“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

19/4/16

El positivismo en Latinoamérica como ideología — Asimilación y dominación

Daniel Alberto Sicerone Podesta   /   El siguiente trabajo de investigación parte de un recorrido intelectual de textos acerca del positivismo en su recepción latinoamericana expuesto por autores críticos a dicho proceso. Se trata de utilizar el concepto de ideología re-leído por Ludovico Silva como falsa conciencia para poder establecer el peso ideológico de tal recepción para comprender los problemas latinoamericanos y la forma de darle una solución propia sin tener que elaborar una filosofía mimética. La re-lectura latinoamericana de los problemas latinoamericanos debe partir de la superación de la ideología, y aportar elementos para una mayor conciencia de los mismos, en oposición a la ideología.
Introducción
El positivismo resultó ser una determinada concepción de la ciencia y del mundo que alcanzó grados de hegemonía tanto en Europa como en América Latina, constituyendo una serie de intelectuales que elaboraron sus tesis en base a tal concepción. Estos intelectuales no deben ser únicamente remitidos al espectro político de derecha, sino también los hubo de la izquierda, siendo José Ingenieros un positivista socialista.

La socialdemocracia reinante de finales y principios de siglo XX se caracterizó por adoptar a su análisis marxista la concepción positivista, resultando una esterilizada teoría de todo elemento revolucionario y transformador. Por tal motivo, en el presente trabajo se intentará vincular la categoría marxista de ideología con la corriente positivista, desde la realidad latinoamericana incrustada en el sistema mundo capitalista. La tesis del presente trabajo se corresponde con el hecho de que el positivismo constituye una ideología, en cuanto encubre aquellas relaciones sociales que fundamentan las asimetrías sociales y culturales en América Latina.

Para ello se partirá de la modernidad burguesa europea como doble constitución, por un lado del capitalismo globalizado mediante la conquista de América, y por otro lado mediante la constitución de una ontología entre un “ser” y un “no ser”, desde la metafísica cartesiana. Esto será la base para reconocer el papel encubridor, ideológico, del positivismo, desde el hecho de ser caracterizado como un velo que no permite ver más allá de las apariencias que forman el sentido común. Esto permitiría reconocer los fundamentos materiales para el desarrollo del positivismo como ideología, ya que de seguir una metodología que no relacione al positivismo con las relaciones materiales, entonces se estaría cayendo en una especie de idealismo, desde el hecho que el concepto determinaría las existencias realas, materiales, tal como representó la metodología del “argumento ontológico”.

Por último, partiendo de lo mencionado anteriormente, se estudiará la asimilación latinoamericana del positivismo, el cual, más allá de la falta de originalidad, se desprende de una realidad material conflictiva, tal como fue la época de constitución de los Estados-nación, y la puja entre los modelos unitarios y federales, englobados desde la realidad opresiva de la injerencia comercial imperialista británica. La asimilación termina por funcionar como una operación de las clases dominantes para justificar el orden económico y el proyecto de país que se quiere construir. De esta perspectiva es que se leen el binomio progreso/atraso o civilización/barbarie, siendo las primeras las consecuencias de adopción de la forma cultural burguesa europea, y las segundas la realidad latinoamericana. Los sujetos latinoamericanos constituyen desde esta óptica ideológica unas trabas para el acceso a esa modernidad burguesa, quedando por fuera de los proyectos de país, y generándose así el patrón de exclusión que sigue presente en la actualidad.
 Modernidad europea y positivismo
Ubicar la génesis del positivismo nos lleva directamente a Europa, contextualizada bajo una determinada forma cultural propia y la presencia de una “modernidad” europea configurada bajo la denominación de eurocentrismo. Ante tal situación, debemos reconocer que toda cultura se caracteriza por ser etnocéntrica, es decir, pone como centro del “mundo” a su etnia, a su cultura. El problema surge cuando la modernidad europea que nace al calor de la postura de Descartes (1981) sobre las ideas claras y evidentes como sinónimo de un conocimiento certero, además de la conquista de América, se constituye una reconfiguración de los planteamientos presocráticos del “ser” y el “no ser”, siendo una de las formas de separación articulada por cierto pensamiento europeo. El “ser” lo forma aquellas sociedades europeas, mientras que el “no ser” pasa a ser parte de aquello que no es, por ende, lo no europeo.

