“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

27/6/12

Margarete Mitscherlich-Nielsen / La gran dama del psicoanálisis alemán

Foto: Margarete Mitscherlich-Nielsen
Fernando Mires

El 12 de junio de 2012 murió, pronta a cumplir 95 años, Margarete Mitscherlich-Nielsen, la gran dama del psicoanálisis alemán.

Puede que alguien opine que el término alemán está de más ya que el psicoanálisis carece de nacionalidad. Y si hubiera que adjudicarle procedencia habría que hablar, como llego a ser usual, de una “ciencia judía”. Pero no; ese no es el tema. Digo “alemán” en otro sentido.

Digo alemán porque la psicología de Margarete, junto con la de quien fuera su esposo, el psicoanalista Alexander Mitscherlich, tuvo como punto de referencia la realidad alemana de post-guerra. El clásico libro que escribieron juntos, Die Unfähigkeit zu trauern traducido al español como La incapacidad de sentir duelo, marcó -no sólo en la historia del psicoanálisis- un hito. Para todos quienes quieran analizar las razones que llevaron a casi todo un pueblo a entregarse en los brazos de un caudillo endemoniado es, todavía, el libro de los Mitscherlich, imprescindible lectura.

La incapacidad de sentir culpa se convirtió en muchos ex-adictos del nazismo en la negación de la propia biografía. Quien ha leído por ejemplo “Opiniones de un payaso” puede que entienda mejor lo que estoy diciendo. La familia exitosa que construye su vida sobre la ruina de un pasado nazi relegado al olvido, no fue una simple invención de la gran novela de Heinrich Böll.

El pasado nazi, al que tantos alemanes se referían con el eufemismo “tiempos de la guerra”, era asumido por la gran mayoría de la ciudadanía como una “catástrofe natural”, pero no como una suma de acontecimientos en la que toda una generación había participado activamente, y de un modo extraordinariamente libidinoso. Como si todo el amor que pudieron haber sentido lo hubieran depositado en Hitler, no dejando para sí ni para nadie, nada; por el resto de sus vidas.

Esa fue la razón por la cual Herbert Marcuse (Eros y Civilización) vio en el movimiento estudiantil de los sesenta una reivindicación erótica. Desesperado erotismo reconvertido en odio hacia las instituciones, a los gobernantes, a la policía, y después volcado hacia los propios estudiantes en una hipersexualidad rabiosa que lindaba con la más radical promiscuidad.

De acuerdo a las tesis centrales del libro de los Mitscherlich, los ciudadanos alemanes estaban dominados por la manía de convertir lo sucedido durante el nazismo en algo que nunca sucedió (Ungeschehenmachen). Pero para que esa imposibilidad fuera posible, la mayoría se rodeó de mecanismos de autorepresión, de modo que los hijos nacieron y se criaron en un ambiente donde “algo terrible” había ocurrido, algo tan terrible que no podía ser jamás nombrado. Fue así que después de haber dejado la infancia, convertidos en estudiantes, esos niños renegaron de sus padres, eligiendo como objeto de sustitución agresiva a sus profesores primero, a la policía después, y finalmente al propio Estado. Por mientras, sus verdaderos padres siguieron sumidos en la más profunda de las depresiones: consumiendo, haciendo vacaciones, y cortando el pasto, asumiendo la actitud límbica de quien piensa “aquí nunca ha pasado nada”.

Un antiguo amigo de trabajo –valga como anécdota- me confesó una vez que su madre nunca pudo pronunciar correctamente las palabra Konzentrationslager (campo de concentración) En su lugar decía, Konzert-Lager (campo de concierto) Sobre ese lapsus Freud podría haber escrito un tratado fabuloso.

Por cierto, día a día esos “padres” se veían confrontados en la televisión con las imágenes de Auschwitz y otros campos de concentración, pero los miraban como quien contempla algo ocurrido en tiempos inmemoriales y en un país muy lejano. Al no poder o querer mirar hacia atrás, asumiendo su propia culpa, no tenían tampoco de qué arrepentirse. Terminaron negándose a sí mismos. Y, autonegados, junto con la capacidad de recordar, perdieron la de amar. La sociedad alemana de post-guerra, según los Mitscherlich, fue convertida en una “sociedad narcisista”. En ese sentido los Mitscherlich, freudianos ortodoxos, asumieron la diferencia establecida por el gran maestro entre “duelo y melancolía”.

En la tristeza del duelo, según Freud (Trauer und Melancholie), pese a que nos sentimos empobrecidos debido a la ausencia del objeto amado, no perdemos la autoestima. En la tristeza de la melancolía, en cambio, la pérdida del objeto libidinoso lleva a una desvaloración radical del “yo”. Ello es así, porque mientras la tristeza del duelo aparece como resultado de la pérdida de otro ser, en la de la melancolía aparece como resultado de la perdida de un “sí mismo”. El amor a Hitler – esa era la tesis de los Mitscherlich- no era más que un autoamor.

A través de Hitler, millones de alemanes sintieron por algunos momentos que eran los amos del mundo. Con la caída del nazismo, Hitler llevó a la tumba una parte de ese “yo colectivo”, sin dejar a cambio, ninguna sustitución. Quienes le sobrevinieron, se convirtieron entonces en seres vacíos y vaciados de amor: Narcisistas y melancólicos. Contra esos fantasmas, sus padres, protestaron los jóvenes de los sesenta.

