“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

25/5/12

De Grecia y de los griegos

Eduardo Zeind Palafox

Especial para La Página
A finales del siglo XIX, los dirigentes de Harvard y de Yale decidieron llevar a cabo una aberración secular, y así, eliminaron la lengua griega de los planes de estudio. En la era actual, en el mundo "moderno", los estudiantes y los profesionales tienen una simiesca capacidad intelectual. Quien no conoce su pasado, su Ethos o su Etimología, no conoce el futuro, que es espejo de lo que fue.

Más que de síntesis, los gorilas modernos carecen de dilectas tesis. Quiero hablar un poco sobre los griegos. Los griegos cargaban a sus novias, las cargaban para llevarlas hasta universos lejanos, hasta paraísos ajenos, hasta sendos grupúsculos de dioses.

En parangón, las mujeres de hoy se conforman con una mediocre rosa, con una acaudalada cena o con una acelerada caricia, a la que solemos llamarle "bofetada". Mantengamos nuestra marcha. Los griegos tenían que regresar con el escudo en alto o muertos sobre el escudo.

Dice Plutarco: "Los griegos castigan al que pierde el escudo y no al que arroja la espada y la lanza". Cito de memoria esta seca y griega traducción de Plutarco, y lo hago porque me ha acompañado durante los últimos cinco años.

Esta ensalada es una síntesis de todas las artes,
de toda la historia y de todas las glorias de los griegos
Los griegos sudaban y pensaban mucho para ganarse un pobre y glorioso laurel, mientras que los modernos hacen muy poco para ganarse algunos millones de dólares, que amaneran y que no significan nada para los magnates reyes o dioses. El griego afirmaba ("Si, como el griego afirma en el Cratilo", dice un hermoso poema del griego Borges) y el moderno, duda.

La duda es la raíz del vacío, y el vacío representa o emboza oportunidades o espacios oportunos para ejercer nuestros actos. El griego tenía una inteligencia geográfica (Deleuze, en su Rizoma, se muestra griego), mientras que el moderno tiene una inteligencia histriónica… digo, histórica. Y esto acaece así porque tenemos innumerables siglos detrás, más siglos de los que tenían los griegos.

Estibar el tiempo sobre el pesado espacio, es una costumbre griega. Bajo los influjos drogadictos de Huxley, los modernos leemos biografías y bibliografías, mientras que los griegos leían aforismos y anécdotas, las cuales siempre han estado en las biografías y en las bibliografías. Nietzsche, amante de Tucídides, imitó a los antiguos con sus libros, y Goethe lo hizo con sus profecías.

El griego era sintético y el moderno es analítico. El antiguo mármol humano buscaba los hilos del mundo para guiarse con ellos, para guiarse en las cavernas, mientras que el moderno hace horcas con los hilos. Cuando el griego salía de su casa, sabía que empezaba a vivir políticamente, según las enseñanzas que he adquirido de Hannah Arendt (judía tan brillante como mi Anne Sachs Ferdinand).

De este postulado podemos partir para entender por qué el griego veía laberintos en las cavernas de Platón y por qué hoy creemos que el mito de la caverna es un mito execrable. Superficial, muy superficial era el griego. Así, interesándose en el rostro humano y no en el esqueleto que llevamos dentro, el bardo heleno logró ser profundo y sabio, diría Nietzsche y diría Goethe, autores de los que no puedo hablar en esta provinciana ciudad.

Hoy entablaré un discurso griego con Anne y esgrimiré las enseñanzas de Platón. Exordios de poesía extenderé, introducciones místicas conmemoraré, argumentos filosóficos urdiré, demostraciones coloridas estamparé y conclusiones puestas en el aire sostendré.

Como el griego, sé que los días son escasos, sé que las pasiones son muchas, sé que los proyectos son hartos y que sólo cuando estamos hartos del destino acometemos grandes proezas. Antropóloga con tendencias estructuralistas, ingente en la lengua de Chesterton y maestra en ciencias del lenguaje, ciencias que aplica al asiduo y divino análisis de la Tora, mi Anne contrasta mis humores antiguos. Es hora de irme y de leer algunos textos de Juvenal o de G. Orwell.