“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

17/2/17

John Reed en la Revolución rusa. Un joven periodista estadounidense hizo historia

Carlos García Santa Cecilia

Se cumple el centenario del estallido de una revolución que conmovió al mundo. En su corazón estaba, anotando cuanto sucedía, un joven e idealista reportero estadounidense, John Reed, que nos legó uno de los grandes libros de la historia del periodismo: Diez días que conmovieron al mundo. Según la recreación de Ángel Fernández-Santos (El País, 2 de enero, 1982), eran las dos y media de la tarde del 7 de noviembre [25 de octubre en el calendario juliano entonces vigente en Rusia]…
“En el Instituto Smolny, de San Petersburgo, cuartel general de los revolucionarios bolcheviques, en medio de una indescriptible barahúnda de idas y venidas de soldados, guardias rojos, obreros famélicos y ateridos, un hombre joven, un corpulento norteamericano que sobresale un palmo por encima de las cabezas de la multitud de rusos que atesta el edificio, se abre paso a codazos hasta el salón de sesiones del Soviet de Petrogrado, reunido allí en sesión permanente. Inclina su cuerpo sobre los hombros de un soldado y logra así trasladar la línea de sus ojos al otro lado de una columna que le impide la visión de un hombre que, encaramado en un taburete, anuncia con voz metálica una nueva época para Rusia y la humanidad. El orador ruso y el joven norteamericano cruzan un instante sus miradas”.
El hombre que anunciaba una nueva época para la humanidad era Lev Davídovich Bronstein, León Trotski, presidente del Soviet de Petrogrado. Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, acababa de dejar su escondite, en un barrio al norte de la ciudad, y se dirigía al gran salón a pie, acompañado solo por uno de sus guardaespaldas, el finlandés Rahia. Mientras tanto, Alexander Feodorovich Kerenski preparaba un nuevo golpe, con asalto a la redacción de Pravda y detenciones en masa. Era demasiado tarde para el reformista Kerenski: la minoría bolchevique, y con ella la clase obrera, había llegado al poder.

Trotski evocó en su monumental Historia de la revolución rusa la “mirada ingenua” de aquel joven impetuoso y corpulento, la mirada de John Reed, quien a su vez habló de rostros huidizos y desencajados que se le cruzaban, de un mar de nucas, de un humo denso que otorgaba a la estancia un aspecto irreal y allí, “tras el mar y la niebla humanas”, de unos “ojos mefistofélicos” que se posaron sobre los suyos.

John Redd ✆ Danila Vassilieff
John Reed tenía 30 años y había recorrido un largo camino hasta llegar a la sesión del Segundo Congreso Panruso de los Sóviets. En su trayectoria se mezclan, como en ningún otro caso del siglo XX, el periodismo, la aventura y el compromiso político. Tres años después moriría consumido por el tifus en su querida Rusia. Sus restos mortales descansan en el panteón de héroes del Kremlin de Moscú. Es el único estadounidense que ha alcanzado este máximo honor soviético. Uno de sus biógrafos, Granville Hick, escribió: “Su muerte fue solo un incidente en la lucha por la revolución mundial. Él hubiera estado de acuerdo”.

Hijo de un agente comercial en busca de posición y de una rica heredera de la localidad, John Reed –conocido familiarmente como Jack– nació el 22 de octubre de 1887 en Portland (Oregón). Siempre fue un muchacho osado, rebelde y bromista. Sus padres le mandaron a la universidad de Harvard, donde cultivó su afición a la literatura con cierto éxito. También en Harvard tuvo sus primeros contactos con lo que entonces se conocía en Estados Unidos como movimientos sociales. Se graduó y, como tantos otros norteamericanos con inquietudes artísticas y políticas de la época, viajó por Europa y recaló en el barrio latino de París.

La rica norteamericana instalada allí, Gertrude Stein, cita obligada de aquella generación perdida, recordó en sus memorias una velada con Picasso y con él: “Reed me contó su viaje por España. Me dijo que había visto cosas singulares, que había visto brujas perseguidas por las calles de Salamanca. Como yo había pasado meses en España y él solo semanas, ni me gustaron sus historias ni las creí”.

Walter Lippman, un antiguo compañero de universidad, en una de los artículos más polémicos sobre la azarosa vida del periodista (publicado en The New Republic, 26 de diciembre, 1914), afirmó: “Ya de estudiante dejó ver lo que muchos consideran la pasión central de su vida: un desmedido deseo de ser arrestado. Durante unas breves vacaciones, lo experimentó en las cárceles de Inglaterra, Francia y España”.

