“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

22/4/15

La quena y la filarmónica | La polémica entre José María Arguedas y Julio Cortázar

José María Arguedas
Javier Prado
Julio Cortázar
Ricardo Heredia
Osmar Gonzáles   |   Es ampliamente conocido el intercambio polémico que protagonizaron los escritores Julio Cortázar y José María Arguedas hacia fines de los años sesenta del siglo anterior.[1] Fue una polémica que abordó más temas que los estrictamente literarios y expresa dos maneras muy distantes de comprender nuestras sociedades.[2]

Cortázar y Arguedas, además de ser contemporáneos, también fueron coetáneos. El primero nació en 1914 (estamos en el centenario de su natalicio) y el segundo en 1911, pero más allá de esta cercanía cronológica debemos tener en consideración que vivieron y escribieron en contextos completamente opuestos, hecho que influiría en la polémica que conocemos. Ambos escritores son celebrados en sus países y en toda América Latina con justificadas razones; cada uno abrió caminos originales en la escritura literaria convirtiéndose en referencias ineludibles de nuestras letras.[3]

Es abundante lo que se ha escrito sobre la mencionada polémica, especialmente desde el terreno literario, y frecuentemente aparecen textos al respecto, pues evidentemente se trató de un hecho importante en el mundo de las letras de la región, y de Hispanoamérica en general. En este texto deseo ofrecer una lectura de las opiniones contrapuestas que intercambiaron Cortázar y Arguedas a partir de la sociología de intelectuales, tratando de analizar, partiendo del contraste biográfico, sus diferentes opciones frente a temas como las vías de ingreso a la modernidad de nuestros países, la representación literaria de la realidad, el papel del escritor y la vinculación de este con la política.

La polémica en la que se vieron enfrascados encontró a cada uno dentro de trayectorias personales y literarias particulares. Por un lado, Cortázar se hallaba en pleno proceso de consolidación de su transición entre la postura esteticista como intelectual socialmente desvinculado, a la asunción de proyectos políticos de izquierda como intelectual comprometido. Por otro lado, Arguedas se encontraba en la etapa final de su vida expandiendo su obra más allá del indigenismo inicial de sus primeros escritos hasta culminar con la plasmación de una visión amplia sobre las transformaciones generales de la sociedad peruana.

Las biografías: dos experiencias distintas

Los temas que preocuparon tanto a Cortázar como a Arguedas son expuestos desde miradores particulares y claramente distinguibles, a partir de referencias nacionales con temporalidades histórico-culturales muy distintas,  Existe una gran diferencia entre vivir en Europa o en Argentina que hacerlo en los Andes peruanos. Las posiciones que adoptaron fueron resultado de, entre otros elementos, sus procesos personales contrastantes, pues es radicalmente opuesto lo que se experimenta en un mundo rural con indios siervos, de lo que se vive en el rumoroso ritmo de la ciudad. Las biografías nos pueden proporcionar algunos datos importantes.

Aspectos básicos de las biografías de nuestros dos escritores nos ayudan a obtener cierta luz para entender las posiciones que tomarían luego en su disputa intelectual. Contextos  familiares, sociales y geográficos ejercerían sus particulares influencias sobre estos dos hombres de letras.

Julio Cortázar nació el 26 de agosto de 1914 en la Bruselas ocupada por las tropas alemanas. Su padre, Julio José Cortázar, era agregado comercial a la Embajada de Argentina en Bélgica. Por las condiciones que imponía la Gran Guerra, su familia se vio obligada a trasladarse hacia otros países europeos escapando del conflicto. Solo cuatro años después el escritor viajaría a su país, Argentina, al que desconocía totalmente. Paradójicamente, regresar a su patria fue para Cortázar llegar a lo desconocido luego de dejar los lugares que de alguna manera ya sentía como suyos. Había empezado a acoger Europa como su lugar de residencia, que posteriormente se traduciría en lo que llamaría “nostalgia europea”. De esta manera, la instalación en Argentina fue una especie de re-inicio de la constitución de su identidad sobre otros cimientos. A la conmoción que significó su traslado se sumaría el abandono del hogar por parte de su padre. Así, el muy niño Julio quedaría solo con su madre, María Herminia Descotte, y sus tías. El abandono paterno agregaría una circunstancia especialmente dolorosa a la biografía del futuro escritor.

José María Arguedas vio la primera luz en Andahuaylas, sierra sur del Perú, el 18 de enero de 1911. Provenía de una familia mestiza con recursos económicos, pero el bienestar y la tranquilidad acabarían pronto cuando quedó huérfano poco antes de cumplir los tres años de edad: su madre, Victoria Altamirano Navarro, falleció víctima de una penosa enfermedad. Su padre, Víctor Manuel Arguedas, abogado litigante, debió dejar al pequeño José María en casa de la abuela paterna para poder cumplir con las demandas de su trabajo. El mundo del futuro escritor cambiaría dramáticamente entonces. Poco después, el padre de Arguedas sería nombrado juez en Lucanas, departamento de Ayacucho, y contraería segundas nupcias con Grimanesa Arangoitia, quien, según recuerdos del propio escritor, no lo quería. Luego, su padre debió volver a su condición de abogado itinerante cuando fue despojado de su cargo de juez, hacia el año 1920. Este sería un hecho crucial para nuestro novelista, pues la madrastra, aprovechando la ausencia de su esposo, enviaría al niño José María a vivir con los criados indígenas de la hacienda, y esta es la razón de la comprensión que mostró el escritor frente a un mundo que no era originalmente el suyo, el de los indios andinos, con quienes se identificó por ser despojados como él, y al cual trató de dignificar por medio de su literatura.

