades, la experimentación, la forja de hipótesis audaces, la creación de teorías independientes, la matematización, y el estudio directo y crítico de los clásicos. El humanista Lorenzo Valla, parece haber creído que la tercera figura aristotélica no concluye...
Ese momento de abandono de la idea de una ciencia de lo formal no parecía haber durado mucho. El propio Galileo no ha caído nunca en tales extremos, y en vez de renegar de la inspiración aristotélica deseaba, como dice en una de sus cartas al astrónomo Kepler "un Aristóteles redivivo", libre del dogmatismo de los filósofos y teólogos escolásticos.

Incluso en su faceta de crítico literario, en su aproximación al Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio (ahora el Lecturas), un texto no olvidado ni "viejo" de 1954, hay un apunte comparativo en torno a Galileo y a la obra juvenil de su amigo, el autor de El jarama:
En uno y otro caso, con una y otra lectura, podemos ver que el artista expresa aquí una delicada verdad, que compraremos, en cuanto sea posible, con ideas secas. La moneda ruda con que compramos esa verdad dice así: el hombre no ve cosas sino en el mundo, es decir, en el sistema de todas las cosas que ve. Si algo no tiene sitio en el mundo, no es visto por las personas en general. Además, la perduración del mismo mundo, con sus pocas cosas visibles, hace que el ver de todos los días pueda ser, al cabo del tiempo, rutinario y "ausente" y que mire las cosas "como un tonto". Pero quien dispone de una sensibilidad penetrante puede lanzarse tras algo que no tiene sitio en el mundo tan simple que los padres enseñan a sus hijos; y si su sensibilidad es, además de penetrante, industriosa, la persona sensible puede, luego de mucho trabajo, colocar aquello que descubrió en un mundo suyo y nuevo, en el que caben más cosas. Eso hizo Galileo en Pisa y eso hace el Alfanhuí en el campo de Castilla; busca el sitio de las cosas que descubre, construir el mundo de las cosas, que es también el de los hombres.
Sánchez Ferlosio, hermano del gran lógico Miguel Sánchez Mazas, gran amigo de Sacristán también, escribió en Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (p. 18):
En Pisa no veréis torre ninguna, porque el campo que rige y en que se constituye toda obra arquitectónica, el ámbito en que cobra figura toda torre, es el espacio sujeto a la ley de la gravedad, y el  único ademán capaz de hacerla torre y hacérnosla presente como torre es el aplomo. A quien sí, en cambio, se ve es a Galileo, y tan intencionada y peligrosamente columpiado en aquellos más altos balaustres de la parte que está mirando al suelo, que no parece sino que la torre, vencida de expectación y reverencia ante el gran experimento acaba de inclinarse para siempre por el solo peso de aquel sabio rey de la ley de la gravedad.
Hay más textos y aproximaciones del autor. De una de ellas, una reflexión sobre la obra y vida del científico pisano para estudiantes de bachillerato, hablaré de ella en la próxima entrega, escribió el gran filósofo y economista Óscar Carpintero el 30 de diciembre de 2000: "(...) No dejo de sorprenderme por la capacidad de síntesis y rigor de Sacristán para hacer comprensible, y con bellas palabras, las tragedias de los derrotados, sean estos políticos como Gramsci o científicos como el último Galileo."


III


“En Pisa no veréis torre ninguna, porque el campo que rige y en que se constituye toda obra arquitectónica, el ámbito en que cobra figura toda torre, es el espacio sujeto a la ley de la gravedad, y el  único ademán capaz de hacerla torre y hacérnosla presente como torre es el aplomo. A quien sí, en cambio, se ve es a Galileo, y tan intencionada y peligrosamente columpiado en aquellos más altos balaustres de la parte que está mirando al suelo, que no parece sino que la torre, vencida de expectación y reverencia ante el gran experimento acaba de inclinarse para siempre por el solo peso de aquel sabio rey de la ley de la gravedad.” | Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos.
Estábamos con la figura de Galileo Galilei y en las aproximaciones de Manuel Sacristán, también un excelente conocedor de la obra del científico y filósofo pisano.
           
Un apunte poco conocido de sus clases de “Metodología de las ciencias sociales” del curso 1983-1984 (pp.10-12 de la trascripción de Joan Benach aún inédita) en torno al papel de la experiencia (o de los experimentos) en la contrastación de las teorías científicas que, desde luego, no intenta  defender la creencia de que todo trabajo teórico elaborado y artificioso es bueno per se, independiente de toda empiria, pero sí hacer plausible la tesis de que el rechazo de una construcción teórica por su carácter rebuscado, artificioso o sofisticado puede tener efectos paralizadores. El ejemplo dado por Sacristán toma el caso de Galileo como ilustración.
           