Sin embargo, la suerte y John Reed siempre se miraron de frente. Carl Harvey, editor de la revista Metropolitan, buscaba a finales de 1913 un buen reportero para que viajase a México y siguiese paso a paso la revolución que acababa de estallar. Reed, que había regresada hacía pocas semanas a Nueva York cansado de sus correrías europeas, aceptó sin dudarlo. Dejó la revolución teórica del Greenwich Village y partió hacia el sur, hacia la revolución real.

Al llegar, comprobó que los periodistas escribían y mandaban sus crónicas desde la cantina de los hoteles de El Paso: aquella guerra no iba con ellos; pero sí iba con él, que se propuso llegar al corazón de la revolución. Reed mandó un mensaje al comandante federal de la zona con la intención de entrevistarle y de que le permitiera adentrarse en el territorio que controlaban los rebeldes. Obtuvo la siguiente respuesta: “Estimado señor: si usted pone un pie en Ojinaga, le colocaré ante el paredón y con mi propia mano tendré el placer de hacerle algunos agujeros en la espalda”. Al día siguiente, John Reed cruzaba la frontera mexicana. Escribió a Nueva York: “Por suerte, no encontré al comandante federal”.

El día de Navidad de 1913 llegó a Chihuahua, cuartel general de Pancho Villa. Parece que fue introducido por un dibujante de la cadena de periódicos de Hearst, que había logrado convencer a Villa de que era el representante del magnate de la prensa, y a Hearst de que gozaba de la total confianza de Villa. William R. Hearst no quería desaprovechar las enormes posibilidades de una nueva guerra cercana. Además, como era habitual en él, tenía intereses directos en la zona: era el mayor propietario norteamericano de terrenos del norte de México, y temía la expropiación.

A Pancho Villa le agradó el joven y vigoroso yankee. Le apodó “chatito” y le autorizó a unirse a sus tropas. Los reportajes de John Reed hicieron universal la figura del mítico revolucionario. En una de las entrevistas que le hizo, le preguntó si era verdad que había violado a muchas mujeres. “Nunca me he molestado en desmentir esas consejas”, respondió Villa: “Dígame, ¿ha conocido usted alguna vez a un esposo, padre o hermano de una mujer que yo haya violado?”, y agregó: “¿O siquiera a un testigo?”.

Reed no ocultó nunca su admiración por el revolucionario, a pesar de sus excesos. El joven periodista envió crónicas a varias publicaciones, entre ellas The New York Journal, de Hearst. El 23 de marzo de 1914, la serie sobre una batalla se anunciaba en el Journal con un dibujo de Reed luciendo sombrero y revólver y el siguiente texto hiperbólico: “Imágenes reales de la guerra por un Kipling norteamericano. Lo que Stephen Crane y Richard Harding Davis hicieron en la guerra contra España, John Reed, de 26 años, lo ha hecho en México”.

Cuando volvió a Nueva York, fue recibido con elogios como este: “El reportaje comienza con John Reed”. No se limitó a narrar los acontecimientos, aportó la visión de un radical norteamericano frente a la revolución. Con una prosa limpia y un ritmo ágil, muestra el interior de los personajes del conflicto: un general que intenta disparar contra su madre cada vez que la herida le duele demasiado, un soldado que está en la guerra porque es mejor forma de ganarse la vida que la mina, un oficial que acude al frente con su sable y cuatro jaulas con alondras como único equipaje, un norteamericano desarraigado con el que viaja por el país... Pancho Villa no era un bandolero sino un líder querido y respetado por los campesinos.

Reed recogió su trabajo en un libro, México insurgente, que obtuvo un gran éxito y constituye una fuente de primera magnitud para conocer la trayectoria de la revolución. Los mejores artículos sobre México los escribió para el semanario Metropolitan. El reportaje sobre el norteamericano desarraigado con el que compartió largas jornadas fue publicado en una revista mensual de ideología radical y socialista con la que Reed mantuvo siempre una estrecha colaboración, Masses. Para The New York Journal escribió una magnífica semblanza de Villa, una entrevista con Carranza y cinco artículos que tratan, sobre todo, de la caída de la plaza de Torreón.

En una visita a su madre en Portland, y después de varias aventuras con musas del Greenwich Village, conoció a Louise Bryant, que fue su compañera hasta el último día de su vida, aunque la joven era dada a compartir su amor con personajes de la época, como el dramaturgo Eugene O'Neill, lo que nunca preocupó lo más mínimo al periodista. Louise dejó a su marido, un dentista de la ciudad, y se trasladó con Jack a Nueva York.

De nuevo Metropolitan le contrató como corresponsal y le envió a Europa. Acababa de estallar la Gran Guerra. Diversos incidentes ensombrecieron el trabajo de Reed durante esta época y sus artículos pasaron casi inadvertidos. John Reed era ya uno de los principales dirigentes morales del izquierdismo norteamericano. Nunca fue un ideólogo, pero su labor de propaganda fue incansable. La guerra europea le parecía absurda: había militado en primera fila contra la intervención de su país. Aquel conflicto no iba con él.

