“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

29/1/16

Los orígenes del gran dilema turco

Mapa de la actual Turquía [Ampliar]
Fran Vega   /   Constantinopla, primavera de 1453. La capital del imperio bizantino cae en manos de las tropas otomanas del sultán Mehmed II el-Fatih, el Conquistador, y sucumben los últimos restos del imperio romano de Oriente en la ciudad que Constantino el Grande quiso elevar en el siglo IV a la misma categoría que Roma. Ubicada entre el Cuerno de Oro y el mar de Mármara, Constantinopla es entonces el puente por el que Europa y Asia quedan unidas, el nexo que pone en comunicación la civilización cristiana occidental con la casa de Osmán, es decir, el territorio de la dinastía osmanlí que doscientos años antes había fundado el imperio otomano. La antigua Bizancio sería llamada también, y con razón, la Reina de las Ciudades y la Encrucijada del Mundo, pues tanto el comercio como la cultura de los continentes conocidos hasta entonces atravesaban sus plazas y sus calles.

El sultán Mehmed II consiguió dos grandes objetivos con la conquista de la Nueva Roma. Por un lado, consolidar su poder en el imperio otomano con una victoria sin precedentes que abría el complicado camino hacia Europa. Por otro, conseguir que los principales monarcas de la época, como el papa Nicolás V, el emperador Federico III y los reyes Enrique VI de Inglaterra, Juan II de Castilla o Alfonso V de Aragón, giren la vista hacia Oriente en busca de un enemigo que también puede convertirse en aliado.

Más de cinco siglos después, el estado que en 1923 reemplazó al imperio otomano tras la Primera Guerra Mundial, Turquía, tiene la gran ocasión de integrarse en la Unión Europea gracias a una serie de circunstancias no del todo ajenas a ella: la guerra civil siria y las incontenibles mareas de refugiados que desde hace meses llegan al continente. Todo un guiño cómplice de la historia que merece la pena revisar.
La fundación
El imperio otomano (Devlet-i Aliye-i Osmaniyye) nació a finales del siglo XIII como consecuencia de la desintegración del imperio selyúcida, extendido por Mesopotamia y Asia Menor desde doscientos años antes. Los selyúcidas o selyuquíes procedían de Asia Central y tras su establecimiento en Anatolia lograron poner las bases para el debilitamiento del imperio bizantino que los osmanlíes liquidarían con la toma de Constantinopla, aunque al mismo tiempo evitaron que los invasores mongoles cruzaran el estrecho del Bósforo y llegaran a las puertas de Europa.

Estando aún al servicio de los selyúcidas, las tropas otomanas derrotaron a las bizantinas del emperador Romano IV en la batalla de Mazinkert (1071) y extendieron su influencia por Anatolia y Armenia, pero las invasiones mongolas de mediados del siglo XIII mermaron la capacidad de quienes habían sobrevivido a los bizantinos, a la primera cruzada (1096-1099) convocada por el papa Urbano II y a quienes habitaban en el territorio de la actual Siria, los zenguíes y los ayubíes. Los invasores mongoles se establecieron sobre las ruinas selyúcidas, pero entre ellas pudo mantenerse el pequeño sultanato otomano de Sögüt, en el oeste de Anatolia, que había sido cedido hacia 1230 por el sultán selyúcida Kaikubad I a Ertugrul. Su hijo y sucesor, Osmán, sería el fundador de la dinastía osmanlí y del imperio otomano.

Osmán I conquistó en poco tiempo las ciudades de Eskisehir y Alejandreta, fundada por Alejandro Magno, y en 1302 derrotó al ejército bizantino de Andrónico II en la batalla de Bafea, desarrollada entre Nicomedia (Izmit) y Nicea (Iznik). Sin embargo, la toma de esta última y de Prusa (Bursa), y el consecuente establecimiento en ella de la administración otomana, no se produjo hasta el reinado de su hijo, Orhan I, quien a partir de 1326 logró también la conquista de algunas fortalezas balcánicas en Tracia y Macedonia y diferentes posiciones en la costa del mar Egeo. Con ellas, los otomanos comenzaban a asomarse a Europa.

El avance sobre el continente fue continuado por Murad I, quien conquistó Adrianópolis (Edirne) en 1360 y desplegó una exitosa campaña en los Balcanes que culminó con la derrota de Esteban Uros de Serbia y del zar Iván Sisman de Bulgaria, a la que siguió la conquista de Sofía y Nis. Murad tuvo la habilidad y la prudencia de pactar con la iglesia ortodoxa el pago de tributos y el respeto a la población cristiana, lo que no privó a Luis I de Hungría de presentar batalla a los otomanos en 1375 en el principado de Valaquia.

La victoria más importante de Murad I se produciría el 15 de junio de 1389 en la batalla de Kosovo frente a las tropas serbias del emperador Segismundo de Luxemburgo, rey de Hungría y Croacia. El enfrentamiento tuvo lugar en el Campo de los Mirlos, junto a la actual ciudad de Pristina, y el resultado fue la conversión de Serbia en estado vasallo del otomano. Seiscientos años después, los nacionalistas serbios invocarán sobre este mismo escenario su afán de independencia y su identidad étnica y cultural.

Las conquistas al sur del Danubio dejaron a Hungría como único oponente de importancia en el sureste europeo, pero la victoria de Kosovo se cobró la vida de Murad y su hijo Beyazid I tomó las riendas del imperio para prolongar el territorio conquistado por la zona oriental europea. Su ejército derrotó por segunda vez al emperador Segismundo en la batalla de Nicópolis (1396), en la actual Bulgaria, y aunque ello no supuso la conquista del territorio magiar, hizo temblar los cimientos del sacro imperio en el este del continente.

Con las fronteras de su civilización amenazadas, el rey Vladislao de Polonia y Hungría hizo frente a los ejércitos de Murad II en la batalla de Varna (1444), en la zona oriental de Bulgaria, que conllevó la muerte del monarca cristiano y allanó el camino para la toma de Constantinopla. Sin embargo, la desaparición de Vladislao se convertiría años después en un contratiempo para los otomanos, pues ante la corta edad de su sucesor los nobles húngaros eligieron como regente y jefe de los ejércitos a quien capitanearía la primera victoria frente a los turcos: Juan Hunyadi.

Naturalmente, y como en cualquier imperio obligado a gestionar un amplio territorio, la calma no era una característica del dominio otomano, así que Murad II trató de unificar su administración y quiso asegurarse la lealtad de sus súbditos mediante la implantación del devshirme, un sistema basado en el reclutamiento de jóvenes cristianos procedentes de las regiones balcánicas para que sirvieran al imperio y contrarrestaran el poder de los nobles turcos. Muchos de estos jóvenes se enrolaban después en la Kapikulu Süvari, o cuerpo de caballería, y en los Yeni Çeri, los jenízaros, cuerpo de infantería que se encargaba de la guardia personal del sultán.

Cuando Mehmed II llegó al poder fue consciente de que necesitaba una urgente victoria militar para consolidar su sultanato, por lo que en 1452 comenzó a preparar el asedio a Constantinopla. Para ello, mandó construir una fortaleza en las orillas del Bósforo, llamada Rumeli Hisari, con la que impediría la llegada de suministros a la ciudad de Constantino XI, último emperador bizantino.
Toma de Constantinopla
El 6 de abril de 1453 comenzó el asedio por parte de los jenízaros, apoyados por la artillería, y unas semanas después, el 29 de mayo, Mehmed entró en Constantinopla, se arrodilló ante la iglesia de Santa Sofía –catedral ortodoxa desde el siglo IV– y ordenó que fuera transformada en mezquita, condición que mantuvo durante casi quinientos años, hasta 1931. Mientras tanto, la cabeza del emperador Constantino XI fue paseada por las tropas otomanas como orgulloso símbolo de victoria.

Presentación de una embajada europea al sultán turco
Pintura de la colección del Museo del Palacio Topkapi en Estambul
La toma de la ciudad por parte de Mehmed II causó un gran impacto en Occidente y se llegó a pensar que había llegado también la hora final de la cristiandad, por lo que monarcas y príncipes del Renacimiento trataron de organizar una nueva cruzada que les liberase de la ofensiva otomana. Sin embargo, las razones comerciales fueron más potentes que las religiosas y pronto los genoveses presentaron sus respetos al sultán para poder mantener sus rutas mercantiles hacia India y China, mientras que portugueses y castellanos comenzaban a pensar en itinerarios alternativos que permitieran llegar a Oriente sin necesidad de enfrentarse a los otomanos. Cuarenta años después, las naves de Colón llegaban al Nuevo Mundo y abrían las puertas occidentales a una nueva era gracias a que las orientales habían quedado selladas. Cuatro décadas habían bastado para poner fin a mil años de tiempos medievales.

El acontecimiento más importante en la historia de Europa antes de que los disparos de 1914 en Sarajevo dieran paso a la Gran Guerra supuso también una revolución cultural tanto entre los europeos como entre los otomanos, pues unos y otros se vieron en la necesidad de aprender a convivir con otra civilización y otra religión muy alejadas de las suyas con las que las relaciones no siempre fueron de vasallaje y sometimiento, sino también de integración y colaboración comercial.

Bosnia y Serbia se convirtieron de inmediato en provincias otomanas. Unos años después, Albania también quedó incorporada al imperio, justo en el momento en que los mamelucos egipcios reconocían el poder del sultán y dejaban de ser un peligro interno para la administración de Estambul, nombre que a partir de entonces recibió la ciudad una vez que quedó convertida en la capital otomana. Constantinopla ya no existía para el cristianismo occidental y la nueva denominación aún no era bien recibida en Europa, de modo que quedó acuñada para siempre la expresión Sublime Puerta para referirse a la administración osmanlí. El nombre alude a la puerta que daba entrada al palacio de Topkapi, mandado construir en Estambul por Mehmed II para que se convirtiera en el centro administrativo del imperio, función que desarrolló entre 1465 y 1853.

No obstante, el contundente éxito de Mehmed quedó vengado tres años después por quien había aceptado la regencia de Hungría, Juan Hunyadi, el conde nacido en Bistricensis (Rumanía) y voivoda de Transilvania hasta 1446. Tras participar en la batalla de Varna, logró reunir a más de 60.000 soldados húngaros y serbios para resistir el asedio de Belgrado organizado por el sultán, deseoso de seguir avanzando en sus conquistas europeas. La batalla tuvo lugar en el verano de 1456 y significó la primera derrota importante de los otomanos en suelo europeo, calificada por el papa Calixto III como la que decidió el destino de la cristiandad.

Sea cierto o no, el hecho es que Mehmed postergó su idea de conquistar Hungría –considerada por el pontífice como “el último bastión del cristianismo en Europa”– y decidió esperar a que Bosnia y Serbia se transformaran en plazas seguras, pues el Danubio y el Sava podían convertirse en las fronteras naturales de sus dominios. Además, la muerte de Hunyadi en el sitio de Belgrado supuso la llegada al trono húngaro de su hijo, Matías Corvino, quien fortaleció su poder político y militar frente al imperio.

El conquistador de Constantinopla murió en 1481 tras ser envenenado por su médico, al servicio de los venecianos, y el sultanato recayó en su hijo Beyazid II, quien tuvo que asumir el mismo proceso de mestizaje cultural y religioso que en aquellos años estaban experimentando los territorios conquistados. Para evitar la europeización de su pueblo, Beyazid se adhirió al islam ortodoxo bajo la protección de los ulemas, que comenzaban ya a enfrentarse con una de las ramas de su religión: el chiísmo. Sin embargo, el poder y el prestigio acumulados por los jenízaros tras la victoria de 1453 obligaron a Beyazid a ceder el trono a Selim I en 1512, quien en poco tiempo se anexionó los territorios vecinos del sur (Siria, Palestina y Egipto) y extendió su poder hacia el este, a la Meca y Medina, con el fin de imponer a los chiíes la religiosidad de los suníes.