Varios físicos de la universidad del París, también belgas, del siglo XIV, habían llegado prácticamente a nociones que serían poco tiempo después características de la nueva física. “Por ejemplo, la noción de inercia (que no llamaban inercia, la llamaban “impetus”, pero la noción es muy análoga)”. Se trataba de la idea, “completamente nueva, revolucionaria entonces, y contrapuesta a la física antigua y medieval”, de que el estado de movimiento uniforme era una cosa tan natural como el estado de reposo, de que un cuerpo en movimiento podía seguir indefinidamente en ese estado, “que es la base de la idea de la inercia, que el cuerpo permanezca en su estado sea cualquiera ese estado del principio y dejando aparte cuestiones de roce”.

Estos físicos del XIV (Nicolás de Oresme, Buridán,…) llegaron a esa idea a partir de crítica de la teoría del movimiento mecánico antiguo, de la teoría aristotélica y escolástica, por ese camino llegaron a deducciones ya galileanas, “muy cerca de la ley de caída libre de los graves, que es quizá el punto angular del nacimiento de la ciencia moderna, la tesis de Galileo según la cual en el vacío todos los cuerpos, cualesquiera que sea su densidad, caen a la misma velocidad.”
           
Los físicos parisienses del XIV llegan a resultados muy parecidos y a cálculos sobre la base de esta idea de “ímpetu”, la premonición de la idea de inercia, pero ocurre que “su aparato experimental les arroja constantemente una diferencia de resultados empíricos respecto de los resultados previstos por la teoría, y entonces, muy sensibles al carácter artificioso de la teoría, se atienen al dato numérico obtenido empíricamente y renuncian a la teoría que estaban desarrollando”. La teoría que estaban alumbrando no encajaba con los datos que entonces se conocían. Esto ocurría en el XIV, desde aproximadamente 1340 hasta 1400.
           
Unos dos siglos más tarde, prosigue Sacristán, cuando Galileo desarrolla la ley, también observa desde luego discrepancias entre los datos empíricos y los calculados a partir de la teoría, pero considera “que esas discrepancias serán fruto de factores que intervienen y que él no controla”. En vez de sentir la teoría como artificiosa la siente como esencial, “puesto que es una teoría deductiva y cuantificable, para él -que cree más o menos místicamente en la naturaleza matemática del universo- tiene todas las seguridades”. Si los datos de los sentidos y las mediciones empíricas no concuerdan exactamente con lo señalado, no será problema de la teoría sino de que las mediciones incorporan algún defecto no controlado
           
Esta conciencia teórica llega hasta el extremo de que cuando un gran físico tradicional, un físico escolástico, un dominico, repite las mediciones de Galileo (la caída por el plano inclinado de las bolas de plomo, de mármol, de madera) y no le sale el mismo resultado y escribe al científico pisano diciéndole que ha repetido su experimento y no sale exactamente así, que presenta alguna discrepancia, “Galileo ni siquiera se digna contestar”. Encarga la contestación a un discípulo, Toscanelli, que escribe una carta, una breve carta, que “puede que suene como una provocación maleducada pero que lleva dentro toda la idea de teoría. Es una sucinta carta que dice: ‘si sus bolas de plomo, de mármol, de madera, de hierro, no cumplen la ley del señor Galileo, peor para ellas”.
           
Se preguntaba entonces Sacristán: ¿qué es lo que había por debajo de esta, digamos, impertinencia? Nada menos que lo siguiente: la convicción de que lo que importa realmente es la teoría. “La convicción teórica y el reproche a este hombre de no haber entendido eso, de no haber entendido que lo esencial es el lado explicativo de la teoría, que las discrepancias empíricas no son mayores que con la teoría anterior”. Al contrario, esto estaba empíricamente a favor de los galileanos, sus discrepancias eran de todos modos menores, “su margen de error, y su margen de diferencia en resultado teórico y resultado empírico era una diferencia menor que con la teoría anterior, la teoría aristotélica que proponía que cada cuerpo cayera a una velocidad proporcional a su densidad, o sea su peso; esa teoría es más discrepante de la realidad como es obvio”.
           
Conclusión: si muchas veces la especulación teórica puede ser ociosa e incluso  vacía, en otras, rechazarla por su aparente artificiosidad o sofisticación puede tener efectos científicos paralizadores. Sacristán remataba su argumento recordando la postulación fuertemente especulativa de Pauli, sin apenas o sin ningún anclaje experimental, de la existencia del neutrino para “salvar” el principio de conservación de la energía.
           
