“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

24/4/12

Los que sabían que Kennedy sería asesinado en Dallas

George H. W. Bush y Richard Nixon estaban en Dallas el día del asesinato de John F. Kennedy (JFK), un año después de la Crisis de los cohetes. Sin embargo lo niegan o "no recuerdan."...Pero Paul Kangas y otros investigadores han revelado evidencias de que ambos estaban en esa ciudad de Texas aquel día. Y que conocían del magnicidio.

Gabriel Molina

George H. W. Bush y Richard Nixon estaban en Dallas el día del asesinato de John F. Kennedy (JFK), un año después de la Crisis de los cohetes. Sin embargo lo niegan o “no recuerdan.” Brian Latell, alto oficial de la CIA, publicó en estos días el libro The Castro secrets, para dar pie en el Miami Herald a un insidioso título de Glenn Garvin ¿Sabía Castro que iban a matar a Kennedy? Medios como Life y Le Monde Magazine lo reproducen.

Ni Latell ni Garvin preguntaron dónde estaban Nixon y Bush el 22 de noviembre de 1963. Otros sí lo han hecho y ambos políticos contestaron que no recuerdan. Pero Paul Kangas y otros investigadores han revelado evidencias de que ambos estaban en esa ciudad de Texas aquel día. Y que conocían del magnicidio.

Una de las evidencias es un memorándum de Edgar Hoover, director del FBI, donde se revela que George Bush, oficial de la CIA, informó el 23 de noviembre de 1963 cómo estaban reaccionando contra Kennedy los exiliados cubanos. Bush alegó que era otro oficial con el mismo nombre, pero dejó la impresión de que el FBI sabía lo que estaba diciendo. Fletcher Prouty, exoficial de enlace de la CIA, declaró que Bush —ya alto oficial de la agencia en 1960 aunque también lo negaba— tuvo a su cargo la organización de la invasión de Bahía de Cochinos y se ocupó de reclutar los cubanos después sospechosos para el Comité investigador del Congreso de Estados Unidos por el asesinato de JFK. Ver: Asesinato de Kennedy o Golpe de Estado Encubierto

Carl Freund, del diario Dallas Morning News, entrevistó a Nixon el propio día del magnicidio. El autor intelectual del famoso Watergate aseguró allí que Kennedy excluiría a Lyndon Johnson como Vice de la candidatura en 1964 y arremetió contra el Presidente por las demostraciones raciales: “ofreció más de lo que puede realizar”, dijo. El diario agregó que Nixon asistía allí a una reunión de la compañía Pepsi Cola y se hospedó en el hotel Baker. The Dallas Times Herald publicó la víspera del magnicidio una foto tomada en Dallas de Nixon y Donald Kendall, presidente de la Pepsi Cola. Ante las pruebas documentales, Nixon admitió que estuvo allí invitado por Kendall. Kangas refuta que Nixon haya abandonado esa ciudad antes, pues “los documentos del Aeropuerto muestran que se marchó después del asesinato”. (1)

En 1991, el agente CIA Chauncey Holt dijo a la revista Newsweek que Kendall era considerado por la agencia como sus ojos y oídos en el Caribe. La CIA es la clave de esa estrecha relación entre el empresario y el político. En Cuba, la Pepsi tenía una fábrica y una plantación que fueron nacionalizadas.



El investigador Carl Oglesby ubica a Nixon junto al vicepresidente Johnson en una fiesta en Dallas la víspera del crimen, conceptuada como coordinación final del magnicidio. En círculos del gobierno y de íntimos de los Kennedy se conocían en 1963 los crecientes enfrentamientos con Johnson. Se aseguraba que iban a denunciar sus corruptas conexiones y dejarlo fuera de la candidatura para los comicios de 1964. Se hablaba también de procesarlo.

