“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

28/8/12

Desacralizar a Kafka puede ser un despropósito…

Franz Kafka  Julio Ibarra
… pero se ha puesto de moda, eso de matar al padre como consagración. Un correlato que intenta sostener incluso su obra. El 2006 publicamos su emblemática nouvelle La metamorfosis, tomando la exquisita traducción de César Aira, quien además escribió algunas líneas que apuntan a esa (necesaria) relectura de sacudir el mito y ahondar, en esta misma anécdota de la conversión en bicho, como una muestra de humor negro, tan poco considerado en su lectura. Este es el prólogo de César Aira a La metamorfosis de Franz Kafka.

Kafka tenía veintinueve años en 1912, cuando en las noches entre el 18 de noviembre y el 6 de diciembre escribió La metamorfosis. No fue el primer acontecimiento memorable de ese año crucial de su vida. Poco antes, en agosto, había conocido, en la misma Praga donde vivía, a una berlinesa de paso, Felice Bauer, con la que inició una correspondencia apasionada en la que constan los detalles de lo que sucedió después. En la noche del 22 al 23 de septiembre escribió su primera obra maestra, “La condena”. Días después escribía “El fogonero”, y luego seis capítulos que lo continuaban (el proyecto era hacer una novela que se llamaría El desaparecido y que en su publicación póstuma se tituló América). Y en diciembre salió de la imprenta su primer libro, Contemplación, compuesto de textos escritos en años anteriores.

Contra lo que ha difundido la leyenda, la vida de Kafka no fue sórdida ni lúgubre ni especialmente atormentada. Era un hombre apuesto, elegante, con una rica vida social, abogado de una compañía semiestatal de seguros, en la que hizo una carrera brillante (indagaciones recientes en archivos han revelado su impecable eficiencia: nunca perdió un juicio). Ni siquiera le faltó ese amigo fiel y profético, que casi todos los grandes escritores han tenido, que creyó en su genio desde la adolescencia. Y como constituyen la materia de buena parte de su obra podríamos sospechar que se los creó para poder escribir.

Las cartas a Felice dan cuenta de los inconvenientes que le planteaba a Kafka la convivencia con los padres. El departamento en que vivían, si bien amplio y cómodo, lo obligaba a una contigüidad que su neurastenia le hacía insoportable. Por un motivo u otro, los padres y la hermana parecían empeñados en negarle la paz que necesitaba una calma perfecta, en la casa y en su espíritu, y se había convencido de que el único modo de obtener algo bueno era escribirlo de un tirón, sin interrupciones, sin levantar la vista del cuaderno (así fue escrita La condena). Lo ideal habría sido una noche larguísima, en un sótano cerrado con siete llaves, a mil leguas del resto del mundo y sobre todo de su familia. Desconfiaba de un relato que le llevara más de una noche, y hasta prefería no retomarlo. Así fue como dejó muchos sin terminar.

También aquí habría que corregir (parcialmente) la leyenda de la gran obra inédita y secreta. En realidad Kafka publicó todo lo que “escribió”, ya que a este verbo lo definía por el cierre del “final”; en la primera línea de cualquier relato debía hallarse ya el “final implícito”, que la escritura subsiguiente no hacía más que revelar. Este sistema imponía una tensión que podría quebrarse a la menor interrupción. Al menos Kafka avizoró una evolución de sus hábitos, que le permitiría escribir novelas. Las tres que intentó quedaron inconclusas. De las narraciones que llevó a término, La metamorfosis es la que más se parece a una novela, la única en que la acción se continúa de un día al siguiente, como pasó con el trabajo que escribía.

Aunque no fueron muchos días. En una carta de fines de octubre de 1912 Kafka le cuenta a Felice de una terrible pelea con los padres, tan violenta que calculaba que no volvería a dirigirles la palabra en quince días… La cuenta da más o menos la fecha de redacción de La metamorfosis. Fue el tercero de los grandes relatos de ese año, y cerró el período de inspiración que había desencadenado su encuentro con Felice. De la lectura que hacía de ellos Kafka puede dar una idea su intención (que no se realizó: los tres salieron como libros individuales) de reunirnos en un volumen bajo el título “Hijos”. La condición de hijo se modula de distinta forma en la distinta condición de terminado-interminable de cada uno de los tres relatos: “La condena”, el único escrito en la circunstancia ideal de una-sola-sesión, es el único auténticamente terminado (todo el cuento es un soberbio final, sorpresivo desde la primera línea); “El fogonero” fue continuado en secreto, aun después de haberse publicado como libro, y la aventura de su protagonista Karl Rossman entra en el mecanismo infinito de las novelas; La metamorfosis es el caso más intrigante. Todos sus lectores lo han dado por concluido y cerrado; todos, salvo Kafka, que siguió desconforme y buscando la continuación, efecto de la maldición original de no haberlo terminado en una sola noche. Para nosotros el asunto solo puede ser objeto de especulación; quizás la clave esté no en el final sino en el comienzo, en ese despertar de “un sueño intranquilo”, que a juzgar por el estado de ánimo del autor en esa época solo podía ser una pesadilla en la que los padres inventaban otra excusa para impedirle escribir en paz. Para él la escritura era el camino por el cual llegar a tener una vida propia; gracias a su práctica literaria esperaba poder salir al otro lado de la serie infinita de imposibilidades y postergaciones que lo mantenían dentro del seno familiar.

Completar La metamorfosis, tal como podemos leerla, a lo largo de esa docena de noches, no debe de haber sido demasiado difícil por ser su desarrollo casi mecánico y salir inexorable de la premisa inicial, la transformación que ha tenido lugar la noche anterior al comienzo. A la historia le basta con seguir el hilo del interés por las grandes o pequeñas cuestiones prácticas que se van suscitando. Se trata de una comedia familiar, un poco al estilo “soap opera” de televisión; su mecanismo no difiere del de Alf o Mister Ed o cualquiera de esas pueriles diversiones que surgen de introducir un elemento extraño en la menos extraña de las situaciones. Un elemento que podríamos calificar de “diferente” (porque cualquier otro adjetivo, como “fantástico”, “sobrenatural”, “simbólico”, se quedaría corto), uno solo pero que basta para cambiarlo todo.

Según testimonio de un amigo suyo, Kafka consideraba humorístico este relato. Y en efecto, ¿cómo podríamos considerarlo trágico, o siquiera patético? ¿Acaso alguien se ha transformado en insecto alguna vez? Solo podríamos tomarlo en serio si lo aceptáramos como símbolo o metáfora y los simbolismos. Esta transformación en insecto no es algo que le pasea la gente, no es un “caso” que haya que explicar. Es algo que pasó una sola vez, lo que los astrofísicos llaman una “singularidad”, como el Universo. Con ella no se puede hacer otra cosa que contarla.

Título original: “El humor kafkiano según Aira”
Prólogo a La metamorfosis, Colección de Bolsillo / Editores Independientes.
LOM Ediciones (Chile) – Ediciones ERA (México) – Ediciones Trilce, Uruguay – Ediciones Txalaparta, País Vasco, España.