“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

27/2/17

Lenin ‘reset’ — ¿Por qué leer a Lenin en el siglo XXI?

Lenin ✆ Vic
Ángel Ferrero

¿Por qué leer a Lenin en el siglo XXI? “Si hoy levantasen la cabeza Marx o Lenin patearían el trasero de la gente que sigue leyendo a personas que murieron hace 100 ó 150 años para intentar encontrar respuestas en el presente”, decía Juan Carlos Monedero en una entrevista reciente. Según Monedero, es “de una pereza intelectual que raya lo insólito”. A continuación, el profesor de la Universidad Complutense de Madrid se descolgaba con una explicación que parecía salida de Imposturas intelectuales, la demoledora crítica de Jean Bricmont y Alan Sokal al uso pedante de vocabulario científico por parte de las ciencias sociales: “Yo creo que un elemento muy importante en nuestro análisis es entender que, como dice Ilya Prigogine, y no quiero parecer petulante, la Ciencia Política ha sido muy rehén de la física clásica y la economía, y ahora tenemos que mirar a los elementos más luminosos de la ciencia moderna. Como la física cuántica o la biología, que hacen más justicia a los procesos vivos. Por ejemplo, el hielo no se bifurca de forma lineal.

Luego daba un salto –¿cuántico?– para hablar de Trump y de Hitler. Pero detengámonos aquí. La respuesta de Monedero es sintomática: los intelectuales de la 'nueva política' ya no piensan en categorías históricas. ¿Por qué no se puede leer un texto si se hace en su apropiado contexto y, a partir de ahí, extraer lecciones históricas? Más aún cuando Lenin abordó cuestiones que siguen siendo actuales como la forma de organización política y los medios de comunicación –¿Qué hacer? (1902)–, la cuestión nacional –El derecho de las naciones a su propia autodeterminación (1914)– o la formación del capital financiero y la creación de una cadena de dominio de unas naciones sobre otras –El imperialismo como fase superior del capitalismo (1917)–.
Lenin vivió…
“El comunismo ruso es difícil de entender debido a su naturaleza doble”, según lo definió el filósofo ruso Nikolái Berdiáyev en Los orígenes y significado del comunismo ruso (1937). “Por una parte es un fenómeno internacional y global, y, por la otra, es nacional y ruso”. La filosofía de Berdiáyev tiene una considerable impronta cristiana, pero su formación marxista y distancia del bolchevismo lo convierten en un autor merecedor de estudio.

Pagina del manuscrito de Lenin "Resumen del libro
de Hegel Lecciones de historia de la filosofía", 1915
Mantengamos por un momento el ángulo de Berdiáyev. La diferencia entre un cismático y un hereje acostumbra a ser una cuestión de perspectiva. Para el cismático, la secesión se justifica en nombre de la ortodoxia, mientras que para la comunidad que sufre la escisión, el cismático se aleja en realidad de ella y, en la mayoría de los casos, acaba siendo calificado de hereje. La herejía de Lenin fue romper con el marxismo ortodoxo y dogmático de la II Internacional, algo que hizo, en muchos casos, apelando a esa misma ortodoxia.

Ése fue el caso, por ejemplo, en la conferencia de Zimmerwald (1915), donde Lenin encabezó a los ocho asistentes que consideraron a la II Internacional agotada luego que los partidos socialdemócratas apoyasen los esfuerzos bélicos de sus propias naciones tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, apelando a la unidad nacional y abandonando sus reivindicaciones políticas y sociales, desde la crítica al gobierno a la convocatoria de huelga. En el caso contrario, el directamente herético, encontramos su idea de partido. Como ha escrito el sociólogo ruso Boris Kagarlitsky, “nunca habría entrado en la cabeza de un socialdemócrata europeo que era necesario establecer un partido obrero, en la práctica antes de la aparición de una clase obrera de masas, y luego 'importar' la conciencia proletaria a los rangos de ese proletariado”. “Este 'absurdo teórico', sin embargo, surgió del absurdo de la propia historia rusa”, añade.  ¿En qué otro país un teórico marxista habría escrito una frase como “la doctrina de Marx es omnipotente porque es verdadera”? 