Mientras, en el oeste, las cosas habían cambiado mucho desde las batallas de Constantinopla y Belgrado. Castilla y Aragón se relamían tras la última conquista cristiana de los territorios musulmanes y la expulsión de los judíos en 1492 –y no pocos de ellos serían acogidos en tierras del sultanato–, el descubrimiento del Nuevo Mundo centraba la atención de portugueses, castellanos y aragoneses, el Sacro Imperio estaba a punto de quedar en manos del joven Carlos de Gante y en los territorios alemanes se comenzaba a fraguar una ruptura decisiva para el futuro de la cristiandad mediante las tesis de Lutero.

En 1520, el mismo año en que Carlos V salió victorioso del colegio de electores que debía designar al nuevo emperador, llegó al trono otomano Suleyman I, que sería conocido como Solimán el Magnífico, en Occidente, y como el Legislador, en Oriente. Durante su reinado, que se prolongaría hasta 1566, el imperio otomano conocería una nueva época de esplendor que se extendió por el Mediterráneo, el mar Rojo y el golfo Pérsico.
La expansión de Solimán
Suleyman se propuso retomar las campañas que Mehmed II no había podido terminar, especialmente la toma de Belgrado y la conquista de Hungría, que tras la muerte de Matías Corvino y el acceso al trono de la dinastía Jagellón había quedado debilitada. Una rápida campaña fue suficiente para que Belgrado cayera en su poder en 1521 y se abriera camino hacia Austria y Hungría, expedito tras la capitulación de Rodas en el verano de 1522. En ese mismo año, Fernando de Magallanes culminaba la primera circunnavegación mundial y establecía nuevas rutas para viajeros y mercancías, lo que en poco tiempo causará un declive económico en los territorios del sultanato. Cuatro años después, en agosto de 1526, unos cien mil soldados otomanos se enfrentaron a un ejército compuesto por húngaros, croatas, bohemios, bávaros y polacos dirigidos por Luis II de Hungría en la batalla de Mohács, al sur de Budapest, en la que el propio rey húngaro murió.

La caída del reino magiar causó un gran impacto en los reinos occidentales, que en muy poco tiempo estaban asistiendo a una auténtica revolución ante sus dominios cristianos y que temían, no sin razón, que los otomanos pudieran llegar hasta las puertas de Roma. De modo que tras dividir el territorio húngaro en tres partes para establecer un equilibrio de poder –la Gran Llanura Húngara quedó en poder de Suleyman, mientras que Transilvania se convirtió en estado vasallo y Croacia y Eslovaquia quedaron en manos de los Habsburgo–, las fuerzas otomanas tuvieron que hacer frente a las dirigidas por el emperador Carlos V y su hermano Fernando, que cruzaron el continente para recuperar Buda y hacer retroceder al sultán. Los enfrentamientos por Hungría se sucedieron durante los años siguientes, en los que Suleyman también llegó a sitiar Viena, y no concluyeron hasta 1532 con la victoria cristiana, pero inauguraron un conflicto secular entre los osmanlíes y los Habsburgo que se mantendría durante casi cuatrocientos años, hasta que la Gran Guerra alterara las viejas estrategias y generara nuevas alianzas.

Así que mientras por el este Suleyman se aseguraba Mesopotamia, entraba en Bagdad en 1535 y se convertía en sucesor de los califas abasíes, por el oeste decidió aprovechar la rivalidad entre Carlos V y Francisco I de Francia para pactar con este último su hegemonía en el Mediterráneo. El emperador, que tras la batalla de Pavía (1525) había obligado al rey de Francia a renunciar al Milanesado, Génova, Borgoña y Nápoles, y que en 1530 había sido coronado en Bolonia por el papa Clemente VII, tuvo que hacer frente a la alianza franco-turca –que aseguraba también el comercio francés en territorio otomano– para mantener las plazas mediterráneas, a la que dos años después respondió con la Liga Santa formada por el propio Carlos V, Venecia, Génova y el papa Paulo III. Pero para entonces Suleyman dominaba ya el Mediterráneo oriental y todo el mundo árabe desde Marruecos hasta Bagdad y no permitió que la flota de la Liga Santa, dirigida por el genovés Andrea Doria, saliera victoriosa de la batalla de Préveza (1538), con la que el almirante otomano Hizir Yakup logró contener el avance imperial. El vencedor sería conocido a partir de entonces como Barbarroja.

No terminaron ahí las batallas entre los emperadores, pues con el dominio del mar Rojo y el golfo Pérsico y con los estados berberiscos de Tripolitania, Túnez y Argelia en poder otomano, Suleyman siguió tentando a Francisco I para acabar con la hegemonía de los Habsburgo en el Mediterráneo, mientras que Carlos V buscaba la alianza con Enrique VIII de Inglaterra y aguardaba expectante las primeras sesiones del concilio de Trento que Paulo III había convocado para luchar frente al protestantismo. Entre tanto, Barbarroja logró recuperar Nápoles para los otomanos, lo que le supuso recibir del sultán el título de “comandante de comandantes”. Con Solimán el Magnífico el imperio otomano alcanzó una de sus mayores extensiones geográficas, expansión que no se detuvo tras su muerte en 1566 a causa de la peste durante el sitio de la ciudad húngara de Szigetvar.

Su hijo y sucesor, Selim II, inició la conquista de Chipre durante el verano de 1570 con el cerco a Nicosia y el sitio de Famagusta, ya en la primavera siguiente. Ante el peligroso avance de las tropas otomanas en el Mediterráneo, las fuerzas venecianas, pontificias y españolas se aliaron en una nueva Liga Santa, a la que Felipe II –que en 1558 había sucedido a su padre en los reinos españoles– contribuyó con el pago de la mitad de la operación. La gran flota dirigida por Juan de Austria, hijo natural de Carlos V, se reunió en el puerto italiano de Mesina e inició los preparativos para enfrentarse a la otomana, compuesta por un número similar de hombres y embarcaciones: unas trescientas naves y poco más de cien mil soldados. Finalmente, el 7 de octubre de 1571 los dos ejércitos se enfrentaron en la batalla de Lepanto, desarrollada cerca de la ciudad griega de Naupacto. El resultado, decidido no solo por la estrategia de la coalición católica, sino también por el mejor uso de su artillería, se inclinó del lado de la Liga Santa y supuso un sólido freno a los intereses otomanos en el Mediterráneo.

Selim II aún tendría tiempo de recomponer su flota y recuperar Túnez en 1574, unos meses antes de morir y de que el trono pasase a Murad III, con quien se inició un periodo de decadencia caracterizado por la influencia del harén en las decisiones de gobierno y los enfrentamientos internos entre jenízaros y sipahis, el cuerpo de élite de la caballería otomana. Sin embargo, el sultán inició con Hungría la guerra de los Quince Años (1591-1606), que a partir de 1595 continuó Mehmed III, quien derrotó a los Habsburgo en las batallas de Erlau y Mezokeresztes.

La guerra se prolongó durante el sultanato de Ahmed I, cuyas tropas también tuvieron que atender el frente oriental, en Persia, al mismo tiempo que el emperador iniciaba la construcción de la gran Mezquita Azul, levantada en Estambul frente a la iglesia de Santa Sofía para apaciguar a Alá durante su enfrentamiento con los persas y finalizada en 1617. Su nombre procede de los mosaicos azules de Nicea que decoran su exterior. Y si Ahmed batalló contra Hungría, Osmán II lo hizo frente a Polonia desde el inicio de su reinado, en 1618, pero tres años después fue derrotado en la batalla de Jotín (Ucrania) y regresó a Estambul con la firme intención de reorganizar el cuerpo de jenízaros, a quienes culpó del fracaso. Sin embargo, un motín palaciego acabó con su vida en 1622, con lo que fue Murad IV el encargado de poner bajo el control del sultán a los cuerpos de élite de las fuerzas otomanas al mismo tiempo que ordenaba la invasión de Mesopotamia y la toma de Bagdad en 1638.

No lo conseguiría del todo, pues los jenízaros lograron con su rebelión el abandono del celibato obligado, el derecho a complementar su salario con un oficio y la supresión del devshirme implantado por Murad II, lo que les fortaleció al eliminar un peligroso cuerpo rival.
De Karlowitz a Passarowitz
En Europa, mientras tanto, la corona española aún trataba de recuperarse de la derrota de la Armada Invencible en Plymouth y Calais (1588) y Felipe III aprovechaba la relativa calma de las fuerzas otomanas para sumarse en 1618 a la guerra de los Treinta Años, que hasta 1648 enfrentó a la coalición formada por España, el Sacro Imperio y las fuerzas católicas de Austria y Baviera al bloque constituido por las Provincias Unidas, Suecia, Francia, Inglaterra, Dinamarca y Noruega, Escocia, Sajonia, Rusia, Nápoles y el Palatinado.

Iniciada como un enfrentamiento entre reformistas y contrarreformistas, pronto se convirtió en una larga batalla por la hegemonía dinástica, la influencia católica, la descentralización del Sacro Imperio y la independencia de las Provincias Unidas, entre otras cuestiones que afectaban al delicado equilibrio continental. Cuando terminó la contienda, unos cuatro millones de personas habían muerto en las ciudades y en el frente, un dato sin precedentes en la historia de Europa. La paz de Westfalia que en 1648 puso fin a la guerra de los Treinta Años, y con la que se establecieron los conceptos de soberanía nacional e integridad territorial durante casi doscientos años, coincidió con el inicio del sultanato de Mehmed IV, que retomó las campañas de sus antecesores en Transilvania y Polonia y en 1683 intentó de nuevo la toma de Viena, rechazada por los ejércitos imperiales y la coalición polaco-lituana en la batalla de Kahlenberg.

La derrota otomana en las afueras de Viena propició también la pérdida de Belgrado en 1690, de Arad (Rumanía) en 1692 y de Gyulla (Hungría) en 1695, por lo que en 1699 el sultán Mustafá II no tuvo más remedio que firmar el tratado de Karlowitz con la liga de países católicos (Austria, Venecia y Polonia). Con este acuerdo, el imperio otomano cedió a Austria los territorios de Hungría y Transilvania, entregó a Venecia la península de Morea y retiró sus fuerzas de la Podolia polaca (Ucrania), pérdidas que se sumaron a la de la fortaleza de Azov, en el mar Negro, recuperada por el zar ruso Pedro el Grande en 1697. El reino húngaro pasó entonces de estar en el área de influencia otomana a quedar dentro de la esfera de los Habsburgo, así que Ahmed III, sultán desde 1703, recobró Morea y Azov y se dispuso a batallar de nuevo frente a Austria, guerra que solo la mediación de Inglaterra y los Países Bajos pudo evitar mediante el tratado de Passarowitz, firmado en 1718 en las cercanías de Belgrado. Este nuevo acuerdo supuso para Venecia la posesión de Dalmacia y las islas Jónicas, mientras que el emperador Carlos VI retuvo Timisoara y Oltenia (Rumanía), así como la mitad del territorio serbio. Para el imperio otomano, el tratado de Passarowitz significó el fin de su hegemonía en los Balcanes, si bien con el siguiente acuerdo de Belgrado (1739) –ya en tiempos de Mahmud I– pudo recuperar Oltenia, Belgrado y el norte de Bosnia.