El libro El último testigo recoge las confesiones de Billie Sol Estes, un millonario financiero ligado al político texano, sancionado por los tribunales después de ser investigado por Robert Kennedy, entonces Fiscal General. Estes dijo que Johnson le obligó a silenciar los negocios sucios que hacía para ambos. “Según Madeleine Brown, íntima amiga de Johnson, el Vicepresidente asistió con ella el 21 de noviembre a la soirée privada en casa de Clint Murchinson, magnate petrolero de Dallas, donde pronunció una frase enigmática: ‘A partir de mañana esos malditos Kennedy no serán más un problema’”. (2)

Oglesby denuncia en The Yankee Cowboy War la presencia en esa fiesta, además de Johnson y Nixon, de J. Edgar Hoover, director del FBI; Allen Dulles, exdirector de la CIA; el millonario petrolero H.L. Hunt; John Connally, exgobernador de Texas; el general Charles Cabell y su hermano Earl, personajes que odiaban a JFK.

El Presidente había cesanteado el 1ro. de febrero de 1962 a Cabell como subdirector de la CIA. El general había tratado de obligar a Kennedy el 19 de abril de 1961 a autorizar el empleo de los cazas de un portaviones estacionado cerca de Cuba que, según él, podían cambiar el curso de la invasión de Girón en unos minutos. Los jefes del Pentágono, encabezados por Lemnitzer y Walker y los de la CIA, en especial Dulles y Cabell, prácticamente se insubordinaron y siguieron tratando de provocar una intervención militar directa contra Cuba. Por esas razones fue muy sospechosa la decisión del hermano del general Cabell, quien en su condición de alcalde de Dallas desvió el tránsito de la caravana del Presidente, que venía por la calle Mayor hacia el centro de la Plaza Dealey para seguir hacia la autopista Stemmons, como estaba previsto en el plan original. “En la calle Mayor, continuando por el prado abierto no hubieran podido alcanzarle (los disparos)… en el último momento cambiaron la ruta prevista del presidente de Estados Unidos para hacerla pasar por donde está el almacén”. (3) Por ese cambio que introdujo Cabell, doblaron hacia abajo en la calle Houston para hacer un giro de 120 grados que obligó a reducir la velocidad hasta unos 15 kilómetros por hora y tomar hacia la calle Elm, donde se encuentra el almacén y un montículo de hierba. Este dramático giro facilitó la tarea a los asesinos de Kennedy allí emboscados.

Latell y Garvin debieron formular esa pregunta sobre todo a George H. W. Bush, uno de los pocos sospechosos sobrevivientes del crimen. La infatigable labor de los investigadores ha dado lugar a nuevos hallazgos que involucran en el complot del magnicidio a Nixon y también a Lyndon Johnson, sustituto de JFK, la persona más beneficiada con el asesinato.

Bush, Reagan, Carter, Ford, Nixon
Tras el asesinato de Robert Kennedy en 1968, Nixon fue elegido Presidente y continuó con sus tretas que le ganaron el mote de Dirty Dick (Ricardito el sucio). Un grupo de agentes y oficiales de la CIA, disfrazados de plomeros, se introdujeron, por encargo de Nixon, en el local del partido demócrata en el edificio Watergate, enclavado en Washington. En principio se pensó que el objetivo era buscar información para perjudicar a George McGovern, quien aspiraba a la presidencia, pero en realidad el asunto era mucho más grave y sucio. El 23 de junio de 1972 el Presidente Nixon trataba de atajar la investigación del Watergate a cargo de oficiales del FBI como Mark Felt, quien recientemente resultó ser “Garganta Profunda”, el informante secreto del diario The Washington Post, que contribuyó a esclarecer los hechos.