Pero tengamos en cuenta que Arguedas no vivió solamente en los Andes peruanos, de joven se trasladó a Lima en donde realizó sus estudios secundarios. En la Universidad de San Marcos, a inicios de los años treinta, se licenció en Literatura, luego cursaría Etnología, y posteriormente visitaría varios países, es decir, también conoció el mundo. Viajó a Francia, Alemania Occidental, México, Italia, Estados Unidos, entre otros. En 1958 se trasladaría a Castilla León, España, para realizar un estudio antropológico sobre las comunidades campesinas españolas para luego compararlas con las peruanas. Fue su tesis de doctorado presentada en la Universidad de San Marcos.

Deseo hacer notar algunos paralelismos: mientras Cortázar conocía de niño algunos países europeos, Arguedas recorría diversos pueblos de la sierra peruana, pero en ambos casos estos traslados ocurrieron por condiciones impuestas. Asimismo, un aspecto muy humano y doloroso emparentaba a ambos, la ausencia de un ser querido: el primero sufrió el abandono de su padre, el segundo debió llorar la muerte de su madre. Evidentemente, la experiencia de Cortázar fue menos traumática que la del autor peruano, pero ambos conocieron el desamor, el primero del padre ausente, y el segundo de la madrastra. Algo más: los dos fueron profesores de provincia, Arguedas en Cusco y Cortázar en Salta. En cada uno, las vivencias señaladas serían fundamentales para los mensajes contenidos en sus escritos. Sus vidas están reflejadas en sus escrituras, sea explícitamente o de forma latente; sus experiencias sostuvieron los particulares miradores de la vida que llegaron a edificar, y desde los cuales forjarían los valores que más tarde plasmarían en sus narraciones.

Cada uno de nuestros dos personajes le atribuía a la cultura en general, y a la literatura en particular, funciones distintas. Cortázar provenía de una sociedad más o menos integrada, de una nacionalidad ya conformada al menos simbólicamente y con altos grados de desarrollo, que no mostraba grandes conflictos culturales y que estaba instalada en la modernidad occidental, en el que había triunfado el discurso homogeinizador. Sobre esta realidad, la literatura sería para él un espacio de experimentación lingüística, una oportunidad para la excelencia estética. En algún momento había sostenido que el escritor debía ser puro, es decir, capaz de crear todo un mundo propio desligado de las pasiones políticas, por esta razón quizás no sea casual que su mejor literatura sea la fantástica.

Arguedas, en cambio, veía crucial solucionar el tema cultural en el Perú, cargado de racismo por parte de las élites oligárquicas que edificaron un orden social y político basado en la exclusión y en el sometimiento del indio. La incorporación legítima del elemento indígena a la nacionalidad era fundamental para el ingreso a la modernidad de un país como el Perú, desgarrado por profundos abismos sociales. Consideraba a la literatura como la plataforma que permite la denuncia y la reivindicación social, que remite directamente al tema del poder y la dominación en el mundo andino, que hace posible revelar el desgarro de una nacionalidad escindida. Julio Ortega, analizando la novela Todas las sangres, de 1964, sostiene que “Arguedas busca hacer estallar la pasividad de la raíz indígena: mostrando la depredación social de un medio tradicional en proceso de cambio, nos presenta al indígena ingresando al destino social –que la múltiple dependencia del Perú le niega– con una fuerza intacta y magnífica”.[4]

Tanto para Arguedas como para Cortázar la escritura es parte de la vida y la transforma. Sea en francés, español o alternando a este con el quechua, la escritura es concebida como un compromiso. Como diría Arguedas: “Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua. Deseaba convertir esa realidad en lenguaje artístico y tal parece, según cierto consenso más o menos general, que lo he conseguido”.[5] Como afirma Guillermo Rochabrún: “Arguedas está a favor de castellanizar a todo el mundo indígena, pero castellanizarlo desde el quechua, para que se apropie de un castellano hecho ‘a imagen y semejanza’ del quechua; es decir, con el quechua por dentro, para que en castellano puedan expresar las vivencias, la relación con la naturaleza, el mundo interior y colectivo que ahora solo pueden expresar en un idioma que tiene recursos pobres para darse a conocer”.[6]

En ninguno de los dos autores la palabra escrita mantiene una actitud pasiva. Pero ¿cómo se escribe? Para Cortázar la mejor escritura es aquella que se subvierte a sí misma, es una invención constante, convirtiéndose así en parte creadora de una meta-realidad. En Arguedas, por el contrario, la escritura tiene el deber de expresar la forma de hablar de los protagonistas, trasladar al papel lo que proviene de la oralidad, y al hacerlo, contribuir al conocimiento de la realidad y, en consecuencia, a su transformación. Estas diferentes concepciones explican en parte el por qué Cortázar releva el papel del escritor profesional, mientras que Arguedas lo rechaza, para él la escritura nace desde adentro del alma del autor.[7]

Como hemos visto, Cortázar y Arguedas fueron obligados a vivir en contextos que no eran los propios, aunque con el tiempo ambos se integrarían plenamente a ellos. Efectivamente, Cortázar se constituyó en un escritor argentino universal y Arguedas en un novelista que, partiendo del indigenismo, amplió su obra literaria hasta abordar las transformaciones de la sociedad peruana de su tiempo, convirtiéndose en un escritor de los desposeídos.

Las procedencias divergentes, sus maneras de concebir el mundo y los papeles que como escritores debían cumplir en él hacían difícil, si no imposible, el diálogo entre estos dos maestros de la literatura latinoamericana.

