“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

7/2/13

Dándole color a nuestros textos con Paul Cézanne

Paul Cézanne ✆ 
Bodegón con una cesta
Eduardo Zeind Palafox

Especial para La Página
Tengo para mí que la pintura es una forma rubricada de la escritura, y que la escritura es una síntesis racional de la música. Las generaciones de escritores que sí gustan de leer "soniditos" jamás se resignarán a olvidar la sentencia de Oscar Wilde, la que asevera que para que la poesía siga siendo sonora es menester imaginar que Homero, o los muchos homéricos aedas que hicieron la obra de Homero, eran ciegos.

Hace mucho tiempo, cuando me enteré de que en el siglo de Ben Jonson escribir infolios teatrales era una actividad de subordinados como lo es hoy
redactar guiones para la televisión o para la radio, me propuse una dura tarea: aprender a trazar con sonidos imágenes y a hacer que las imágenes llegaran a sonar. Lo que a las sienes me vino primero fue recordar una enseñanza que Chateaubriand plasmó en su infinito libro sobre el Cristianismo. Son las campanas, argüía con sentimiento hidalgo el francés, los únicos objetos que nos llevan hasta el pasado.

Entonces, ¿cómo escribir con campanadas? Luego recordé que James Joyce, padre de las páginas literarias que parecen páginas para aprender a tocar agudos pianos, había perfeccionado el arte de hacer que las palabras quedasen inertes y como meros y puros cuerpos aislados, substanciales, vibrantes. Entonces, ¿cómo tocar campanas que en el viento escriban? Me puse a ver el 'Bodegón con una cesta' (*), pintado por Cézanne en 1890, y aprendí lo que a continuación se cuenta con cuentera voz de guitarra, que necesita de la cordura de un acorde para no caer en la locura.

Hartos manuales de autores famosos y oscuros he leído, pero mucho he olvidado y mucho más incomprendido, siendo la incomprensión uno de los modos del error, siendo éste uno de los orígenes del misterio, causa eficiente de la duda, forma de la inteligencia. En todos los manuales e historias sobre estética, desde los absolutos axiomas de Hegel hasta los griegos postulados de Winckelmann, he leído que la pintura es un arte de impresiones, de simultaneidad, mientras que la literatura es un arte temporal, disgregador.

¿Cómo escribir apartándome de la lógica y del silogismo? ¿Cómo pintar con palabras momentos históricos coherentes? Todos los libros tienen un inicio y un fin, y tal estructura la entendió Miguel Ángel, que siempre pintaba, según los análisis del italiano maravilloso Giovanni Papini, Génesis y Apocalipsis. Dante, a su vez, decía que podíamos leer su Comedia de cuatro formas, siendo la literal una de las más pobres. Escoto Erígena testimoniaba que la Sagrada Escritura era como el plumaje de un pavo real, y que aunque muchos colores refleja jamás deja de ser plumaje. Y Spinoza, por su lado, ha escrito que todas las cosas son meras extensiones de los atributos de Dios.

Podría hacer una lista infinita de autores dueños de filosofías infinitas e insuperables, pero creo que con los supracitados ejemplos es más que suficiente. Dicen los historiadores del arte en Harvard que con Cézanne empezó la pintura moderna, y que con Picasso se abrieron las incómodas puertas del cubismo. La pintura moderna, como la 'action painting' o como esa pintura improvisada en las farragosas cuerdas del aire llamada jazz, busca romper viejos órdenes o postulados, pues para poder expresar bruscos sentimientos nuevos que palabras no tienen que les designen, es menester acudir a nuevas técnicas, modos y perspectivas.

¿Qué hay de moderno en el bodegón de Paul Cézanne? El caos, al cual le decimos así porque simplemente esconde un orden geométrico detrás de sus muchas caras. Esa pintura es, como pensaría el sociólogo Baudrillard, un sistema de objetos. La pintura religiosa, más que explicar quería retratar y revelar. La moderna, al contrario, busca sistematizar. La pintura clásica, imperada por ciertas técnicas, que son los rituales de la creación, mostraba rostros y cuerpos definidos pero portadores de pasiones indefinidas, mientras que la moderna muestra cuerpos y rostros indefinidos que comunican emociones precisas, como las que se viven en el paisaje urbano, eufemismo del Infierno. 

El bodegón de Cézanne es un sistema de maderas, frutos y porcelanas, o para hablar como sociólogos, es un sistema de blancas reliquias (pasado amanerado), de tradiciones de madera (estamos hechos de lo que hay sobre nuestras mesas de madera, parodiando a Shakespeare) y de vivos residuos de la naturaleza (presente alimenticio). Traducir esto al lenguaje de la escritura sería pensar que los textos deben combinar dulzura tonal, lijados argumentos y finezas.

Experimentemos. ¿Cómo podríamos decir la palabra "amariello" sin tener que escribirla o pronunciarla y con todo transmitir más amarillos que la palabra misma? Borges enseñó que quien nos habla de "amariello" sabe que ya hemos visto limones, puestas de sol y trigo, y tal vez oro. ¿Cómo podríamos reducir la maestra prosa de Cervantes, prosa que invierte muchedumbres de palabras para explicar ideas claras? Más que decir que el `Quijote´ gastaba saliva, fuerza, cordura y sueños en busca de sabiduría o de refranes, que son "sentencias breves sacadas de la luenga y discreta experiencia", podemos decir que el loco caballero andante "bebiendo los vientos va" (viento: sueños, suspiros, almas, aventuras, etc.), si me autorizan citar poesía argentina de gauchos.

¿Y cómo describir la penosa condición de Rocinante? Así: él fue un "overo rosao" de espíritu. La pintura de Cézanne no presume modelados, pero sí un uso del color que pretende hacernos imaginar más que analizar. Esos frutos son burbujas en la tierra, burbujas como las que en el agua hay, según el parecer de un personaje ideado por Shakespeare, redactor de tragedias que teatralmente, que silogísticamente tenían errores argumentativos, pero que eran certeras para que sus actores pintaran cuadros escénicos en su teatro llamado ‘El Globo’.

(*) Nota del editor: Llamado también Naturaleza muerta con cesta de frutas