Lo mismo puede decirse de las Tesis de abril, cuyo significado resumió Antonio Gramsci al afirmar que la Revolución de Octubre –de la que este año se celebra su centenario– había sido “la revolución contra El capital”. “No una república parlamentaria -volver a ella desde los consejos de diputados obreros sería dar un paso atrás- sino una república de los consejos de diputados obreros y campesinos”, escribió Lenin. Esta propuesta contradecía lo que los socialistas habían aprendido de una versión escolástica de los escritos de Marx y Engels, según la cual el desarrollo capitalista era imprescindible para sentar las bases del socialismo (en parte, por el desconocimiento de las cartas de Marx a la revolucionaria rusa Vera Zasúlich y al editor de la revista Otechestvennye Zapiski, en las que el autor de El capital advertía contra esa misma interpretación de su obra).

Entroncando con la tradición revolucionaria de los narodniki (populistas), Rusia, que según el conocido aforismo de Lenin había padecido el capitalismo y su insuficiente desarrollo, se saltaría esa fase para “alcanzar y superar” al sistema capitalista partiendo de la comuna rural (mir) y la cultura colectivista campesina en alianza con la emergente clase obrera industrial. Así, en “la catástrofe inminente y cómo evitarla” (1917) escribía:
Debido a una serie de causas históricas –el enorme atraso de Rusia, las extraordinarias dificultades ocasionadas por la guerra, la completa podredumbre del zarismo y la extrema tenacidad de las tradiciones de 1905–, la revolución estalló en Rusia más temprano que en otros países. La revolución tiene como resultado que Rusia ha de ponerse al nivel de los países desarrollados en unos pocos meses, al menos en lo que se refiere a su sistema político. Pero eso no es suficiente. La guerra es inexorable; presenta la alternativa con su implacable gravedad: o perecer o alcanzar y superar a los países desarrollados también económicamente.
Esto es posible, pues tenemos ante nosotros la experiencia de un gran número de países desarrollados, los frutos de su tecnología y su cultura. Estamos recibiendo el apoyo moral de las protestas contra la guerra que van en aumento en Europa, de la atmósfera de una emergente revolución obrera mundial. Nos inspira y nos anima la libertad revolucionario-democrática, que es extremadamente rara en tiempos de guerra imperialista.” 
Para Berdiáyev, ésta es la gran paradoja de la Revolución bolchevique: 
las ideas liberales, las ideas sobre el derecho así como las ideas sobre la reforma social, en Rusia parecían utópicas. El bolchevismo, por el contrario, se presentaba como mucho menos utópico y mucho más realista, más en consonancia con la compleja situación en Rusia en 1917, y mucho más fiel a ciertas tradiciones primordiales rusas, a la búsqueda rusa universal de justicia social, entendida en un sentido maximalista, y al método ruso de gobierno y control por coerción.”
Lenin vive…
A pesar de la ola revolucionaria que recorrió el continente –se proclamaron repúblicas socialistas en Finlandia (1918), Estrasburgo (1918), Hungría (1919), Baviera (1919), Eslovaquia (1919) y Mongolia (1921), y hubo insurrecciones obreras en Holanda (1918), Italia (1918-1920), España (1918-1921) y Alemania (1918-1923)–, la revolución que esperaban los bolcheviques no triunfó en Europa. La República Socialista Federativa de Rusia (RSFR) se quedaba en una situación que no esperaba: sin aliados e inmersa en una cruenta guerra civil en la que 14 países intervinieron en apoyo del movimiento blanco. ¿Qué hacer? La guerra civil (1917-1922) acentuó el carácter áspero y expeditivo que los bolcheviques habían heredado de sus predecesores y destilado tras años de persecución política y abismales diferencias sociales del zarismo.

Estas condiciones históricas particulares –antes y después de la revolución y la guerra civil– acabaron creando una identidad político-cultural diferenciada de la del socialismo europeo, una que en no pocas ocasiones conectó con el milenarismo cultural ruso. Para Berdiáyev, esta cultura “desea subordinar todo a una idea absoluta, y ésta es una característica religiosa”, pero “fácilmente conduce a la confusión, toma lo relativo por lo absoluto, lo parcial por lo universal, y cae en la idolatría.”

