“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

10/2/13

Conociendo a Ida Gramcko en Valencia

Foto: Ida Gramcko
Julio Rafael Silva Sánchez

Especial para La Página
Aquella argentada mañana de abril, padre me tomaba de la mano y apresurábamos el paso para sortear las chorreras que bajaban por las cunetas del centro. Veníamos por la calle Cantaura y subiríamos hacía la Plaza Bolívar, hasta llegar al cruce de las calles Constitución y Colombia, en donde la tienda de abarrotes de Vilariño nos deparaba la cita impostergable: allí nos reuniríamos con los viejos amigos de padre, en inquieta camaradería de cofrades, para acceder a la maravilla: estaba a punto de llegar (como cada dos meses) la pequeña Estela, con sus moldeados muslos de gacela, sus requiebros de dama sabihonda,  y - sobre todo- aquellas ajadas hojas de cuaderno en donde anotaba, con rigurosidad de amanuense y letra menudita, los versos que su querida amiga Ida le regalaba cada tarde, allá en Puerto Cabello, en el patio trasero de su amplia casona de la Plaza Concordia, resguardada de tejas, con erguidos pilares, umbrosos jardines y
fuentes musicales (una al frente, hacia la calle y otra detrás, cerca del portón de campo).

Porque Estela Aponte, desde 1922 vivía con la familia Gramcko: Ida, sus hermanos Elsa y Luis Enrique, la niña Luisa (la tía encargada de los dulces), la madre, Elsa Margarita Cortina, en incesante remodelación de la vieja casona,  y el padre, Enrique José Gramcko Brandt, eternamente sentado al piano, interpretando polkas, sonatas y preludios. La labor de Estela: auxiliar a don Timoteo, en el acarreo de mercancías desde el muelle, en carro de mulas, y a Proto, jefe absoluto de los cerdos, gallinas, ovejas y chivos que poblaban aquella heredad. Cada dos meses, el extenuante viaje a Valencia, para la compra ineludible de los frutos que no se producían en el puerto. Pero la secreta tarea de Estela era escuchar, en las frescas tardes del puerto, a Ida, quien acostumbraba sentarse en los bancos del patio, detrás de la fuente, escapando de la precisa vigilancia de su madre, dispuesta a evitar que su hija transitara por los caminos de los sin oficio, como llamaba a toda la gente que se ocupaba del arte o de la poesía. Ella no quería que Ida y Elsa se perdieran.

En aquellas tardes, luego de escuchar pacientemente a la poeta, Estela copiaba, con una memoria prodigiosa, los versos desgarrados, tensos e intensos, reveladores de sus vivencias íntimas. Versos que responden a una generosa búsqueda personal, alegatos de una experiencia poética culminante, de una vivencia cautelosa, señal de otras existencias, reiteración de un ascenso tenaz, afanoso y sombrío en sus advertencias, tal y como se nos revela en el siguiente fragmento de La mariposa disecada (de La vara mágica, 1948): 

Eras en el jardín, sobre los ramos,
ensueño real que aprisionara un niño
en un cesto de mimbre que su mano
agitaba por sendas y macizos.

Hoy eres cromo rígido del campo,
un paisaje minúsculo en un nicho.
Ataúd de cristal vela tus párpados
-oro y azul- dormidos.

Padre recibía alborozado estos (y otros) versos, los cuales eran canjeados por sonetos suyos, dedicados a la poeta Ida y llevados con prontitud por Estela. Luego, al regresar a Tinaquillo, en la peña dominical del Restaurant Astoria, Julio César Sánchez Malpica, mi tío bohemio, después de acallar la rockola (a pesar de que aún quedaban marcados el C3: Las bodas de Luis Alonso y el C4: La leyenda del beso, magistralmente interpretados por Los Churumbeles de España) y despedir a los últimos habitués impertinentes, declamaba los versos de Ida, confiriéndoles el exacto tono musical, la adecuada cadencia y el obligatorio ritmo poético, con lo cual lograba estremecer a los escuchas. Nosotros, los más pequeños, apretujados detrás de la mesa de billar, asistíamos expectantes a la fiesta, devorando aquellos versos con idéntica premura a la que aplicábamos para engullir los canapés dispuestos para tan solemne ocasión. Más tarde, a primeras horas de la noche, entraríamos furtivamente al cine Esmeralda, en donde tío Federico proyectaría, en función intermediaria, Y Dios creó a la mujer, de Roger Vadim. Entonces, Brigitte Bardot nos erotizaría al secar su cuerpo voluptuoso con aquellos sensuales movimientos de su toalla, al compás cadencioso de La bamba, de Ritchie Valens.

