“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

10/10/10

Los Heraldos Negros

César Vallejo (Perú, 1892-Paris, 1938)

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... ¡Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Los heraldos negros, de César Vallejo


Luis Fernando Cuartas









Hay golpes que no tienen forma de ser respondidos, pues estos golpes son actos de una fuerza invisible, destructora y feroz. La palmada en el rostro que no tiene mano ni es puesta por un congénere cualquiera. Un destino redomado de esqueleto, el asunto con la vida y con la muerte. De golpe hemos llegado a este sitio, una confusión, la  carcoma sentencia, la carga genética en continuo movimiento. Golpes que se empozan en el alma, empozamiento que no es otra cosa que la visión de la melancolía. En la antigua Alquimia, la melancolía se sentía como un estado de búsqueda infructuosa, un dolor no de pérdida sino de lo inalcanzable, la lejana luz que se aparece como un dios enfermo, como la divinidad opaca de lo no realizado, de lo nunca hallado. La bilis negra, cabalgando por la sangre sacudida por espesas contradicciones y amargas verdades que no se pueden aplazar.

Los potros son las pesadillas, Borges habla de la noche y sus fulgores de fiebres y candelas, como unas yeguas que trotan en los sueños. El cuadro de Henry Fuseli, la pesadilla, 1782, marca pictóricamente ese extrañamiento de la luz, la sombra invade todo, la mujer desvanecida en un camastro, lejana, evanescente, es mirada por dos figuras grotescas, una gato deforme, como un ser acurrucado que mira la pierna cubierta y un caballo con los ojos fulgurantes, iluminado que sale de la oscuridad, levantando un cortinaje que apenas da cuenta de la noche empecinada. Los Bárbaros Atilas están en esa sensación de temor y destrucción, galopante el miedo de ser tocado por la soledad, el golpe último, que derrite el rostro más fiero y el lomo más fuerte. Arnold Böcklin, pinta en Batalla de los centauros, 1873, esos golpes fieros. Mitad hombres, mitad caballos se dan pedradas gigantescas,  destrozo múltiple, los mismos seres autodestruyéndose, los cascos hundidos en la arena, los cuerpos caídos, retorcidos, heridos, un combate en círculo, nadie se escapa, todo se repite. Un heraldo es presagio, anuncia la sombra, cabalga en la carroza de la Parca. Somos nosotros mismos en un proceso de autodestrucción, piedra contra piedra, como panes quemados en el horno de la vida, duros panes piedra, que no llegan a ser comunión con ningún cristo ya caído, desvencijado de su cruz, pues en estos golpes ya no pesa un dios sino la vida misma, la humana condición de estar pobre pobre, aquí sumido.

No hay más majestad, ni ostentación, es lo humano reivindicado en poesía. Nos llama el poeta, ese ser invisible que nos susurra algo al oído como le expresaba Raúl Henao, poeta colombiano. Esa palmada que nos hace volver a mirar, en lugar de nosotros, sin dioses tutelares, un abismo acaso, más no un cielo fecundo. Es la soledad, ese estado de intimidad con el trayecto de todo lo vivido, de todo lo perdido, de lo no alcanzado y de lo no obtenido.

En un cuadro de Jean Delville, El fin de un reinado, 1893, hay una cabeza flotante, una cabeza coronada, sangra y está suspendida en el aire en los pasadizos de un palacio. El rostro impávido, sumido en un sueño, en el sopor de un fantasma que se pasea por u reino derruido. En el poema de Vallejo, se podría comparar esos golpes, esos pocos pero son… con un cuadro de Odilon Redon, Homenaje a Goya, 1885. La cabeza de un hombre en actitud pensativa, su ojo observa el vacío, la oquedad, o tal vez a nosotros mismos que estamos sometidos desde el cuadro a su escrutinio. La mano en el mentón, la actitud del pensador, las sobras a su alrededor, la cara lánguida, sumido en un profundo estado reflexivo. Nos recuerda la Melancolía de Durero, pero esta vez es un ser más cercano, más humanizado en su silencio. Tal vez no llora nunca, pero hay un sentido de triste tristísima tristeza en ese rostro, que nos hace hablar como un  Vallejo en su cavilación filosófica que nos deja su poema.  Una filosofía que nos espanta en parte, hablar con  un alma humanizada es estar desnudos, hay mayor  temeridad en ese acto  voluntario de desposesión.  No se trata aquí de fundar una República ni buscar al emperador tras las pistas de un  pirata, no hay sino desierto,  profunda sensación oscura, para tomar la certeza de encender la  lámpara en medio de una torrencial lluvia.  Platón estaría sentado entre su caverna,  Aristóteles buscaría  coordenadas para sentir su física en el alma, más aquí desde los  Andes, un peruano de escaso kilos de huesos y de kilómetros de audacias, esta  desclavando un cristo para conversar con él como persona, siente el crepitar del horno y sabe de la soledad como  una pobreza  que calcina.  Hay golpes en la vida yo no sé… que se quedan esperando, después de ver el relámpago, sentir  el estruendo del rayo en su caída  que gime como una roca vencida por  el fuego. No es un ateo, es una ser humano que duda, que pregunta, dolido siente la otredad del infortunio. Es la pregunta existencial desde muy adentro de sí mismo. César Vallejo aquí se acerca a María Zambrano en el hombre y lo divino, una relación con la pregunta, el acto reflexivo hondo, la mística de la piedra y del humo, del pan y de la tierra, donde cada ser humano dignifica su existencia en cada uno de eso duros golpes que nos concede la vida.

En César Vallejo, los heraldos negros siempre nos estarán llegando. Un débil hombre que es llamado  a dar cuentas de sí mismo y es llamado por su propio destino, hay no hay ningún dios tutelar que lo aventaje, es un hombre que le puede decir a cualquier dios: “Quítate la frente, luego hablaremos”, descarnado humano en fémures de puro caminante, la palabra obra aquí como un  testigo implícito de una confrontación con el cuerpo, alma descalza, pura armazón pensante que se desliza entre nuestros sueños. En ese sentido, Vallejo estará con costros, reclamando existencia, haciéndoos pensar de buena gana y no me quejo, un silencio que habla por los poros y nos deja ventajas en los ojos del buey y de la cabra.