El luego comisario popular para la Educación (Narkompros), Anatoli Lunacharski, propuso ya antes de la revolución su teoría de “construir a dios” (bogostroitelstvo), consistente en crear una iglesia que canalizase el sentimiento espiritual hacia fines científicos y socialistas sirviéndose de los símbolos y rituales que han utilizado durante siglos las religiones organizadas para estructurar sociedades, sobre todo en el plano moral. La vanguardia soviética, bajo el paraguas del Narkompros, transformó por ejemplo el rincón del hogar reservado a los iconos ortodoxos (krasny ugol) en el espacio donde instalar la nueva propaganda roja (krasny ugolok).

Irónicamente, Lenin, quien se opuso al bogostroitelstvo de Lunacharski, se convirtió tras su muerte en la piedra fundacional de algo muy parecido. La efigie de Lenin en carteles, murales, broches y estatuas, que lo representaban desde sus años de infancia hasta su vida adulta, se reprodujo y se distribuyó en todo el país a nivel industrial. En su Regreso de la URSS, André Gide observó cómo los retratos de dirigentes socialistas habían pasado a ocupar el rincón de los iconos ortodoxos. 
La efigie de Stalin se encuentra en todas partes, su nombre está en boca de todos, su alabanza vuelve inevitablemente en cada discurso”, escribió. “Particularmente en Georgia, no podía entrar en una habitación, incluso la más humilde, la más sórdida, sin encontrarme un retrato de Stalin colgando de la pared en el lugar donde una vez estuvo probablemente un icono.”
Incluso el propio cuerpo de Lenin sirvió para edificar sobre él una suerte de culto teísta. La versión oficial mantenía que la afluencia masiva de visitantes a la capilla ardiente instalada en la Plaza Roja obligó a embalsamar su cuerpo y construir una instalación permanente para alojarlo. Otros autores, como Maximilien Rubel, sostienen que fue Stalin quien tomó personalmente la decisión –en contra tanto de la voluntad de Lenin como de su esposa, Nadezhda Krúpskaya– como parte de una estrategia que legitimase su ascenso en el partido y el nuevo sistema político-social que estaba gestándose bajo su mandato. Significativamente, el diseño de Alekséi Shchusev para el mausoleo se inspiró en la pirámide escalonada de Zoser, en Egipto, y la tumba del rey Ciro, en Irán, por lo que fue criticado por sus colegas del grupo LEF (Frente de Izquierdas de las Artes) como una "muestra de barbarismo asiático", "indigna de un marxista". Para Boris Groys, “el cuerpo de Lenin era venerado y dispuesto […] como testimonio de que ha abandonado su encarnación en este [mundo] sin dejar ninguna huella y que, en consecuencia, su espíritu o su 'causa' estaba disponible para la 'encarnación' en los subsiguientes líderes soviéticos”, quienes, como recuerda en Obra de arte total Stalin, se subían dos veces al año a lo alto del mausoleo para presidir los desfiles del Día Internacional de los Trabajadores y el aniversario de la Revolución de Octubre.

Mientras su cadáver se exhibía en el mausoleo en la Plaza Roja y sus textos se enseñaban como catequesis, su obra original iba quedando sepultada bajo numerosas capas de interpretación, tanto en la Unión Soviética como en Europa occidental. El marxismo fue, como lamenta Kagarlitsky en The Thinking Reed (1988), en buena medida “reemplazado por una serie de dogmas ideológicos que tenían poco en común con la 'filosofía crítica'” y condensado en el Diamat –acrónimo de “materialismo dialéctico”, un término que en sí mismo nada significa–, y los intentos posteriores por restablecerlo nunca fueron realizados del todo. “La filosofía soviética”, apuntaba Berdiáyev, “es una filosofía ortodoxa de estado: detecta y excomunica a sus herejes”. Y esta ortodoxia, añadía, “consiste en la afirmación del materialismo dialéctico con línea general en filosofía”. Así, cuando la URSS desapareció, la obra de Lenin fue rechazada sin más con la propia URSS.
¿Lenin vivirá?
“El fin del milenio y el comienzo de otro llevan a la gente a observar con mayor detenimiento los 'archivos culturales'”, ha afirmado el artista ruso Leonid Sokov, para quien “el legado cultural vive su propia vida espiritual, en la que los valores son revaluados, las ideas chocan”. “¿Por qué leer a Lenin en el siglo XXI?” La pregunta no recorrió sólo los pasillos de las sedes de los partidos comunistas, sino a buen seguro del Departamento de Estado de EEUU.