De esa manera comencé a sentir los poemas de Ida Gramcko (Puerto Cabello, 11 de octubre de 1924 – Caracas, 2 de mayo de 1994). Más tarde, a mediados de la década de los sesenta, cursando el bachillerato en el Liceo Pedro Gual de Valencia, el profesor José Joaquín Burgos, con su facundia intelectual y su aplomada y proverbial sencillez, saltándose el programa oficial, seducía con la lectura de otros textos de Ida a sus fervorosos alumnos, quienes compartíamos regocijados los textos de la poeta porteña. Entonces, en las límpidas mañanas decembrinas (muy cerca de las vacaciones de Navidad), el poeta Burgos, al pie del monolito de la Plaza Bolívar, nos leía textos como éste (de Umbral, 1942): 
Con las manos atadas en cadenas de miedo
me acerqué a las montañas,
 
y escaló como en alas la inquietud de mi anhelo /
 
las grandiosas murallas.

Una sed de confines me cerraba los ojos
y me araba en los labios,
de la cumbre imposible me llegaban sonoros
los metales del agua.

Tiempo después, a fines de la década: tardes de grata conversación, confidencias apuradas y cervezas heladitas en el pabellón de Laurencio Gallardo Vega, ese chileno excepcional, ciudadano del orbe (como él gustaba llamarse), en la calle Rojas Queipo. Recuerdo emocionado esos ratos  compartidos con él y su encantadora familia (María, Rafael, Benjamín, Marisel…), siempre dispuestos a alegrarnos la vida con la palabra acertada  y el gesto solidario. Un día, después de leernos un capítulo de su novela Cuarto del fuego, habló con ardor sobre Ida Gramcko, y afirmó que en todos sus textos, incluidos los ensayos, los artículos periodísticos y las obras de teatro, la poesía insufla sus páginas: el sujeto discursivo de su poesía es oral: es el habla quien lo compone, lo oral es la materialidad del lenguaje, el sesgo físico, corporal del hablante. Cada palabra que pronuncia la poeta repercute sobre sí misma, es decir: sobre su nombre, pero también sobre el interlocutor, de tal manera que es el centro del poema, como espectáculo del habla en el que damos forma y sentido al hecho de estar vivos. Sus versos son, así, arduas correrías entre el semblante de un texto escrito y una pieza de orfebrería, sin más método que el de una lógica impresionista. Sombras que se arman para un reencuentro hermenéutico primitivo que aspira a un cuerpo coherente de percepciones. Para ella, la vida es un viaje. Se confiesa buscadora de signos, porque vivir es cavar, marcar huellas, tropezar, abrir fosos. La noche es lo desconocido, las tinieblas son escollos. Luego, con las melodías de Víctor Jara (su preferida: Aquí me quedo) como coartada, Laurencio  leería este fragmento (de Salmos, 1968): “Pero el maná no puede conocerme. / El es un patrimonio o un legado. / Soy yo quien puedo, con su mies, valerme. / Soy yo quien lo avasallo, quien lo invado. / Harina soy de estrella; al ofrecerme / por mí es que actúa el pan, iluminado.”

Hace pocos días, en la discreta atmósfera de La Taranta, el poeta José Carlos De Nóbrega, fiel a su irreverencia, a su inagotable vena poética y a su envidiable conocimiento de la literatura portuguesa y brasilera (recomendamos ampliamente la lectura de  su tesis de grado de maestría sobre Ledo Ivo), sumó su voz a este concierto destemplado, para afirmar que en los versos de Ida Gramcko la melodía, como pausa interior, el silencio, como tema y revelación, las pausas, la tenue musicalidad fraguan una encrucijada de temas y pulsiones que conducen sus discurso por zonas enlunadas, en una confluencia de diversos registros, visiones y acordes. Entonces, inspirado por la suave melodía de Antonio Carlos Jobim, Garota de Ipanema, en la voz de Joâo Gilberto y con el mismo Jobim al piano, José Carlos deseará leer este fragmento de  Poemas de una psicótica (1964):  
“Era, pues, la antesala del diablo. Y yo me dije: ¡sea! Que si la soledad no halla retiro, que si la angustia no halla pecho, aceptemos el demoníaco esperpento. Eso es renegar de la carne, que volvía a ser pura sobre el lecho. ¡Ah, pero el cuerpo nada teme! Se enferma o es violado. Es algo lujuriante y putrefacto. Y se entrega mansamente a la muerte, sin ninguna pregunta, como si se entregara a la codicia. Sólo interroga lo que no es la piel. Aquello que no puede medirse y que despierta, sobrio, cuando el placer se aleja. Tu sueño. Tu conciencia. Tu mente. Con ello se traspasan los límites carnales.”
Referencias bibliográficas

Gramcko. I. (2012). Antología poética. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana.
_________. (1948). La vara mágica. México: Ediciones Orbe.
_________. (1988). Obras escogidas. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República.
_________. (1983). Poética. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República.
_________. (1968). Salmos. Caracas: Impresos Voluntad.


 Ida Gramcko en otros tiempos...




Valencia, también en varios tiempos

Catedral de Valencia

Quinta Camoruco

Puente Morillo

El viejo tranvía recorriendo a Valencia

El monolito de la Plaza Bolívar de Valencia
Atardecer de Valencia, visto desde el norte