Alberto Garzón
Espinoza | Las llamadas leyes del mercado no
operan en el vacío sino que se encuentran siempre institucionalizadas, es
decir, sujetas a un conjunto de reglas, normas, leyes, valores y costumbres que
operan como su límite. En consecuencia, hablar de tal cosa como el libre
mercado es tanto una exageración como una utopía. Es una exageración
porque siempre hay, aunque sea en grado reducido, algún tipo de regulación. Y
es una utopía porque, como advirtió K. Polanyi, cualquier avance de ese mercado
autorregulado pone en riesgo el orden social y genera un contramovimiento de
protesta/protección que acaba por neutralizarlo.
Afortunadamente, en nuestras sociedades constitucionales la
dinámica del mercado está limitada por las normas jurídicas, siendo la
Constitución la norma suprema. De no organizarnos así estaríamos aún más
expuestos a los caprichos irracionales del mercado, que todo lo sacrifica en
aras de una ganancia económica cortoplacista. Las Constituciones, primero, y
las leyes, después, moldean y constituyen el diseño institucional en el que
vivimos como