Pero al mismo tiempo que el sultanato firmaba la paz con el Sacro Imperio, Persia iniciaba una ofensiva que le permitiría recuperar para su dominio los territorios que había perdido frente a los osmanlíes, si bien estos lograron retener Bagdad. En cuanto a Rusia, creó un nuevo frente en el mar Negro y pudo apoderarse en poco tiempo de grandes áreas de Valaquia, Moldavia y Besarabia antes de que la zarina Catalina la Grande decidiera anexionar Crimea al imperio ruso mediante el tratado de Küçük Kaynarca, firmado con los representantes del sultán Abdul Hamid I en 1774. El acuerdo también permitió a Rusia apoderarse de territorios pertenecientes a Edisán (Ucrania) y, lo que era más importante, tener acceso directo al mar Negro.

Las consecutivas cesiones diplomáticas de los sultanes y las derrotas en el frente de batalla debilitaron la importancia de los jenízaros, pues al cesar las guerras de conquista cesó también el reparto del botín de guerra entre los miembros de este cuerpo, que poco a poco fueron abandonando sus responsabilidades militares y su defensa a ultranza del imperio para intervenir en las decisiones gubernamentales con el fin de preservar sus privilegios. Por el contrario, las mismas circunstancias favorecieron el poder los beys, gobernadores de distritos y provincias encargados del orden y la recaudación de impuestos, que incrementaron su influencia a medida que el imperio se debilitaba, un proceso comparable al de cualquier administración obligada a gestionar un vasto territorio.

En los últimos años del siglo XVIII, cuando Selim III llegó al poder en 1789, el imperio otomano comprendía todo el mundo árabe y Anatolia –desde Mesopotamia hasta la cornisa norteafricana– y la península de los Balcanes, siempre vigilada por los Habsburgo desde sus dominios centroeuropeos que también entonces comenzaban a mostrar sus primeras grietas tras la constitución de la liga de los príncipes alemanes (1785). Sin embargo, los ecos de la revolución francesa aún no se habían extendido hasta los territorios orientales y el emperador José II pudo recuperar Belgrado y Bucarest unos meses antes de morir y de que el trono imperial pasara en 1790 a Leopoldo II.
Las guerras napoleónicas
Tras la firma del tratado de Iasi (1792) que puso fin a la guerra ruso-turca y con el que Selim III reconoció el dominio de los zares en la costa septentrional del mar Negro y cedió los territorios comprendidos entre los ríos Bug y Dniéster –incluida la importante fortaleza de Ochákiv, en el sur de Ucrania–, el imperio otomano se vio condicionado por un serio contratiempo: la invasión de Egipto por las tropas de Napoleón Bonaparte, lo que le obligó a atender la frontera meridional. Asimismo, y dados los permanentes conflictos con los jenízaros, Selim III formó un nuevo cuerpo de élite, el Nizam-i Cedid, nombre con el que fueron conocidas las reformas militares acometidas por el sultán con el objetivo de equiparar sus tropas con las occidentales.

La reacción de los jenízaros a las reformas de Selim fue una nueva rebelión con la que lograron el derrocamiento del sultán, que sería ejecutado en 1808 por su sucesor, Mustafá IV, unos meses antes de que él mismo fuera asesinado y el trono pasara a Mahmud II. El nuevo emperador supo sacar partido de las guerras napoleónicas y de la posición de debilidad en la que se encontraba el zar Alejandro I para firmar con el comandante Mijail Kutuzov el tratado de Bucarest un día antes de que Napoleón cruzara la frontera rusa (1812). El nuevo acuerdo ruso-turco estableció la frontera natural entre los dos imperios en el río Prut –afluente del Danubio, entre Rumanía y Moldavia– y la cesión de Besarabia por parte otomana, que aceptó también renunciar a la mayoría de sus aspiraciones en Transcaucasia a cambio de mantener casi intactas sus fronteras balcánicas.

Sin embargo, la rebelión de los dominios otomanos frente al sultanato resurgió en Serbia (1815) y Grecia (1821) y Mahmud II fue consciente de que los jenízaros formaban un cuerpo caduco incapaz de enfrentarse a una potencia extranjera, por lo que en 1826 decidió su liquidación mediante el Vaka-i Hayriye (“incidente afortunado”). El sultán recuperó el Nizam-i Cedid instituido por Selim III y acabó con los jenízaros a lo largo de todo el imperio, lo que eliminó cualquier posibilidad de que la clase dirigente otomana pudiera oponerse a las reformas. Pero el “incidente” provocado por Mahmud dejó al ejército muy debilitado y Rusia, Reino Unido y Francia aprovecharon la ocasión para derrotar a la flota del sultán en la batalla de Navarino (1827) y para obligarle a firmar el tratado de Adrianópolis (1829), por el que se concedía a Grecia la independencia, se establecía la autonomía de Serbia y de los principados de Valaquia y Moldavia y se cedía a Rusia la franja caucásica del mar Negro y el derecho de paso por el estrecho de los Dardanelos.

Casi al mismo tiempo, el gobernador de Egipto se declaró independiente, conquistó la franja suroriental de Anatolia y el sur de Arabia y derrotó a las tropas de Mahmud II en la batalla de Konya (1832). Sin embargo, la alianza franco-británica no estaba dispuesta a que el poder egipcio se impusiera al otomano, de modo que Mahmud pudo continuar en el trono hasta que en el último año de su reinado fue nuevamente derrotado por los egipcios en la batalla de Nezib (1839).
La guerra de Crimea
Cuando en julio de 1839 Abdülmecit I se convirtió en sultán era evidente que el imperio otomano necesitaba profundas reformas si quería sobrevivir a los nuevos tiempos y a las nuevas alianzas europeas, por lo que dio comienzo el periodo del Tanzimat, una serie de cambios legislativos que reconocieron la igualdad de todos los habitantes del imperio, con los mismos derechos y libertades, e introdujeron un nuevo sistema judicial. El Tanzimat no solo pretendía modernizar las viejas estructuras administrativas, sino mostrar a las potencias europeas que el imperio era capaz de equipararse a ellas en niveles de progreso y libertad.

Y para ello, el sultán mandó construir el palacio de Dolmabahçe, en Estambul, un suntuoso edificio de estilo neobarroco –construido por arquitectos armenios– que se asemejaba a los de muchas capitales europeas y se alejaba del tradicional estilo otomano. Apenas diez años bastaron para construir el que sustituiría al palacio de Topkapi como centro de la administración y a la Sublime Puerta como referencia simbólica más allá de las fronteras del imperio.

El nuevo palacio imperial fue inaugurado en el mismo año en que comenzaba la trascendental guerra de Crimea, en 1853, en la que los ejércitos del imperio otomano, Reino Unido, Francia y Piamonte-Cerdeña se enfrentaron a los de Nicolás I de Rusia para impedir la expansión del imperio de los Romanov a costa del sultanato. Rusia había obtenido ya una salida al mar Báltico y otra al mar Negro, pero en aquel momento deseaba abrir una nueva al Mediterráneo que ingleses y franceses no vieron con buenos ojos, pues sus intereses en las colonias africanas y en Oriente Próximo podían verse amenazados. Y como el acceso ruso al Mediterráneo dependía de los osmanlíes, que controlaban los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, las potencias europeas decidieron apoyar al sultán para apoyarse a sí mismas.

La guerra comenzó con la batalla de Sinope, el 30 de noviembre de 1853, en la que Nicolás I destruyó la flota otomana en sus propias aguas. Alarmadas por el potencial ruso, Inglaterra y Francia declararon la guerra al zar y juntas bombardearon Odessa en abril de 1854. En el otoño de ese mismo año se libraron las batallas más importantes en Almá –cuyo recuerdo aún persiste en el parisino Pont de l’Alma–, Sebastopol, Balaklava –llamada batalla de Kadikoi en la historiografía rusa– e Inkerman, que concluyó con la derrota de las tropas de Nicolás I. Al año siguiente los enfrentamientos se produjeron en Eupatoria y Chernaia antes de que finalizaran la batalla de Malájov y el sitio de Sebastopol, el 9 de septiembre de 1855, cuando los aliados tomaron la ciudad y el zar se vio obligado a pedir la paz.

El acuerdo entre los contendientes se alcanzó en el tratado de París (1856) y supuso un duro golpe para los intereses rusos, pues el mar Negro fue declarado territorio neutral por el que no podrían pasar buques de guerra, los principados de Moldavia y Valaquia quedaron unidos bajo control otomano, las islas Aland –en el Báltico y en poder ruso– fueron desmilitarizadas y Rusia perdió su vieja alianza con Austria y Prusia, que en lo sucesivo ya no dependerán de aquella para la resolución de sus conflictos. Y, por supuesto, el centenario imperio otomano sobrevivió una vez más gracias a Francia e Inglaterra.

La guerra de Crimea fue considerada durante mucho tiempo la primera guerra moderna por una razón que en el siglo siguiente alcanzará una gran importancia: fue el primer enfrentamiento armado entre potencias que fue registrado fotográficamente gracias a una nueva figura que hasta entonces no había aparecido, el corresponsal de guerra, que con la aparición del cine unas décadas después será el responsable de un cambio radical en la perspectiva de la guerra que hasta entonces tenían los ciudadanos.
Cambios en Europa
Cuando terminó la guerra de Crimea, el imperio otomano había perdido ya no solo gran parte de su territorio, sino también de la independencia que durante siglos había disfrutado, pues en ese momento era ya un rehén político no de sus enemigos, sino de sus amigos: Francia e Inglaterra. En estas circunstancias, cuando en 1861 llegó al trono Abdülaziz I se dio prisa en rendir una visita a la reina y emperatriz Victoria de Inglaterra, la primera que un sultán otomano realizaba fuera de su territorio, y a tomar buena nota de todos los impulsos modernizadores que debía dar a su imperio.

Abdülaziz pudo contemplar durante su reinado otros cambios en Europa que influirían en el futuro del sultanato, como la proclamación del reino de Italia (1861), el nombramiento de Otto von Bismarck como primer ministro de la Confederación Germánica y el inicio de la política de Blut und Sein (“sangre y hierro”) para la unificación de Prusia y los estados alemanes (1862), la victoria de Prusia frente a Austria en la batalla de Sadowa (1866), la creación del imperio austro-húngaro (1867), la guerra franco-prusiana (1870), la formación del imperio alemán (1871), la constitución de la Liga de los Tres Emperadores (Dreikaiserbund) entre Alemania, Austria-Hungría y Rusia (1873) y la rebelión de Bosnia y Herzegovina (1875), que Serbia apoyó con la esperanza de anexionarse las dos provincias otomanas. Europa estaba cambiando a un ritmo vertiginoso y el imperio otomano debía hacerlo también si no quería sucumbir arrollada por una evolución que no terminaba de entender, pero que estaba sembrando también entre sus súbditos un espíritu que no tardaría en aflorar.

El sultán Abdülaziz I no tuvo tiempo para más, pues en 1876 fue derrocado y asesinado por miembros del grupo nacionalista Yeni Osmanlilar (Nuevos Otomanos) y sustituido por Murad V, quien unos meses después sería relevado por Abdul Hamid II. El nuevo emperador se vio obligado a hacer frente a la rebelión de los territorios búlgaros y a la declaración de guerra de Serbia, aliada con Montenegro en su lucha frente al imperio. Las tropas serbias y montenegrinas fueron derrotadas por las otomanas en diciembre de ese año, pero para entonces Rusia, Reino Unido y el imperio austro-húngaro ya se habían puesto de acuerdo en la conferencia de Constantinopla para el futuro reparto de los Balcanes, justo cuando el sultán promulgaba la primera Constitución imperial en la que se preveían profundas reformas institucionales en las provincias balcánicas.