Sobre la polémica en sí: las dos vías

Como señala el crítico Julio Ortega, “tal vez no sea casual que el escritor peruano y el escritor argentino se hayan enfrentado: posiblemente ellos suponen dos legítimas opciones del arte y lacultura latinoamericanos. O más bien una misma posibilidad en dos lenguajes: para Cortázar, como para Arguedas, la literatura es la búsqueda de un destino individual dentro de un destino común”.[8]
           
En primer lugar, es necesario señalar que los términos del debate (cosmopolitismo/telurismo) prácticamente los colocó el propio escritor argentino, que si bien son elocuentes no son necesariamente fidedignos ni justos. Al señalar Cortázar que la visión telúrica de Arguedas se contrapone al cosmopolitismo que él representa, instala un abismo conceptual que no tiene cómo justificarse. Cortázar señala: “El telurismo […] me es profundamente ajeno por estrecho, parroquial y hasta diría aldeano; puedo comprenderlo y admirarlo en quienes no alcanzan, por razones múltiples, una visión totalizadora de la cultura y de la historia, y concentran todo su talento en una labor ‘de zona’, pero me parece un preámbulo a los peores avances del nacionalismo negativo cuando se convierte en el credo de escritores que, casi siempre por falencias culturales se obstinan en exaltar los valores del terruño contra los valores a secas, el país contra el mundo”.[9] Arguedas respondería diciendo que “Todos somos provincianos, provincianos de las naciones y provincianos de lo supranacional”.[10]

Si retomamos la obra de Arguedas, percibiremos que los juicios de Cortázar se revelan excesivos, pues el escritor peruano no tuvo intenciones de enfrentar al país contra el mundo, por el contrario, señaló de diversas maneras y en distintas oportunidades, que un hombre “que no esté embrutecido por el egoísmo puede vivir feliz todas las patrias”, muy lejos del nacionalismo negativo que señala el autor de Rayuela. En una carta personal, Arguedas sería más explícito: “La literatura, poesía o novela requiere, como bien lo sabes tú, el don especial, raro, de sentir el vínculo que existe entre el universo, el hombre y el mundo que el hombre mismo ha creado en la tierra, de tal manera, y con tanta intensidad, que ya no pueda dedicarse a otra cosa que a expresar esa experiencia y a perfeccionar el lenguaje del que se vale para interpretarlo”.[11]

Más allá de estas visiones distintas, Cortázar y Arguedas se inscriben dentro de la modernidad, pero representan dos opciones que no son necesariamente excluyentes.

En efecto, tanto la propuesta de Arguedas como la de Cortázar son dos maneras de acceso a la modernidad que expresan las peculiares realidades que cada uno conoció y vivió entrañablemente. La vía atlántica (o global-deductiva) por llamarla de alguna manera, adscrita por Cortázar, es distinta a la, digamos, vía andina (particular-inductiva), expresada por Arguedas. Ambas están en el trasfondo de muchos de los debates ocurridos en América del Sur; siguen presentes y en conflicto, e interpelan al mismo tiempo a sus intérpretes. Al respecto, podemos recordar los diferentes debates realizados entre los intelectuales del Novecientos con, primero, los miembros de la Generación de la Reforma Universitaria y, posteriormente, con los de la Generación Radical (la socialista o marxista).

La vía global-deductiva está ligada a la certeza que desde afuera y desde lejos se puede obtener una mirada más clara de lo propio y que, por el contrario, quedarse en lo local constriñe el radio de la mirada e impide detectar el sentido real de su desenvolvimiento. Por ello Cortázar sostenía que para él era necesario tomar distancia de nuestros países y que vivir afuera le proporcionaba un campo más amplio y mejor de observación. Al respecto decía: “si me hubiera quedado en la Argentina, mi madurez de escritor se hubiera traducido de otra manera, probablemente más perfecta y satisfactoria para los historiadores de la literatura, pero ciertamente menos incitadora, provocadora y en última instancia fraternal para aquellos que leen mis libros por razones vitales y no con vistas a la ficha bibliográfica o la clasificación estética”.[12] Más adelante, agrega: “la argentinidad de mi obra ha ganado en vez de perder por esa ósmosis espiritual en la que el escritor no renuncia a nada, no traiciona nada, sino que sitúa su visión en un plano donde sus valores originales se insertan en una trama infinitamente más amplia y más rica y por eso mismo –como de sobra lo sé yo aunque otros lo nieguen– ganan a su vez en amplitud y riqueza, se recobran en lo que pueden tener de más hondo y de más valedero”.[13] La mayor distancia, entonces, facilitaría el conocimiento. Es entendible, en cierta medida, que Cortázar prefiriera ver a nuestros países desde Europa dada su trayectoria biográfica.

Contrariamente, también era explicable que Arguedas prefiriera vivir in situ, identificarse intensamente con el lugar, con la tierra y sus habitantes. Él observa el mundo desde la superficie. De ahí su comprensión hacia los humildes. Esta visión microscópica es la base de su literatura, desde la que parte para componer frescos generales completos acerca de momentos históricos. Se debe tener en cuenta que esta postura es asumida por Arguedas de manera plenamente consciente, pues a pesar de haber viajado por gran parte del mundo optó por privilegiar la mirada desde lo local.

En los argumentos de ambos escritores pesa demasiado la ubicación geográfica. Ignacio Echeverría plantea una pregunta (entre otras) pertinente al respecto: “¿En qué medida el lugar desde el que lo emite condiciona y connota el discurso del intelectual?”.[14]Sin embargo, no se puede sostener que cada alternativa sea excluyente de la otra. Lo local no se puede concebir sin lo global, ni viceversa. En el contexto de la polémica cada quien exacerba sus argumentos y simplifica los del opositor, pero en el terreno de un debate de ideas sabemos que la realidad siempre es más compleja y que las interpretaciones deben pretender retratarla. Dada esta radicalización argumental se impiden los propios polemistas entender los vínculos entre lo global y lo local, como en otros autores. Por ejemplo, Rabindranat Tagore representaba la vinculación de lo general con lo particular bajo la figura de la casa y el mundo; y Martha Nussbaum nos habla de la expansión de los afectos desde la formación de círculos concéntricos que van desde lo más inmediato y personal hasta arribar a lo más amplio y lejano, es decir, a la humanidad misma. Pero en la polémica Cortázar-Arguedas, al extremar sus posturas, lo particular y lo general aparecen como polos disociados, pero de manera ficticia. La quena y la filarmónica pueden ser parte de la misma pieza musical.[15] En palabras de José Carlos Mariátegui, lo nacional y lo exótico no pueden ser vistos como antagónicos.[16]