Esta posición es señalada por Dussel, quien sostiene que “el eurocentrismo de la modernidad es exactamente el haber confundido la universalidad abstracta con mundialidad concreta hegemonizada por Europa como centro”. (Dussel, 2005: 48). Se ve claramente el producto de la confusión entre la representación abstracta de una realidad concreta, la mundialidad. Esta operación representará la existencia de un velo ideológico que cubra las relaciones existentes en el marco de la modernidad, donde la misma no refleja de fondo la división entre un “centro” y una “periferia”, entre un “ser” y un “no ser”. El pensamiento elaborado por la intelectualidad europea tomará forma universal, negando aquello que se encuentra fuera de sus límites, negando la posibilidad de la afirmación de la “otredad” y observándose una cierta inversión de sentido entre las ideas y la realidad material concreta.

Reconociendo la génesis y la forma general de la modernidad europea, podemos verificar una corriente de pensamiento denominada positivismo que se afianzó entre 1850 y 1890 en Europa. Esta corriente nace de los planteamientos propuestos por Augusto Comte (1978-1857), quien fuera uno de los precursores de la sociología. Sobre dicho pensador podemos establecer un cierto resumen de sus ideas en la “teoría de los tres estados”, el papel de la ciencia, su concepción del progreso y su anti-clericalismo. La “teoría de los tres estados” es un intento por fundamentar un cierto estado natural y un estado de crisis, es decir, un estado donde se observa un orden, y un estado donde se vislumbran las críticas al mismo y su transformación. La intencionalidad que demostrará tal estudio se centrará en la posibilidad de establecer un orden en la sociedad como base fundamental para un determinado progreso.

Reconocer a los precursores no nos da la fiabilidad sobre qué es concretamente el positivismo, ya que siguientes autores, tales como Spencer, negaran muchas de sus   ideas planteadas. Por tal motivo, podemos apoyarnos en Leszek Kolakowski (1988) y su resumen acerca de las ideas principales del positivismo. Entre ellas podemos contar con el fenomenalismo, el nominalismo, la neutralidad valorativa y la unidad metodológica. La primera, el fenomenalismo, corresponde a la no diferencia entre esencias y fenómeno. La segunda, el nominalismo, sostiene que en la realidad sólo hay objetos singulares y el saber abstracto es producto de una forma de ordenamiento del conocimiento. Como tercero, la neutralidad valorativa, la cual se encuentra basada la negación de valor cognoscitivo a los juicios de valor. Por último, la unidad metodológica, donde el conocimiento sólido se corresponde y relaciona con el campo de la experiencia.

Tomando en consideración los cuatros elementos planteados, podemos continuar con Kolakowski   y su definición de positivismo, la cual la expresa de la siguiente manera: “de un modo más general, el positivismo es un conjunto de reglamentaciones que rigen el saber humano y que tiende a reservar el nombre de ciencia a las operaciones observables en la evolución de las ciencias modernas” (Kolakowski, 1998: 22). Es importante reconocer la relación del positivismo con la reglamentación, ya que su intencionalidad se refiere al saber humano y cómo el mismo puede ser normado y encuadrado dentro de un marco de referencia y su propia genealogía basada en lo fenoménico y experimentable, identificando a las ciencias naturales y sus métodos, como aquellas que deberán imitarse en la investigación en las ciencias sociales.

