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Una vez José Saramago sentenció que somos la memoria que
tenemos y la responsabilidad que asumimos. Para el escritor portugués, sin
memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir. En
cambio para el filósofo y crítico alemán, Walter Benjamin la memoria es el
relampagueo de la conciencia en momentos de peligro. En la mitología griega,
originalmente había tres musas: Meletea, la musa de la meditación, Mnemea,
la musa de la memoria y Aedea, la musa de la voz y del canto. Los
griegos relacionaban a la memoria con la musa Polimnia, “la de muchos himnos”,
la musa que presidía los cantos sagrados, la inventora de la lira, siempre
cubierta con su manto sagrado, con una mano sosteniendo una cadena,
representando el poder de la elocuencia, agarrándose una oreja en actitud de
meditación. Ella enseñó a los hombres la agricultura. Las musas fueron hijas de
la memoria a quien llamaban Mnemósine, quien fue amada durante nueve noches por
el dios Zeus. Fue hija de Urano y Gea.