No obstante, ello no supone negar las diferencias de los procesos históricos de nuestros países. Vuelvo a Echevarría y sus cuestionamientos:

¿Es posible pensar Latinoamérica como un todo cuando coexisten en ella diversas temporalidades correspondientes a sistemas socioculturales superpuestos pero no integrados? ¿Qué tipo de afinidad cabe postular para culturas como la de Perú y Argentina, producto de desarrollos históricos tan diferentes? ¿Cabe obviar la sustancial alteridad de las culturas indígenas respecto a la cultura occidental? ¿Se puede salvar el abismo que las separa? ¿Es el universalismo humanista, de signo marcadamente eurocéntrico, una herramienta de colonización? La transculturación por la que porfió el propio Arguedas, ¿no constituye, en definitiva, una estrategia asimilativa antes que emancipadora? ¿Cabe a las culturas indígenas una supervivencia que no sea residual, marginal y en cierto modo subversiva, reacia a los órdenes del poder?[17]

Estos temas no fueron objeto de reflexión en la polémica que estamos revisando.

Literatura y realidad

En la lectura de la polémica en cuestión, parece hallarse en la postura de Cortázar una mirada acerca del prestigio que significa para el escritor latinoamericano no solo vivir en Europa (en Francia, especialmente) sino en ser reconocido como un hombre de letras, como lo era él, por sus pares europeos. De esta manera, y en contraposición, la legitimación como literato resultaría ser insuficiente si solo proviene de sus colegas de la región. Pero no solo parece pesar en Cortázar la lejanía, sino también la altitud. Vivir en Europa facilita la comunicación con un campo intelectual-literario legitimado y más legitimador a su vez, es decir, significa estar más arriba en la consideración literaria.[18] Tengamos en cuenta que es el tiempo del boom literario latinoamericano que desde Europa se expande hacia diferentes partes del planeta, aunque señalaba el escritor argentino que el boom lo hicieron los mismos lectores que demandaban las obras de los escritores que consideraban propios. De acuerdo a lo visto, identifico por lo menos dos elementos que sostienen la propuesta cortazariana: a) la ubicación geográfica, y b) el prestigio legitimador.

En la propuesta de Arguedas encontramos que, por el contrario, la representación de la realidad halla sus mejores condiciones en la vivencia en el mismo lugar que describe. Aún más, no basta vivir en él sino ser parte de él, es decir, entender sus sufrimientos, reír con sus alegrías, hablar su idioma, ver el mundo como lo hacen sus habitantes. Mientras más comprometido con su entorno más fidedigno será el escritor. No parece creer que la lejanía sea la mejor condición para aquel que quisiera describir una realidad. Por otro lado, aunque no lo dice explícitamente, Arguedas, al sentirse hombre del pueblo, no considera que el reconocimiento de sus pares y críticos le dé mayor calidad a su escritura, hay en sus argumentaciones un desdén implícito hacia este tema, aunque sabemos cómo llegaba a afectarlo la incomprensión de aquellos a quienes llamaba con ironía “doctores”.[19] En consecuencia, en Arguedas encontramos por lo menos dos elementos básicos: a) la compenetración psicológica y afectiva con aquellos sujetos a los que busca describir, y b) la circunscripción del papel de su literatura a su sentido “genuino” o auténtico.

Sin embargo, a pesar de estas diferencias, ambos están reflexionando sobre la mejor forma de incorporar a los países de la región a la modernidad dentro del proceso global, aunque no queda claro si en condiciones de influir en él en pie de igualdad, permitiéndoles explotar todas sus posibilidades adueñándose de lo universal a su manera, o de forma subordinada.

Detrás de estas perspectivas se hallan dos posiciones con relación al tema de los valores de la humanidad. En la primera, la de Cortázar, solo se pueden asumir los valores generales desde lo cosmopolita, que algunos han definido como una visión eurocéntrica de este escritor; mientras que en la segunda, esos valores no dicen mucho si no se encarnan en la realidad de lo local y regresan luego a lo más general. Como afirma Arguedas desde una mirada amplia que incluye una reflexión sobre el arte y el ser humano: “El hombre hace la literatura y después contribuye a modelar al hombre. Las artes forman la médula de un país, rigen al ser humano; su propia libertad, la más alta y absoluta es posible; y los frutos de ella, llevan el sello de lo antiguo, de la obra de los predecesores, cuando éstos han existido”.[20]

Sin embargo, existe un tono discursivo que no nos convence del todo en la polémica Cortázar-Arguedas, en la que incluso se puede percibir cierto grado de disfuerzo. Porque, nos podemos preguntar, ¿puede la literatura reflejar la realidad como implícitamente lo sostiene cada uno? O más directamente, ¿esa es su función? En este sentido, su polémica tiene mucho de vacío. El escritor argentino identifica el vivir en Europa con un mayor conocimiento de nuestra propia realidad y la posibilidad de defender y asimilar los valores generales; Arguedas no encuentra contradicción en vivir en el Perú con la defensa del orgullo de los explotados, que también es un tema universal. En realidad, es otra manera de llegar al mismo puerto. Entonces, ¿por qué señalar que desde lejos se puede descubrir mejor la realidad de nuestros países?, ¿por qué sostener que desde lo inmediato se obtiene una percepción real de ella? ¿Un lugar es más útil que el otro para comprender la vida y representarla? No hay razones que justifiquen una ni otra postura.