Rusia, que no había olvidado la humillación de Crimea y que en ningún caso podía quedarse fuera del futuro reparto balcánico, declaró la guerra al sultanato en abril de 1877, a la que casi inmediatamente se sumaron Bulgaria, Rumanía, Serbia y Montenegro. El objetivo del zar Alejandro II era, una vez más, conseguir una salida al Mediterráneo, pero los principados que aún debían vasallaje al imperio otomano vieron en esta guerra la oportunidad de liberarse de siglos de ocupación y no dudaron en apoyar la causa zarista. Esta es la razón por la que la guerra ruso-turca recibe en cada país una denominación diferente, como guerra de independencia rumana o guerra búlgara de independencia. Y en esta ocasión, Inglaterra y Francia se mantuvieron a la espera y no acudieron en ayuda del sultán, a pesar de la inquietud que les producía la probable expansión del imperio ruso a costa del otomano.

Tras el largo sitio de Pleven (Bulgaria), asediada por tropas rusas y rumanas entre julio y diciembre de 1877, rusos y otomanos se enfrentaron en el montañoso paso de Shipka a principios de 1878, donde las fuerzas del sultán fueron claramente derrotadas por las del zar. En el mes de febrero el ejército ruso estaba a punto de alcanzar Estambul, pero fue entonces cuando el Reino Unido se movilizó y envió una flota de acorazados para evitar que la capital osmanlí cayera en manos de los Romanov.

Casi inmediatamente, el 3 de marzo de 1878, Rusia impuso al imperio otomano el tratado de San Stefano por el que fueron reorganizadas sus antiguas posesiones en los Balcanes: Bulgaria fue delimitada con la incorporación de Macedonia y una nueva extensión que abarcaba desde el Egeo al mar Negro, Bosnia-Herzegovina se constituyó en región autónoma y Serbia y Montenegro obtuvieron la independencia, así como Rumanía, que cedió Besarabia a Rusia a cambio de obtener Dobrudja. Rusia, por su parte, mantuvo en su poder varias ciudades otomanas y dictó al sultán elevadas indemnizaciones de guerra.
El congreso de Berlín
Sin embargo, las potencias occidentales no quedaron satisfechas con este tratado y convocaron el congreso de Berlín, celebrado en la ciudad alemana entre junio y julio de 1878. A esta cita diplomática organizada por Bismarck –que ocupaba el puesto de canciller desde la formación del imperio alemán en 1871– e impulsada por el conservador Benjamin Disraeli –primer ministro de Reino Unido desde 1874– acudieron representantes de Francia, Italia y Rusia y de los imperios austro-húngaro y otomano, todos ellos en desacuerdo con el tratado de San Stefano y temerosos de que el nuevo orden en Europa oriental supusiera una alteración de sus intereses. Los delegados de los estados balcánicos –Grecia, Rumanía, Serbia y Montenegro– fueron invitados a asistir a las sesiones del congreso, pero no formaron parte de él.

La intencionada “balcanización de los Balcanes”, es decir, la fragmentación del territorio en pequeños estados rivales dependientes de las grandes potencias europeas por razones dinásticas o diplomáticas, corrió paralela a la determinación del Reino Unido para que Rusia permaneciera lo más lejos posible del Mediterráneo, así como que su territorio no conociera nuevas ampliaciones. Las potencias europeas decidieron en Berlín la división de Bulgaria en dos zonas, un pequeño principado independiente y una región dependiente del poder otomano (Rumelia Oriental), así como que Macedonia regresara también a la esfera otomana, con lo que Inglaterra cumplió su objetivo de alejar a Rusia del estrecho del Bósforo. Grecia, Serbia y Montenegro mantuvieron su independencia, mientras que Bosnia-Herzegovina quedó bajo control austro-húngaro y Chipre bajo el británico. Finalmente, la independencia de Rumanía fue aceptada mediante la unificación de Valaquia, Moldavia y Dobrudja.

El imperio otomano pudo conservar gran parte de sus territorios anteriores a la guerra ruso-turca, incluida Armenia, pero Inglaterra y Alemania exigieron a cambio que admitiera los derechos civiles y religiosos de los cristianos y judíos establecidos en su territorio, asunto que volverá al primer plano durante el transcurso de la Gran Guerra. Bismarck y Disraeli presentaron las conclusiones del congreso como una victoria que evitaba una nueva guerra, pero la fragmentación de la zona desembocará en pocos años en las guerras balcánicas y contribuirá al inicio de la Primera Guerra Mundial, mientras que la división búlgara estará estrechamente relacionada con su futura alianza con Alemania.

Con todo, Abdul Hamid II no perdió mucho tras la guerra ruso-turca y el congreso de Berlín, pues como tantas veces en la historia de los imperios y las naciones supo utilizar la rivalidad entre terceras potencias para mantener casi intacta la suya. Sin embargo, el imperio otomano estaba ya herido de muerte y no resistiría los siguientes embates bélicos y diplomáticos ni el descontento creciente entre su propia población. Las decisiones adoptadas en Berlín fueron exigidas de inmediato por Armenia, pero el sultán no dudó en aplastar las protestas y utilizó a musulmanes y kurdos en una campaña de represión que no fue más que el preludio de un genocidio que tendría lugar años después, durante la guerra mundial.

En el Mediterráneo occidental también surgieron nuevos problemas para el sultanato, pues Grecia reclamó en 1897 la soberanía sobre Creta e inició la guerra de los Treinta Días, un conflicto que el monarca griego Jorge I puso en marcha a partir de la enosis, es decir, la anexión de los territorios tradicionalmente considerados griegos. Pero el rey, que había sido propuesto y apoyado por Reino Unido, Francia y Rusia, no encontró en esta ocasión el respaldo suficiente y en pocas semanas las tropas del sultán lograron controlar la situación.

Tampoco cedió el sultán ante el movimiento sionista impulsado por Theodor Herzl, quien ofreció a Abdul Hamid la posibilidad de pagar parte de su deuda externa a cambio de que permitiese establecer colonias judías en Palestina. Acceder a esta propuesta hubiera significado para el emperador serios problemas internos, de modo que los sionistas tendrán que esperar a la Gran Guerra para que los aliados respalden su proyecto y la administración otomana no tuvo más remedio que hacer concesiones comerciales a Reino Unido y Alemania para sanear su deficitaria economía, como el contrato que esta última consiguió en 1899 para construir la línea férrea hasta Bagdad. A partir del año siguiente, el Deutsche Bank y Siemens colaborarán también en el ferrocarril del Hijaz entre Damasco y Medina, presentado como una línea que facilitaría el transporte de peregrinos a la Meca pero que en realidad mejoraría el desplazamiento de tropas otomanas por territorio árabe.

Vista de Estambul
Los Jóvenes Turcos
El sultán que había sobrevivido al congreso de Berlín y a la presión de las grandes potencias no pudo hacer lo mismo frente a los Jóvenes Turcos, el movimiento nacionalista y reformista heredero del Yeni Osmanlilar que surgió a principios del siglo XX como Ittihad ve Terakki Cemiyeti (Comité de Unión y Progreso) y que fue respondido con algunas modificaciones institucionales y una amnistía para los presos políticos, pero también con la creación de un nuevo cuerpo de caballería formado por kurdos, la Hamidiye, que se encargará de reprimir duramente las protestas de los nuevos nacionalistas.

Los Jóvenes Turcos responsabilizaban al sultán de la descomposición interna del imperio debido a su intransigente absolutismo, por lo que en julio de 1908 dieron un golpe de estado y le obligaron a aplicar el Tanzimat y la Constitución que él mismo había probado en 1876. Los territorios periféricos no permanecieron expectantes ante la debilidad económica y política del sultanato, de modo que en octubre de ese mismo año Bulgaria proclamó su independencia y Fernando de Sajonia adoptó el título de zar del nuevo reino. A la vez, el imperio austro-húngaro se anexionaba los territorios de Bosnia-Herzegovina con el beneplácito de Alemania y Rusia, que esperaba así abrir de nuevo las negociaciones para conseguir que sus buques de guerra pudieran transitar por los estrechos, autorización que había quedado vetada desde la guerra de Crimea.

Abdul Hamid no resistió golpe de estado promovido por el Ittihad y en abril de 1909 fue sustituido en el trono por su hermano, Mehmed V, quien heredó un imperio debilitado y asediado que le conduciría a la Gran Guerra. Al poco tiempo de su entronización tuvo que aceptar la guerra ítalo-turca, iniciada en septiembre de 1911 tras la invasión italiana del archipiélago del Dodecaneso y de Tripolitania y Cirenaica (Libia). Las desorganizadas fuerzas otomanas poco pudieron hacer en un enfrentamiento en el que las italianas usaron por primera vez un aeroplano y en octubre de 1912 el sultanato aceptó el tratado de Ouchy, por el que las tres regiones fueron cedidas a Italia, aunque la soberanía religiosa de los musulmanes establecidos en estos territorios quedó bajo la supervisión otomana.
 Las guerras balcánicas
Como era de esperar, la Liga Balcánica no tardó en aprovecharse de la debilidad mostrada por el imperio en la guerra ítalo-turca. Formada en 1912 por Grecia, Montenegro, Serbia y Bulgaria, la liga deseaba recuperar para cada país miembro los territorios otomanos que consideraban propios, pues Bulgaria anhelaba Tracia y Macedonia, Grecia quería el control total de Creta y Serbia reclamaba Kosovo. Rusia entendió que la alianza debilitaría la posición de Austria-Hungría, mientras que Inglaterra y Francia decidieron esperar el desarrollo de los acontecimientos. Y el 8 de octubre de 1912, Montenegro cumplió con los acuerdos alcanzados y declaró la guerra al imperio otomano.

En diez días todos los miembros de la liga habían declarado la guerra a Estambul tras exigir el pleno cumplimiento de los acuerdos de Berlín de 1878. Las tropas otomanas, a pesar de estar asesoradas por altos mandos del ejército alemán, tenían una clara inferioridad técnica y enseguida fueron derrotadas por las búlgaras en Kirklareli y Lüleburgaz (Turquía), por las serbias en Kumanovo y Monastir (Macedonia), por las montenegrinas en Kosovo y por las griegas en Salónica, fracasos a los que se añadió la declaración de independencia de Albania a finales de noviembre. En unas cuantas semanas el ejército otomano había perdido casi todas sus posiciones balcánicas y a finales de año comenzaron en Londres las conversaciones de paz, en las que ya quedarían demostradas las diferencias existentes entre la Triple Alianza –formada en 1882 por Alemania, Austria-Hungría e Italia– y la Triple Entente –creada en 1907 por Francia, Alemania y Rusia–, futuros contendientes en la Gran Guerra.

Los enfrentamientos se mantuvieron durante los primeros meses de 1913 y las fuerzas otomanas continuaron cosechando derrotas en Lemnos y Epiro (Grecia), Sarköy (Bulgaria), Adrianópolis y Scutari, hasta que el tratado de Londres del 30 de mayo puso fin a la primera guerra balcánica. Por este acuerdo, el imperio otomano reconocía la independencia de Albania, abandonaba sus pretensiones sobre Creta y entregaba a los países balcánicos los territorios situados al oeste de la línea Enos-Midia (Tracia), con lo que perdía todas sus posesiones en Europa excepto la región de Constantinopla.

Sin embargo, el tratado no dejó delimitadas las nuevas fronteras entre los países balcánicos, sino únicamente entre estos y el imperio otomano, que para entonces ya había sufrido un nuevo intento de sublevación por parte del Ittihad. Y como la paz dura poco cuando ha sido mal negociada, el 16 de junio dio comienzo la segunda guerra balcánica, aunque en esta ocasión fueron Serbia, Montenegro, Grecia, Rumanía y el imperio otomano quienes se enfrentaron a Bulgaria.