Años atrás Sacristán había escrito un texto solicitado por una amiga. Era una aportación didáctica para estudiantes preuniversitarios. Fechado el 12 de enero de 1977 con la siguiente nota manuscrita: “Ficha para la proyección del Galileo de Cavani a estudiantes de BUP. Pedida por Juliana.” Probablemente, Juliana Joaniquet, una amiga, y gran amiga a su vez de Giulia Adinolfi. Es a este texto al que hacía referencia Óscar Carpintero en la nota que finalizaba nuestra última aproximación.
                       
No era nuevo que un científico destacado fuera objeto de una película, pero tampoco era cosa frecuente. “Tiene que tratarse de personajes que, además de impresionar a la inteligencia por la importancia de sus trabajos, muevan la imaginación y el sentimiento por las consecuencias de sus aportaciones o por las circunstancias de su vida, o por ambas cosas a la vez. Eva Curie o Roberto Koch son ejemplos característicos”. Eva Curie por ser una de las pocas mujeres que han podido destacar “como grandes científicos en una sociedad dominada por los hombres”. En el caso de Koch por la impresión que produjo “su aportación a la lucha contra una de las plagas más temidas en su éooca: la tuberculosis.”
                       
A medida que el trabajo científico se va haciendo más colectivo, proseguía Sacristán, “por su riqueza de aspectos y su complicación, van cambiando los criterios que dan interés literario, dramático o cinematográfico a una aventura científica”. Pero en la época de Galileo, la época en la que precisamente empezó a florecer el individualismo en todos los terrenos, desde la economía hasta el arte, la religión y la ciencia, “los dos puntos de vista de la importancia de la aportación personal y del dramatismo de la biografía  alcanzaban una vigencia que no habían tenido nunca hasta entonces en la historia. No conocemos los nombres de casi ningún constructor de las catedrales e iglesias medievales, ni los nombres de los que construyeron el admirable sistema de la geometría griega que hemos recibido bajo los símbolos, más que nombres, “Pitágoras" y “Euclides””. En cambio, destacaba Sacristán, conocemos la biografía del menos afortunado de los grandes discípulos de Galileo, Newton o Einstein.
                       
Galileo era inolvidable desde los dos puntos de vista indicados. Había aportado logros de mucha consideración en varios campos del conocimiento de la naturaleza. “Ha promovido con un éxito desconocido hasta entonces la penetración de la matemática en la investigación de la naturaleza, la matematización de la cosmología. En la mecánica ha formulado (1604) la ley de la caída libre de los graves esencialmente tal como la conocemos hoy”.
           
Con la idea de gravedad, el científico pisano desarraigaba dos ilusiones casi míticas de la concepción del mundo antigua y medieval: “que haya un lugar natural para cada cuerpo (al que el cuerpo tiende a volver, y por eso cae) y que, consiguientemente, haya un movimiento natural (aquel por el cual cada cuerpo se mueve hacia su místico 'lugar natural') y un movimiento violento (aquel por el cual se le fuerza a alejarse de dicho lugar). Ya desde 1591 (lo más tarde) afirmaba Galileo la posibilidad del vacío, precisamente para poder justificar sus ideas sobre la gravedad”. Con esta tesis, también se oponía a otra creencia mítica aún dominante en su tiempo: “la creencia en que “la naturaleza siente horror del vacío”, por lo que éste es imposible. La idea de inercia, fundamento de la dinámica moderna, es otra de las aportaciones de Galileo.”
                       
En astronomía, Galileo, quien desde 1564 es ya copernicano (es decir, aclaraba Sacristán, “estaba convencido de que es la Tierra la que se mueve alrededor del Sol, y no al revés, contra la creencia profesada por las autoridades eclesiásticas de la época”), consigue lo siguiente: “observar en 1604 una estrella de las llamadas “nuevas” (novae), lo que le confirma contra el prejuicio antiguo de la inmutabilidad del Cielo de las estrellas”. En 1609, construye “la lente de aproximación o anteojo astronómico de cuyo comercio en Holanda y en Venecia ha tenido noticia.”
                       
