“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

13/7/12

México / ¿La pérdida de la esperanza es imperdonable?

Amapola  Petra Rau
José Cueli

Lo imperdonable del proceso electoral mexicano es la pérdida de la esperanza. La pérdida de la esperanza de una juventud que parece no creer en nada. Es así que a los mexicanos, como el Quijote, la esperanza (recordarnos aquí el verso de Tomás Segovia sobre la espera, Ceremonial del moroso) consiste en la sustancia de las cosas que esperan. Espera que consiste en aceptar lo que se tiene. Revestir la vida de espíritu, de ese espíritu espoleado por el anhelo de su categórica intuición creadora: El ser existe y es fluir del tiempo. Y es más, sólo el ser existe.

Ante la complejidad, confusión y la pelea en torno a las elecciones presidenciales, recurro a Jacques Derrida en su teoría sobre el perdón en que opta por abordar el concepto mismo de perdón en sentido colectivo. En el que “la lógica y el sentido común concuerdan por una vez en la siguiente paradoja: ¿Es preciso, a partir del hecho de existir lo imperdonable de que no es acaso lo imperdonable lo único a perdonar? ‘¿Lo único que invoca el perdón?’ Si sólo se estuviera dispuesto a perdonar lo que parece perdonable, lo que la Iglesia llama el ‘pecado venial’ entonces la idea misma de perdón se desvanecería. Si hay algo a perdonar sería lo que en lenguaje religioso se llama el pecado mortal, lo peor, el crimen o el daño irreparable, imperdonable”.

El concepto jurídico de imprescriptible no equivale en lo absoluto al concepto no jurídico de lo imperdonable. ¿Qué significa el concepto de perdón? ¿De dónde viene? ¿Se impone a todos y a todas las culturas? ¿Puede ser trasladado al orden de lo jurídico? ¿De lo político? ¿Y en qué condiciones? ¿Pero, en ese caso, quién lo concede? ¿A quién? ¿Y en nombre de qué, de quién? Derrida es entrevistado en torno del tema por Michael Wieviorka y esa entrevista se encuentra en el libro El siglo y el perdón (Ediciones de la Flor, Argentina, 2003). Allí Derrida dice que “en principio”, no hay un límite para el perdón, no hay medida, no hay moderación, no hay ¿hasta dónde? En palabras del filósofo, el hecho de medir el perdón se ha complicado aún más, “porque se mantiene el equívoco principalmente en los debates políticos que reactivan y desplazan hoy esta noción, en todo el mundo”.

Él encontraba que el perdón, con demasiada frecuencia en la actualidad, se confundía “a veces calculadamente” con temas aledaños, pero no sinónimos, como la disculpa, el pesar, la amnistía, la prescripción, etcétera, “algunas de las cuales corresponden al derecho, al cual el perdón debería permanecer en principio heterogéneo e irreductible”

Por enigmático que siga siendo el concepto de perdón, agrega, “ocurre que el escenario, la figura, el lenguaje al que tratamos de ajustarlo, pertenecen a una herencia religiosa (digamos abrahá, para reunir al judaísmo, los cristianos y los islams)”.

Para Derrida, la dimensión del perdón tiende a borrarse al ritmo de la mundialización, y con ello se diluye también toda medida y todo límite conceptual. Destaca además la frecuencia con que vemos escenas de arrepentimiento y de “perdón” invocado; esto significa para él, “una urgencia universal de la memoria: es preciso volverse hacia el pasado; y este acto de memoria, de autoacusación, de ‘contrición’ de comparecencia, es preciso llevarlo a la vez más allá de la instancia jurídica y más allá de la instancia Estado-nación”.

Este asunto del perdón es complejo y vigente. El manejo que según el filósofo francés se ha hecho ha llevado a mutaciones, errores, confusiones y multiplicidad de consecuencias que no se han analizado lo suficiente y han tenido secuelas nefastas. Habría que empezar por preguntarse, como él, por qué “en plena mundialización proliferan las escenas de arrepentimiento y los pedidos de perdón” y, sin embargo, cada vez vemos más violencia, guerras, tortura y desintegración social.

Es así como al Quijote y los mexicanos todo se nos desmadeja brumosamente hasta dar la impresión de que nada es nada, de que todo es una ilusión, un sueño, y los sueños, sueños son. Ni de ellos somos dueños. Como dijo Nietzsche: tenemos que seguir soñando. Confundimos lo aparente con lo real, lo fenoménico con la sustancia y de esta confusión habrá de registrarse un desencanto brusco y progresivo, los ideales se desvanecerán como un sueño confundido con la vida. Y, ¿cómo apresar eso que “falta”, eso que no se ve, eso que fluye, denso e inasible, que no es otra cosa que la firme existencia invisible del ser, que lo puso en contacto con una realidad indefinible que resume lo que buscaba: la faz invulnerable de la vida, su palpitante acecho? ¿Es perdonable la pérdida de la confianza, la esperanza?