“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

21/5/12

La guitarra del maestro César Portillo de la Luz

Foto: César Portillo de la Luz
[Album Noche Cubana]
Marta Valdés
Cuba
César Portillo de la Luz cumple noventa años. Pienso en él a propósito del protagonismo que, tanto la guitarra como los demás instrumentos de cuerda pulsada que se utilizan en la interpretación de nuestra música popular. Pienso en la guitarra trovadora -como él mismo la llama en su Canción para ese día–. Me detengo en su discurso acompañante concebido para la canción que aparece aquí a manera de ilustración. [Hay un video más abajo]

La guitarra de Portillo no se caracteriza por el desglose tradicional de los acordes, los arpegios o el adorno punteado que tan profusamente penetró en nuestra rutina acompañante a partir del auge de los tríos mexicanos encabezados por Los Panchos Y hago una excepción al recordar dos muestras más que originales, legendarias ambas: los Hermanos Rigual y el Trío Taicuba. A partir de  modelos insólitos declarados por el propio autor de Contigo en la distancia en una conversación alrededor del tema: los guitarristas -respectivamente– del Quinteto de Benny Goodman, y del Trío de Nat King Cole.
Delirio / Autor: César Portillo de la Luz
Intérpretes: Los Ángeles Negros - Canta: Ismael Montes
Ambos -cada cual a su manera– se habían caracterizado por conferir a la guitarra una independencia que la liberaba del puro papel rítmico relegado a un segundo plano. En el caso de Portillo de la Luz, su empleo  de respuestas y diferentes efectos que en nada pueden considerarse como elementos superfluos, actúa como soporte para el canto, mientras va desplazándose por todo el diapasón de la guitarra, alternando los motivos más sutiles con momentos donde predomina una atmósfera fundamentalmente rítmica. A todo esto, dicho así, hay que añadirle un detalle esencial y es el dominio de la digitación utilizando el dedo pulgar para “rayar” o desglosar los acordes, en diálogo ameno con la parte vocal.

Cada una de las propuestas en la guitarra de César Portillo de la Luz se diferencia de cualquier otra suya o ajena. Ya se trate de la canción libre o aquélla expresada en el aire rítmico conocido como “slow” en la jerga de la música popular, ya se trate de sus incursiones en el son,  el cha cha chá o cualquier otra variante de cuantas han conseguido delinear el contorno finísimo de su catálogo, todas garantizan al oído fino esa gratificante noción de estilo que, con tanta frecuencia, se desvanece o cae al vacío total, motivada por el conformismo que las fórmulas de mercado se esmeran en imponer.

Esa guitarra de Portillo, de César Portillo de la Luz, es obra de la entrega de toda una vida. Digna del más acucioso análisis, de la más severa valoración, esta veta magnífica de nuestro paisaje musical bien merece encabezar, los gestos de homenaje que, con motivo de arribar a sus noventa años, irá recibiendo desde esta columna.