“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

4/6/12

Los ejercicios de escritura del poeta chileno Juan Mihovilovic

Luis Rodríguez Araya

En ocasiones, la práctica literaria pareciera transformarse en un ejercicio de despliegue de técnicas y recursos complejos que, de una manera u otra, apunta a una espectacularización inútil del lenguaje y a estructurar un monumental vacío camuflado por tramas de sentido que solamente una estrategia autorial, pensada para un “otro”, podría develar al lector. Así, para muchos autores, la yuxtaposición abismal de sensaciones y de imágenes simbólicas debiera ser entendida como una mirada profunda de la existencia humana, aunque lo evidenciado al lector sea una paquidérmica estructura lingüística en la cual la esencia de la narrativa, la ficcionalización de los referentes inmediatos, sería desplazada por una escritura hirsuta y sobrecargada de sí misma.

En una panorámica a la obra de Juan Mihovilovic (Punta Arenas, 1951), revisando los cuentos de Restos mortales (2004) y los libros El contagio de la locura (2006), Desencierro (2008) y Grados de referencia (2011), el primer acercamiento resulta sospechoso: viajes hacia el interior de la locura humana; realidades alternas desarrolladas casi junto con partir la narración; diálogos entre un sujeto narrador y un tú incompleto y, al parecer, construido únicamente como excusa para el despliegue de la trama, en fin, una amplia variedad de estrategias que, si no hubiesen sido manejadas con técnica y habilidad –como lo ha hecho Mihovilovic–, colaborarían, de seguro, a engrosar las filas de aquellas obras clasificables como grosísimos “proyectos escriturales” que nunca completan su propósito inicial.

No obstante, la propuesta de Mihovilovic es seria, congruente, coherente y, sobre todo, demuestra una fineza en la lectura de autores fundamentales como Dostoievski, Kafka o Joyce, de los cuales logra la esencia de la escritura como un ejercicio introspectivo y de una densidad lógica y concordante con la profundidad del viaje interior.

Un continuum temático como el de Mihovilovic avanza a contrapelo en una época en que el “deber” de la literatura es ser depositaria y punto de convergencia y discusión de discursos contemporáneos, reafirmando, de esta manera, que cada libro es, primeramente, texto antes que obra, entramado antes que artefacto, lenguaje de valor documental antes que monumental… Con esto no se pretende señalar que en Mihovilovic hay un afán preciosista per se y que la contemplación de su escritura solamente provoca un arrobamiento irreflexivo; todo lo contrario: su temática de fondo es develar la capacidad creadora de la literatura en cuanto arte, cuya base es la ficcionalización y mostrar cómo el tema de la intangibilidad de la existencia humana sigue siendo referente en la escritura.

Nos animamos entonces, a comparar, a Mihovilovic con Kertész, Camus y otros a quienes el ejercicio de la creación literaria sirve para plasmar disquisiciones trascendentes y permanentes en la cultura occidental, en relatos atemporales que sirven de plataforma para que aquello que transcurra sea el lenguaje y no precisamente las acciones o el tiempo en el cual se desarrollan los acontecimientos. Asimismo, planteamos las obras revisadas como parte de un proyecto escritural importante y novedoso (valga la paradoja), pues la temática del hombre pensando y construyendo al hombre pareciera tan manida, que son pocos los que se atreven a superar el temor de adentrarse en laberintos minotáuricos en busca de un “yo” solo posible de liberar a través del lenguaje de la forma en que lo hace Mihovilovic, reafirmando la condición de la literatura en cuanto arte y como espejo de los recovecos humanos.

Para finalizar, cabe acompañar esta aproximación a la obra de Mihovilovic parafraseando el epígrafe de Kertész que, a modo de paratexto, encabeza Desencierro: la propuesta escritural de este autor es un constante vaivén entre lo imaginario y lo real (intratextualmente hablando), en el cual los sujetos protagonistas, al narrar, van construyendo una realidad alterna que el lector aprecia como el “verdadero” texto. Es decir, mientras se habla/se escribe, se crea, ya que la verdad ha sido desplazada hacia el interior de la conciencia.

Por esto, la riqueza de este ejercicio es aún mayor, ya que además de proponer una relectura de la naturaleza humana, también devela el acto demiúrgico de la literatura. Y eso se admira y se agradece, pues también exige al lector especial atención en cómo se lee.

Luis Rodríguez Araya es licenciado en Literatura; Magíster en Literatura, con Mención en Literatura Hispanoamericana y Chilena, y estudiante del Programa de Doctorado en Literatura, con igual mención, por la Universidad de Chile. Su línea de investigación comprende narrativa hispanoamericana contemporánea y posmodernidad; narrativa urbana y literaturas del margen, y narrativa y frontera. Ha participado en diversos congresos latinoamericanos con ponencias que abordan dichas temáticas de investigación, y ha publicado, entre otros artículos, “Márgenes y ciudad: Santiago en la narrativa del siglo XX”, en la Gaceta de Estudios Latinoamericanos, revista del Programa de Magíster en Literatura de la Universidad de Santiago de Chile.