“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

5/7/13

La valentía es Hannah Arendt

Maite Larrauri  |  La película de Margarethe von Trotta sobre Hannah Arendt no sólo se ajusta totalmente a los hechos sino, lo que es mucho más difícil, a las ideas. Ha sabido filmar la emoción con la que una verdad se presenta al pensamiento, y nos ha sabido hacer partícipes de la valentía que se requiere para sostenerla. Se podría decir que es una película arendtiana sobre Hannah Arendt.

En el centro mismo de la película se encuentra una de las preguntas filosóficas sobre las que Arendt se interrogó a lo largo de su vida. No es otra que la misma que preocupó a su maestro –también amante- Heidegger: “¿Qué significa pensar?”. La primera respuesta la formuló Heidegger: pensar es ir a lo más profundo, y para ello hay que separarse de los demás, aislarse. Arendt se inspiró en la respuesta del maestro y la redondeó: pensar es entrar en diálogo con uno mismo, desdoblarse en dos, es un dos-en-uno, entre uno mismo y su conciencia, y por ello la retirada del mundo es esencial; no se puede pensar en medio de los demás y si lo hacemos, producimos la sensación de estar ajenos a lo que pasa, entre el ensimismamiento y la distracción.

Hannah Arendt, en la película, se tumba en el sofá, con el sempiterno cigarrillo entre los dedos, o deambula por la casa, se detiene ante una ventana, de noche, y observa las luces de Nueva York, o se refugia en una casa a las afueras de la ciudad y se pasea solitaria por el campo. Está hablando consigo misma, y podemos imaginar las preguntas que está planteándose: ¿Eichmann es un monstruo antisemita?, ¿qué está diciendo cuando argumenta que lo único que hizo fue obedecer órdenes?, ¿los consejos hebreos hicieron lo único que se podía hacer en esas circunstancias? Y como, cuando se empieza a pensar, la mente entra en una deriva temporal, la película nos muestra esos flash backs por los que vuelve a su memoria Heidegger, y sentimos cómo de unas preguntas pasa a otras: ¿Heidegger era un nazi?, ¿qué tipo de amor tuve por él?, ¿por qué se comportó de esa manera?

Von Trotta es muy sutil en el modo de presentar la relación de Arendt con Heidegger. Mary McCarthy le pregunta si Heidegger fue el gran amor de su vida, a lo que Arendt responde que el gran amor de su vida es Heinrich (o sea su marido). Entonces, si no ha sido el amor de tu vida –le replica la amiga McCarthy- completa tú esta frase: Heidegger es mi... Arendt no rellena esos puntos suspensivos, se limita a decir que hay cosas más fuertes que una misma.

Sabemos que una jovencísima Hannah Arendt se vio atraída por su maestro Heidegger, 17 años mayor que ella. Y ella decidió dejarse conmocionar por esa sacudida: era un pensador y eso no se encuentra todos los días. El pensador la sedujo no sólo con la palabra y ella se metió de lleno en esa aventura. Cuando él la abandonó, eso no significó para ella una negación de la atracción que experimentaba, sino una desgraciada historia de pareja con un hombre casado. Hannah Arendt siguió pensando que Heidegger era un gran filósofo y sus ideas siguieron iluminándola.

Sin embargo, Arendt se atrevió a criticar al maestro. En un artículo que escribió acerca de Heidegger,  Arendt señala que el pensamiento es para este filósofo no sólo su morada sino también su madriguera. Y por ello acaba siendo finalmente su trampa. Dentro del pensamiento, Heidegger está atrapado, su retiro del mundo no es momentáneo, pasajero, sino definitivo y le sucede como ha pasado ya en tantos otros casos de filósofos: sabedores de su aislamiento pero queriendo demostrar lo contrario, cuando se deciden a participar de este mundo que también es el suyo, meten la pata, hacen el ridículo. Platón hizo el ridículo en Siracusa haciendo de consejero del tirano Dionisio. Heidegger hizo el ridículo durante el nazismo, aceptando el puesto de rector de la universidad de Friburgo.

Arendt ni piensa ni dice que Heidegger sea un nazi. Eso es lo que dice el moralista, el mojigato de Hans Jonas, que se congratula de que sea su amiga Hannah la enviada como cronista al juicio de Eichmann, porque da por descontado lo que ésta escribirá. Jonas es un ideólogo, un fanático.

Arendt afirma que pensar tiene sentido si es un modo de retirarse del mundo para volver a él en la acción, en la toma de la palabra sobre las cosas de este mundo. Pensar para después hablar y actuar. Y eso es lo que explica la historia que nos narra esta película. Después de haber escrito un libro sobre el totalitarismo, Arendt desea participar en un acontecimiento de su actualidad, el juicio a Eichmann, para ver a un nazi “de carne y hueso”. Ir a Israel, asistir al juicio y escribir después para el New Yorker es un reto para el pensamiento, a condición, claro está, de no saber de antemano, como lo saben los ideológicos, lo que va a decir.

El enfrentamiento que vemos en la película es el que existe entre quienes ya saben lo que piensan de Eichmann antes de oírlo (las autoridades israelíes, la opinión pública) y esta mujer que se atreve a pensar sin andaderas, sin barreras, sin límites. O sea todos (o casi) contra una. Sola ante el peligro de pensar.