En el tratado de Londres, el imperio austro-húngaro se había opuesto a que Serbia obtuviera una salida al Adriático –que la independencia de Albania impedía– y quiso compensar esta negativa a costa del territorio macedonio prometido a Bulgaria, a lo que el gobierno de Sofía se negó con el respaldo de Rusia. Por su parte, Austria-Hungría consideraba que la Liga Balcánica no era más que una herramienta rusa para influir en los Balcanes y prefería beneficiar a Bulgaria antes que a Serbia, pero fracasó en su intento de que Rumanía se adhiriera a su posición.

Tras unas semanas de combates, el tratado de Bucarest del 10 de agosto de 1913 puso fin a la guerra, de la que Bulgaria salió claramente derrotada. En consecuencia, perdió los territorios que había conseguido en la guerra anterior y cedió a Serbia el norte de Macedonia, que a su vez compartió con Montenegro la región de Novi Pazar; el sur de Macedonia quedó en poder de Grecia, así como Salónica, y Rumanía obtuvo Silistra, en la Dobrudja meridional.

Un acuerdo posterior firmado en Estambul el 29 de septiembre fijó los límites fronterizos entre Bulgaria y el imperio otomano. El punto de referencia, como en el tratado de Londres, siguió siendo la línea Enos-Midia, pero una pequeña rectificación permitió que el sultanato conservara las ciudades de Adrianópolis y Kirklareli.

Ni el acuerdo de Londres ni el tratado de Bucarest colmaron las aspiraciones de los contendientes en las guerras balcánicas. Bulgaria fue la gran derrotada, pues sus aspiraciones territoriales habían sido recortadas sucesivamente desde el congreso de Berlín de 1878. Grecia fracasó en su intento de controlar todo el Egeo, pues Bulgaria mantuvo su salida al mar. Y Serbia continuó sin conseguir una salida al Adriático, que solo podía obtener a costa de Albania o Montenegro o enfrentándose a Austria-Hungría por Bosnia-Herzegovina.

Por su parte, Rumanía no se conformó con la obtención de Dobrudja y puso sus ojos en otras zonas de población rumana, como Bucovina y Transilvania, controladas por Austria-Hungría, o Besarabia, bajo poder ruso. Albania, a pesar de su independencia, se vio obligada a vigilar continuamente su espalda, pues tanto Serbia como Montenegro no ocultaban sus intenciones sobre el territorio. Y el imperio austro-húngaro comprobó que la fragmentación balcánica impediría la obtención de una salida al Mediterráneo a costa del imperio otomano y que la expansión de los nacionalismos dañaba su futuro.

De modo que las guerras balcánicas, contempladas por Rusia como un modo de influir en la zona y expandirse sobre territorio otomano, por Austria-Hungría y Alemania como una forma de desgastar a Rusia y por Francia e Inglaterra como un medio de desestabilización de los imperios otomano, alemán y austro-húngaro, se volvieron en contra de todos los espectadores y dejaron el terreno perfectamente sembrado para el conflicto que se desencadenaría menos de un año después: la Gran Guerra.

Y mientras tanto, un discreto acuerdo anglo-otomano firmado en julio de 1913, durante la segunda guerra balcánica, dio al Reino Unido la posesión de un pequeño territorio situado en el extremo oriental del sultanato: Kuwait. Antes de que finalice el año ya estará constituida la Turkish Petroleum Company con capital británico, alemán y holandés. El imperio otomano era demasiado amplio como para dejarlo en manos de sus habitantes y no de las grandes potencias occidentales, como los años siguientes se encargarán de demostrar.
La Gran Guerra
Sin pretender analizar el origen y desarrollo de la Primera Guerra Mundial, resulta importante destacar que el mapa del imperio otomano estuvo desde el principio sobre la mesa de discusiones de la Triple Entente y la Triple Alianza, pues todos los contendientes tenían de un modo u otro intereses en este territorio. Ya en febrero de 1914 un memorándum del Consejo Imperial Ruso reconocía que sus aspiraciones sobre los estrechos solo podrían cumplirse mediante la guerra, y durante la primavera de ese mismo año se produjeron diversas conversaciones entre Alemania y Reino Unido sobre los yacimientos petrolíferos en Mesopotamia. El oro negro era ya un motivo más que suficiente para que miles de soldados recorrieran el continente.

No fue un acierto diplomático que el archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, sobrino del emperador austro-húngaro Francisco José I, visitara Sarajevo el 28 de junio de 1914, cuando se acababa de cumplir el aniversario de la batalla de Kosovo y a pesar de las recomendaciones en contra de los servicios secretos del imperio. El archiduque se había mostrado en diferentes ocasiones partidario de transformar el dualismo austro-húngaro en un trialismo descentralizado de austriacos, húngaros y serbo-croatas, proyecto al que Serbia se oponía, pues hubiera supuesto la unión de otros territorios eslavos con Croacia, mientras que esta exigía la restauración de la Croacia histórica como estado independiente dentro de la doble monarquía.

Las conflictivas conclusiones del congreso de Berlín de 1878 y el resultado de las guerras balcánicas de 1912-1913 planearon aquella mañana sobre Sarajevo cuando Gavrilo Princip disparó sobre los archiduques. Princip, de 20 años de edad, era miembro de Mlada Bosna (Joven Bosnia), la organización que había denunciado la ilegitimidad del dominio de los Habsburgo sobre las provincias anexionadas por el imperio en 1908. La preocupación por el inicio de una guerra que podría dejar atrás a todas las anteriores surgió ese mismo día en todos los gobiernos de Europa, desde Londres a Estambul, y el káiser Guillermo II no tardó en mostrar su apoyo a Austria-Hungría en caso de que esta se enfrentara a Serbia, a pesar de que Istvan Tisza –ministro-presidente de Hungría– sabía que el ataque a Serbia implicaría la intervención de Rusia.

El ultimátum austro-húngaro a Serbia solo sirvió para que esta insistiera en su paneslavismo, es decir, la unión de todos los estados balcánicos en torno a Belgrado mediante la secesión de Austria-Hungría de las provincias meridionales de Croacia, Bosnia, Herzegovina y Dalmacia. Y el 28 de julio de 1914, Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia. Los objetivos austro-húngaros tras los funerales por el archiduque eran mantener la integridad de su territorio, anexionarse Serbia y Montenegro, rectificar sus fronteras con Italia y Rumanía, eliminar la influencia rusa en la zona balcánica, contener el movimiento revolucionario sureslavo y crear un estado polaco bajo su patrocinio. Es decir, todo un programa expansionista dirigido a suprimir definitivamente la herencia otomana en los Balcanes y detener las ansias territoriales rusas.

Pero el complicado sistema de alianzas tejido durante los años anteriores imposibilitaba que Austria-Hungría iniciase una guerra en solitario frente a Serbia, pues Rusia declararía la guerra a Austria-Hungría y Alemania a Rusia, por lo que Francia e Inglaterra tendrían que declarar también la guerra a Alemania. La compleja estructura defensiva creada por las propias potencias exhibía ahora todos los riesgos de una conflagración a gran escala.

Y así fue. Para la primera semana de agosto Rusia, Francia y Reino Unido, miembros de la Triple Entente, ya estaban en guerra con Alemania y Austria-Hungría, mientras que el tercer miembro de la Triple Alianza, Italia, esperaba hasta saber de qué lado obtendría mayores beneficios. Mehmed V dejó claro su apoyo al eje Berlín-Viena, pues no tenía muchas más opciones de proteger sus intereses en los Balcanes y alejar a Rusia de los estrechos, pero tampoco quiso perder la baza de negociar con el zar Nicolás II su apoyo frente a Alemania si obtenía a cambio la retrocesión de Tracia y las islas del Egeo.

El gobierno ruso de Iván Goremikin, en el que Sergei Sazonov ocupada el departamento de Asuntos Exteriores, decidió esperar hasta conocer las verdaderas intenciones del sultán, pues se fiaba de él tan poco como de sus propios aliados. Y cuando las tropas otomanas avistaron desde su costa los buques de guerra alemanes enviados por el canciller alemán Theobald von Bethmann-Hollweg no dudaron en ofrecerles su protección, lo que fue entendido por Rusia como una declaración de guerra, a la que Francia y Reino Unido se sumaron al día siguiente. El sultán miraba entonces hacia Moscú, pero en poco tiempo tendrá que girar la vista hacia Londres y París, donde sus enemigos serán el primer ministro británico, Herbert H. Asquith, y el presidente de la Tercera República francesa, Raymond Poincaré.

El gobierno otomano, dirigido por el Ittihad, declaró la guerra a la Triple Entente a mediados de noviembre de 1914 con el firme objetivo de recuperar los territorios europeos perdidos en el congreso de Berlín y las guerras balcánicas, lograr la Armenia rusa, Egipto y Chipre, alejar a Rusia y Reino Unido de Oriente Próximo, expandirse a través del Cáucaso, establecer el panturanismo –la unión de todos los pueblos otomanos bajo la hegemonía turca– y mantener la yihad que Mehmed V había dictado como califa del islam. Más de seis siglos de sultanato quedaron unidos al destino de las potencias centrales cuando Edward Grey, ministro británico de Asuntos Exteriores, escribió: “Las luces de Europa se están apagando; no las veremos encendidas jamás”.

Era la situación que la Triple Entente estaba esperando desde el inicio del conflicto, pues merecía la pena tener un enemigo más si el botín de guerra que podía obtenerse de él era cuantioso. Y sin ninguna duda, la rentabilidad en Oriente Próximo era muy superior a la que alemanes y austro-húngaros podían obtener en los Balcanes. Por fin, el vasto territorio otomano que se extendía entre Constantinopla y Bagdad estaba al alcance de las potencias occidentales. Y para lograrlo necesitarían soldados y artillería, pero también astucia y, naturalmente, una refinada capacidad de engaño.

Rusia intensificó a principios de 1915 la presión sobre sus aliados para tomar el control de Constantinopla y los estrechos, pero la fracasada operación en los Dardanelos proyectada por el primer lord del Almirantazgo, Winston Churchill, obligó a Asquith a modificar su estrategia y a pensar que tal vez en los pasillos y despachos podría resolverse lo que sus potentes acorazados no habían logrado. No se equivocaba, pero el exterminio de los armenios cristianos establecidos en territorio otomano llevó al papa Benedicto XV a presionar también a los gobiernos occidentales para que derrotaran a los otomanos. Era el comienzo de un genocidio que se prolongaría hasta 1923 y que durante décadas no sería reconocido por las autoridades turcas.

Asquith y Grey no prestaron mucha atención a la petición del pontífice y diseñaron otro modo de doblegar al imperio otomano, aunque tal vez fuera un poco más lento que el que se alentaba desde el departamento de Guerra, dirigido por Horatio H. Kitchener. Si conseguían que los pueblos árabes que habitaban en el territorio del sultán se rebelaran contra el gobierno de Estambul se podría establecer una pinza desde dentro y desde fuera que obligara a los otomanos a pedir la paz. Y como el objetivo parecía difícil de lograr sin ofrecer algo importante a cambio los estrategas de Londres tentarían a las tribus con el compromiso de facilitar tras la guerra la creación de un estado árabe unificado o una confederación de naciones árabes.

El encargado de transmitir la audaz propuesta fue el comisario británico en El Cairo, Henry McMahon, quien se puso en contacto con Husayn ibn Ali, jerife de la Meca y cabeza de la dinastía de los hachemíes. Ser jerife de la Meca suponía custodiar y defender los santos lugares del islam, de modo que Husayn era el hombre indicado para negociar en nombre de los pueblos árabes. Para sorpresa del emisario británico, el jerife no tardó mucho en aceptar la difícil tarea de unir a todas las tribus en contra del sultanato osmanlí, pero exigió ser reconocido como “rey de los árabes”. Y en Londres dijeron que sí, por supuesto.