En septiembre de 1917, alertado por los acontecimientos, llegó por primera vez a Rusia, junto a Louise. A Reed le movía su incontenible deseo de analizar sobre el terreno lo que ocurría. Durante los primeros días tuvo –como era habitual en él– problemas con el embajador de Estados Unidos. En esta ocasión por participar en un mitin, el 30 de septiembre, en el que intervino como representante de los trabajadores norteamericanos. En su mítico libro Diez días que conmovieron al mundo, que fue considerado no solo como la mejor descripción de la revolución bolchevique sino como la mejor descripción de cualquier revolución, recreó el ambiente de uno de los mítines de aquellos días:
Cierto domingo nos dirigimos en un pequeño tren abarrotado, que se arrastraba por mares de suciedad frente a las fábricas sombrías y las enormes iglesias, a la Obújouski Zavod, fábrica de guerra del Gobierno, cerca de la avenida Schlüsselburg."
El mitin se celebró en una enorme nave sin terminar con las paredes de ladrillo visto. En torno a la tribuna, cubierta de tela roja, se apiñaba una muchedumbre de diez mil mujeres y hombres, todos de negro. La gente se apretaba en las pilas de leña y en los montones de ladrillo, se habían encaramado a las altas vigas que negreaban sombrías. Era un auditorio de tensa atención y estentóreas voces. E1 sol se abría paso de vez en cuando a través de los pesados y oscuros nubarrones, inundando de luz rojiza los huecos de las ventanas sin cristales y el mar de sencillos rostros vueltos hacia nosotros.
Lunacharski, delgado, parecido a un estudiante, con delicado rostro de artista, explicó por qué los Sóviets debían tomar el poder. Solo ellos podían defender la revolución de sus enemigos, que arruinaban deliberadamente el país, disgregaban el ejército y abonaban el terreno para un nuevo Kornilov.

Habló un soldado del frente rumano, un hombre flaco, de expresión trágica y ardiente. ‘Camaradas –gritó– en el frente sufrimos hambre y nos helamos. Morimos por nada. Que los camaradas norteamericanos trasmitan a América que nosotros, los rusos, nos batiremos hasta morir por nuestra revolución. ¡Resistiremos con todas nuestras fuerzas hasta que se alcen en nuestra ayuda todos los pueblos del mundo! ¡Digan a los obreros que se levanten y luchen por la revolución social!’.

Después se levantó Petrovski, fino, pausado e implacable: ‘¡Basta de palabras, hora es de pasar a los hechos! La situación económica es muy grave, pero tendremos que adaptarnos a ella. Intentan rendirnos por el hambre y el frío, quieren provocarnos. Pero que sepan los enemigos que pueden llegar demasiado lejos... ¡Si se atreven a tocar nuestras organizaciones proletarias, les barreremos de la faz de la tierra como basura!’”.
Reed decidió que aquél era su sitio, y se unió al recién creado Buró de Propaganda Revolucionaria Internacional, que dirigía Trotski. Viajó todo lo que pudo y visitó varios frentes de guerra; entrevistó a los protagonistas y se apasionó junto a las masas hambrientas de Petrogrado. Y, sobre todo, escribió –a máquina y en cuartillas no demasiado pulcras–, hasta que el periodista que más ganaba en Estados Unidos se quedó sin dinero. Las informaciones sobre la revolución rusa, en plena guerra europea, no interesaban demasiado a los lectores de su país.

Pidió ayuda a su refugio de siempre, Masses, pero esta vez no obtuvo respuesta. Tuvo que aceptar un trabajo de la Cruz Roja norteamericana. Louise, mientras tanto, escribía sus propios reportajes. Al caer la noche, se arrebujaban y dormían vestidos sin haber cenado más que un plato de sopa. Aquella era la vida de los revolucionarios y, por lo tanto, la vida de John Reed. Estaban asistiendo al prólogo de los diez días que conmovieron al mundo.

No podía enviar su trabajo a Estados Unidos, pero continuaba llenando libretas y libretas de notas, recogiendo panfletos y pasquines y viviendo la revolución. El libro de John Reed, publicado años después, en marzo de 1919, no pretende ser objetivo. “En la contienda mis simpatías no fueron neutrales”, dice en la presentación: “Pero al relatar la historia de aquellos grandes días, me he esforzado por observar los acontecimientos con ojos de concienzudo analista, interesado en hacer constar la verdad”. Reed trata de reflejar la historia tal y como la vivió. Esta fue su fórmula revolucionaria para narrar unos días que cambiaron el rumbo de la historia. Según su biógrafo Robert A. Rosentone, el libro es “inexacto en detalles y parcial en su punto de vista, pero comunica el tipo de verdad que está más allá del hecho, que crea el hecho”.