Tiempo después de haber leído el libro de los Mitscherlich, tras varios años de exilio, viajé a Chile. Fue poco después del plebiscito que desbancó a Pinochet. Naturalmente, asistí a reuniones familiares. Como casi en toda familia chilena, en la mía también, hay miembros de todos los partidos, desde la extrema derecha, pasando por los apolíticos, hasta llegar a la extrema izquierda. La verdad, nunca hablé tanto en mi vida acerca del tiempo climático como ocurrió en esa ocasión. Sobre el otro tiempo, el cronológico, en cambio, se había extendido un intenso velo. Quizás era necesario, pensé esa vez. No hablar del pasado era la única posibilidad que permitía una mínima y educada coexistencia entre historias tan diferentes. En cierto modo, entendí –no quiero decir justifiqué- a los alemanes de post-guerra.

Quiero decir: hay ocasiones en las cuales hay que callar para no matarnos.

Ese silencio aterrador fue uno de los tantos precios de la reconstrucción alemana, una de la cual gozan los nietos de los hechores de ayer. No todos tenían el temple y la sabiduría de los Mitscherlich para asumir la culpa, sentir dolor y arrepentimiento, y recuperar el deseo de vivir a través del amor al prójimo. Muchos de los abuelos de quienes fueron mis alumnos alemanes, vivieron el resto de sus días asustados de sí mismos, perseguidos por sus propios sueños, fingiendo una amnesia que no tenían. La gran mayoría yace hoy en cementerios, olvidados hasta por sus hijos. Es terrible; pero así fue.

Después de la muerte de Alexander Mitscherlich (1982), no pocos pensaron que Margarete no volvería a escribir. Ambos habían vivido cuarenta años juntos, trabajando sin pausa. Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir en (mejorada) versión alemana, decían algunas lenguas. Sin embargo, después de la muerte de Alexander, Margarete cayó en la tristeza, mas no en la melancolía. En su amor a Alexander ella no se había amado a sí misma, como ocurrió con esos millones de desdichados que se contemplaron embelesados en el espejo de Hitler. Pudo así asumir la tristeza del duelo en toda su intensidad.

Los trabajos escritos por Margarete después de la muerte de su esposo delatan una mujer dispuesta a vivir la vida como un permanente nuevo comienzo. Poco a poco Margarete fue abandonando ese “freudianismo duro” que caracterizó su primera época junto a Alexander, adquiriendo su prosa una soltura que antes no tenía. Incluso observamos en los libros que escribió después de la muerte de Alexander, una cierta relativización del concepto freudiano de “culpa”.

Margarete nunca fue nazi, pero siempre asumió una suerte de culpa por no haber pasado a la resistencia activa, como hizo Sophie Scholl, la “rosa blanca” de München. Su culpa era sin duda una obsesión en gran parte infundada. No obstante, es posible observar en sus escritos una reivindicación casi teológica del sentimiento de culpa.

Culpa según Margarete, no es sólo esa alteración neurótica que hacía la vida imposible a los pacientes de Freud. Culpa también puede ser un sentimiento de insuficiencia, uno que nos incita a ser mejor de lo que hemos sido antes. Por lo mismo, la culpa no siempre es patológica; además, puede llegar a ser necesaria. Luego –fue la deducción de Margarete- esa culpa no se paga mirando en dirección al pasado –como parece por momentos insinuar el libro que escribió junto a Alexander- sino en tiempo presente, mirando hacia el futuro. Eso significa que el pasado al ser pasado, no es removible; tampoco reconstruible. Pero sí es vindicable.

Fue su deseo de vindicar el pasado -no sólo el suyo; también el de su generación- la razón por la cual Margarete comprometió su persona en diversas iniciativas políticas y sociales.

Desde su perspectiva de mujer escritora, Margarete asumió y participó en la formación del moderno movimiento feminista alemán. Sin embargo, nunca cayó en esa suerte de feminismo fundamentalista según el cual un abstracto patriarcado posee a los hombres sólo porque lo son. Para Margarete, la lucha por la liberación de la mujer no sólo es inter- sino, además, intra-sexual. Es decir, la suya no era una lucha entre hombres y mujeres, sino un conflicto interno entre lo femenino y lo masculino; un conflicto que late en cada uno de nosotros, seamos hombres o mujeres. Ese fue, por lo demás, uno de los temas centrales de su libro Die friedfertige Frau (La mujer pacífica) el que apareció en español con un título muy diferente: “Sobre la dificultad de la emancipación” .

Quizás inspirada en la filosofía de Nietzsche, cuyo interés fue aumentando con el paso de los años, Margarete no comprometió su vida política, tampoco su escritura, en función de ideales abstractos. Para ella la comprensión del mundo surgía del propio “ser-en la vida”, nunca al revés. Fue así que, cuando llegó a una edad avanzada, asumió el imperativo socrático del “conócete a ti mismo”, escribiendo sobre la vejez. Sin embargo, su libro Die Radikalität des Alters (La radicalidad de la vejez) va más allá de una simple sistematización de consejos prácticos destinados a facilitar el final de nuestros días.

En la vejez vio Margarete una oportunidad: la del ser humano que piensa en la vida y en la muerte, no desde una teoría, sino desde su propio cuerpo, caminando hacia el fin de todos los conflictos.

“El conflicto, no la guerra, es la madre o el padre de todas las cosas. La vida es conflicto”, dijo Margarete en la última entrevista que concedió a la televisión.

Esa vez, con más de noventa años, entusiasta, bien maquillada, elegante, y con sus ojos radiantes, no sólo por la sabiduría adquirida, sino también por su inmensa capacidad de amar al prójimo -amor que aún a esa edad seguía ejerciendo en su consultorio, frente a sus lastimados pacientes- Margarete nos habló de su propia muerte con la tranquilidad que sólo tienen quienes han visto el rayo luminoso de un espíritu que aparece cuando ejercemos la actividad del pensar hasta sus últimas consecuencias.

“Pero quizás después de la muerte también hay conflicto” – dijo Margarete –y riendo agregó-: “Eso no lo sabemos: ningún muerto ha regresado”.