El positivismo no sólo debe definirse en base a lo que comprende, sino también sostenerlo sobre lo que no es, contra lo que se enfrenta. Al desarrollar tal postura nos encontramos que el positivismo nace como una oposición a la metafísica, es decir, a la concepción de que las ideas son independientes y lo real se ubica en tal aspecto. El positivismo negará rotundamente tales posiciones, de lo cual Antonio Tinoco sostendrá que “el término positivo surge como forma de hacer mención en lo empírico, en realidades concretas, oponiéndose de esta forma a la especulación metafísica” (Tinoco, 2007: 50). El positivismo es expresión de una época determinada que se corresponde como ruptura de una forma de concebir el conocimiento que ha nacido de la liberación de la razón del útero de Dios, es decir de la metafísica moderna, aunque transita sobre el elemento de la clarificación y la evidencia como forma de concebir a lo real.

De esta forma, el positivismo, se comprende a si mismo como una totalización a la hora de determinar el conocimiento humano certero para ligarlo con su concepción de progreso. Su característica nominalista le impide ver en lo abstracto una realidad concreta, ya que lo relaciona con una forma de ordenamiento del conocimiento, el cual depende de la experiencia. En base a lo anterior, Aubert (1977) considerará que el positivismo nace como un método científico pero con una orientación a ser considerada como una filosofía y una única forma de explicar y comprender al mundo. Esta posición representará una de las formas por las cuales se podría ver en el desarrollo de las ciencias una de las causas de su caída, como por ejemplo el estudio del átomo, a lo cual el positivismo por considerar a su metodología la única forma de llegar a un conocimiento certero, termina por caer al no adecuarse a las nuevas transformaciones de las ciencias en sus investigaciones.

El positivismo es producto de un momento determinante de la modernidad europea, específicamente con el avance científico y la mundialidad de la existencia de una periferia ligada a un centro explotador. Tal posición es fundamentada por Hobsbawm cuando sostiene que:
La sociedad burguesa del tercer cuarto del siglo XIX estuvo segura de sí misma y orgullosa de sus logros. En ningún campo del esfuerzo humano se dio esto con mayor intensidad que en el del avance del conocimiento, en la “ciencia”. Los hombres cultos del período no estaban simplemente orgullosos de su ciencia, sino preparados a subordinarle todas las demás formas de actividad intelectual. (Hobsbawm, 2010: 260)
El positivismo no solamente actuará como producto de una determinada época, el desarrollo y expansión del capitalismo en la modernidad burguesa europea, sino que también actuará como velo ideológico de un sistema basado en la división de clases sociales, donde unas explotan a las otras, y a nivel mundial se observan relaciones asimétricas de poder, entre un centro, Europa, y una periferia, América Latina y el resto del mundo menos los Estados Unidos de Norteamérica. La función del positivismo será la de legitimar dicho orden social predominante, tomando forma de darwinismo social, la cual sostiene un sistema binario entre “civilizados/bárbaros”, “avanzados/atrasados”, “fuertes/débiles”, etc. De esta forma, siguiendo los lineamientos del positivismo, se creyó encontrar una ley que simplificara el aspecto social, las desigualdades existentes, y ésta recayó en la supervivencia de los más fuertes o más aptos.
Ideología, positivismo y asimilación latinoamericana
Reconociendo al positivismo como producto de la modernidad europea en la época del avance de las ciencias tenemos que hablar que Latinoamérica ha asimilado dicha corriente en forma de ideología, intentando encontrar, por parte de la intelectualidad colonizada, un orden a los conflictos internos post-procesos de emancipación política de las metrópolis. Si el positivismo ha nacido en Europa 1850 y desaparecido en 1890, en América Latina el periodo de su correspondencia transita de 1870 hasta 1920 y ha tomada diferentes matices en función del país del cual se ha importado y asimilado tal corriente, como bien menciona Arturo Ardao (1978).

Profundizando sobre el aspecto del positivismo como forma de ideología, lo vemos claramente en el argumento de Antonio Tinoco, quien sostendrá que “el positivismo es algo más que una doctrina o filosofía, fue y es una ideología, entendiendo ésta, como lo veía Karl Marx, una falsa conciencia o visión distorsionada de la realidad” (Tinoco, 2007: 22). La comprensión del positivismo como ideología se relaciona con la categoría instalada por Karl Marx, lo que permite rechazar la postura de las ideologías como sistemas de ideas, que hasta en el propio marxismo se creyó la existencia de una ideología revolucionaria, cuando esta categoría tiene otra significación. Que el positivismo sea tomado de forma ideológica es lo que nos permite reconocer que el mismo es expresión de una época determinada y que de fondo hay una relación estructural que intenta ocultar.

