“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

26/2/13

John Lennon en su tinta

  • En la transición de “los cuatro de Liverpool” al fenómeno global de la beatlemanía, John Lennon se hizo espacio para cultivar un costado que luego se quedaría por el camino: escritor de poemas y textos breves muy experimentales a los que gustaba acompañar con sus propios dibujos. De esa época y esa inspiración surgieron títulos como Por su propio cuento y Un españolito en obras, que acaban de editarse juntos en una edición bilingüe a cargo de Andy Ehrenhaus. James Joyce, Lewis Carroll, los beatniks y los surrealistas son los referentes literarios ineludibles para entender este Lennon tan enraizado en el corazón de los años ’60, no sólo por la música, sino también por la letra.
Fernando Bogado

La letra de una canción, mal que les pese a algunos, es una obra literaria. Entre los debates acerca de los premios nunca otorgados (como el consabido Nobel a Dylan) y los otorgados y mundialmente celebrados (como el Príncipe de Asturias a Leonard Cohen), en más de una oportunidad hemos escuchado a alguien dar su opinión en torno de la relevancia literaria o no de una canción popular, como puede ser algún tema de rock, participando así de un debate que parece no tener fin.
Pero, ¿qué pasa cuando ese mismo compositor, cuyos méritos literarios son constantemente puestos en duda por esa cosa tan abstracta que es la Academia, publica un libro? La edición bilingüe de Por su propio cuento y Un españolito en obras de John Lennon (una colección de poemas, cuentos cortos y dibujos), originalmente aparecida en España en 2009 y con traducción de Andy Ehrenhaus, nos permite no sólo indagar en un costado un tanto más bien desapercibido de una de las estrellas más emblemáticas del paraíso rockero sino que, también, rescata y pone en perspectiva la impronta literaria que habita en sus composiciones musicales... Algo así como tener una canción despojada ya de la melodía de la guitarra eléctrica o el tempo del bombo de la batería, redefiniendo así el sentido de la expresión “leer música”.

¿Literatura musical? Más de una vez se ha establecido la afinidad de la poesía con la música debido a ese desinterés radical por el sentido que la primera tiene y que la acerca a esa búsqueda sonora que sólo la segunda puede ofrecer, al menos, de la manera más evidente. Y es que esta colección de poemas y cuentos breves de Lennon, definitivamente, se despreocupa por el sentido o, mejor, lo atraviesa como cuentas en un collar: cualquiera que lea estas páginas va a sentirse sumergido en un mundo loco, disparatado, como ese “Pepperland” de la cinta Yellow Submarine (1968); como el “Wonderland” de Lewis Carroll, un mundo que juega con lo establecido, mostrando el revés de las costumbres más rutinarias, estirando sus posibilidades como un chicle. Estrictamente no es tanto lo que se cuenta sino cómo se lo cuenta lo que nos hace entrar en este universo chiflado, haciendo del lenguaje la verdadera plastilina con la que se da cuerpo a las criaturas descriptas en “Frank sin moscas” o “En parte Dave”.

Jaime Rest, responsable de la primera traducción al castellano de In his Own Write (al cual tituló En su tinta), aparecida muy poco tiempo después del original, sintetiza el estilo de Lennon al recordar que una de las primeras reseñas del libro hablaba del intento del músico de “joycear” el lenguaje.

James Joyce, Lewis Carroll y, claro está, los beatniks: es imposible aproximarse a estas páginas sin notar que la mezcla de sentidos, los extraños seres que presenta, las anécdotas pueriles que dialogan con fábulas infantiles o el discurso de los medios de comunicación están también conectados con las estrategias de escritura de Allen Ginsberg o el cut-up de William Burroughs. Los textos toman algunas veces la forma de un poema o la sucesión de voces del género dramático en pequeñas escenas absurdas, pero lo que evidencian es un juego de lenguaje encadenado a una longeva tradición sin por eso dejar de mostrar atisbos de novedad, sobre todo en lo que a hallazgos temáticos se refiere.

Nada prueba mejor esta distancia que el autor quiere presentar, con esa Gran Bretaña real que lo rodea, que las parodias que lleva adelante de ciertos programas de la BBC (“Deforme singlicol sobre presentencias televiciosas”, por ejemplo) o la aparición de una fan letter transformada en una viñeta paródica del conservadurismo británico en “Una carta”. Casi lo mismo que encontramos en los capítulos de Los Beatles de la comedia británica, los Monty Python: el humor corrosivo y la parodia como estrategia de supervivencia.

La balada de John

Imaginen esto: estamos en Inglaterra, específicamente, en el London Palladium, el 13 de octubre de 1963, dispuestos a presenciar la aparición de una banda que está llevándose la atención de miles y miles de jóvenes, conforme pasan los días. Sí, nos referimos a Los Beatles, qué duda cabe; si hasta la década parece ser una forma muy lateral de hablar de ellos (¿quién imagina los primeros años de los ’60 sin gente con sus flequillos y esos trajecitos ajustados?). Transmitida por televisión en el marco de una varieté que llevaba el para nada imaginativo nombre de Sunday Night in the London Palladium, los cuatro de Liverpool suben al escenario y tocan algunos temas en el medio del griterío de las chicas y el rictus de rechazo de algún que otro adulto en la audiencia. En esa fecha, en esa presentación, se acuña el término que trasciende hasta nuestros días: “Beatlemanía”. Nadie se quería perder la posibilidad de participar de la movida (digamos, del negocio), y no sorprende el hecho de que más de una editorial ya estuviese interesada en sacar algún ejemplar con la palabra mágica en la tapa: “beatle”.