Diez días que conmovieron al mundo comienza así: “A finales de septiembre de 1917, vino a verme un profesor extranjero de sociología que se encontraba en Rusia”. El profesor escribió un artículo en el que aseguraba que la revolución “había entrado en la fase menguante”. Comentario, explica Reed, que coincidía con el de los círculos de negocios y de intelectuales. El profesor viajó después por el país y comprobó que “el pueblo pensaba lo contrario”.

Reed explica esta “aparente contradicción”: “Las clases pudientes se hacían cada vez más conservadoras, en tanto que las masas se radicalizaban más y más”. El 15 de octubre mantuvo una entrevista con Gueórguievich Lianózov, el Rockefeller ruso. “La revolución”, le dijo, “es una enfermedad: tarde o temprano las potencias extranjeras tendrán que intervenir para curar a un niño enfermo y ponerlo en pie”. El periodista comprendió que aquel radicalismo era el caldo de cultivo para el estallido revolucionario. No cesaba de entrevistar a gente de toda clase y condición antes de la llegada del invierno: “Se acercaba el invierno, el terrible invierno ruso. En las ciudades industriales y comerciales, me decían: ‘El invierno fue siempre el mejor amigo de Rusia; tal vez ahora nos libre de la revolución’”.

Vivía con una familia rusa “donde el tema casi constante de las conversaciones era la próxima llegada de los alemanes, portadores de la legalidad y el orden”. Para comprender la situación, ofrece en su libro datos de este tipo: “El café se compraba en Vladivostok al por mayor a dos rublos la libra y el consumidor lo pagaba en Petrogrado a 13 rublos”, y explica cómo los especuladores se aprovechaban de la ruina general. En este ambiente surge el grito revolucionario: “Todo el poder para los Sóviets”.

Reed se detiene en la vida cotidiana y disecciona la sociedad de Petrogrado:
Septiembre y octubre son los peores meses del año ruso y particularmente del año en Petrogrado. Del cielo nublado y gris cae incesantemente durante el día, cada vez más corto, una lluvia que cala hasta los huesos. En todas partes se ve un barro espeso, resbaladizo y pegajoso, amasado por las pesadas botas y más pavoroso que nunca por el desmoronamiento de la administración urbana. Desde el Golfo de Finlandia sopla un viento cortante y húmedo, y las calles están envueltas por una bruma fría. De noche –por motivos de economía o por miedo a los zepelines– solo permanecen encendidas escasas y macilentas farolas callejeras; los domicilios particulares solo tienen electricidad de las seis a las doce, y las velas cuestan a cuarenta centavos la pieza y es casi imposible conseguir combustible. Desde las tres de la tarde hasta las diez de la mañana se vive a oscuras. Se dan infinitos casos de atracos y robos. En las casas, los hombres hacen por turno guardia de noche, armados con escopetas cargadas. Así se vivía durante el gobierno provisional”.
Las observaciones de John Reed recrean las reacciones de una sociedad caduca, sumida en una crisis profunda. La fuerza de los acontecimientos conduce el relato, pero el periodista vuelve una y otra vez al testimonio directo de una población desbordada por los acontecimientos: “La hija de una conocida mía volvió una vez a mediodía a su casa presa de un ataque de histeria... ¡La cobradora del tranvía la había llamado camarada!”. La tensión aumenta por momentos. Reed explica cómo la marcha del general Kornilov sobre Petrogrado fue detenida “por los comités de soldados”. Escribe: “La vieja Rusia se desmorona rápidamente; el caos aumenta día a día”.

A finales de octubre entrevista a Kerenski, junto a otros dos corresponsales extranjeros. Fue la última vez que el líder reformista ruso, que había asumido los poderes militares para intentar contener la situación, recibió a los periodistas. “El pueblo ruso”, les dijo con amargura, “sufre las consecuencias de la ruina económica y de haberse desilusionado con los aliados. Todo el mundo cree que la revolución rusa ha terminado. Cuidado con el error. La revolución rusa está comenzando”. Reed añade un comentario a estas declaraciones: “Palabras más proféticas de lo que tal vez él mismo creía”.