Las revoluciones no son espontáneas: se organizan. La obra de Lenin se caracteriza por una orientación eminentemente práctica. Por decirlo con Berdiáyev, “estaba adaptada a la técnica del conflicto revolucionario”, e incluso sus obras más filosóficas “tenían un objetivo definido: el conflicto y la acción […] tenía un buen conocimiento del marxismo y un cierto conocimiento en economía. En filosofía leyó simplemente con fines polémicos, para zanjar disputas con herejías y desviaciones del marxismo.” El Departamento de Estado de EEUU encontró en Lenin una guía para organizar cambios de régimen –el estudio de las fracturas político-sociales de una sociedad, la identificación de los grupos de la sociedad civil opuestos al gobierno más activos– y proporcionar un producto, como diría Slavoj Žižek, desprovisto de su componente maligno, como el café sin cafeína o la cerveza sin alcohol. Las revoluciones de colores –las más conocidas son las de Yugoslavia (2000), Georgia (2003), Ucrania (2004)–  fueron revoluciones sin revolución. Tienen el aspecto de una revolución –las protestas callejeras, los disturbios, el asalto a los edificios administrativos, etc., lo que les permite reunir numerosos apoyos internacionales (en particular entre la nueva izquierda y la izquierda liberal)–, pero no son una revolución. Una vez consumado el reemplazo de las viejas elites por otras dispuestas a aceptar el consenso de Washington, el peso de la realidad cae a plomo sobre la propia población: la corrupción, los abusos de la administración y el estancamiento económico siguen ahí, pero entonces ni llega el dinero para sostener a las organizaciones de la sociedad civil ni las cámaras de televisión están presentes para registrar la disolución violenta de las manifestaciones.

Más interesante resulta la apropiación de Lenin por parte de la nueva derecha radical. Según el historiador Ronald Radosh, Steve Bannon, el estratega jefe de la Casa Blanca, exdirector de Breitbart y probable autor del discurso inaugural de Donald Trump, se definió a sí mismo como “leninista”: “Lenin quería destruir el Estado, y ése es también mi objetivo: quiero destruirlo todo, destruir al establishment actual”. Poco sorprendentemente, el nombre de Lenin ha causado más rechazo que reflexión. Sus críticos harían bien en ir más allá de las comparaciones que el propio Bannon ha hecho de sí mismo con personajes de la cultura popular de masas –Darth Vader– y tomárselo en serio, como cuando se compara con personajes históricos como Thomas Cromwell. David Atkins ha descrito al consejero áulico de Trump en las páginas de Washington Monthly como “una estratega astuto que nunca muestra sus cartas del todo y a quien no le gusta hablar abiertamente de sus tácticas. Sus acciones raramente son azarosas y siempre deliberadas.”

Durante la campaña Bannon supo identificar la existencia de una bolsa de votantes en el antiguo cinturón industrial –él mismo miembro de una familia “de demócratas de cuello azul, católica irlandesa, pro-Kennedy, pro-sindicatos”, según reveló en una entrevista a Bloomberg–, afectados, como su propio padre, por tres décadas de neoliberalismo y a quienes los demócratas habían abandonado creyendo que su declive demográfico los hacía irrelevantes. Como sus homólogos de la nueva derecha radical en Europa, Bannon también ha sabido explotar demagógicamente las líneas de fractura sociales e ideológicas creadas por el Partido Demócrata –desde la segmentación vertical denunciada por Jean-Loup Amselle hasta las políticas de identidad de lo que Nancy Fraser ha llamado “neoliberalismo progresista”– en favor de su candidato, a quien considera un heredero del estilo directo del temperamental e irascible Andrew Jackson, de quien, simbólicamente, ha mandado colgar un retrato en el Despacho Oval. Bannon sabía que “Clinton no podía cerrar” esas líneas de fractura. Los gastos de los demócratas, declaró ufano, “multiplicaban por 10 el nuestro, tenía 10 veces más personal, y todos los medios de comunicación estaban con ellos, pero yo seguía diciendo que no importaba, que lo entendieron todo mal, que lo teníamos ganado”.