En este como en muchos otros puntos de la obra de Galileo, se manifestaba la importancia que tuvo para el nacimiento de la ciencia moderna “la aparición de una vida económica y una cultura mercantiles, en las que una incipiente acumulación de capitales en dinero permitía potenciar las industrias artesanales”. Los sabios, los científicos de dos siglos antes, “no habrían podido contar con un arte como el de los ópticos holandeses o el de los vidrieros venecianos (uno y otro imprescindibles para la obra de Galileo), pero, sobre todo, no habrían imaginado que la actividad industrial tuviera algo que ver con la ciencia pura, y hasta se habrían sentido humillados si alguien lo hubiera sugerido”. En cambio, Galileo, que vivió en los comienzos de la cultura burguesa, “siente ya que las artes industriales están íntimamente relacionadas con la investigación de la naturaleza, se interesa por ellas y hasta se ejercita en ellas, como lo muestra, por ejemplo, su construcción del anteojo.”
                       
Con el anteojo, recuerda Sacristán, consigue Galileo descubrimientos “que socavan irreparablemente la astronomía medieval: descubre que la Luna tiene montañas; que la Tierra difunde luz como cualquier planeta (corroboración de la astronomía copernicana); que hay muchas más estrellas que las catalogadas hasta entonces: que los cometas son astros, no meteoros (y, por lo tanto, que el viejo cielo inmóvil está bastante animado); que Júpiter tiene satélites (lo que elimina lo que parecía ser una anomalía del sistema copernicano, a saber, el hecho de que la Luna gire alrededor de la Tierra, y no alrededor del Sol); que Venus tiene fases; que desde a Tierra se ve siempre la misma cara de la Luna.” Nada menos. Desde el punto de vista filosófico, para la concepción general del cosmos, el descubrimiento más sensacional de Galileo fue que el Sol presenta manchas variables (1610, 1612).  Esto era la puntilla para la idea del Empíreo immutable”. Así lo vio el propio Galileo, recordaba Sacristán: “Creo que estas novedades serán el funeral, o más bien el final y el juicio último, de la falsa filosofía; han aparecido ya signos en la Luna y el Sol. Y espero oír sobre este punto grandes cosas (...) para mantener la inmutabilidad de los Cielos; no se ya cómo podrá salvarla y mantenerla.”
                       
Ya esa lista de descubrimientos,, que era sólo parcial, bastaba para explicar la celebridad de Galileo, “y el que su memoria pueda disputar metros de cinta cinematográfica a otros temas”. Su importancia no se apreciaba del todo si no se contemplaban dos puntos más.
                       
El primero: “su fecunda aportación a la constitución de la idea moderna de ciencia, la condición que tiene la obra de Galileo de ser paradigma de la ciencia moderna”, que se caracteriza por unos rasgos aparentemente contradictories pero que en realidad estaban muy unidos: “es empírica y experimental, pero, al mismo tiempo, muy teórica, incluso idealizadora y matematizadora”. Su tendencia idealizadora no le impedía ser una energía práctica, principalmente industrial, una fuerza productive si se quiere. “Una teoría de la moderna ciencia de la naturaleza es un artificio intelectual abstracto, ideal, matematizado en muchos casos, que no refleja la naturaleza ni tiene, muchas veces, el menor parecido con ella; pero con esa teoría es posible (mientras que era imposible con la ciencia medieval) hacer experimentos exactos, prever hechos delicados y complicados, fabricar máquinas y, con ellas, productos, etc”. Todo lo anterior estaba presente en la práctica científica de Galileo, “visitador asiduo de talleres artesanos y convencido, al mismo tiempo, de que ‘el libro de la naturaleza está escrito con caracteres matemáticos.”
                       
La segunda razón: Galileo Galileo encarna dramáticamente la noción de verdad característica de la ciencia en sentido moderno: “verdad objetiva, independiente de consideraciones subjetivas, que puede, por lo tanto, entrar en conflicto con el poder social, pero que, por otra parte, no necesita de adhesión moral.” Galileo no había tenido ningún deseo de ser rebelde. Más bien, como pensaba Bertolt Brecht en el drama que le había dedicado, “ha pecado de acomodaticio, al modo de tantos científicos modernos. Hasta bien entrado en su edad había vivido como un tranquilo profesional de éxito. Había sido profesor en Pisa, su ciudad natal, por nombramiento del Gran Duque de Toscana; luego había enseñado en Padua, llamado por el senado de Venecia; por último. el Gran Duque le había recuperado para la universidad de Florencia”. Galileo había tenido un primer roce con la Inquisición, cosa nada rara en la época. “Peor augurio fue el que se tratara de la misma autoridad con que había chocado Giordano Bruno antes de morir en la hoguera el año 1600 (cuando Galileo tenía 36 años): el cardenal San Roberto Belarmino”. La Inquisición intimó a Galileo para que no hablara del heliocentrismo sino como de “una simple hipótesis irreal calculística, sólo útil  para facilitar cálculos, pero sin valor descriptivo de la naturaleza; como realidad había que proclamar que el Sol se mueve alrededor de la Tierra. Por decreto de 24 de febrero de 1616 la Iglesia declaraba “absurda y falsa en filosofía, y por lo menos errónea en la fe” la tesis de que la Tierra se mueve alrededor del Sol.”
                       
