“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

21/9/12

Afganistán / El país siempre ha sido una suma de regiones en lugar de un Estado-nación coherente

Matthew Partridge

Thomas Barfield
En contraste con las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2004 y 2008,  tanto el presidente Obama como su rival republicano Mitt Romney han evitado cualquier discusión sobre política exterior durante la campaña de este año. En efecto, durante las primarias, Herman Cain, breve favorito para la nominación presidencial republicana, declaró que: “Cuando me preguntan quién es el presidente de Ubeki-beki-beki-beki-stan-stan digo, ya sabes, no lo sé”. Este comportamiento no es nada nuevo. Como Thomas Barfield señala en su libro, Afghanistan: A Political and Cultural History, a pesar de (o quizás debido a) las dos guerras afganas, los victorianos inventaron el término Afghanistanism para calificar a aquellos que se pensaba que ponían demasiado énfasis en las relaciones exteriores.                                                              >> Read in English

Después de un primer capítulo que detalla la geografía, la estructura social y la composición étnica de Afganistán, Thomas Barfield pasa las siguientes tres secciones ofreciendo una historia narrativa de este país de Asia Central, desde principios de la época moderna hasta la actualidad. Finalmente, concluye con un breve capítulo de conclusiones. Barfield cree que la lección principal, o “narrativa maestra”, de la historia afgana es que el país siempre ha sido una suma de regiones en lugar de un Estado-nación coherente. Aunque muchos poderes han tratado de cambiar las cosas desde el centro, estos intentos han tenido un éxito limitado fuera de la capital.

Incluso cuando los cambios vinieron de los políticos afganos, en lugar de las potencias extranjeras, tuvieron un impacto muy limitado. Por ejemplo, Barfield afirma que los logros de Abdur Rahman, a quien se atribuye la creación del moderno Estado afgano, fueron “efímeros cambios políticos impuestos desde arriba a un gran coste que parecieron transformadores, pero que no lo eran” (pág.161). Del mismo modo, su nieto Amanullah consiguió desalentar el uso del velo en Kabul, pero sus políticas irónicamente aseguraron que su uso se extendiera en las aldeas, donde se convirtió en un símbolo de estatus. Los sucesores de Rahman serían aún más impotentes. De hecho, “declararon tener  un gobierno todopoderoso, pero rara vez atestiguaron esa presunción con la aplicación de políticas controvertidas” (pág.162).

Barfield cree que Afganistán funciona mejor como estructura federal, cuando buena parte del poder es cedido a las regiones periféricas. Por tanto,  “requiere una menor dependencia de un gobierno de Kabul y más énfasis en las principales regiones de Afganistán”. Claramente esta no es la política preferida del actual presidente Hamid Karzai. Sin embargo, la corrupción de Karzai y su percibida dependencia de los Estados Unidos condenan su intento de mantenerse en el poder después del abandono de las tropas de la OTAN. El vacío posterior puede llevar a la guerra civil y a los conflictos regionales. En el peor de los casos, es posible que Afganistán no sobreviva como Estado unitario. (Pág.342).

De hecho, cualquier esperanza de modernización y progreso puede venir de los cambios económicos, no de los políticos. Las recientes conexiones por carretera con la India pueden reducir la dependencia de Pakistán y fomentar el desarrollo de las relaciones comerciales con el mundo exterior. La exitosa explotación de las reservas de minerales puede generar una riqueza considerable y acelerar el proceso de las influencias culturales externas. La urbanización es otra tendencia que vale la pena observar. “Las ciudades son crisoles de economía monetaria que descomponen el qawm [unidad social básica de Afganistán] y los grupos regionales de solidaridad potenciando a los individuos. Los movimientos políticos y sociales que generan se convertirán en dominantes a medida que avance el siglo” (Págs. 347-348).

Matthew Partridge
Esta es sin duda una tesis interesante. Sin embargo, la evidencia puede sugerir que la propia narrativa de Barfield exagera el caso. Después de todo, a pesar de que sus políticas fueran una mezcla de salafismo y códigos tribales pastunes, los talibanes fueron capaces de imponer sus torcidos valores a través de prácticamente todo Afganistán, incluyendo áreas con diferentes etnias y tradiciones. El libro ve todos los intentos extranjeros de cambiar la sociedad afgana como inútiles y lleva a afirmar que la intervención soviética de 1979-89 y la actual misión de la OTAN son moralmente equivalentes.
 
En general, es una detallada, si bien concisa, introducción al tema. Sin embargo, su argumento central es extremadamente polémico.
Traducido por Anaclet Pons en Clionauta