Acerca del papel de la literatura y su capacidad de reflejar la realidad Arguedas mostró una evidente ambigüedad desde el mismo momento en que se propuso escribir sus relatos. Según él mismo lo declaró, se decidió a ser escritor luego de leer la manera tan distorsionada con que Enrique López Albújar y Ventura García Calderón retrataban al indio y su vida, y se prometió a sí mismo reflejarlo cómo era en la realidad: la literatura como registro objetivo. Años después, cuando algunos científicos sociales lo criticaron por no describir tal cual la realidad campesina en Todas las sangres, Arguedas se defendería diciendo que había escrito una novela, y no un tratado sociológico.[21] Es decir, no mantuvo una misma posición sobre este tema a lo largo de su vida.

En el éxito de la función literaria en estos dos autores, además está presente la ubicación desde la cual producen su escritura. Cortázar opta por el “hombre” y sus conflictos internos. Recojo las ideas de Gracia Ma. Morales Ortiz, quien afirma que su estructura cuentística “conserva algunas de las características que se derivaban de la noción romántica del relato popular: su espontaneidad, su inevitabilidad, su enlace con lo onírico, lo interior, lo mítico, lo arquetípico, etc.... Este argentino se hace eco de todos esos conceptos, modificándolos al insertarlos en un elemento ya claramente modernizado, con la finalidad de dotar a sus textos literarios de un enlace ‘necesario’ (no-literario, no-ficcional) con la realidad interna y social del hombre”.[22] Arguedas, por el contrario, escribe desde lo popular, en quien: “la impronta de ‘lo popular’ es más evidente, convirtiéndose en una base fundamental para toda su narrativa; así, por ejemplo, intenta dotar a sus cuentos de un componente oral, el cual se vuelve artificial y literario desde el momento en que se traslada a un código escrito”.[23]

El escritor, el desarraigo y la política

Sorprende que la polémica entre Cortázar y Arguedas estuviera basada en un lenguaje excluyente, lo que aparece contradictorio en dos escritores que propugnaban constantemente que desde la literatura se podía incorporar lo usualmente excluido, con un fin democrático, que se fundamenta en el diálogo. Al parecer, el terreno  de la literatura era, para ambos, más espinoso que el de la política. Por ello, no hay puntos intermedios ni puentes de consensos. Se podría decir que utilizaron un lenguaje de guerra. Dado el lenguaje ríspido y las posturas radicales que exhibieron, ellos mismos, impidieron que la polémica se transforme en diálogo.

Tanto Cortázar como Arguedas se refieren, de distintas formas, al tema del desarraigo, del abandono, forzoso o no, del lugar de origen, sea considerando la experiencia personal o aludiendo a la de otros sujetos. El primero defendía su exilio, autoexilio sería mejor decir, pues fue su propia decisión vivir en Europa desde 1951,[24] y señalaba que ella no afectaba su argentinidad, ni su latinoamericanidad. Por el contrario, la consideraba un rasgo positivo porque desde esa lejanía era capaz de trascender “parroquias y fronteras”. Arguedas, por su part e, en su última novela –póstuma–, El zorro de arriba y el zorro de abajo, presenta un fresco del Perú hirviente de esos días, según sus propias palabras, formado precisamente por las migraciones del campo a la ciudad ocurridas desde mediados del siglo XX, y ubicadas literariamente en el puerto de Chimbote. Arguedas entendía muy bien lo que el desarraigo y la migración continua significan, pues él mismo los experimentó en su vida. Debo apuntar que en este libro insertó sus diarios personales, y que fue desde dos de ellos, publicados como adelantos, que refutaría a Cortázar, además de otro artículo.

En ambos escritores se aprecia la convicción de que el traslado físico enriquece las vidas de las personas, que las vuelve más complejas al igual que a todo el entramado social. Si bien produce desarraigo –y el cosmopolitismo también es eso– genera la intersección de muchas trayectorias de vida, la propia comprensión de la realidad se vuelve más rica y produce nuevos cursos de acción. Arguedas, al no ser indio y al verse obligado a vivir con los campesinos indígenas, fue a su manera un exiliado, aunque en diferente escala a la de Cortázar. Mientras él fue un desarraigado en su propio país, Cortázar fue un desplazado en otro continente.

Con respecto a la cuestión la política y el compromiso político, ninguno, ni Arguedas ni Cortázar, fueron militantes partidarios disciplinados. Por ejemplo, Arguedas diría: “Yo no milito en las filas de ningún partido político, no me he inscrito en los registros de ninguna agrupación partidarista; mi conducta ha estado normada siempre por la inspiración de mi propia conciencia, en la más absoluta libertad”.[25]

El rigor de la militancia era visto por ambos escritores como contradictorio con la libertad creadora del escritor. Lo que no significaba que no abrazaran causas. Los dos se definirían de izquierda o socialistas. Cortázar firmó comunicados y escribió artículos sobre la situación política. Como señalé, luego de reivindicar en un primer momento la tarea del escritor puro, pasó a creer en el escritor comprometido. En la carta a Fernández Retamar, Cortázar dice explícitamente que no cree que “la literatura de mera creación imaginativa baste para sentir que he cumplido como escritor, puesto que mi noción de esa literatura ha cambiado y contiene en sí el conflicto entre la realización individual como la entendía el humanismo, y la realización colectiva como la entiende el socialismo”.[26]Y sería más enfático aun: “De la Argentina se alejó un escritor para quien la realidad, como lo imaginaba Mallarmé, debía culminar en un libro; en París nació un hombre para quien los libros deberán culminar en la realidad”.[27] Luego de escribir El perseguidor y Rayuela, confesaría: “Bueno, era la primera vez en mi trabajo de escritor y en mi vida personal en que eso traduce una nueva visión del mundo. Y luego eso explica por qué yo entré en una dimensión que podríamos llamar política si quieres decir, empecé a interesarme por problemas históricos que hasta ese momento me habían dejado totalmente indiferente”.[28]

Así, el escritor argentino pondría sus recursos al servicio de las causas justas. Era su forma de aterrizar en los conflictos sociales, de vincularse con los actores políticos en un ambiente, los años sesenta-setenta especialmente, en los que el contexto no permitía que el intelectual, el escritor, no tuviera una posición comprometida. Son los años cuando se entendía que la política era revolucionaria o no era política; el intelectual no podía ni debía evadir tal responsabilidad. A una política revolucionaria correspondía un escritor revolucionario.