La presidencia de Trump es caos con estrategia. Como ha señalado Mike Whitney, “un presidente divisivo solamente prevalece si el país está dividido […] ése es el objetivo: abrir una brecha entre personas con diferentes puntos de vista, exacerbar animosidades históricas para incrementar la autoridad del ejecutivo y usurpar un mayor control de las palancas del poder del Estado”. Su reunión en enero con líderes sindicales de los sectores metalúrgico y de la construcción, que en sus discursos ha prometido revitalizar, constituye un buen ejemplo de qué tipo de estrategia podría mantener el nuevo presidente hacia el movimiento obrero en Estados Unidos.

Tal y como advierte Zeynep Guven “a pesar de la aparente impopularidad de la reciente orden ejecutiva del presidente Trump de prohibir la entrada de inmigrantes musulmanes de siete países donde el presidente no tiene vínculos de negocios, existe en realidad un apoyo de un 45 a un 52% a su medida, lo que le convierte en inmune a la reacción liberal. Sabe cómo se juega a este juego y continuará tomando medidas decisivas y divisivas mientras los manifestantes se compongan de personas cuyos votos nunca tuvo y nunca tendrá”. Y cabe añadir: corren el riesgo de galvanizar a los partidarios de Trump teniendo en cuenta la imagen que éstos tienen de la oposición (por resumirlo con una frase de Ruido blanco de Don De Lillo: “Los californianos inventaron el concepto de lyfe-style. Sólo eso ya merece su condena”).

Ésta, por su parte, es una plataforma de intereses diversos, y en ocasiones contradictorios, en la que en no pocas veces la caricaturización y demonización de Trump es todo lo que existe por programa político. En un pulso sostenido con la base de Trump –a grandes rasgos: una alianza vertical y oportunista entre algunos sectores de la plutocracia, por una parte, y la antigua clase trabajadora industrial, hoy fragmentada, precarizada y desclasada, por la otra– puede correr el riesgo de desintegrarse. Quien confíe en el star system como catalizador de la protesta haría bien en recordar el precedente de la caza de brujas, cuando, ante la disyuntiva de elegir entre sus carreras y la defensa de sus colegas perseguidos por las autoridades, “traicionó para salvar sus piscinas”, en inmejorable aforismo de Orson Welles, él mismo víctima del maccartismo.

En una rara entrevista con Hollywood Reporter, el propio Bannon pronosticaba que si la administración Trump conseguía cumplir con sus objetivos y satisfacer a los votantes que se ha marcado como estratégicos, “conseguiremos el 60% del voto blanco, el 40% del voto negro e hispano y gobernaremos 50 años”. Por ahora el sistema electoral beneficia a Trump y, mientras las dos cámaras legislativas estén en manos de los republicanos, no habrá ninguna modificación legal. Irónicamente, hasta el momento, y si los grupos de base no organizan un asalto al Partido Demócrata equivalente al que el tea party llevó a cabo con el Partido Republicano, el mayor riesgo para Trump es un 'impeachment' –y los motivos para uno se acumulan con cada día que pasa– promovido por una alianza entre demócratas y republicanos disidentes.

Sirva esta digresión para entender una cosa, a saber: que el Departamento de Estado de EEUU ha leído a a Lenin y que el estratega jefe de la Casa Blanca –y probablemente sus pares en Europa– ha leído a Lenin, mientras el profesor Monedero dice que, por el contrario, no hay que leer a Lenin. Juzgue cada cual los resultados. Quizá leer a Lenin en este siglo XXI no sea de “una pereza que raya lo insólito”.
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