Antes de avanzar sobre la concepción misma de lo que significa la ideología y como funciona, podemos ver la función del ideólogo, el cual puede ser considerado como un positivista, en la forma de concebir la estructura que hay detrás de las apariencias. Ante esto, Ludovico Silva sostendrá:
El ideólogo atribuye al subdesarrollo de los países latinoamericanos a un retraso congénito, a razones raciales, climáticas que hacen de nosotros un pueblo en desventaja, en vez de caracterizar científicamente al subdesarrollo como una aberración histórica engendrada por leyes propias del sistema capitalista, que genera riquezas en el centro y miseria en la periferia (Silva, 1979: 50).
La función del ideólogo se caracteriza por utilizar temas raciales, climáticos, evolutivos, etc. como formas de encubrir el subdesarrollo latinoamericano como producto de un sistema social concreto, como es el capitalismo, el cual divide el mundo en un centro que absorbe las riquezas y una periferia, quien absorbe la pobreza y de donde mayormente se extraen aquellas riquezas que irán a parar a los países del centro y sus clases dominantes. Por lo que podemos observar, la ideología cumple como factor de encubrimiento de las relaciones estructurales que son las causantes de aquello que el ideólogo justifica en elementos que de última forma terminan por justificar el orden vigente y sus formas de exclusión.

Si profundizamos a fondo sobre la ideología y su génesis en sociedades divididas entre explotadores y explotados, tenemos que aclarar cómo ocurre el proceso por medio del cual la ideología es una expresión de la forma en que se encuentra dividida la sociedad. Nuevamente, Ludovico Silva será quien nos amplié y clarifique sobre tal cuestión cuando manifiesta que:
En toda la historia conocida, las relaciones sociales más elementales y básicas, que son aquellas que los hombres contraen en la producción de sus medios de vida, engendran en la mente de los hombres una expresión ideal inmaterial de aquellas relaciones materiales… Pero, así como en las relaciones materiales se constituye una capa social dominante (propietarios de los medios de producción y administradora de la riqueza social), del mismo modo y como expresión ideal de aquel dominio se constituye una ideología dominante (Silva, 1979: 113).
De esta forma queda explicada la relación entre “estructura” y “superestructura”, las cuales no representan una categoría real en la obra de Karl Marx, sino que corresponden a un recurso metafórico de sus obras, lo cual rompe con aquel marxismo dogmático que vería a la ideología como parte determinada de la superestructura. La ideología es una expresión inmaterial de las relaciones materiales, las cuales no son exclusivamente económicas, sino que hacen referencia a las formas de producción y reproducción de la vida. Sucede que en una sociedad dividida en clases sociales como   es el capitalismo, las relaciones materiales serán relaciones asimétricas, donde un sector minoritario será dueño de los medios indispensables para la producción y reproducción de la vida, mientras que un sector mayoritario sólo dispondrá de su fuerza de trabajo y deberá someterse a relaciones asimétricas de poder para continuar con su vida individual y familiar. La ideología va a constituir una forma de enmascaramiento de tal realidad, por lo que ella, la ideología perteneciente a la clase dominante, se convertirá en dominante en el resto de la sociedad. Se constituirá en una falsa creencia o conciencia.

