“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

19/4/13

La marcha del 9 de abril / El legado de paz y justicia social de Gaitán ha sido retomado por la vía que soñó

Mauricio Archila
  • Lectura histórica y fina de una marcha donde se dieron cita el legado de Gaitán, la variopinta coalición por la paz, las víctimas de la guerra, el ingreso eventual de las FARC a la política y los intereses particulares de los convocantes.
Marcha con muchos colores

Especial para La Página
La multitudinaria movilización del pasado 9 de abril representa una amplia convergencia entre movimientos y organizaciones sociales, grupos políticos, funcionarios públicos y personalidades destacadas de la vida nacional.  Aunque se haya hecho publicidad a la participación del gobierno nacional — más bien tímida y tempranera, por demás — o a la más entusiasta de la Alcaldía Distrital, la marcha del 9 de abril no fue una manifestación de respaldo a Santos ni menos a su reelección, o de apoyo a Petro, pero tampoco fue contra ellos: la consignas convocantes fueron la paz, los derechos de las víctimas y la defensa de lo público.

Si bien por las calles de Bogotá desfilaron defensores de derechos humanos, grupos de víctimas, sindicatos, asociaciones campesinas, comunidades indígenas y negras, estudiantes, funcionarios públicos — entre ellos el Fiscal —, grupos de gays y lesbianas, animalistas, y se vio una que otra bandera del M19 o de Progresistas, del Partido Conservador o del MIRA, y también alguna figura liberal rodeada de guardaespaldas, el tono dominante lo dieron los integrantes de Marcha Patriótica y, en forma menos visible, otros movimientos sociopolíticos como el Congreso de los Pueblos.

Esta movilización encierra varios significados con profundidades distintas, que vale la pena desmenuzar. Y nada mejor que usar la metáfora de pelar la cebolla, utilizada por Günter Grass en su autobiografía: cada nivel de significación corresponde a una capa que va recubriendo la cebolla. Propongo comenzar desde el núcleo, para luego salir a las capas más superficiales.

Foto: Marcha Patriotica, vía Flickr

Gaitán, o la unidad popular

Un primer significado gira en torno al simbolismo de la fecha misma: este 9 de abril se cumplían 65 años del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Ello remite al imaginario gaitanista, que se ha tratado de revivir insistentemente para legitimar proyectos de izquierda, liberales, populistas y hasta de derecha.

Así, hemos visto cómo desde sectores liberales como el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) hasta el populismo de la Alianza Nacional Popular (ANAPO) — pasando por la insurgencia y por otros movimientos como el Frente Unido de Camilo Torres — ha habido intentos de reapropiarse de la imagen y del legado de Gaitán.

No sobra recordar que en las primeras jornadas electorales donde participó el Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR), sus activistas llenaron las paredes de las ciudades con la consigna “¡A la carga!”. Y no ha faltado el intento de asociar a Álvaro Uribe con Gaitán, dizque por los rasgos “populistas” comunes. Salvo este último — que se cae de su peso por grotesco — de los otros intentos de reapropiación de su legado se rescata el llamado a la unidad del movimiento popular.  Y eso se vio el pasado 9 de abril, especialmente desde la convocatoria de Marcha Patriótica, a la cual se sumaron el gobierno nacional y el distrital, además de un sinnúmero de organizaciones sociales y políticas.

Foto: Marcha Patriotica, vía Flickr
Coalición por la paz

El segundo nivel de significación — la siguiente capa de la cebolla — consiste en interpretar la marcha como la expresión de una extraña coalición entre tradiciones políticas de izquierda y de derecha, pocas veces vista en nuestro pasado.  Si dejamos de lado las muchas coaliciones bipartidistas — que no eran más que acuerdos de caballeros por arriba, sin incorporación del pueblo — y la parcial participación del ospino–pastranismo en el Paro Cívico de 1977, el antecedente más cercano es el Mandato por la Paz.

En 1997, la coalición promovida por la Red Nacional de Iniciativas por la Paz y contra la Guerra (REDEPAZ) y País Libre, obtuvo más de diez millones de votos en las elecciones regionales. Un par de años después, en octubre de 1999, esta coalición convocó a una multitudinaria marcha bajo la consigna del “¡No Más!”.