Reed pasa casi todo el tiempo en el Smolny, un instituto para hijos de la nobleza que la revolución incautó y entregó a las organizaciones de obreros y soldados. Por fin, tiene un encuentro con Trotski, el 30 de octubre [17 de octubre según el calendario juliano vigente entonces en Rusia]:
El 30 de octubre, poniéndome previamente de acuerdo con Trotski, me presenté ante él en una habitación pequeña y vacía del ático del Smolny. Estaba sentado en medio de la habitación sobre una simple silla, ante la mesa vacía. Tuve que hacerle muy pocas preguntas. Habló con rapidez y decisión más de una hora”.
León Trotski le anuncia “el último y decisivo combate”. El 3 de noviembre [21 de octubre, según el antiguo calendario] fue el primero de los diez días que conmovieron al mundo. Los líderes bolcheviques celebran su histórico encuentro. La reunión transcurre a puerta cerrada y John Reed espera en el pasillo. Alguien sale y le cuenta lo que ocurre. Lenin está diciendo que la fecha para actuar debe ser el 25, el día de la apertura en Petrogrado del Congreso de los Sóviets de toda Rusia. Comienza la cuenta atrás.

El periodista estadounidense apenas sale ya del Smolny, un hervidero de soldados y obreros, entre bultos de proclamas y periódicos. Va recogiendo en su libreta día a día las reuniones y los comentarios de todo tipo. Jack y Louise asaltan a líderes como Kámenev o amigos como Shatov para obtener declaraciones que les permitan vislumbrar lo que ocurre. En el comedor improvisado en el sótano comparten con la bolchevique sopa de col y grandes rebanadas de pan negro. El gobierno municipal parece haberse derrumbado y los periódicos abundan en crónicas de robos y asesinatos.

Jack y Louise viven con intensidad unos días llenos de confusión y de esperanza. La noche del lunes 5 de noviembre, después de haber ido al cine, se dirigen al Smolny. En una habitación del tercer piso, el Comité Revolucionario Militar está reunido en sesión permanente. La fortaleza de San Pedro y San Pablo, situada frente al Palacio de Invierno, al otro lado del río, había declarado su apoyo a los Sóviets. A las tres de la madrugada, alguien dio una palmada en el hombro de Reed: “¡Ya está! Kerenski ha tratado de cerrar nuestros periódicos, pero han llegado nuestras tropas y han roto los sellos del gobierno. Ahora somos nosotros los que enviamos destacamentos para que cierren los periódicos burgueses”.

El martes 6 de noviembre [24 de octubre] grupos de soldados patrullan por las calles. Reed describe cómo Kerenski implora poderes extraordinarios para detener la revolución que ve inminente, pero el Consejo no atiende su solicitud. Mientras tanto, el Comité Central celebra en el Smolny una tormentosa sesión. Trotski defiende la insurrección como “un derecho de todos los revolucionarios”. Los guardias rojos y las unidades del ejército al mando del Comité Revolucionaria Militar se apoderan de estaciones de ferrocarril, de las centrales de telégrafos y correos, del banco estatal y de otros edificios gubernamentales. Cuando Reed se entera de la situación, a las cuatro de la madrugada, el territorio del gobierno provisional se había reducido al Palacio de Invierno.

John Reed se levantó tarde al día siguiente, el día en el que la clase obrera llegó al poder.
El 7 de noviembre [25 de octubre] me levanté muy tarde. Cuando salía a la Nevski, en la fortaleza de Pedro y Pablo retumbó el cañonazo de las doce. El día era húmedo y frío. Frente a las puertas cerradas del Banco del Estado había soldados armados con fusiles y con la bayoneta calada.
‘¿De quién son ustedes? –pregunté–. ¿Del gobierno?’.
‘¡Ya no hay gobierno! –respondió sonriente un soldado–. Gracias a Dios’. Esto fue todo lo que logré sonsacarle”.
John y Louise se dirigen a toda prisa al Palacio de Invierno. Todas las entradas a la enorme plaza se hallan bloqueadas por centinelas. A codazos, mostrando los pasaportes norteamericanos y gritando: “Asunto oficial”, logran abrirse paso hasta el interior del edificio. Un joven oficial les comenta ante la puerta del despacho de Kerenski que el primer ministro ha partido rumbo al frente. La pareja deambula por los pasillos. Reed capta una atmósfera rancia de humo de tabaco y de cuerpos sin lavar. Horas más tarde regresarían al mismo palacio, aunque con el bando contrario.

Al atardecer, las calles cercanas al palacio están oscuras, pero unas manzanas más allá, en la perspectiva Nevski, la vida sigue como si nada ocurriera. Lo más distinguido de la sociedad de Petrogrado pasea por la avenida Nevski aparentando desinterés hacia la aventura de los rojos, aunque saludando a los soldados con el puño en alto. Es el momento en el que Reed rompe las entradas para el ballet de esa noche, para un taxi y se cuela dentro con Louise: “Al Smolny”.