Cortázar apoyaría a la Revolución cubana, cuyo proceso lo sorprendió. En sus propias palabras: “Pero quizá lo que más me impresionó en Cuba fue el apoyo de los intelectuales a la revolución. […] me convencí de que una revolución que tiene de su parte a todos los intelectuales, es una revolución justa y necesaria. No puede ser otra cosa, no puede ser que centenares de escritores, poetas, pintores y músicos estén equivocados”.[29] También estuvo de parte de la resistencia anti-Pinochet, enjuiciaría duramente a la dictadura militar de su país y se pondría decididamente a favor de la insurrección sandinista, a la que en 1974 donó el monto del premio que le dieron por ser autor del mejor libro publicado en Francia.[30] Su visión había madurado con relación al papel del escritor. En la carta a Fernández Retamar expresaría claramente: “Ya no es posible respetar como se respetó en otros tiempos al escritor que se refugiaba en una libertad mal entendida para dar la espalda a su propio signo humano, a su pobre y maravillosa condición de hombre entre hombres, de privilegiado entre desposeídos y martirizados”.[31] Si observamos bien, estos argumentos se comunican con los que reprodujimos de Arguedas, aunque este no tiene expresiones tan directas sobre el intelectual y la revolución.

Al igual que como en la literatura, Cortázar se mostraría convencido que desde Europa se puede entender mejor nuestros conflictos políticos; y se impone una tarea como escritor: “La integración del escritor revolucionario en el socialismo supone, en el plano de la responsabilidad y de la actitud crítica del intelectual, una tarea positiva, puesto que la revolución ya ha sido puesta en marcha y se trata de defenderla, perfeccionarla y llevarla a sus fines últimos...”.[32]

Arguedas, por su parte, lector de José Carlos Mariátegui y de Lenin, se hizo socialista aunque, como confesó, el marxismo no hizo que muriera en él lo mágico, es decir, lo heredado de la cultura andina. La palabra escrita de Arguedas se transmuta en denuncia política y social. Por ejemplo, en la carta que le dirige, con toda seguridad, hacia el 15 de noviembre de 1969, es decir, a pocos días de su suicidio, a Hugo Blanco,[33] quien estaba preso, expresa lo siguiente: “Esos piojosos, diariamente flagelados, obligados a lamer tierra con sus lenguas, hombres despreciados por las mismas comunidades, esos, en la novela [Los ríos profundos, de 1964], invaden la ciudad de Abancay sin temer a la metralla y a las balas, venciéndolas. Así obligaban al gran predicador de la ciudad, al cura que los miraba como si fueran pulgas; venciendo balas, los siervos obligan al cura a que diga misa, a que cante en la Iglesia: le imponen a la fuerza”. En el novelista peruano, a diferencia de Cortázar, su literatura y en general en todos sus textos, se mantiene la convicción del escritor comprometido, no necesariamente con una ideología ni con un proyecto político pero sí con la tarea de liberar a los explotados, especialmente a los indios campesinos. No buscó al sujeto revolucionario explícitamente, pero deja entender que sería el pueblo, y en su propio país. Lo que se observa en los textos de Cortázar es su apoyo a procesos revolucionarios de otros países, con los que se comprometió decididamente. En términos de Edward Shills, Arguedas se incluiría en una tradición intelectual populista,[34] y tomando la clasificación de Lewis A. Coser, Cortázar sería de aquellos intelectuales que buscan la salvación en el extranjero.[35]

Nuestros dos escritores representan dos maneras de entender el papel del escritor en su relación con la política. Cortázar como legitimador de proyectos de izquierda y Arguedas como fustigador de lo existente, por encima de cualquier otra responsabilidad.

Palabras finales sobre una polémica finita

Poco después de sus últimos comentarios a Cortázar, Arguedas se quitaría la vida con un disparo en la sien en una de las oficinas de la Universidad Agraria de Lima en donde era profesor, falleciendo el 2 de diciembre de 1969. Se cerró así un tiempo fundamental de la literatura peruana precisamente cuando se iniciaba una nueva época política con las reformas emprendidas por el gobierno militar dirigido por el general Juan Velasco Alvarado, que tuvo como una de sus banderas más importantes la reivindicación del campesino indígena.

Si bien el Arguedas persona había desaparecido, el autor Arguedas se hacía más vigente que nunca. Él, que representó un momento de transición entre el régimen de exclusión oligárquico y la democratización ciudadana, no política, fue incomprendido en vida. Una vez muerto concitaría reconocimientos como el mayor novelista peruano, lugar que ahora comparte, según algunos críticos, con el Premio Nobel Mario Vargas Llosa, quien tan poco lo comprendió.[36]

Carmen María Pinilla, analizando la obra antropológica de Arguedas, que compone siete volúmenes, señala: “Su objetivo fue estudiar las comunidades del valle del Mantaro y tratar de demostrar la hipótesis de que en las poblaciones como las de la sierra central, alejadas de la explotación y de la discriminación que caracteriza al régimen de la hacienda gamonal de la sierra sur, es posible la existencia de procesos de modernización endógena donde la fuerza del polo desarrollado no arrasa los contenidos del tradicional, no se pierden las particularidades sino que se transforman en algo nuevo y original, donde aparece el sello de lo primigenio”.[37]

Cortázar sobrevivió a Arguedas varios años, murió en París el 12 de febrero de 1984. Tres años antes, en 1981, había adoptado la nacionalidad francesa, cumpliendo así un designio, pues años antes había confesado, mediante carta, a Marie Pascal: “Tengo la nostalgia europea, incesantemente. [...] Me elijo europeo, y me siento un cobarde por no cumplir mi elección. [...] Un día me iré, y eso será todo”.