Los frustrados diálogos de paz en El Caguán dieron al traste con esta convergencia de izquierdas y derechas, y cada cual volvió a sus trincheras ideológicas. Esto se puso en evidencia en 2008, cuando hubo dos marchas que demostraron la polarización de la sociedad en torno a la paz y la guerra:  El 4 de febrero se dio una movilización masiva contra las FARC, con múltiples puntos de encuentro, aunque el grueso de los manifestantes en Bogotá llegó a la Plaza de Bolívar.

Un mes después, el 6 de marzo, se presentó otra marcha, menos nutrida pero más cohesionada, contra los paramilitares. Aunque hubo gente que participó en ambas, era evidente la polarización, propiciada desde altas esferas gubernamentales. No falta quien señale el aparente giro político que se dio en estos cinco años. Pero es solo una apariencia, porque los motivos no son intercambiables: las movilizaciones de 2008 eran contra las FARC o contra los paramilitares, pero no necesariamente a favor de la guerra.

La del pasado martes era por la paz y no a favor de las FARC. Pero más allá de esta asimetría, lo que ha cambiado es el contexto institucional y político donde nos movemos, pues algo va del gobierno de Uribe al gobierno de Santos.

Las víctimas se hacen visibles     

Un tercer significado de la marcha se enmarca en la trayectoria reciente de las protestas en Colombia. Como señala la Base de Datos de Luchas Sociales del Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP), desde los años 90 hay una visibilidad creciente de las víctimas del conflicto armado: entre 1975 y 2012, sus protestas representaron el 4 por ciento del total nacional.

Se destacan especialmente los grupos de mujeres como ASFAMIPAZ — Asociación Colombiana de Familiares de Miembros de la Fuerza Pública retenidos y liberados por grupos guerrilleros — y Madres de La Candelaria. A la histórica presencia de ASFADES — Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos — se suma en 2000 el MOVICE — Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado — y en 2005 el Movimiento Hijos e Hijas por la Memoria y contra la Impunidad, todos ellos convocantes de la marcha.

Pues bien, las víctimas han librado durante todos estos años una importante lucha por hacerse visibles: el año pasado lograron que se aprobara una ley que, entre otras cosas, designó el 9 de abril como su día conmemorativo. Este 2013 era el primer año en que se conmemoraba. Tristemente ese día fue asesinado su vocero en Córdoba, Éver Cordero.

Convergencia política en torno a la paz

Un cuarto nivel de significación — otra capa más de la cebolla — es la coyuntura actual de un proceso de paz entre las FARC y el gobierno, por ahora, aunque pronto se sumará el ELN. Aquí es justo reconocer que ha habido un cambio institucional: del gobierno anterior -que le mostraba los dientes a la insurgencia mientras le tendía la mano a los paramilitares - al gobierno actual, que de entrada reconoció el conflicto armado y entabló negociaciones con las FARC, sin bajar la guardia en su despliegue militar. Y esa misma voluntad de cambio también hay que reconocérsela a la insurgencia que, si bien ha sido golpeada en su aparato militar, se encuentra lejos de haber sido derrotada.

Con la marcha del 9 de abril se refrenda el retorno de la paz a la política. Dejó de ser el deseo aislado de unos cuantos políticos, curas, artistas, defensores de derechos humanos y voceros de las víctimas para tomarse las plazas públicas. La paz fue el catalizador de la gran coalición entre la izquierda y la centroderecha del pasado 9 de abril, que durará si los diálogos de paz fructifican. Y el apoyo de la jerarquía católica y de muchos pastores de otras congregaciones religiosas fue muy importante para legitimar esta convergencia.

La futura participación política de las FARC

Pero más allá del contexto general de los diálogos de paz, hay otra capa significativa que se superpone: la propia agenda de discusión en La Habana. La sociedad se ha ido enterando a cuentagotas de los avances de la negociación. Y si bien aún no hay humo blanco en ninguno de los puntos de discusión, se dice que se ha avanzado en todos y especialmente en el más difícil: el problema agrario.