El positivismo funcionará como una doble ideología, ya que en los países centrales actuara como veladora y máscara de las relaciones asimétricas entre centro y periferia, mientras que en la región latinoamericana, la ideología positivista, actuara como la búsqueda del “ser”, de ser aquello que no somos por la visión moderna europea. Leopoldo Zea lo caracterizará de la siguiente forma:
Habrá que esperar un largo tiempo para que el latinoamericano tome conciencia de esta situación, la de que es su voluntad, una voluntad actuando en determinada situación, la que origina las transformaciones de su realidad y la que da, incluso, un sentido a la filosofía importada. Una filosofía que quiérase o no, se adapte a esa situación y voluntad (Zea, 1975: 84).
Luego de los procesos post-emancipatorios de la metrópoli, las naciones latinoamericanas con relativo poco tiempo de ser independientes políticamente de manera formal se encuentran en la segunda mitad del siglo XIX bajo una incesante lucha intestina entre diferentes modelos y proyectos de país, de los cuales triunfará la visión de convertirse en meros países exportadores de materias primas e importadores de productos manufacturados y de capitales proveniente mayormente de Inglaterra, tal como le ocurrió a la Argentina. Esa fue la línea política que estableció Mitre en Argentina y que luego la generación de 1880 termina por solidificar, una país semi colonial al servicio de los intereses del capital inglés.

Considerando al positivismo como una forma ideológica que oculta las relaciones estructurales de desigualdad, y ubica a dichas causas con elementos raciales, climáticos, etc. los cuales no hacen más que encubrir las verdaderas causas del subdesarrollo, y de esta forma se convierte en una importación de aquel positivismo europeo, la forma de asimilación tendrá que relacionarse con las relaciones asimétricas. Ante esto, Antonio Tinoco dirá “los positivistas europeos postularon la civilización occidental como el modelo o paradigma de la civilización universal. Los latinoamericanos aplicaron al continente esta categoría, dando como resultado un diagnóstico del continente”. (Tinoco, 2007: 34). Esta concepción de asimilación “ciega” y el posterior diagnóstico del continente ha llevado a los positivistas a considerar el tema del progreso/atraso, viendo en el primero el “no ser” latinoamericano, siendo el segundo el “ser” latinoamericano, el cual se vincula con un atraso no vinculado con las relaciones estructurales de un sistema capitalista y se aplica la fe en la modernidad europea.

El progreso, uno de los elementos de mayor consideración dentro de las obras positivistas y su relación casi matrimonial con la idea de orden, nos llevan directamente a ver en ella una característica netamente teleológica, donde el desarrollo histórico presenta una finalidad, es decir, el desarrollo de las diferentes sociedades es visto como una evolución hacia algún fin en específico. El atraso tendrá una vinculación con la idea de progreso, la cual para Tinoco (2007) el atraso no es carencia de progreso, sino que para los positivistas de la segunda mitad del siglo XIX consistiría en un estado permanente. Para salir de aquel estado permanente no es necesario un análisis científico de las causas del mismo, lo que llevaría a un proceso desfetichizante, sino que será visto como la adopción del modelo universal de la sociedad occidental Europea.

Continuando con Tinoco, podemos observar que sostiene “hay que insistir sobre la idea de que el positivismo más que una doctrina del progreso conformó una doctrina del atraso” (Tinoco, 2007: 84). La idea del progreso estaba en la forma de asimilación de algo ya construido o que se va construyendo, como es la sociedad moderna europea que se jacta de su validez universal. Esto afectó la idea una originalidad en el pensamiento positivista latinoamericano y un énfasis en aquello que creían como traba para el desarrollo, constituyendo la forma general de su ideología, considerando a los sujetos gaucho, indio, negro como trabas para concretar el tan esperado progreso.