En los primeros días del escándalo, Nixon hizo que su ayudante John Ehrlichman llamase a la Casa Blanca a Patrick Gray, director del FBI en sustitución de Edgar Hoover y le advirtiese que seis files escritos por Hunt en poder del FBI eran dinamita política y no deberían ver la luz del día. Gray se llevó los seis files a su casa y los quemó. Eso mismo hizo John Dean, consejero del presidente, con el diario de Hunt. Pero las grabaciones de los diálogos en la Casa Blanca, revelaban la causa del desvelo de Nixon por la detención de Hunt y el resto de los implicados. Trataba de esconder que la operación expondría la conexión con el asesinato de Kennedy y accedió a que entregasen a Hunt un millón de dólares. Temeroso por las posibles consecuencias de la trampa, Nixon exigía a su jefe de personal, H.R. Haldeman, presionar a sus compinches de la CIA George Bush, Richard Helms y Vernon Walters: “Mira, el problema es que esto abrirá el agujero completo de la Bahía de Cochinos”. (4) “Nosotros protegimos a Helms en un montón de cosas —expresaba Nixon—. Bush hará cualquier cosa por nuestra causa”. (5)

La apasionada agitación con que reaccionó Helms, gritando que no tenía nada que ver con la Bahía de Cochinos, llenó de asombro a Haldeman. El hombre de confianza del Presidente realizó la tarea encomendada, pero el escándalo había avanzado demasiado por las revelaciones de las grabaciones en La Casa Blanca y se vio obligado a informar a Nixon que ya no podían hacer nada.

En su posterior libro Los Fines del Poder, Haldeman confiesa que Nixon siempre que se refería al magnicidio lo disfrazaba como el asunto de la Bahía de Cochinos. Las grabaciones están llenas de esas referencias. Uno de los ladrones disfrazados de plomeros, Frank Sturgis, confesó cinco años después cuál era la motivación tan poderosa que inquietaba a Nixon: “la razón para penetrar en el hotel Watergate era las fotos sobre nuestro papel cuando el asesinato de Kennedy”. (6) Los “plomeros”, todos oficiales y agentes de la CIA, eran E. Howard Hunt, quien encabezaba el grupo; James W. McCord, Jr. y los cubanos Virgilio R. González, Bernard L. Barker y Eugenio Martínez, participaron de un modo u otro en la invasión por Girón. Y salvo McCord, fueron investigados por el magnicidio.

En sus memorias, Espía Americano, Hunt manifiesta que William Harvey, colocado por la CIA a la cabeza de la Fuerza de Tarea W, a fin de dirigir los complots para asesinar a Fidel, pudo haber jugado con David Morales, el más reconocido asesino dentro de la CIA, el rol principal en organizar el asesinato de Kennedy. En el año 2004 Hunt dictó otras revelaciones en un video a su hijo St. John, quien se lo había pedido cuando sintió cercano el deceso de su padre por un cáncer. Hunt manifestó que Frank Sturgis, uno de los “plomeros” de Watergate, lo invitó a una reunión clandestina de la CIA en la cual estaba presente Morales y discutieron sobre el gran evento, que después supo era un complot para asesinar a Kennedy. Hunt admitió crípticamente que participó, pero “como un jugador de reemplazo”, pues tenía reparos.

El diario Nuevo Herald, al comentar el libro de Latell, trató de exonerar a la CIA y los grupos mafiosos y otros intereses espúreos por la invasión de 1961, la Crisis de los cohetes en 1962 y el asesinato de Kennedy, acontecimientos ligados como vasos comunicantes.

La tesis principal de Latell es la del asesino único: Lee Harvey Oswald, ligado a Cuba. Este fue precisamente la primera prueba de que hubo una conspiración oficial. Ese complot merece otro análisis.

Notas

(1) The Realist No.117, verano de 1991, p.7.
(2) William Reymond. JFK, Le dernier temoin. Editions Flammarion. París. 2003. pp 259
(3) Jim Garrison . JFK Tras la pista de los asesinos Ediciones B S.A. Barcelona1992, p. 145
(4) Stanley I. Kutler (ed.) Abuse of Power Simon and Schuster, New York. 1997), pp. 67-69
(5) San Francisco Chronicle, mayo 7 de 1977.
(6) Ibid.
http://www.contrainfo.com/2001/los-que-sabian-que-kennedy-seria-asesinado-en-dallas/