Entre muchedumbres de obreros de camisa negra con el fusil al hombro, soldados con insignias rojas sobre el uniforme gris y líderes bolcheviques vociferando, John y Louise se abren paso hasta que logran llegar a la sala en la que acaba de concluir la sesión de cuatro días ininterrumpidos del congreso de los Sóviets de toda Rusia. Trotski –con quien Reed cruza por un instante la mirada– anuncia que el gobierno provisional ha dejado de existir y Lenin realiza su primera aparición pública después de cuatro meses de clandestinidad: “Se inicia una nueva era en la historia de Rusia, y esta tercera revolución rusa ha de conducir finalmente a la victoria del socialismo”.

Los entusiasmados bolcheviques comentan que solo resta un acto simbólico para completar la toma del poder: el asalto al Palacio de Invierno. El crucero Aurora lleva toda la tarde disparando granadas de salva contra el edificio en el que tenía su sede el gobierno provisional. Cuando termina la sesión en el Smolny, la tensión que capta Reed es “indescriptible”. Miembros de otras tendencias políticas se levantan para exigir conversaciones con Kerenski. Gritando para hacerse oír, recorren los pasillos con los cañonazos del Aurora de fondo. Entre un tumulto de vítores, silbidos y amenazas, cincuenta moderados abandonan el recinto mientras Trotski ruge con un grito de desprecio: “Pueden irse. No son más que un desecho que la historia arrojará al cubo de la basura”.

John y Louise, junto a Rhys y Gumberg, otros dos periodistas norteamericanos, abandonan también la sala, pero para recoger los pases del Comité Revolucionario Militar. La revolución rusa está preparada para recorrer su último trecho. Reed y los demás se suben a un camión descubierto –van tiritando de frío– y cruzan la ciudad lanzando panfletos entre los himnos de los soldados. A su lado viaja “un bizco de tipo mongol, con un gorro caucasiano de piel de cabra”. Al llegar a la plaza, los vigilantes, más asustados que los asaltantes, les impiden el paso. Sigue Reed:
Arrastrados por la impetuosa oleada humana, entramos corriendo en el palacio por el portal derecho, que daba a una habitación abovedada, enorme y vacía, sótano del ala este, de donde arrancaba un laberinto de pasillos y escaleras. Allí había infinidad de cajones. Los guardias rojos y soldados se lanzaron furiosos a ellos, rompiéndolos a culatazos y sacando tapices, cortinajes, lencería y vajillas de porcelana y cristal. Alguien se echó al hombro un reloj de bronce. Otro encontró una pluma de avestruz y se la clavó en el gorro. Pero en cuanto empezó el saqueo, alguien gritó: ‘¡Compañeros! ¡No toquéis nada! ¡Esto pertenece al pueblo!’. Inmediatamente le apoyaron veinte voces por lo menos. Decenas de brazos se tendieron hacia los ladrones. Les arrebataron los brocados y los tapices. Dos hombres recuperaron el reloj de bronce (...)
Los viejos servidores del palacio con sus libreas azules y adornos rojos y dorados estaban allí nerviosos, repitiendo por la fuerza de la costumbre: ‘Aquí, señor, no se puede... Está prohibido’. Por fin, penetramos en una sala de malaquita con ornamentos dorados y colgaduras de brocado carmesí donde los ministros habían permanecido reunidos en consejo todo el día y la noche; el camino hasta allí se lo mostraron los ujieres a los guardias rojos (...)
Cogí de recuerdo una de aquellas hojas, escrita de puño y letra por Kornoválov: ‘El gobierno provisional –leí– llama a todas las clases de la población a sostener al gobierno provisional’”.

A las seis de la madrugada de una noche “fría y pesada”, John Reed llega a su casa. La revolución ha triunfado. El jueves 8 de noviembre amaneció aparentemente tranquilo. Mientras los sóviets toman las primeras medidas para proteger la revolución, la ciudad es un hervidero de rumores. Reed vuelve al Smolny y escucha por primera vez a Lenin:
Era un hombre bajito y fornido, de gran calva y cabeza abombada sobre robusto cuello. Ojos pequeños, nariz grande, boca ancha y noble, mentón saliente, afeitado, pero ya asomaba la barbita tan conocida en el pasado y en el futuro. Traje bastante usado, pantalones un poco largos para su talla. Nada que recordase a un ídolo de las multitudes, sencillo, amado y respetado como tal vez lo hayan sido muy pocos dirigentes en la historia. Líder que gozaba de suma popularidad –y líder merced exclusivamente a su intelecto–, ajeno a toda afectación, no se dejaba llevar por la corriente. Firme, inflexible, sin apasionamientos efectistas, pero con una poderosa capacidad para explicar las ideas más complicadas con las palabras más sencillas y hacer un profundo análisis de la situación concreta en la que se conjugaban la sagaz flexibilidad y la mayor audacia intelectual. (…)
Subió Lenin. Estaba en pie agarrado a los bordes de la tribuna, recorriendo con los ojos entornados a la masa de delegados y esperaba sin respirar ante la creciente ovación, que duró varios minutos. Cuando esta cesó, dijo breve y simplemente: ‘Ha llegado la hora de emprender la construcción del orden socialista’.
Antes de terminar la noche, el congreso había aprobado por unanimidad una proclama que pedía el cese inmediato de la guerra por parte de Rusia, sin anexiones ni indemnizaciones, y un decreto que abolía las grandes propiedades rurales y distribuía la tierra entre los campesinos. Los bolcheviques, con 62 de los 101 miembros, controlaban el Comité Central de los Sóviets.

