“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

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29/7/12

Cuba, la isla de la salud

Salim Lamrani

Especial para La Página
Desde el triunfo de la Revolución en 1959, el desarrollo de la medicina ha sido la gran prioridad del gobierno cubano, que ha transformado la isla del Caribe en una referencia mundial en este campo. En efecto, hoy día, Cuba es el país del mundo que cuenta con el mayor número de médicos por habitante.

En 2012, Cuba formó más de 11.000 nuevos doctores, los cuales cumplieron su carrera de seis años en sus facultades de medicina reconocidas por la excelencia de sus enseñanzas. Se trata de la mayor promoción médica de la historia del país, que ha hecho del desarrollo de la medicina y del bienestar social las prioridades nacionales. Entre estos médicos recién graduados, 5.315 son cubanos y 5.694 proceden de 59 países de América Latina, África, Asia e incluso de Estados Unidos, con una mayoría de bolivianos (2.400), nicaragüenses (429), peruanos (453), ecuatorianos (308), colombianos (175) y guatemaltecos (170). Así, en un año, Cuba formó casi el doble de médicos que la cifra total de la cual disponía en 1959.[1]

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En efecto, tras el triunfo de la Revolución Cuba sólo contaba con 6.286 médicos. De ellos 3.000 eligieron abandonar el país para ir a Estados Unidos, atraídos por las oportunidades profesionales que les ofrecía Washington. En nombre de la guerra política e ideológica que oponía al nuevo gobierno de Fidel Castro, la administración Eisenhower decidió vaciar la nación de su capital humano, hasta el punto de crear una grave crisis sanitaria.[2]

26/6/12

Cuestionar la estadística y quejarse de su arrogancia, de su certeza

Eduardo Zeind Palafox

Especial para La Página
La prensa es la mejor herramienta para forjar ideologías, pues simula ser oficial y seria. La semana pasada leí un artículo de Juan Villoro, y lo leí en el periódico Reforma. Me senté en mi sofá verde, encendí un cigarro y escruté. Villoro empieza preguntándose si alguien recuerda cierta "época de oro". En la época de oro los acontecimientos prefiguraban a la realidad, y no al revés, dice Villoro.

Villoro, con erudición clásica, es decir, filosófica, cita a Descartes, y elogia el florilegio que el francés le rinde a la duda. La duda es buena, lo es siempre y cuando no nos vuelva esquizofrénicos. La prosa de Villoro es mordaz, aunque me gusta más la prosa de Hitchens.

Más abajo, el audio de 
“Devórame otra vez”
El artículo del que hablaré se llama "Encuéstame otra vez" (como una canción caribeña que se llama "Devórame otra vez"). Un artículo periodístico, dijo el señor Lenin, sirve para plantear problemas y para discernir líneas de pensamiento, líneas útiles para solucionar dichos problemas. El señor Villoro deja al aire su pregunta de arranque, y como la deja al aire, la deja sin forma, como humo o como nube. Para ayudar al señor Villoro en su disquisición, usaré algunos axiomas del pensador Ludwig Wittgenstein, que es mi pensador de cabecera. Villoro cuestiona la estadística y se queja de su arrogancia, de su certeza. Es verdad, la estadística no es oracular.