Además, a la falta de originalidad se suma la paradoja planteada por Ardao (1978), quien sostiene que la ciencia en América derivó del ciencisimo positivista, lo contrario a Europa. Esto tiene su causa en que la ciencia, tal como se consideraba para aquel entonces, tenía su experiencia en Europa, por lo que América Latina tendió a aprovecharse de la misma bajo la forma ideológica del positivismo. Nuestra asimilación y constitución del positivismo como ideología careció de originalidad y se conformó como una teoría del atraso, dejando el progreso en la idea de copiar lo extranjero europeo en detrimento de las condiciones concretas de las estructuras latinoamericanas. A lo cual Zea (1980) dirá que el positivismo cumple la función de un instrumento que utilizaron los latinoamericanos en función de provocar los cambios que suponían necesarios para incorporarse a la civilización.
Conclusiones
Del análisis plantado anteriormente se pueden determinar una serie de conclusiones que giran en torno a la construcción del positivismo latinoamericano como un velo ideológico que encubre las relaciones materiales que fundamentan nuestra constitución como región subsumida al orden del capital y a las relaciones imperialistas de comercio exterior y hasta en la dependencia y asimilación cultural. El positivismo latinoamericano constituyó una perspectiva ideológica de la cuestión nacional latinoamericana de finales del siglo XIX y comienzo del siglo XX, representando una propuesta epistemológica que ya sea empuñada por intelectuales de izquierda o derecha en el espectro político, terminó por esterilizar todo propuesta transformadora de la sociedad latinoamericana en favor de las clases subalternas.

La asimilación del positivismo en Latinoamérica jugó un rol a favor del desarrollo de la injerencia imperialista británica, y de sus consecuencias, desde el hecho que la intelectualidad hegemónica veía en la sociedad burguesa europea un modelo a seguir. La imposibilidad de trasplantar tal modelo a la realidad latinoamericana justificó la exclusión desde los diferentes proyectos nacionales a la existencia de sujetos sociales oprimidos, tales como el gaucho, el indio, el negro, el llanero, etc., quienes fungían como trabas para el alcance de la civilización. La civilización era considerada aquella utopía que sólo sería posible alcanzar desde la enajenación de la múltiple identidad latinoamericana, pasar desde aquel “no ser” hacia aquel “ser”, con todas las consecuencias que ello ameritaba.

Esta operación ideológica no debe ser comprendida como un aspecto aislado en la historia latinoamericana, ya que de ser considerada así estaríamos operando bajo otro modelo ideológico, y por tal motivo nunca llegaríamos a conocer las causas radicales de nuestra situación opresiva y conflictiva. Si no conocemos las relaciones materiales, sobre las cuales se erigen las representaciones inmateriales, entonces estaríamos operando igual que aquellos intelectuales que eligieron al positivismo como su teoría predilecta para el análisis de la situación latinoamericana. Por ello, debemos conocer en primer medida aquellas relaciones materiales, las cuales no han sido modificadas en su esencia, es decir que todavía existen dueños de los medios indispensables para la producción y reproducción de la vida y por otro lado una mayoría dueña de su fuerza de trabajo, lo que llevaría a manifestar que toda teoría que no tome en cuenta tal realidad para el análisis de la realidad latinoamericana, estaría encubriendo a la misma y operando bajo el velo ideológico.
Referencias bibliográficas
Ardao, A. Estudios latinoamericanos: historia de las ideas. ed. Monte Ávila, Caracas, 1978.
Aubert, J. Filosofía de la naturaleza. , Ed. Herder, Barcelona, 1977.
Descartes, R. Meditaciones Metafísica. Ed. Orbis, Barcelona, 1981
Dussel, E. “Europa, modernidad y eurocentrismo” en La Colonialidad del Saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. Compilador Edgardo Lander. Buenos Aires, CLACSO, 2005
Kolakowski, L. La filosofía positivista. Ed. Cátedra, Madrid, 1988
Hobswam, E. La era del capital, 1848-1875. Ed. Crítica, Buenos Aires, 2010
Silva, L. Teoría y práctica de la ideología. Ed. Nuestro Tiempo, Maracaibo, 1979
Tinoco, A. La idea de progreso en el pensamiento positivista venezolano: siglos XIX y XX. Maracaibo, ediciones del Vice Rectorado Académico, Universidad del Zulia, 2007.
Zea, L. La filosofía americana como filosofía sin más. Ed. Siglo Veintiuno, México 1975.
Zea, L. Pensamiento Positivista Latinoamericano. Ed. Ayacucho, Caracas, 1980.
http://www.pacarinadelsur.com/