Sin embargo, el nuevo régimen se tambaleaba. Reed presencia un encuentro entre tropas con carros blindados y los líderes revolucionarios en la Escuela Imperial de Equitación. Después de las arengas, la votación se inclina del lado de los bolcheviques. El periodista norteamericano –que recoge con apasionamiento y minuciosidad los detalles de estos días– apunta la razón del triunfo de la revolución: millones de rusos escuchan atentamente, tratan de entender la situación y se deciden al fin por el nuevo gobierno.

El sábado 10 de noviembre, mientras los sóviets lanzan decreto tras decreto y los líderes bromean –“mañana quizá podamos dormir... durante mucho tiempo”–, tropas de cosacos enviados por Kerenski llegan a las puertas de la ciudad. Reed describe a miles de hombres y mujeres que se dirigen al frente con rifles, picos y azadas. El periodista logra subir al automóvil de dos de los principales comisarios militares. Se detiene en la descripción de aquella aventura, aunque afirma que él no estuvo presente y que se la narró con posterioridad un amigo. Su biógrafo Robert A. Rosentone asegura, sin embargo, que sí realizó aquel viaje al frente, pero que no quería que los comisarios tuvieran problemas por tolerar la intromisión.

El relato del viaje resulta esclarecedor. El coche en el que viajaban se averió y tuvieron que requisar un taxi que pasaba. Uno de los comisarios tenía hambre y el conductor paró a comprar salchichas y pan. Nadie tenía dinero para pagar la cuenta, de la que finalmente se hizo cargo un periodista norteamericano que acompañaba a Reed. Al llegar al frente, los soldados dijeron que estaba todo listo pero que había una pega: no tenían municiones. El comisario respondió que no había problema, que había muchas en el Smolny, y se dispuso a mandar una orden. Se hurgó en los bolsillos: “¿Tiene alguien un pedazo de papel?”. Con el papel en la mano, se volvió de nuevo al grupo de norteamericanos: “¿Pueden dejarme un lápiz?”.

A pesar de la penuria, la revolución era imparable. Las masas populares rechazaron el avance de las fuerzas del ejército provisional. Kerenski se paseó a lomos de su caballo blanco por la ciudad, pero los soldados ya habían asumido el programa bolchevique de paz, tierra y pan, y las escaramuzas que se produjeron –los cines y los tranvías seguían funcionando, recoge Reed– confirmaron que la contrarrevolución había sido derrotada. Kerenski huyó definitivamente.

El resto de las ciudades cayeron hacia la causa bolchevique como las fichas ordenadas de un dominó. Reed recoge testimonios, recorre los frentes y es apresado por un grupo de guardias rojos analfabetos que a punto están de fusilarle. El periodista reproduce el comentario de un soldado a las puertas del Smolny: “¡Nieve! Buena para la salud”. Comenzaban las densas nevadas del invierno ruso, nevadas que impiden la visión a tres metros de distancia y que sedimentaron definitivamente la revolución soviética.

De la máquina de escribir de Reed brotaron miles y miles de palabras sobre la revolución. Su primer artículo largo, a finales de 1917, anunciaba: “Este gobierno proletario perdurará en la historia, eterna columna de fuego para la humanidad”. En Rusia había hallado al fin lo que buscaba.

Reed participó en la construcción del nuevo orden. Durante el Tercer Congreso de los Sóviets, el 23 de enero de 1918, se dirigió a los revolucionarios. Inició su parlamento en ruso y prometió llevar a Estados Unidos la noticia de lo acontecido. En febrero, tres días después de que Louise hubiera partido rumbo a casa, el embajador norteamericano notificó a Washington las actividades de Reed e hizo votos porque alguna ley le impidiera entrar en el país. El periodista pidió ayuda a Trotski, que lo nombró embajador honorario. Temía, sobre todo, por su equipaje: documentos, cartas, panfletos y multitud de notas que servirían de base para su libro. Sus compañeros, entre ellos Arno Dosch Fleurot, de The New York World, le advirtieron del peligro.