La pasada movilización fue un impulso definitivo para otro de los puntos que cubre la futura participación política de la insurgencia y la necesidad más inmediata de refrendar dichos acuerdos con algún tipo de consulta popular.

Digámoslo claramente: el fenómeno del martes pasado puede ser interpretado como un ensayo de esa participación. Este ensayo, a mi juicio, resultó exitoso. En eso dieron en el clavo los convocantes y a todos les va a dar réditos.

Intereses particulares

En la última capa de significados están las motivaciones particulares, por no decir personales, de los convocantes. Aunque aparentemente no son tan nobles como las anteriores, y por ello tal vez no fueron las principales razones que explican la gran movilización, no se pueden desconocer: Se trata de la reelección de Santos, a la que sin duda le apostará si sale bien del proceso de paz.

También está el afán de Petro por legitimar los pasos necesarios, pero torpes, para garantizar la prestación de los servicios públicos y un hábitat digno en la capital.

Marcha Patriótica quería mostrar su capacidad de movilización y algo similar pretendían otras organizaciones convocantes. Por su parte, a las FARC — que no fue un convocante abierto — les convenía que mucha gente saliera a las calles.

Así todos aportaron su cuota de particularismo legitimado bajo el discurso del bien común. A esos intereses particulares, no necesariamente mezquinos, la opinión pública no les hizo mucho caso.

La capa podrida

Por esto resulta tan miope — por decir lo menos — haberse negado a apoyar la marcha con el argumento de que era a favor de la reelección de Santos o de mero respaldo a Petro o que era en apoyo a las FARC. Razonar así es negarse a ver todas las capas de significados que sugerí más arriba, arriba y pensar que la gente es estúpida cuando sale a hacer política en las calles.

Es bueno aclarar que entre quienes usaron estos retorcidos argumentos se encuentran algunos miembros de la cúpula del Polo Democrático Alternativo, aunque me resisto a creer que la razón de esta negativa radique en viejas pugnas que ya pensábamos superadas, entre el MOIR, el Partido Comunista y la CGT (Confederación General del Trabajo). Aquí también hay motivo de suspicacia, pues se sabe de la cercanía entre el vicepresidente Angelino Garzón y esta central sindical.

Por fortuna las bases no les hicieron caso y salieron a las calles a marchar a favor de la paz. Y con ello, estos personajes terminaron aliándose con la otra orilla del espectro político: el uribismo y sus allegados como el Procurador.

La extrema derecha podría considerarse como la capa podrida de la cebolla, pero esto no sería justo con la cebolla. En efecto, estas voces quedaron aisladas en sus trinos contra la paz y a favor de la guerra.

Aun Andrés Pastrana, que se había sumado a este tren de la muerte en las últimas semanas, se bajó apresuradamente de él sin cejar en su terquedad, al sostener que tenía razón al dar voces de alerta sobre el proceso de paz en La Habana.

Ahora si hay un mandato por la paz

Pero en honor de la verdad, la marcha del 9 de abril mostró gran madurez política: no solo porque no hubo enfrentamientos con la fuerza pública y los comerciantes pudieron dejar abiertos sus establecimientos, sino porque las consignas no fueron contra ninguna ave de mal agüero, sino a favor de la paz.

Mauricio Archila
En síntesis, las marchas del pasado 9 de abril encerraban — siguiendo la metáfora de Grass — distintos significados como capas de cebolla: en el núcleo, el legado gaitanista de unidad popular; en seguida, las grandes convergencias políticas ante coyunturas críticas; más afuera, el derecho de las víctimas; luego, los temas ligados con la agenda de paz en La Habana, y en la superficie, los intereses particulares de los convocantes. Hay capas más nobles que otras, y por lo común la gente prestó poca atención a los particularismos.

Como tituló El Espectador al día siguiente: a partir de esta marcha, ahora sí hay un “mandato por la paz”. Seguramente, Gaitán descansaría más tranquilamente sabiendo que su legado de paz y justicia social ha sido retomado por la vía que soñó.

Mauricio Archila es historiador, profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia, Investigador de CINEP (Centro de Investigación y Educación Popular/ Programa por la Paz).