La aparición de la obra de Galileo Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo (Florencia, 1632), en la que discutía el heliocentrismo copernicano y el geocentrismo tradicional, “hizo cristalizar las sospechas del Santo Oficio, que procesó al sabio y le condenó a retractación y a severas penas que le fueron conmutadas por la de destierro (22 de junio de 1633)”. En el momento de su abjuración tenía setenta años y era ciego además. También la abjuración se había visto como característica del científico moderno, “el cual, se dice, ha ido disociando cada vez más conciencia moral de su conciencia teórica”:
                       
Sacristán reproducía la abjuración. Lo hacemos aquí de nuevo:
Yo, Galileo Galilei, hijo del difunto Vincenzo Galileo de Florencia, a los setenta años de mi edad, constituido personalmente en juicio y arrodillado ante vos, eminentísimos y reverendísimos cardenales, Inquisidores generales en toda la República Cristiana contra la herética maldad; teniendo ante mis ojos los sacrosantos Evangelios, los cuales toco con mis propias manos, juro que siempre he creído, creo ahora y con la ayuda de Dios, creeré en el futuro todo aquello que sostiene, predica y enseña la Santa Católica y Apostólica Iglesia. Pero como por este Santo Oficio, luego de haberme sido jurídicamente intimado con precepto del mismo que debía abandonar totalmente la falsa opinión de que el Sol es el centro del mundo y no se mueve y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve, y que no sostuviera, defendiera ni enseñara de ninguna manera, ni de viva voz ni por escrito, dicha falsa doctrina, y tras haberme notificado que dicha doctrina es contraria a la Sagrada Escritura, he escrito y dado a la estampa un libro en el cual trato la misma doctrina ya condenada y aporto razones con mucha eficacia en favor de ella, sin aportar ninguna solución, he sido juzgado como vehemente sospechoso de herejía, es decir, de haber sostenido y creído que el Sol es el centro del mundo e inmóvil, y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve.
Por tanto, queriendo yo quitar de la mente de Vuestras Eminencias y de todo fiel cristiano esa vehemente sospecha, justamente concebida sobre mí, con corazón sincero y fe no fingida abjuro y maldigo y detesto dichos errores y herejías, y en general cualquier otro error, herejía o secta contra a la Santa Iglesia; y juro que en el futuro no diré nunca más ni afirmaré de viva voz o por escrito cosas tales por las cuales se puede tener de mí semejante sospecha; y si conociera algún hereje o sospechoso de herejía lo denunciaré  a este Santo Oficio, o al Inquisidor u Ordinario del lugar en que me encuentre
Yo, Galileo Galilei, antedicho, he abjurado, jurado, prometido y me he obligado como queda dicho; y en fe de la verdad, con mi propia mano he firmado la presente cédula de abjuración y la he recitado palabra por palabra en Roma, en el convento de la Minerva, este día 22 de junio de 1633.

Yo, Galileo Galilei, he abjurado como queda dicho, de mi propia mano.”
Es inevitable, preguntaba Sacristán, que la conciencia científica se escindiera de la conciencia moral en el científico. El invento de que, después de abjurar negando el movimiento de la Tierra, Galileo habría murmurado “Y sin embargo se mueve”, no había nacido, preguntaba Sacristán, “del malestar moral de algún discípulo de Galileo”
             
Una conferencia de 1964, impartida en la facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona, llevaba por título “En torno a una medición de Galileo.”


 IV


"No quiero transmitir estas palabras a los hombres –los políticos, los burócratas, los empresarios- que intentan imponer a las generaciones futuras la difícil tarea de deshacerse de los residuos radiactivos que se han generado y siguen generándose por culpa de una política energética que pone la capacidad de producción y la fortaleza económica por delante de todo lo demás. Más bien quiero transmitir estas palabras a las mujeres –las jóvenes madres- que rápidamente se han dado cuenta de los peligros que se les plantean a sus hijos y tratan de encarar el problema de frente" | Kenzaburo Oé (2011).

En 1964, dos años después de que se presentara sin resultado positivo a las oposiciones para la Cátedra de Lógica de la Universidad de Valencia que se celebraron en Madrid, Sacristán dictó una recordada y elogiada conferencia con el título “Sobre una medición de Galileo” en la facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona. Xavier Folch, que asistió, se ha referido a ella en alguna ocasión.