Es probable que fuera el propio Husayn quien transmitiera al gobierno alemán de Bethmann-Hollweg la oferta británica por si podía obtener de él algo mejor, pero el caso es que cuando en Berlín estuvieron informados del movimiento británico no dudaron en ofrecer a Bulgaria su incorporación a la guerra a cambio de la retrocesión de Macedonia y Dobrudja. Bulgaria había sido la gran perdedora de las guerras balcánicas, por lo que pronto constituyó con las potencias centrales el eje Berlín-Viena-Sofía-Constantinopla que permitiría a alemanes y austro-húngaros desplazarse libremente hasta Egipto y el canal de Suez.

En el otoño de 1915 se puso en marcha la rebelión árabe alentada desde Londres y El Cairo para derrotar al imperio otomano y emprendida por Husayn ibn Ali para lograr la soberanía de las naciones árabes unificadas. Sin embargo, Asquith y Poincaré tenían otros planes muy distintos que aún tardarían algún tiempo en desvelar.
El pacto Sykes-Picot
A finales de aquel año, 1915, representantes de los gobiernos británico y francés se reunieron en secreto con el fin de organizar el reparto de Oriente Próximo para cuando llegara el fin de la guerra, que todavía se contemplaba lejano y que aún costaría numerosas matanzas en los campos europeos. Estos representantes eran el teniente coronel inglés Mark Sykes, un atildado veterano de la guerra de los bóers, y el diplomático francés François Georges-Picot.

Los dos recibieron de Londres y París el respaldo suficiente para negociar sin ambages y tanto Asquith como Poincaré y su primer ministro, Aristide Briand, estuvieron informados del curso de las conversaciones. Así mismo, el gobierno ruso de Goremikin y el italiano de Antonio Salandra –que en la primavera de ese año había decidido apoyar a las potencias aliadas a cambio de ganancias territoriales bajo control austro-húngaro–, dieron su beneplácito a esta negociación, si bien Roma y Moscú apenas obtendrían ventajas de su resultado.

La Triple Entente no podía permitir que el gobierno otomano fuera sustituido por una gran potencia árabe que sirviera de ejemplo a su anquilosado sistema de colonias, pero Francia e Inglaterra tampoco estaban dispuestas a aceptar que la dinastía osmanlí fuera relevada por la de los Romanov. Si el territorio otomano era demasiado importante como para dejarlo en manos de los árabes lo era también como para que lo asumiera el gobierno del zar, de modo que Sykes y Picot trabajaron en secreto durante las últimas semanas de 1915 y los primeros meses de 1916.

El pacto final dejó establecido que Oriente Próximo quedaría seccionado en cinco zonas en función de los intereses políticos y económicos de las potencias firmantes, no de la composición étnica o religiosa del territorio que dividían. Se crearía una zona de control británico al este de Mesopotamia, en el actual Irak, que incluiría Bagdad y Basora y una salida al mar en el golfo Pérsico; una zona de control francés al norte de la actual Siria, que comprendería Beirut y el futuro Líbano y con salida al Mediterráneo; un protectorado británico o zona de influencia en el sur de Irak y Transjordania; un protectorado francés en el norte de Irak y el resto de Siria, desde Mosul a Damasco, y una zona internacional en Cisjordania y Palestina que quedaría encomendada a la futura Sociedad de Naciones (SdN), embrión de la actual Organización de Naciones Unidas (ONU).

En el plan Sykes-Picot casi no había lugar para Rusia –si bien se consideraba conceder a Nicolás II la zona turca de Armenia y el control de los Dardanelos– y menos aún para los pueblos balcánicos que durante siglos habían estado sometidos al poder otomano, pues en aquel momento la guerra se había transformado ya en una colección de mapas cuyos dueños dividían el mundo en dos y únicas partes: las potencias dominantes y los pueblos dominados.

El acuerdo anglo-francés fue firmado el 16 de mayo de 1916, si bien su contenido permaneció oculto hasta los últimos meses de la contienda. Así que mientras en los campos franceses se libraba una de las batallas más duras de la historia, la de Verdún, en los despachos de Londres y París se tomaba la decisión de desmembrar Oriente Próximo a partir de la escuadra y el cartabón de Sykes y Picot. Cien años después, las consecuencias de semejante frivolidad continúan acrecentándose.

Ingleses y franceses no quisieron disgustar a Italia, a la que necesitaban frente a Austria-Hungría, así que casi al mismo tiempo le ofrecieron la obtención de residuos territoriales otomanos mediante el acuerdo de Sant-Jean-de-Maurienne. Este pacto completaba el anterior tratado de Londres (1915) por el que el gobierno de Salandra se había incorporado a la guerra del lado de la Triple Entente, pero los dos serán causa de nuevos enfrentamientos cuando termine la contienda.

Pocas semanas después, las tropas anglo-árabes iniciaban la rebelión en el Hijaz con el ataque a Medina, que continuó durante 1917 con la toma de Aqaba y la conquista de Gaza y Jerusalén, victorias en las que la caballería británica dirigida por el mariscal Edmund Allenby tuvo una participación decisiva, así como la estrategia diseñada por el coronel Thomas E. Lawrence, encargado por Kitchener y McMahon de apoyar a Husayn ibn Ali. Entre tanto, y como se había anunciado, el jerife de la Meca fue proclamado rey de los árabes, si bien Francia e Inglaterra solo le reconocieron como rey del Hijaz. Una pequeña argucia diplomática que en poco tiempo daría buenos resultados.

A mediados de 1917 el gobierno del sultán estaba ya obligado a defender el Mediterráneo y los estrechos de las fuerzas navales de la coalición, así como su frontera oriental, en donde las fuerzas anglo-indias no daban tregua a las tropas otomanas. Y fue entonces cuando desde el Hijaz las tropas anglo-árabes llegaron a Jerusalén con el objetivo final de conquistar Damasco. Pero fue también entonces cuando el gobierno británico cometió un grave error que estuvo a punto de hacer naufragar la rebelión árabe: la declaración Balfour.

Arthur James Balfour había sido primer ministro de Reino Unido en 1902-1905 y aceptó la cartera de Asuntos Exteriores en el “gabinete de guerra” constituido por el liberal David Lloyd George en diciembre de 1916. Y en virtud de ese cargo declaró a finales de 1917 que Gran Bretaña favorecería “el establecimiento en Palestina de una patria nacional para el pueblo judío”, declaración a la que no fue ajena la poderosa familia de los Rothschild, de origen judeo-alemán, que durante mucho tiempo había financiado las inversiones británicas en el canal de Suez.

La afirmación de Balfour era incompatible con el “compromiso McMahon” representado por Allenby y Lawrence y con las promesas de panarabismo e independencia realizadas a Husayn ibn Ali y a los representantes árabes de Hijaz y Nejd, pero ya era demasiado tarde: Estados Unidos se había incorporado a la guerra en abril de ese mismo año de la mano de Woodrow Wilson, poco después Rusia se desligaría del conflicto tras el inicio de la revolución bolchevique y los aliados se encaminaban ya hacia la victoria sobre las potencias centrales. Y Francia, por supuesto, mostró su apoyo a la declaración de Balfour.

Sin embargo, Lloyd George insistía a principios de 1918 en que entre los objetivos de guerra de los aliados se encontraba el de reconocer las “condiciones nacionales propias” de los territorios otomanos de Arabia, Armenia, Mesopotamia, Siria y Palestina, una afirmación lo suficientemente ambigua como para no comprometer a su gobierno con ninguno de los escenarios posibles. Y tampoco los “catorce puntos” que Woodrow Wilson expuso en el Congreso de los Estados Unidos unos días después concretaban la postura aliada respecto a Oriente Próximo.

La guerra aún continuó en Europa durante la mayor parte de aquel año, en el que el sultán Mehmed V, que había finalizado la destrucción de su imperio, falleció en julio y fue sustituido en el trono por su hermano Mehmed VI. Y a principios de octubre las tropas anglo-árabes de Allenby y Lawrence entraron en Damasco, con lo que completaron la ocupación del sultanato y culminaron la rebelión iniciada casi tres años antes. También en Damasco pudieron conocer los detalles del pacto Sykes-Picot y las consecuencias de las declaraciones de Balfour, que dejaron a las naciones árabes en manos de los mapas que británicos y franceses habían trazado a sus espaldas. Durante los cien años siguientes, la comunidad árabe no olvidará que su destino fue decidido por quienes tan solo pretendían obtener beneficios estratégicos, políticos y económicos de su territorio. Y Occidente, que nunca supo gestionar esta torpeza histórica, pagará un precio muy alto por el desprecio cometido.
Mudros, Versalles, Sèvres
Con la guerra prácticamente finalizada y la actividad diplomática de todos los contendientes en plena efervescencia para lograr los acuerdos de paz más ventajosos para cada uno, emisarios británicos y otomanos se reunieron el 30 de octubre de 1918 en el puerto de Mudros, situado en la isla griega de Lemnos. Reino Unido estuvo representado por el almirante Arthur Gough-Calthorpe, mientras que por parte otomana acudió al encuentro el ministro de Marina, Rauf Orbay, un coronel que había tenido una destacada participación en las guerras balcánicas.

Gough-Calthorpe y Orbay negociaron a bordo del acorazado Agamemnon las condiciones del armisticio entre los aliados y el imperio otomano, por el que este se comprometía a evacuar todo su territorio excepto Anatolia, ordenar la retirada de las tropas establecidas en Hijaz, Siria, Mesopotamia, Yemen, Tripolitania y Cirenaica y abandonar sus intereses en el Cáucaso. Por el mismo acuerdo, los aliados ocuparían los estrechos del Bósforo y los Dardanelos y varias provincias de población armenia. Dos días después, las tropas anglo-francesas entraron en Constantinopla. Y el 11 de noviembre las fuerzas alemanas capitularon en París ante las aliadas.

Casi cinco siglos habían pasado desde que el sultán Mehmed II se arrodillara ante la iglesia de Santa Sofía y comenzara la expansión continental del sultanato, que ahora se veía reducido a Anatolia tras haber sido derrotado no solo por las fuerzas aliadas occidentales, sino también por las propias. Sin embargo, el viejo imperio afrontará la drástica reducción de su territorio y la posterior aniquilación de su régimen sobre las tierras que en la antigüedad fueron conocidas como Asia Menor.

La conferencia de paz se inició en el palacio de Versalles el 20 de enero de 1919 y a ella acudieron representantes de 32 países, pero ninguno de las potencias que habían resultado vencidas en la Gran Guerra: Alemania, Austria-Hungría, Bulgaria y el imperio otomano. Sin embargo, y a pesar de la nutrida representación diplomática, en seguida se constituyó el Consejo Supremo Aliado o Consejo de los Diez: los presidentes o primeros ministros y ministros de Asuntos Exteriores de Reino Unido (Lloyd George y Balfour), Francia (Clemenceau y Pichon), Italia (Orlando y Sonnino), Japón (Kimmochi Saiojni y Makino) y Estados Unidos (Wilson y Lansing), aunque no pocas reuniones de este grupo se celebraron con la exclusión de Italia y Japón. Ellos se encargarían de poner luz y taquígrafos al pacto Sykes-Picot de 1916, a la declaración Balfour de 1917 y al armisticio de Mudros de 1918.

Las reuniones se prolongarían durante varios meses y sirvieron para crear la Sociedad de Naciones y establecer los puntos fundamentales de los acuerdos que se firmarían con cada potencia derrotada. Así, en junio se firmó el tratado de Versalles con Alemania; en septiembre, el tratado de Saint Germain-en-Laye con Austria; en noviembre, el tratado de Neuilly con Bulgaria; en junio de 1920, el tratado de Trianon con Hungría, y por último, el 10 de agosto de 1920, el tratado de Sèvres con Turquía.