Algunos de los muchos y bellos dibujos de John Lennon  que son parte del libro y de su diseño

Tom Maschler, director literario de la editorial Jonathan Cape, es el gran responsable de que estos trabajos sueltos y un tanto anárquicos de Lennon salieran en un solo libro, tuvieran un título y tengan, al menos, cierto tipo de organización. Tal brillante idea tomó forma tras la lectura de las letras de algunas canciones y luego de presenciar uno de los recitales de Los Beatles por sugerencia de un periodista norteamericano, Michael Braun, responsable de uno de los primeros libros encargados de capturar el fenómeno, Love Me Do: The Beatles’ Progress (1964). “Empecé a frecuentar a John en su piso de Emperor’s Gate”, recuerda Maschler. “No había escrito nada con intención de publicarlo sino que se había limitado a divertirse, llenando papeles en habitaciones de hotel (...). John era rápido, ocurrente y cáustico. Era de una agudeza y sensibilidad extremas: si todo marchaba bien, resultaba una delicia. En cambio, si no lo captabas, te hacía sentir peor. Yo lo encontraba fascinante.”

In his Own Write aparece el 23 de marzo de 1964 con prólogo de la otra cabeza compositora (hasta el momento) en el conjunto, Paul McCartney, junto con el diseño y una muy emblemática foto de tapa a cargo de Robert Freeman (lo que son las cosas: Andrés Cascioli haría también una imagen de tapa legendaria para la temprana edición local). Las ventas se disparan de inmediato, y lo que muchos suponían un fenómeno pasajero toma otro cariz cuando las reseñas son favorables. Apenas las ventas empiezan a decaer al año siguiente, sale el segundo batacazo, A Spaniard in Works, copando el mercado editorial con la producción poética de “The Writing Beatle!”, frase que aparecía en un muy simpático sticker rojo en la primera edición de In his Own Write, un pequeño cartelito que, sin lugar a dudas, colaboraba con la transformación del libro en un best-seller bastante particular.

John Lennon & Bob Dylan

Sorprende pensar que estos dos libros hayan aparecido en pleno apogeo beatle, cuando los muchachos de Liverpool todavía estaban sumergidos en el imaginario de chicas difíciles de conquistar o directamente perdidas y muy lentamente comenzaban los escarceos con composiciones menos genéricas y más arriesgadas, psicodélicas, surrealistas, algo evidente en el paso de Help! a Rubber Soul, ambos aparecidos en 1965 con una distancia de meses. La lectura de estos dos libros, en alguna medida, sirven para comprender ese traspaso: Lennon vuelca esas búsquedas literarias previas a la explosión de la banda en sus composiciones, alejándose de las clásicas temáticas del rock and roll, siguiendo así los consejos de Bob Dylan quien, parece, además de haberle pasado algún que otro cigarrillo sin nicotina ni alquitrán, también dejó deslizar consejitos artísticos.

Y es que el otro libro flotando en el horizonte cuando revisamos las obras publicadas de Lennon es, sin lugar a dudas, el mítico Tarantula, de Bob Dylan, una novela en la que había trabajado durante largo tiempo y que sería publicada, supuestamente, en el otoño de 1966. Claro que el editor no contaba con cierto accidente en moto y el esperado retraso de algunos años: la novela vería oficialmente la luz en 1971. Allí podemos encontrar al Dylan de “Bringing it all Back Home” (1965) o “Blonde on Blonde” (1966), esto es, a un compositor que hace lo mismo que Lennon, abandona el género en el que trepó hasta la popularidad (el folk norteamericano, en este caso, y su variante “de protesta”) y se vuelca a un surrealismo tardío, a la ya citada experimentación con el lenguaje y a un trabajo poético que estaba a la par de las producciones de Ginsberg, Kerouac y compañía. Gracias a Dylan y Lennon, uno en cada extremo del mismo océano, el mundo poético anglosajón estaba atravesando un período de revulsivo cambio con un público dispuesto a escucharlos y, para completa felicidad, leerlos.

Andy Ehrenhaus, responsable de la traducción de los dos textos de Lennon reunidos en el presente libro, reconoce en su prólogo las dificultades de pasar al castellano una obra tan amarrada a los caprichos lingüísticos de un rabioso inglés. Con la salvedad de “A churly moon”, la cual ha declarado en alguna medida “intraducible”, el límite lógico de sus esfuerzos, el resto de los cuentos y poemas están volcados a un español que recupera como puede esos saltos y giros que encantaban al “joyceano” Lennon. Aquí, una breve muestra de lo que podemos encontrar en Por su propio cuento y Un españolito en obras.