Uno de los grandes aciertos de Von Trotta es que nos hace ver al auténtico Eichmann y no a un actor, para que así también los espectadores podamos juzgar. Y lo que sucede es que nos ponemos del lado de Arendt: Eichmann no es un monstruo que atemoriza, es un hombrecillo con algunos tics, con cara de funcionario, una especie de “fantasma y además resfriado”, que habla de “su departamento”, de “cumplir con su trabajo”, y que declara que no se planteó nada por propia iniciativa ya que lo único que hizo fue obedecer órdenes. La acusación y los testimonios pretenden hacerle responsable de la muerte y desaparición de millones de judíos. Él afirma que no es antisemita, en medio de algunas otras frases ridículas como que se quiere hacer de él “una chuleta para asarla después” y cosas semejantes. Arendt se ríe de él, desea que sea castigado por la justicia porque lo considera culpable, pero no está dispuesta a concederle la grandeza que supone atribuirle la maquinación y ejecución del holocausto. Es culpable porque obedeció órdenes injustas y sólo se puede decir de los niños y de los esclavos que obedecen. Los demás no obedecen sino que consienten.

En sus artículos para el New Yorker lo castiga también a su manera, aunque esto último nadie parece entenderlo. Ya que los nazis intentaron negar todo rastro de humanidad en sus víctimas, sometiéndolas a condiciones de degradación, ahora Arendt le negará su condición de humano a Eichmann ya que no hizo lo que distingue a los humanos, esto es pensar. Y como no ejerció el pensamiento, como obedeció las órdenes sin pararse a pensar, se convirtió en una marioneta, en nobody, en un don nadie. El mal encarnado en un imbécil. La banalidad del mal.

Pensar lo puede hacer cualquiera, no hace falta ser muy inteligente, ni muy culto. Y por eso mismo, también no pensar lo puede hacer cualquiera, incluso los más cultos, los más inteligentes. No siempre se está pensando, no sólo porque estamos entre los demás, desarrollando alguna actividad, sino también porque para muchas cosas aplicamos esquemas, concepciones, sin revisarlas. No tiene importancia, a no ser que se trate de algo crucial. Arendt afirma en sus escritos que la mayoría de nuestros juicios son en realidad prejuicios. Nosotros consideramos sólo como prejuicios los juicios que se emiten sobre un colectivo (por ejemplo, “los alemanes son rígidos”, “las mujeres son  subjetivas”). Arendt nos indica que existen también prejuicios en juicios sobre particulares –“Aquiles es un valiente”- porque no se cuestiona el significado de “valiente”, aceptando por descontado lo que una sociedad en un momento determinado entiende. Estos últimos prejuicios son mucho más difíciles de desenmascarar porque tienen la apariencia de un juicio. Sin embargo, cuando nos ponemos a pensar es porque no aceptamos sin más los significados compartidos por un grupo social. Disentimos. En momentos históricos como los de la Alemania nazi era importante pensar por uno mismo y rechazar los significados de “hebreo”, “patria”, “valentía”, “justicia”, “alemán”, “raza”. Por no pensar, muchos don nadie como Eichmann se volvieron peligrosos. Encarnaron el mal desde su propia pequeñez y mediocridad. En una situación normal hubieran sido honrados y correctos ciudadanos. En una situación extrema se convirtieron en cómplices del holocausto, por consentir en un modo de hablar y de ver las cosas.

Pensamos, cuando lo hacemos, para determinar lo que para nosotros es justo o injusto, bueno o malo. También pensar implica un cierto peligro, cuando quien lo hace se opone a todos o casi todos. Y Arendt, que pensaba que Heidegger había sido un cobarde, quiere afirmar su propia valentía, demostrar con sus actos su propia teoría sobre el pensamiento. Escribe lo que piensa sobre Eichmann y sobre la participación de los consejos hebreos en el holocausto, en contra de lo que oficialmente quería sostener la comunidad hebrea. La película muestra las amenazas y las tensiones que Hannah Arendt tuvo que soportar, así como la dolorosa pérdida de los amigos que se quedaron en el lado de los prejuicios, sin querer plantearse si las cosas admitían otros puntos de vista, si quizá no todo había sucedido exactamente como el relato biempensante hebreo había hecho creer.

Y nunca se retractó ni de lo que pensaba, ni del hecho de haber desatado la polémica. “Lo volvería a hacer”. En uno de sus libros, afirma que para salir de los aparentes juicios, en realidad prejuicios, lo que hay que hacer no es dar una definición de lo que para una es el amor, o la amistad o la justicia, o el bien, eso sería algo abstracto, y como todas las cosas abstractas bastante inútil para orientar el comportamiento. Pensar es encontrar un caso concreto que tenga validez ejemplar y definir algo en función de ese caso: “Amar es lo que hace esta persona”. Pues bien, para mí, la valentía es Hannah Arendt.

La actualidad de su pensamiento, como de esta película, reside en el hecho de que siempre estamos llamados a pensar cuando existen situaciones que lo requieren. Como antigua enseñante de filosofía en el bachillerato, me atrevo a sugerir a los profesores que la proyecten y la discutan. He tenido la experiencia de observar el impacto que tenía Hannah Arendt en los estudiantes actuales, y la película puede ser un refuerzo maravilloso.

Ahora mismo estamos atravesando una difícil situación. No se había conocido tanta confusión desde el punto de vista de las convicciones desde la Segunda Guerra Mundial. En muchos aspectos los ciudadanos no sabemos qué pensar. Pues bien, este desconcierto podría ser un buen comienzo. ¡Atrevámonos a pensar!, lo que significa, dejemos de repetir los lugares comunes de la opinión pública y formulemos una opinión propia, como nos ha enseñado Hannah Arendt, no vagando entre abstracciones. Busquemos los casos de validez ejemplar que nos hagan entender lo que es un buen político, una buena ley, un buen alcalde, un buen profesor, un buen médico, un buen ciudadano. Y ya tendremos mucho adelantado.