Ya en Versalles los vencedores habían confirmado que no renunciaban a lo acordado por Sykes y Picot, por lo que Reino Unido crearía el estado de Irak bajo el gobierno de Faisal ibn Husayn, hijo del jerife de la Meca, y Francia trazaría las fronteras de Siria y el futuro Líbano. En cuanto a Transjordania, quedaría separada de Palestina –bajo mandato británico– y sería entregada a Abd Allah ibn Husayn, también hijo de Husayn ibn Ali. Posteriormente, Faisal ibn Husayn y Chaim Weizmann, futuro presidente de la Organización Sionista, pactarían la aplicación de la “declaración Balfour” en territorio palestino con el beneplácito de las potencias aliadas.

La conferencia de San Remo, celebrada en abril de 1920 fue la antesala del tratado de Sèvres, firmado en esta ciudad francesa en agosto de ese mismo año y que mantuvo los puntos esenciales del armisticio de Mudros. Así, el imperio otomano quedaría reducido a Estambul y la zona occidental de Asia Menor; en el este de Anatolia se crearía un estado nacional para los kurdos, el Kurdistán, y otras provincias pasarían a Armenia, independizada de Rusia en 1918; Tracia oriental y la región de Esmirna quedarían en poder de Grecia y Chipre se mantendría bajo mandato británico. En cuanto a los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, serían de navegación libre y quedarían controlados por una comisión internacional.

El acuerdo fue firmado por cuatro representantes de Mehmed VI, mientras que por parte aliada estuvieron presentes Reino Unido, Francia e Italia. Sin embargo, el tratado de Sèvres jamás entró en vigor, pues el desarrollo de la guerra greco-turca y los acontecimientos protagonizados por el movimiento nacionalista de Mustafá Kemal obligarían a renegociar sus cláusulas en el tratado de Lausana (1923).
Una nueva guerra
La diplomacia británica había arriesgado mucho durante la guerra mundial, así que en su afán por sumar aliados para su causa no dudó en prometer a sus socios todo aquello que estaba al alcance de su mano. Y si a los pueblos árabes les había garantizado la nación unificada que nunca existió, a los griegos les aseguró la recuperación de todos los territorios históricos considerados herederos del imperio bizantino, incluida Constantinopla. Se trataba de la irredente megali idea.

Sin embargo, una vez terminada la Gran Guerra las promesas se esfumaron, sobre todo porque Lloyd George no estaba dispuesto a consentir que el control de los estrechos pasara de otomanos a griegos, como ya había quedado claro en Mudros y Versalles. Pero Grecia, tras el reconocimiento de su independencia mediante el tratado de Adrianópolis (1829) y las limitadas ganancias de las guerras balcánicas, quiso recuperar también la enosis de Jorge I, el concepto que en 1897 había impulsado la guerra de los Treinta Días.

De modo que el primer ministro griego, Eleftherios Venizelos, obtuvo al menos el apoyo de Reino Unido después de que Italia rechazara la pretensión aliada de que Esmirna se convirtiera en posesión griega, pues le había sido garantizada en los acuerdos de Londres (1915) y Sant-Jean-de-Maurienne (1916). Lloyd George adujo supuestas agresiones a la población cristiana y convenció a Estados Unidos y Francia –que no quería que Esmirna quedara bajo control italiano– de la necesidad de enviar tropas a la zona occidental de Anatolia, si bien acordaron previamente que bajo ningún concepto los estrechos podían quedar bajo control griego. No habían batallado durante cuatro años para que pasaran a otras manos.

Las tropas griegas desembarcaron con cierta facilidad en Esmirna en mayo de 1919, pero en pocos días las diezmadas tropas otomanas se reorganizaron y ofrecieron una gran resistencia a las griegas, que tuvieron que ser auxiliadas por las británicas. Y estas no perdieron la ocasión para presentarse en Constantinopla, aunque las francesas no tuvieron la misma suerte en Alepo, donde fueron rechazadas en 1920 gracias a la acción de quien ya comenzaba a despuntar sobre las ruinas del imperio: Mustafá Kemal.

Para entonces ya se había firmado el tratado de Sèvres y el gobierno de Mehmed VI se encontraba en situación de extrema debilidad, acuciado por las potencias vencedoras, por su propia población e incluso por su propio ejército. Pero las cláusulas de Sèvres dieron legitimidad a las pretensiones de Grecia sobre Esmirna y Tracia oriental y sus tropas atacaron las costas turcas durante el verano. Poco después, en noviembre de 1920, Venizelos tuvo que dimitir tras las elecciones y contemplar desde el exilio el regreso del rey Constantino, lo que no favoreció la relación con los aliados.

En enero de 1921 se produjeron las primeras victorias turcas, que fueron seguidas de la retirada francesa de Cilicia, en la costa meridional de Anatolia. Fue entonces cuando Lloyd George animó a los griegos a tomar por la fuerza lo que el tratado de Sèvres les había concedido, un nuevo error de la diplomacia británica que en nada ayudaba a la paz recientemente conquistada. Y el nuevo primer ministro, Dimitrios Gounaris, que ya había desempeñado el mismo cargo entre marzo y agosto de 1915, recogió el mensaje de Londres y reforzó su estrategia ofensiva sobre los objetivos trazados.

Francia y Estados Unidos se desligaron de la actitud británica y Grecia mantuvo únicamente el apoyo de Reino Unido, aunque se abstuvo de colaborar en la toma de Eskishehir por parte de las fuerzas helenas en julio de 1921. Para Grecia ya no había más camino que la movilización total y la conquista, pero las tropas de Kemal resistieron el duro ataque en la batalla de Sakarya, lo que supuso un respiro para su ejército y la dimisión de Gounaris, que en noviembre de 1922 fue ejecutado por alta traición.

El choque entre los dos ejércitos que tuvo lugar durante la batalla de Dumlupinar significó la derrota definitiva de las fuerzas griegas, que culminó el 30 de agosto, celebrado desde entonces en Turquía como el Zafer Bayrami (Día de la Victoria). Y poco más tarde, el ejército de Kemal logró recuperar por completo la región de Tracia oriental mediante el armisticio de Mudanya.

Grecia estaba vencida y el Reino Unido había estado a punto de involucrarse en una nueva guerra, por lo que los conservadores británicos retiraron su apoyo a Lloyd George, que hubo de dimitir como primer ministro en octubre de 1922 para ser sustituido por Andrew Bonar Law. Al mismo tiempo, en Atenas se producía la abdicación del rey Constantino, que en dos años llevaría a la proclamación de la segunda república helénica. El tratado de Versalles había salido muy caro para muchos, pero el tratado de Sèvres fue la tumba política para no pocos políticos griegos y su principal aliado, Lloyd George.
Lausana, 1923
La guerra greco-turca de 1919-1922 había convertido en papel mojado el tratado de Sèvres de 1920, de modo que las potencias aliadas de la Gran Guerra se reunieron con lo que aún se mantenía en pie del imperio otomano para trazar las que serían las nuevas fronteras de la moderna Turquía. Las conversaciones comenzaron en la ciudad suiza de Lausana una vez que hubo finalizada la guerra con Grecia. Tras ocho meses de reuniones y deliberaciones, el acuerdo fue firmado el 24 de julio de 1923 por Ismet Inönü, un militar de la escuela otomana que había tenido una participación destacada en las guerras balcánicas, la Primera Guerra Mundial y la guerra greco-turca, y Venizelos, que en aquel momento representaba al rey heleno Jorge II.

El nuevo acuerdo dejó establecidas las nuevas fronteras de Grecia, Bulgaria y Turquía, que aceptó el fin de su dominio en las islas del Dodecaneso, Chipre, Egipto y Sudán, así como a sus intereses en Libia y en las zonas limítrofes de Yemen y Arabia Saudí, el reparto del Kurdistán y la entrega de Armenia oriental a la nueva Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), si bien este último punto ya había quedado establecido en el tratado de Gümrü (1920).

Por el contrario, el nuevo estado turco mantuvo la integridad de Anatolia, obtuvo Tracia oriental –por la que había batallado frente a Grecia–, logró las islas de Imroz (Gökçeada) y Ténedos (Bozcaada) –ambas en el Egeo, la segunda de ellas junto a la entrada de los Dardanelos–, con lo que recuperó parte de lo perdido en Sèvres, y quedó exento del pago de indemnizaciones de guerra. Por su parte, el nuevo primer ministro británico, Stanley Baldwin –que había sustituido a Bonar Law en mayo de ese año–, terminó de perfilar los intereses de Reino Unido en Oriente Próximo que ya habían quedado de manifiesto en Mudros, Versalles y Sèvres.

El tratado de Lausana fue el único de los firmados tras la contienda que estuvo basado en la negociación, a diferencia de los de Versalles, Saint Germain-en-Laye, Neuilly, Trianon y Sèvres, con lo que se evitó que en el antiguo imperio otomano floreciera el revisionismo histórico que caracterizó a Alemania, Austria y Bulgaria durante el periodo de entreguerras. Una lección táctica y diplomática que los aliados tardaron demasiado tiempo en aprender.

Una vez firmado el acuerdo y pacificada la zona de conflicto greco-turca, era el momento de construir un nuevo estado que supiera mantener la herencia otomana y que al mismo tiempo ofreciera la imagen de modernidad que los nuevos tiempos exigían. Y en esa tarea, basada en el Milli Misak (“pacto nacional”), destacó quien había llevado a los turcos a la victoria frente a los griegos: Mustafá Kemal.

Mustafá Kemal Ataturk
La fundación de la república
En 1915, durante la batalla de los Dardanelos, un joven militar otomano se enfrentó a la operación diseñada por Winston Churchill y salió vencedor frente al Almirantazgo. Era Mustafá Kemal, nacido en Salónica en 1881 y que en 1907 se había unido al Ittihad. Lucharía después en otras batallas de la Primera Guerra Mundial al servicio del sultán, pero su sentimiento nacionalista en contra de la política del imperio se acrecentó tras el armisticio de Mudros y el tratado de Sèvres que daría lugar a la Kurtulus Savasi, la guerra de Liberación o guerra de independencia turca.

Constituido en líder natural de los nacionalistas durante la guerra con Grecia, logró que en julio de 1919 se reuniera en Erzurum el primer Congreso Nacional Turco, al que siguió en septiembre de ese mismo año el de Sivas. Fueron los prolegómenos del Millet Merculisi o Gran Asamblea Nacional, convocada en Ankara –la antigua Angora– ante la toma de Constantinopla por las fuerzas británicas en marzo de 1920 y la disolución del Mejlis (Cámara Imperial). En ella, los kemalistas elaboraron el proyecto del nuevo estado, que quedaba sujeto a las decisiones de la Gran Asamblea Nacional, representante de los poderes ejecutivo y legislativo y encargada de nombrar a los miembros del gobierno. Naturalmente, los asambleístas de Ankara mostraron su rechazo al tratado de Sèvres aceptado por Mehmed VI y se opusieron a que el nuevo estado fuera dividido en protectorados o mandatos controlados por las fuerzas vencedoras en la guerra.

Como tantas veces en la historia, la ocupación del territorio por fuerzas ocupantes alentó un movimiento de unión nacional que sería liderado por Kemal, que saldría victorioso de la batalla de Sakarya (1921) con la ayuda estratégica y militar de Ismet Inönü. El armisticio de Mudanya, en octubre de 1922, supuso también el reconocimiento del gobierno de Ankara por parte de las potencias occidentales, que invitaron a Kemal a que participara en las conversaciones de Lausana.