Como fichas anexas, elaboró esquemas sobre 1. Biografía de Galileo. 2. Principales obras de Galileo. 3. Base social. 4. Temas galileanos. 5. Revolución técnica siglo XVII. 6. Revolución científica siglo XVIII. 7. Miscelánea Galileo.

El esquema de su intervención fue el siguiente. El primer apartado tenía este desarrollo:

1. Nacimiento: Pisa, 15 febrero 1564. Muerte: Arcetri, 8 enero 1642.

2. En Galileo se encuentran todos los hilos de la cultura científica moderna. Muchos nacen en él. Los que no nacen en él, se cruzan en él:
2.1. Es el moderno espíritu científico, que por no respetar autoridad no respeta ni la propia: “Mi inquieto cerebro no puede evitar el ir dando vueltas como rueda de molino y con gran gasto de tiempo, porque el último pensamiento que se me ocurre a propósito de alguna novedad me hace mandar al agua todos los descubrimientos anteriores”
2.2. Gran antipatía a Tycho Brahe, cuyo epistolario no recoge: por no ser Galileo un puro empirista conservador.
2.3. Antipatía a Kepler: por no ser Galileo un especulador.
2.4. La noción de “sensata esperanza" lo dice todo

3. Galileo encarna además el drama moral de la ciencia. Por eso Brecht. Esto es acaso lo que más debería ocupar al filósofo. Está de moda no hablar de ello. Y no es nuestro tema. Pero en el IV centenario de su nacimiento no podemos no recordar. Con un documento:
3.1. La abjuración (final proceso: 22 junio 1633)…
3.2. El odio después de muerto. El mausoleo. La carta del cardenal Barberini al Inquisidor de Florencia dos semanas después de la muerte de Galileo: “Su Beatitud, con el parecer de estos mis Eminentísimos señores, ha decidido que vos, con vuestra acostumbrada habilidad, procuréis hacer llegar a oídos del Gran Duque que no está bien construir mausoleos al cadáver de aquel que ha sido penitenciado por el Tribunal de la Santa Inquisición, que ha muerto mientras aún duraba la penitencia, porque se podrían escandalizar los buenos.” (XVIII, 379-380)

El segundo punto de la conferencia seguía este esquema (se anuncia en él el objetivo de la conferencia):

1. Nuestro tema es ver lo que hay detrás de una medición de Galileo. Ver en un concreto ejemplo su modernidad fundamental.

2. Los Diálogos acerca de dos nuevas ciencias sobre la mecánica y el movimiento local.
2.1. Obra máxima. Precauciones de Galileo.
2.2. Impresión: julio 1638. En Venecia: abril 1639.

3. Jornada Primera: en torno a la coherencia de las partes en los sólidos.
3.1. El arsenal de Venecia. Las máquinas grandes y las pequeñas. ¿Por qué no bastan los principios geométricos de las pequeñas?
Comentario sobre el origen de la cuestión.
3.2. Reducción del problema al de la cohesión de los sólidos.

4. La tesis general: “(...) la coherencia de sus partes parece consistir en... causas que, a mi juicio, se reducen a dos 
 temas; uno de ellos es la tan pregonada repugnancia que la naturaleza tiene a admitir el vacío; por el otro lado, es necesario (si no es suficiente el vacío) introducir algún gluten, sustancia viscosa o cola que una tenazmente las partículas de que esos cuerpos se componen. Hablaré primero del vacío, demostrando con claros experimentos cuál y cuán grande es su poder”

5. La objeción de Sagredo: “Sagredo.-...si,. según tengo entendido, de un solo efecto un sola es la causa, o aunque sean muchas se reducen a una sola, ¿por qué el vacío, que sin duda existe, no basta para explicar todas las resistencias?”

6. La respuesta “experimentalista”:
Salviati.-...si yo lograra haceros ver que ella sola (el vacío) no es suficiente para producir tal efecto, ¿no me concederíais que es necesario introducir alguna cosa?
Sagredo.-...Estaba pensando que si no basta cada año ese millón en oro que viene de España para pagar al ejército, será necesario allegar otros bastimentos...

7. Precisión de la respuesta:
Salviati:... Diré el modo de apartar de los otros el poder del vacío; después, la manera de medirlo.
“experimentalismo” es mucho: análisis y medición.

