“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

1/6/12

La redondez del recuerdo en la vida de Vittorio Segre

Juan Forn

La parte más difícil, desde que mi madre se quedó ciega del todo, es cuando me dice, o se dice a sí misma: “No veo el momento en que se me pase de una vez este problema en los ojos”. La otra parte, en cambio, es mágica. Cuando acepta que nos sentemos afuera, si el clima da, y cerremos los ojos y adivinemos los sonidos a nuestro alrededor (“¿Oís los pajaritos? ¿Oís el mar? No, eso es el viento. Tratá de oír atrás del viento”), o cuando me deja ponerle un concierto en la radio, en lugar de Hanglin, y acepta a regañadientes la consigna: que deje a su mente vagar. Siempre trae algo extraordinario de esas derivas mentales. Ayer, cuando me senté a tomar el té con ella (la dejo sola mientras escucha el concierto, es una ceremonia privada), me preguntó si me acordaba de Vittorio Segre, lo que me lleva a pensar que se pasó a Hanglin en cuanto me fui y estuvo escuchando por radio el escándalo del mayordomo del Papa, porque Vittorio Segre, para ella, es sinónimo de bambalinas vaticanas. La historia es así: el padre de Segre estaba muriendo de cáncer de garganta en su casa de Turín cuando su esposa le envolvió el cuello en unas medias blancas de mujer. El cura había traído esas medias. Pertenecían a la hermana Pasqualina, una monja que había sido ayuda de cámara del papa Pacelli y que se decía que obraba milagros. El padre de Segre por supuesto murió, a pesar de las medias de la hermana Pasqualina, y lo que venía a continuación era la parte que a mí más me había fascinado de su relato.

Mi padre y yo conocimos juntos a Vittorio Segre en una reunión que hacían todos los fines de año al mediodía, en un exquisito departamento racionalista en la avenida Alvear, unos italianos con los que él estaba relacionado laboralmente. Con los años esa relación había virado a otra cosa (de hecho, mi padre empezó a llevarme a mí desde que cumplí catorce), pero seguía teniendo lugar una sola vez al año. Mi madre no iba nunca, pero se acordaba de los cuentos como si hubiera estado ahí. Vittorio Segre apareció en una de ellas porque justo estaba de visita en nuestro país. Había hecho la Segunda Guerra como oficial británico, así nos lo había presentado nuestro anfitrión. Integraba el famoso Regimiento Palestino, compuesto por judíos italianos y de otras nacionalidades que habían desembocado en Palestina a causa de la persecución racial (así fue como me enteré de que los italianos de esa reunión eran judíos; mi padre no me había dicho nada). Segre había sido fletado en barco a Palestina desde Trieste, a los quince años. El padre lo llevó hasta el puerto y no volvió a verlo hasta el fin de la guerra, siete años después. Segre estuvo primero en un kibbutz, después se enroló en el ejército británico, lo mandaron a una estación de radio en Egipto y luego acompañó el desembarco aliado en Italia. En mayo de 1945 entró en su pueblo del Piamonte en un jeep del ejército, vistiendo el uniforme británico. Italia acababa de ser liberada. En cuanto Segre frenó el jeep frente al portón de su casa, se empezaron a juntar curiosos a su espalda.

El padre de Segre había sido el alcalde del pueblo y el hombre más rico de la región. Tanta confianza le tenían que, en la Primera Guerra, cuando él partió de voluntario, los hombres del pueblo lo siguieron. Pero cuando la guerra se prolongó y la gran mayoría de aquellos hombres no volvió, y el alcalde en cambio sí, lo culparon a él de la desgracia. El padre de Segre terminó vendiendo sus tierras y trasladándose con su mujer y su hijo a la ciudad. Todo el período fascista lo vivieron en Turín. El padre de Segre, como muchos otros judíos italianos asimilados, se afilió al partido por el mismo sentimiento patriótico que lo había hecho alistarse de voluntario en la Gran Guerra. Había más de dos docenas de generales y almirantes judíos en el ejército de Mussolini. Segre creció pensando que defendería la patria tal como lo había hecho su padre, hasta que se sancionaron las leyes raciales de 1938 y su padre pagó las mil libras esterlinas por su visa a Palestina y lo dejó en el puerto de Trieste. Luego dejó a su esposa en un convento cerca del pueblo donde había sido alcalde y procedió a camuflarse en la única identidad que creyó que le garantizaría la supervivencia: se hizo buhonero ambulante. Se dejó crecer la barba, nunca dormía en el mismo sitio, vagaba por las aldeas de la montaña, orbitando siempre en torno de su pueblo. Tres veces lo arrestaron los alemanes, tres veces lo soltaron, cuando el prefecto local avisaba que era uno de ahí, un débil mental, inofensivo. Los mismos que lo habían expulsado del pueblo le resguardaron la vida.

Con la llegada de los aliados, el padre de Segre pasó a buscar a su mujer por el convento para instalarse con ella en la única posesión que le quedaba, su palacete en aquel pueblo. En el convento se enteró de que su esposa había abjurado del judaísmo y abrazado la fe católica. De ahí las medias de la hermana Pasqualina. La historia no termina ahí. Muerto el padre, la madre le anuncia al hijo que quiere conocer Palestina. El hijo la lleva. En uno de sus paseos por Jerusalén, ella descubre el pequeño convento de las Hermanas de Sión. Adora ese jardín secreto, que al fondo tiene un pequeño cementerio. Descubre que esas monjas son, como ella, conversas del judaísmo. Descubre que el convento fue erigido por un banquero judío francés convertido al cristianismo. Comienza a aprender hebreo con ellas. Encuentra en esa versión de la religión un equivalente a su mundo interior, por primera vez en su vida. Pide permiso para ser enterrada allí. Se lo conceden. Allí yace, desde entonces. Así remató su historia Vittorio Segre aquel mediodía de fin de año, en aquel departamento racionalista de Buenos Aires.

No lo sabíamos ese día, pero Segre contó toda su increíble historia y la de sus padres en un libro que salió primero en italiano y luego él mismo tradujo al inglés. Esa edición le envió a mi padre por correo, meses después, porque en ese idioma habían tenido toda su conversación (Segre no hablaba español, mi padre no hablaba italiano). El libro se llama Memories of a Fortunate Jew. An Italian Story. Para Primo Levi y AB Yehoshua es un gran libro. Para mí también. Segre habla brevemente en el libro del cura que recuerda mi madre. Cuenta aquellas otras dos anécdotas que conforman su recuerdo total de Vittorio Segre. En una, el cura predica desde el púlpito contra la concupiscencia de las chicas del pueblo que se subían a las Lambrettas de sus novios cuando éstos las invitaban a pasear (“porque de esos paseos, hermanos, van dos pero vuelven tres”). En la otra, cuando le llega la hora postrera, se hace enterrar en su iglesia y no en el cementerio, porque después de una vida de reumatismo quiere “pasar la eternidad en un lugar seco y tibio”. Escucho las dos anécdotas de boca de mi madre. Ella sonríe para sí misma cuando llega al final, satisfecha de la redondez de su recuerdo. Yo le devuelvo la sonrisa, aunque ella no la pueda ver.