En 1982, dos años antes de su muerte, Cortázar enviaría un texto a la Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales, realizada en México en el que se pregunta: “¿qué magnitud real puede tener esa toma de conciencia histórico-cultural cuando se piensa en el inmenso sector indígena y, dentro del área del mestizaje, el rural?” [38] Y más adelante afirmaría, dando un cierre a su polémica con Arguedas: “el escritor conoce también los lados positivos de ese segmento de tarea cultural que le ha tocado cumplir desde que dejó de entender la literatura como un puro ejercicio artístico. Su inserción contemporánea en los procesos geopolíticos le ha permitido descubrir la posibilidad de despertar ecos dormidos, imágenes subyacentes, formas y herencias telúricas que los procesos de colonialismo primero y de aculturación foránea más tarde había sumido en un limbo del que apenas asomaban fragmentariamente en el folklore, las artes, las conductas y los temperamentos”.[39]

Como dije al principio, Cortázar y Arguedas estaban más cercanos de lo que pudieron admitir en su momento.

Notas

[1] Esta es la versión completa de la ponencia que presenté en el “Coloquio sobre la polémica Cortázar-Arguedas: ¿Lo cosmopolita vs. lo telúrico?”, en el que también participaron Bruno Podestá, Agregado Cultural de la Embajada de Perú en Uruguay, y María de los Ángeles Lescano, en representación de la Embajada Argentina, en el marco de la 9na. Feria Internacional de Promoción de la Lectura y el Libro realizada en San José, Uruguay, en el mes de setiembre de 2014. Aprovecho la ocasión para agradecer los comentarios de Isabel López Eguren, quien me ayudó a mejorar la versión inicial de este texto.
[2] La polémica se inició cuando, a invitación de Roberto Fernández Retamar, Cortázar escribe unas reflexiones sobre el escritor latinoamericano, mediante carta el 10 de mayo de 1967, que fue publicada en Casa de las Américas núm. 45. En ella, el escritor argentino hizo alusión a ciertos temas polémicos. Arguedas reaccionó adelantando su “Primer diario”, que sería parte de su libro El zorro de arriba y el zorro de abajo publicado después de su muerte. Dicho diario aparecería en la revista Amaru núm. 6, abril-junio de 1968. Posteriormente, Cortázar continuaría con sus argumentos en la entrevista aparecida en la revista Life en español el 7 de abril de 1969. Nuevamente, Arguedas desde su “Tercer diario” se referiría a las reflexiones de Cortázar y pondría punto final a la polémica con su artículo “Inevitable comentario a unas ideas de Julio Cortázar”, publicado en El Comercio de Lima el 1 de junio de 1969.
[3] Con ocasión del centenario del nacimiento de Cortázar se viene realizando múltiples actividades para recordarlo y actualizarlo, entre ellas está incluida una estatua con su figura en los jardines de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Igualmente, Arguedas permanentemente recibe homenajes de los escritores y académicos del Perú y es mucho lo que se sigue escribiendo sobre él. Se trata, pues, de dos escritores que representan lo mejor de la literatura de nuestros países y resumen, simbólicamente, sus procesos culturales.
[4] Julio Ortega, “José María Arguedas”, Revista Iberoamericana, Pittsburgh, págs. 78-79
[5] Discurso en el acto de entrega del premio “Inca Garcilaso de la Vega”, Lima, octubre de 1968.
[6]“Rochabrún y Arguedas. La fatídica Mesa Redonda: Entrevista con Guillermo Rochabrún”, Revista Ideele núm. 207, mayo 2011
[7] En su “Primer diario”, Arguedas diría, incluyendo a Joao Guimarães Rosa y Juan Rulfo: “Escribimos por amor, por goce y por necesidad, no por oficio”. Al escritor profesional Arguedas opondría el escritor provincial, como se definió él mismo.
[8] J. Ortega, op. cit., pág. 77
[9] Julio Cortázar, “Carta a Roberto Fernández Retamar”, 10 de mayo de 1967, Casa de las Américas núm. 45. Posteriormente, en su entrevista publicada en Life en español el 7 de abril de 1969 Cortázar diría frases hirientes contra Arguedas: “Prefiriendo visiblemente el resentimiento a la inteligencia, lo que siempre es de deplorar en un cronopio, ni Arguedas ni nadie va a ir demasiado lejos con esos complejos regionales, de la misma manera que ninguno de los ‘exiliados’ valdría gran cosa si renunciara a su condición de latinoamericano para sumarse más o menos parasitariamente a cualquier literatura europea”.
[10] José María Arguedas, “Primer diario”, Amaru núm. 6, abril/junio de 1968
[11] “Carta sobre La Batalla”, Letras Peruanas. Revista de Humanidades, agosto de 1955, pág. 66
[12] J. Cortázar, op. cit.
[13] Op. cit. En otro momento, Cortázar declararía: “me asombra que a veces no se advierta hasta qué punto el eco que han podido despertar mis libros en Latinoamérica se deriva de que proponen una literatura cuya raíz nacional y regional está como potenciada por una experiencia más abierta y más compleja, y en la que cada evocación o recreación de lo originalmente mío alcanza su extrema tensión gracias a esa apertura sobre y desde un mundo que lo rebasa y en último extremo lo elige y lo perfecciona”. En Evelyn Picón Garfield, Cuadernos de Texto Crítico, Universidad Veracruzana, 1978.
[14] Ignacio Echeverría, “Una polémica abierta”, artículo tomado de la siguiente dirección: http://www.elcultural.es/  Consulta: 1 de setiembre de 2014.