Los embajadores de Francia y Estados Unidos se movilizaron y el asunto llegó a oídos de Lenin, quien preguntó a Trotski cómo podía confiar en un hombre que “un día trabajaba para el capitalismo y otro para nosotros”. El nombramiento fue revocado. Reed, mientras tanto, quedó bloqueado en Noruega, donde el embajador norteamericano había recibido órdenes de no visar su pasaporte. Reed malvivió allí un mes. Sin noticias de Louise, colaborando en periódicos locales sobre temas rusos y escribiendo el prólogo de su libro.

Por fin fue autorizado a salir y el 28 de abril llegó a Nueva York. Fue sometido a un intenso interrogatorio durante horas y sus papeles confiscados, aunque después de varias semanas pudo recuperarlos. El ambiente que se encontró al llegar era muy diferente al que había imaginado. Solo The Independent publicó un artículo de Reed sobre la revolución, aunque añadiendo un recuadro en el que se declaraba ajeno a las ideas “socialistas” del autor.

Reed recorrió el país dando conferencias y colaborando solamente con publicaciones militantes. Tuvo frecuentes enfrentamientos con las autoridades. En Filadelfia fue detenido; en Detroit se produjeron graves incidentes, y en Cleveland a punto estuvo de caer en manos de un grupo de ultraconservadores.

Franceses, británicos, japoneses y norteamericanos desembarcaron en Siberia en septiembre de 1918. La prensa publicaba constantes pruebas de que los bolcheviques eran agentes al servicio del gobierno alemán. Las huelgas, mientras tanto, recorrían Estados Unidos. John y Louise tuvieron que comparecer ante un comité de senadores por sus actividades. La respuesta de Reed fue enérgica: “Yo siempre he propugnado la revolución en mi país”.

El Partido Comunista de Estados Unidos, constantemente acosado, terminó por escindirse. Reed participó activamente en los debates –posiblemente manipulados– que hicieron saltar por los aires el germen del comunismo norteamericano. Sus correligionarios le pidieron que volviera a Rusia para obtener el respaldo de la Internacional Comunista. En octubre de 1919, inició una nueva aventura, pero en esta ocasión –y por primera vez en su vida– en contra de su deseo.

Bajo el nombre de Jim Gormley y la apariencia de un marinero más, salió de madrugada rumbo a la URSS en un carguero escandinavo. El 22 de octubre cruzó la frontera sueca y después de unos días en Estocolmo embarcó hacia la patria de la revolución. El comité ejecutivo de la Internacional Comunista aceptó su informe, pero su respuesta no iba a ser tan rápida como Reed hubiera deseado. Recorrió el país dictando conferencias y confirmando sobre el terreno los avances de la revolución.

Los líderes bolcheviques leyeron y elogiaron el libro de Reed, y Lenin aceptó escribir un prólogo para las siguientes ediciones en el que recomendaba la obra “con todo el alma” a los obreros del mundo, y afirmaba: “Yo quisiera ver este libro difundido en millones de ejemplares y traducido a todos los idiomas, pues ofrece una versión veraz y escrita con extraordinaria viveza de gran importancia para lo que es la revolución proletaria”.

Cuando por fin logró salir de Petrogrado, en febrero de 1920, llevaba una recomendación para la unidad de los partidos comunistas norteamericanos, 102 diamantes y 1.500 dólares en diversas monedas, todo ello procedente de los líderes soviéticos para los camaradas americanos. El primer intento de salir del país, en plena guerra, se vio frustrado por los movimientos militares. En el segundo, llegó a Helsinki. Allí embarcó clandestinamente, pero dos aduaneros que realizaban una inspección rutinaria le descubrieron. Fue acusado de contrabando de joyas y dinero, y encarcelado.

Como era de esperar, la embajada de Estados Unidos se desentendió de su defensa. Pero Reed logró que la noticia llegara a Nueva York, donde sus amigos y compañeros, con Louise a la cabeza, se movilizaron. Después de varios meses de prisión y gracias a las presiones de sus correligionarios, fue liberado. Volver a Nueva York con los cargos que pesaban en su contra era difícil; además, su salud se había resentido seriamente a consecuencia de los meses pasados en la cárcel. Optó por volver a Rusia y mandar un patético mensaje a Louise para que se reuniese con él.

Cuando Louise llegó a Moscú, donde había recalado John, le encontró en cama, con fiebre y gravemente afectado por el tifus. Los medicamentos escaseaban y la nieve comenzaba a hacer acto de presencia. Murió a primera hora del 17 de octubre de 1920. El sábado 23, una banda militar que interpretaba una marcha encabezó el cortejo fúnebre por las calles nevadas de la ciudad hasta el Kremlin. En una tarde sombría, ya casi invernal, los restos de John Reed fueron depositados junto a los de los antiguos zares y a los de los nuevos revolucionarios.

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