El tercer apartado seguía el siguiente desarrollo:

1. Dato.
1.1. Para el análisis pasa al agua, la cual no tiene "gluten". así quedarán aislados los efectos del "horror al vacío”.
1.2. La bomba aspirante: “Vi en cierta ocasión una cisterna en la cual se había instalado una bomba con el convencimiento, en realidad equivocado, de que así se podría sacar con menos trabajo una cantidad de agua igual o mayor que con los cangilones ordinarios; y tiene esta bomba su pistón y ánima tan alto, que el agua se hace salir por aspiración y no por impulsión, como sucede con las bombas que tienen el cilindro abajo. Esta, cuando en la cisterna hay agua hasta una determinada altura, la saca en abundancia; pero cuando el agua desciende hasta un nivel determinado, la bomba no funciona ya. Yo creía la primera vez que observé este fenómeno, que el ébolo estaría deteriorado; y cuando busqué al mecánico para que lo compusiera me dijo que no estaba el defecto en la bomba, sino en el agua, que por haber descendido en demasía imposibilitaba su ascenso a tanta altura; y añadió que ni con bombas ni con ninguna otra máquina que eleve el agua por aspiración es posible hacerla subir un cabello más de dieciocho codos; y éste es el límite máximo de su altura, tanto si las bombas son anchas como si son estrechas. He sido tan poco sagaz que, sabiendo que una cuerda o un bastón de madera o una barra de hierro se pueden alargar tanto que por fin se rompen por su propio peso, teniéndolas fijas en alto, no me he hecho cargo de que lo mismo, con mayor facilidad tendrá que suceder con una cuerda o barra de agua. Y ¿qué otra cosa es lo que se aspira con la bomba sino un cilindro de agua, que teniendo su sujeción en la parte superior, alargado más y más, finalmente llega a un término más allá del cual, vencido por su propio peso, que ha llegado a ser extraordinario se rompe cual si fuera una cuerda?”
Otra vez el artesano (Brecht).

2. Interpretación.
2.1. 18 codos es el limite máximo de altura a que puede sostenerse sin "fractura" una columna de agua de cualquier diámetro.
2.2. Y la resistencia de la columna de agua a la fractura no puede deberse a gluten -que no tiene el agua- sino sólo al "horror al vacío".

3. Principio de la aplicación de esa medición a inferencias: “[…] siempre que pesemos el agua contenida en 18 codos de tubo, ya ancho ya estrecho, obtendremos el valor de la resistencia del vacío en los cilindros de cualquier materia sólida, iguales en grosor al calibre de los tubos propuestos.”

4. La aplicación al experimento con el cobre.
4.1. Sea un hilo de cobre de 1 codo (= 1/8 de onza) que se rompe por el extremo justo al llegar a cargarle 50 libras (de cobre).
4.2. 1 libra = 12 onzas, y el cobre pesa 9 veces más que el agua. 1 codo = c. 60 cm.
4.3. Lo que hoy llamamos carga de ruptura ha sido de 600 onzas (= 4.800/8 de onza).
4.4. La longitud del hilo de ruptura es pues de 4.800 + 1 codos = 4.801.
4.5. Pero la resistencia a la fractura por sólo "horror al vacío” es, como vimos, equivalente al peso de 18 codos de agua del mismo diámetro. O sea, 2 codos de cobre, y no 4.801 codos de cobre.
4.6. Luego la resistencia de la varilla de cobre a la fractura por mero "horror al vacío" es despreciable y lo decisivo es la resistencia del “gluten”.

El cuarto apartado desarrollada los puntos siguientes:

1. Puede ser que Galileo haya hecho la medición con el cobre:
1.1. Siendo su codo de unos 60 cm,
1.2. El dato sobre el cobre es admisible hoy: son 2880,6 m y que, corresponden a poco menos de una carga de ruptura de 25, 5 kg / mm

2. Pero lo importante no es eso, sino lo que hay detrás de la medición:
2.1. Por de pronto, el análisis.
2.2. Por análisis generalización abstractiva del problema: el agua no es un sólido. Nuevo planteamiento. El tema se ha hecho técnico.
2.3. Obtención de un número para ulteriores inferencias (cobre).
2.4. La noción cualitativa de "horror al vacío" se va haciendo irrelevante: la medición es operativamente bastante para admitir la existencia de un “gluten” aunque los conceptos sean intransparentes.