[15] El escritor uruguayo, Juan Carlos Onetti, comenta la siguiente anécdota: “Con Arguedas, en una declaración, elogiaba el talento de Cortázar pero lamentaba que no se preocupara por la gente pobre, los humildes, sobre todo los indígenas, de Latinoamérica y Cortázar le contestó de una manera muy desagradable para mí, diciéndole: Ud. está tocando una quena en el Perú y yo dirijo una orquesta sinfónica en París. Es una grosería, sobre todo conociendo a este peruano, que era uno de los hombres más dulces que he conocido. ¿Y qué fue lo que le dijo a Cortázar? No era ofensivo, era como una invitación a que lo hiciera, pero bueno, eso fue una miseria...”. Entrevista a Juan Carlos Onetti por Juan Cruz, 6 de enero de 1993. Tomada de la siguiente dirección: http://www.onetti.net/es/ Consulta: 8 de setiembre de 2014.
[16] José Carlos Mariátegui, “Lo nacional y lo exótico”, Mundial, Lima, 9 de diciembre de 1924
[17] I. Echevarría, op. cit.
[18] Si se trata el tema desde el punto de vista estrictamente cultural, la distancia entre París y Buenos Aires es más corta de la que existe entre Huancayo y Buenos Aires, por ejemplo, a pesar de estar geográficamente más cerca. Para Cortázar no se trata de cualquier lejanía, sino de una que marque una distinción.
[19] Arguedas se refería así a los académicos: “Dicen que no sabemos nada, que somos el atraso, que nos han de cambiar la cabeza por otra mejor”. El poema “Llamado a algunos doctores”, fue publicado originalmente en quechua. La versión en español fue publicada en el diario El Comercio, Lima, 10 de julio de 1966.
[20] J. M. Arguedas, “Reflexiones peruanas sobre un narrador mexicano”, Suplemento Dominical del diario El Comercio, Lima, 8 de mayo de 1966, pág. 3
[21] La Mesa Redonda sobre la novela Todas las sangres se realizó el 23 de junio de 1965 en el Instituto de Estudios Peruanos de Lima, en ella participaron, además del propio Arguedas, Jorge Bravo Bresani, Alberto Escobar, Henri Favre, José Matos Mar, José Miguel Oviedo, Aníbal Quijano y Sebastián Salazar Bondy.
[22] Gracia Ma. Morales Ortiz, “Arguedas y Cortázar: dos búsquedas de una identidad latinoamericana. Introducción”, Tesis doctoral, Universidad de Granada, 2003, pág. 14
[23] op. cit.
[24] Mabel Moraña sostiene: “Arguedas, que ha pasado a representar dentro de los estudios latinoamericanos el prototipo del productor cultural postcolonial, defiende el vínculo entre su asentamiento ‘provinciano’ [...] e, implícitamente, el acceso a saberes locales. Cortázar, por su lado, fundamenta los beneficios de la distancia [...]. Podría decirse que en Cortázar se representa de manera casi paradigmática la índole dual del migrante y la necesidad de este sujeto de articular pérdida y reinserción cultural, el aquí y el allá, las contradictorias relaciones con la lengua y la comunidad propias y adoptadas, las nociones de identidad y diferencia, territorialidad y forasterismo. [...] El ideal al que remite la visión de Cortázar depende de un concepto de historia universal que no es ajeno a los modelos eurocentristas –etnocentristas– que se aplicaran en América Latina desde la organización de los estados nacionales”. En varios autores, José María Arguedas: hacia una poética migrante, Universidad de Pittsburgh, 2006.
[25] J. M. Arguedas, “Rectificación a una publicación en La Tribuna”, La Prensa, 18 de setiembre de 1947, pág. 3
[26] Carta a R. Fernández Retamar, op. cit.
[27] Op. cit.
[28] E. Picón Garfield, op. cit. Es el tiempo también en el que Cortázar variaría su posición frente al peronismo. Si bien fue opuesto al “viejo peronismo”, veía con simpatía al “nuevo peronsmo”.
[29] Carta a Paul Blackburn, Viena, 1 de abril de 1963.
[30] El premio Medicis étranger le fue otorgado a Cortázar por su Libro de Manuel.
[31] Carta a R. Fernández Retamar, op. cit.
[32] Entrevista de Elena Poniatowska, “La vuelta a Julio Cortázar en (cerca de) 80 preguntas”, Plural núm. 44, mayo de 1974.
[33] Hugo Blanco fue un dirigente político de izquierda que a inicios de los años sesenta organizó a los campesinos de los valles de La Convención y Lares en el Cusco, para que se opusieran a la dominación extrema de los hacendados y exigieran una reforma agraria, la que el gobierno militar de entonces (1962-1963) tuvo que aplicar en dicha región. No obstante, Blanco fue encarcelado luego de algunos hechos de violencia. Durante ese apresamiento recibiría la carta mencionada de Arguedas.
[34] Edward Shils, The Intellectuals and the Powers and Other Essays, University of Chicago Press, 1972
[35] Lewis A. Coser, Hombres de ideas. El punto de vista de un sociólogo, Fondo de Cultura Económica, México, 1966
[36] Véase de este escritor, La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo, Fondo de Cultura Económica, México, 1996. En un momento, Vargas Llosa escribe, refiriéndose al impacto que el suicidio de Arguedas puede obtener en el lector, con palabras desafortunadas: “…no hay duda, ese cadáver inflige un chantaje al lector; lo obliga a reconsiderar juicios que el texto por sí solo hubiera merecido, a conmoverse con frases que, sin su sangrante despojo, lo hubieran dejado indiferente. Es una de sus trampas sentimentales”, pág. 300.
[37] Carmen María Pinilla, “El antropólogo Arguedas”, Chasqui. Boletín Cultural del Ministerio de Relaciones Exteriores año 12, núm. 22, pág. 15
[38] Mario Goloboff, Leer Cortázar. La biografía, Ediciones Continente, Buenos Aires, 2014, pág. 187
[39] Op. cit., pág. 188