“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

21/4/07

Al fin, nuestros niños podrán ir al Cielo!




Después de 16 siglos de estudio profundo fue tomado el acuerdo

Una noticia vino a sacudir el tranquilo discurrir por la serena, placentera e inevitable ruta de mi tempranísima tercera edad. Esta noticia no tenía nada que ver con guerras, ni con el etanol, ni con las travesuras de Britney Spears, ni siquiera con las maluquezas --como aprendí a decir en Humocaro Alto-- que prepara Bush a Chávez, sino sobre un tema absolutamente inédito: La salvación de las “almitas” de nuestros niños.


En efecto, muy a la calladita y como quien no quiere la cosa, por fin se llegó a una esperada y sorprendente conclusión sobre un problema planteado por san Agustín, y descrito así:
“La idea del «limbo» fue esbozada en el siglo V, cuando San Agustín intentó responder al siguiente enigma: «Como el pecado original es eterno, si los bebés se mueren sin haber sido bautizados y, por tanto, sin haber sido redimidos de ese pecado, ¿a dónde van sus almas? No podrán entrar en el paraíso pero, como aún no han hecho nada malo, el infierno tampoco es un lugar apropiado para ellos».
Hay que reconocer sin embargo al papa Benedicto XVI la diligencia puesta en el asunto, porque desde 1.984, “…ya se había pronunciado a favor de la nueva teoría al declararse partidario, «a título personal», de abandonar la hipótesis de la existencia del limbo, que significa en latín límite o borde.” y por fin, los ilustres prelados de la Iglesia católica tras largas, penosas y eruditas discusiones, y acordaron:
«…después de meses de reflexión», que el «limbo» no existe y que las almas de los niños muertos sin bautizar van directamente al paraíso, con lo que ponen fin a una tradición secular que ha atormentado a generaciones de madres durante cientos de años.En este sentido, en un documento firmado por el papa Benedicto XVI, la Comisión Teológica Internacional del Vaticano concluyó que «hay bases teológicas y litúrgicas serias para creer que cuando mueren, los bebés no bautizados se salvan».
Gracias a Dios, ya no habrá motivo de preocupación por este asunto, porque si alguien se atreviera a hacer aunque sea un cálculo lejanamente aproximado de la cantidad de almas de niños que se encuentran esperando en la atestada sala de espera para entrar al cielo que se denomina “limbo”, la cifra resultaría verdaderamente asombrosa.


Da pena admitirlo, pero la verdad es que la Iglesia Católica fue instituida para preservar las enseñanzas de Jesucristo quien nos llamó a crecer y a multiplicarnos, que no a bautizarnos, que fue un invento de san Juan el Bautista. No dijo nunca, ni lo hubiera permitido, que las almas de nuestros niños hubieran tenido que pagar un peaje espantoso durante siglos en una sala de espera, quién sabe en qué condiciones de higiene y salubridad se encuentra, porque ya sabemos las condiciones “materiales” en las que se vive tanto en el infierno como en el cielo, pero no en el limbo. En descargo de la Iglesia Católica, diremos que ésta decisión, aunque tardía, se justifica porque se han dedicado primordialmente a cuestiones meramente terrenales que no espirituales, como la lucha por el territorio, el poder, la acumulación de riquezas, la inquisición, las cruzadas, etc., dejando de lado la verdadera esencia cristiana y su misión fundamental, que es la espiritual, y dentro de esta misión la tarea u objetivo central: la salvación de las almas. Y que cuando algunos curas que viven junto al pueblo se ocupan de las condiciones materiales de existencia de millones de pobres, poniendo en práctica la llamada Teología de la Liberación, se les llama comunistas, subversivos, etc., etc.


En el campo del Derecho, se ha impuesto el criterio de lo que se llama “interpretación progresiva”, que podría explicarse así: dado que el ámbito de la realidad en el cual fueron creadas y se han desarrollado las normas jurídicas es mutable, lógico es pensar que en la oportunidad en que sea factible la aplicación de tales normas, se tomen en cuenta pues, las circunstancias en las cuales están ubicadas en el espacio temporal, de modo tal que pueda ser apreciada en forma lata, que no restrictiva.


Aleluya!, demos gracias al Señor: el Derecho Canónico, aunque haya sido un pelín tarde al fin nos alivia: “Esta nueva «teoría» de la Iglesia Católica echa por tierra la arraigada creencia de la existencia del limbo, «lugar situado entre el infierno y el paraíso», al que estaban relegados los niños sin uso de razón que morían sin haber recibido el sacramento del bautismo.”
En http://www.aporrea.org/internacionales/n93603.html puedan ampliar el contenido de esta esperanzadora noticia que ¿llenará? de sosiego a millones de madres atormentadas amargamente durante tantos siglos; pero me queda otra angustia que tenía reprimida también pero que no había aflorado porque ésta que me ha quitado de encima el papa Ratzinger, la tenía contenida, represada, arrinconada, soslayada y que ahora por fin, puedo expresar con la esperanza de que sea resuelta para evitar males mayores: “Si los bebés se mueren sin haber sido bautizados”, como dice san Agustín, ¿qué pasa o pasará con aquellos que sobrevivan y se conviertan en adultos y que jamás serán bautizados porque en la religión que practican no está prevista tal ceremonia? ¿Irán directamente al infierno como Mahoma, Mahatma Gandhi, Buda, Confucio y demás acólitos, seguidores y afines?


Espero, papa Ratzinger que no se tarde otros 16 siglos en responder, y esto por razones eminentemente prácticas.