3. Actualidad definitiva de esa situación.
3.1. Eficacia operativa.
3.2. Riesgo: tiende a no buscar comprensión por conceptos: positivismo,
3.3. La situación de Galileo debe completarse: él erró subsiguientemente por el mantenimiento del concepto de "horror al vacío". Torricelli aclaró con un concepto más internamente cuantitativo: el de presión atmosférica. Esto lleva a

4. Inducción aristotélica e inducción galileana o moderna.
4.1. Lo esencial no es completa-incompleta, sino buscadora de “esencias sustanciales" o buscadora de relaciones cuantificables.
4.2. El número es expresión de una relación entre los conceptos, los datos, los fenómenos.

5. Para salir del riesgo positivista
5.1. La comprensión del fenómeno ha sido llevada a un nivel de relaciones, de acciones y reacciones, no de esencias sustanciales fijas.
5.2. Así se abre camino un nuevo modo de comprender que se basa en que cada fenómeno se constituye por la acción de los demás. El concepto de sustancia no es ya lo primero, ni el de sus virtudes sino el de relación -"inerte" (estructura) o activa (función y proceso social).
Dialéctica: reconstrucción de lo individual en los procesos, contra cosificación. Programa sin límites, pues programa no es realización. Dogmatismo, Galileo.

Las fichas anexas de la conferencia

La primera era biográfica. La segunda era sobre “Temas galileanos”: La matematización. La mecánica:
“Esta ciencia “nueva” ve la luz en Galileo y comporta esencialmente junto con las leyes de la caída de los graves, la solución del problema del movimiento de un proyectil sin resistencia alguna del medio”. Las manchas solares y las montañas de la luna. La dinámica. En 1604, Carta a Paolo Sarpi, la ley de caída libre. Ya desde el De motu (1589-91?) afirmación del vacío para esa temática. En lo de los proyectiles, inercia. La anulación de la distinción entre movimiento natural y movimiento violento. La astronomía: observaciones de la nova de 1604 (mutabilidad del cielo); 1609: reconstrucción del anteojo: Nuncio (montañas de la luna, la tierra brilla, estrellas -> la vía Láctea es un conjunto de estrellas; los satélites de Júpiter, contra objeción anti-copernicana; las fases de Venus); la cara única de la Luna; 1610 y 1612: Observación de las manchas del Sol. Carta a F. Cesi

La tercera era sobre la Revolución técnica y científica siglo XVII.

A. Técnica: durante el siglo se inventan el sextante, el reloj de balancín, el muelle en espiral, que habrían sido útiles a Galileo. B. Científica: -Matemáticas: álgebra, teoría de los números, cálculo de probabilidades, geometría proyectiva, cálculo infinitesimal. Física: dinámica (G), mecánica celeste, óptica, magnetismo. Lentes, microscopio. Química. Biología: circulación mayor; fisiología vegetal; anatomía microscópica. Medicina. Nacimiento de la geología.

Finalmente, “Miscelánea Galileo”:

1. Decir que lo capital de Galileo es la mecánica. 2. En 1641, un año antes de su muerte, Galileo tiene, al parecer, la intención de aplicar un péndulo para regular un reloj. Me sirve para el rasgo b). 3. Que en resistencia de materiales es poco afortunado. Pero, en cambio, da mi ejemplo. 4. 1610: el dux de Venecia, invitado por Galileo, observa los satélites de Júpiter desde lo alto del Campanile. 5. Correspondencia con Kepler, lente. 6. Carta a Benedetto Caselli, a propósito de las fases de Venus. “¡Qué hermosas consecuencias facilitan mis observaciones! Pero me hacéis reír al suponer que disipáis todas las nubes y pondrán fin a todas las discusiones. La demostración ha conseguido ya hace tiempo su última evidencia. Nuestros adversarios estaban ya convencidos si pudieran serlo: pero quieren engañarse a sí mismos”. 7. Carta F. Cesi sobre las manchas del sol y las montañas de la Luna: “Creo que estas novedades serán el funeral, o más bien el final y el juicio último, de la falsa filosofía; han aparecido ya signos en la Luna y el Sol. Y espero oír sobre este punto grandes cosas moderadas por los peripatéticos para mantener la inmutabilidad de los cielos; no se ya cómo podrán salvarla y mantenerla”.

Sacristán impartió otra conferencia, esta vez el 13 de febrero de 1967 en la Residencia (o Escuela) San Antón con el título “Bruno y Galileo: creer y saber”. Existen dos esquemas muy similares de su intervención. He incorporado los textos seleccionados por él para su conferencia.
Damos cuenta de ella en la próxima entrega.

Salvador López Arnal fue alumno (no matriculado) de Manuel Sacristán y es magister en Historia de la Ciencia por la Facultad de Físicas de la Universidad Autónoma de Barcelona.
http://www.lapaginademontilla.blogspot.com/