Para ese momento, las potencias aliadas de la Gran Guerra –dirigidas por el conservador Stanley Baldwin en Reino Unido, el socialista Alexandre Millerand en Francia y el republicano Calvin Coolidge en Estados Unidos– ya eran conscientes de que el sultanato tenía los días contados y no estaban dispuestas a perder una nueva batalla diplomática con un gobierno que ya había firmado el tratado de Kars (1921) con las repúblicas soviéticas de Armenia, Georgia y Azerbaiyán. Un mes después del armisticio de Mudanya, el 17 de noviembre de 1922, Mehmed VI se vio obligado a abandonar Constantinopla. Se despedía así el último sultán de la dinastía osmanlí y heredero de Mehmed II, el conquistador de Bizancio. Casi cinco siglos después, el sultanato quedaba abolido por el nuevo gobierno de Ankara.

Con el imperio enterrado y el gobierno kemalista como único representante reconocido internacionalmente, Inönü pudo firmar el tratado de Lausana que invalidaba el de Sèvres y cerrar así tanto su participación en la Primera Guerra Mundial como los enfrentamientos posteriores con Grecia y en el interior de su propio territorio.

La desmembración del imperio otomano iniciada en 1918 y culminada en 1923 con el tratado de Lausana configuró un nuevo estado de casi 800.000 kilómetros cuadrados, de los que el 95 % se encuentra en Anatolia (zona asiática), separada de Rumelia (zona europea) por el estrecho del Bósforo, el mar de Mármara y el estrecho de los Dardanelos. Rodeada por tres mares –el Egeo al oeste, el Negro al norte y el Mediterráneo al sur–, sus límites europeos quedaron establecidos en Grecia y Bulgaria, mientras que Armenia, Georgia y Azerbaiyán formaron sus fronteras en el Cáucaso, Irán en el este e Irak y Siria al sur.

La República de Turquía (Türkiye Cumhuriyeti) quedó fundada oficialmente el 29 de octubre de 1923. Mustafá Kemal fue nombrado su primer presidente, con Ismet Inönü como primer ministro. El Devlet-i Aliye-i Osmaniyye, el viejo imperio otomano de los osmanlíes fundado en el siglo XIII, desaparecía para siempre.
Entre dos guerras
Con el Cumhuriyet Halk Partisi (CHP) o Partido Republicano del Pueblo recién fundado, Kemal se dedicó a la reconstrucción interna del nuevo estado –en realidad, todo un proceso de construcción– mediante un régimen de partido único que comenzó su andadura con la abolición del califato en marzo de 1924 y con el intercambio de grupos de población con Grecia, aspecto recogido en el tratado de Lausana. Su objetivo era la europeización de la sociedad turca, única forma de que el país fuera aceptado por la comunidad occidental.

Las primeras disposiciones del nuevo gobierno estuvieron determinadas por el objetivo mencionado: tras aprobar la nueva Constitución el 20 de abril de 1924, las madrasas (escuelas coránicas) fueron clausuradas y sustituidas por escuelas laicas dependientes del gobierno, la sharia fue reemplazada por un código civil basado en el suizo –que acabó con la poligamia e introdujo el matrimonio civil– y los códigos penal y mercantil se elaboraron a partir del italiano y el alemán, respectivamente (1926). El papel de la mujer comenzó a ser equiparado al del hombre –aunque no obtendrían el derecho a voto hasta 1934– y el fez, clásico sombrero de la vestimenta tradicional otomana, fue prohibido debido a su imagen feudal. Asimismo, el calendario fue sustituido por el gregoriano (1925) y el alfabeto árabe por el latino (1928), por lo que todos los ciudadanos de entre 6 y 40 años de edad quedaron obligados a aprenderlo. Más adelante se introducirían los apellidos en lugar del nombre único de tradición árabe –Kemal adoptaría el de Atatürk, “padre”– y se establecería el domingo como día de descanso (1934).

El desarrollo de la política de Mustafá Kemal coincidió en Europa con el ascenso de los regímenes totalitarios durante el periodo de entreguerras. Sin adherirse al nuevo estado italiano creado por Benito Mussolini a partir de 1922 ni al Reich alemán dirigido por Adolf Hitler desde 1933, pero tampoco al régimen que Stalin presidía en la URSS desde la muerte de Lenin en 1924, Kemal intentó extraer de cada potencia aquello que considerara valioso para la occidentalización de su país. Así, envió delegaciones para que estudiaran de cerca la política italiana de obras públicas y el funcionamiento interno del partido nacionalsocialista alemán, si bien nunca recibió de buen grado los elogios procedentes de los dirigentes totalitarios europeos.

Su política racial sí estableció cierta conexión teórica con la alemana, pues tras negar y ocultar el genocidio armenio iniciado durante la Primera Guerra Mundial y perseguir a la población kurda, consideró siempre que los habitantes de la antigua Anatolia eran los únicos “turcos puros” y que el resto formaban parte de minorías étnicas cuya importancia no era relevante. En cualquier caso, la marginación de estas minorías nunca desembocó en la creación de campos de concentración ni de exterminio.

En 1932 Kemal vio uno de sus sueños cumplidos cuando Turquía fue admitida en la Sociedad de Naciones como miembro de pleno derecho. Y dos años después quiso cerrar el largo periodo de enfrentamientos en suelo europeo con la firma de la Entente Balcánica (1934) con Yugoslavia, Rumanía y Grecia, un acuerdo de protección mutua frente a Hungría y Bulgaria que la segunda guerra mundial dejaría sin efecto.

Mustafá Kemal dejó un estado completamente diferente al que él había recibido tan solo quince años antes y con una característica singular que aún hoy persiste: un país europeizado, pero no del todo europeo, y un país musulmán, pero no del todo islámico. Sus restos descansan en un gran mausoleo construido en Ankara y su influencia continúa presente en las fuerzas armadas y en la política interna del gobierno turco.

Atatürk murió en la madrugada del 10 de noviembre de 1938, mientras en Alemania tenía lugar la Kristallnacht o noche de los cristales rotos. Al día siguiente, Ismet Inönü asumió la presidencia de Turquía y el legado de su predecesor, con el que debería enfrentarse a la nueva guerra mundial y sus consecuencias.
La Segunda Guerra Mundial
Ismet Inönü era un militar otomano de origen kurdo que en 1908 se había unido al Ittihad y que había participado con éxito en las guerras balcánicas, en la Gran Guerra y en la guerra de independencia. En 1923 firmó el tratado de Lausana e inmediatamente después se convirtió en primer ministro bajo la presidencia de Mustafá Kemal, puesto que mantuvo hasta que en 1938 le relevó como jefe del estado. El nuevo presidente se movía bien en las relaciones internacionales y se dio prisa en firmar un acuerdo de asistencia mutua con Francia y Reino Unido el 19 de octubre de 1939, siete semanas después de que la Wehrmacht invadiera Polonia. No era difícil para Inönü recordar los días de la Gran Guerra, cuando el imperio otomano se vio absorbido por Alemania y Austria-Hungría y posteriormente fue derrotado por las potencias aliadas.

Con su experiencia política y militar, Inönü declaró la neutralidad de Turquía desde el inicio de la guerra, pues el acuerdo firmado con Francia y Reino Unido así lo exigía a cambio de recibir dos destructores británicos y asesoramiento francés para la modernización de su aviación. Sin embargo, los éxitos del ejército alemán durante los dos primeros años de la contienda llevaron al gobierno turco a aproximarse a Berlín, lo que fue recibido con preocupación tanto en Londres como en Washington, donde gobernaban Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt, respectivamente. No hay que olvidar que Churchill había recibido su mayor derrota política y militar tras el fracaso de la operación de los Dardanelos de 1915, frente al imperio otomano, y que sobre el mapa se repetía la misma situación que en la Gran Guerra.

Pero si Londres y Washington contemplaron con inquietud la aproximación de Turquía a Alemania, mayor desasosiego provocó en Moscú el tratado de amistad que el 18 de junio de 1941 firmó en Ankara el excanciller y embajador alemán Franz von Papen. El gobierno turco recibió a cambio cuatro submarinos alemanes y material diverso para su infantería y su aviación. Cuatro días después comenzaba la Operación Barbarroja y la Wehrmacht iniciaba la invasión de la Unión Soviética.

No obstante, Turquía mantuvo su posición de neutralidad y el gobierno de Inönü resistió las ofertas del Eje, pues sabía que no podía conducir a su país a una situación similar a la de 1918 y que no hacerlo suponía preservar el ideario de Atatürk. Tras entrevistarse en El Cairo en noviembre de 1943 con Churchill y Roosevelt, y de manera casi simbólica, Turquía rompió relaciones diplomáticas con Alemania en agosto de 1944 y el 1 de marzo de 1945 le declaró la guerra. Un detalle que las potencias occidentales no olvidarían.

La neutralidad bélica durante la guerra había hecho olvidar en Europa la imagen de una Turquía expansionista y contribuyó a la política de occidentalización inaugurada por Atatürk, pero la guerra fría situó al gobierno de Ankara en el centro de todas las preocupaciones debido a su privilegiada situación geoestratégica. Moscú seguía vigilando de cerca los estrechos y sus fronteras meridionales, una vez pactadas las occidentales en Potsdam (1945), mientras que en Washington el nuevo presidente Harry S. Truman temía la expansión de la URSS por la costa sur del mar Negro y su acceso al Mediterráneo, el viejo sueño de los zares que el nuevo bloque occidental no podía permitir.

Truman, que ya en las últimas semanas de la guerra había ordenado el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, inventó en 1947 la doctrina que lleva su nombre para poder intervenir en cualquier país que estuviera en peligro “por minorías armadas o por presiones exteriores”. Es decir, que si el riesgo de “sovietización” de un país era evidente, Estados Unidos se reservaba el derecho de intervención. Y uno de los primeros países en beneficiarse de la “doctrina Truman” fue Turquía, que ante el peligro de expansión de la guerra civil griega recibió de la administración estadounidense 400 millones de dólares en ayuda económica y militar.

Turquía se encontraba hacia 1950 en la situación que Atatürk hubiera querido contemplar: sin necesidad de reconstruir un país arrasado por la guerra, como ocurría en Europa, miembro de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) desde su fundación en 1945, miembro del Consejo de Europa desde 1949 y tentado y cortejado por los dos bloques constituidos tras la contienda.

Un privilegio del que Ismet Inönü no pudo disfrutar del todo como presidente, pues después de que el CHP perdiera las elecciones el 22 de mayo de 1950 tuvo que ceder el puesto a Celal Bayar, que en 1946 había abandonado el partido republicano para fundar el Demokrat Parti (DP) o Partido Demócrata, más conservador y liberal que la formación anterior.

El nuevo estado creado y configurado por Atatürk e Inönü se encaminaba ya hacia su integración total en Europa, pero el recorrido estaría aún sembrado de enormes dificultades que Ankara tendría que evitar si quería lograr el sueño de los fundadores.
La guerra fría y Chipre
Mientras Turquía avanzaba en su proceso de occidentalización, los bloques resultantes de la guerra se organizaban militarmente en previsión de un nuevo enfrentamiento y con el fin de escenificar estratégicamente sus áreas de poder. Así, en 1949 quedó constituida en Washington la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) por doce países del “bloque occidental” –entre ellos, Estados Unidos, Reino Unido y Francia–, mientras que el “bloque comunista” se unió en 1955 en el Pacto de Varsovia.

La alianza militar controlada por la Unión Soviética incluía las repúblicas socialistas de Bulgaria y Rumanía, es decir, que se asomaba al mar Negro y limitaba con los Balcanes, por lo que antes de que se formalizara el pacto la OTAN llevó a cabo su primera ampliación y en 1952 pudo contar con dos nuevos socios estratégicos: Grecia y Turquía. La guerra fría podía constituirse en una buena herramienta de europeización turca y Celal Bayar no desaprovechó ninguna ocasión para mostrar su adhesión al bloque occidental, lo que en Moscú siempre fue visto como una amenaza para las fronteras meridionales de la URSS. Sin embargo, el tácito acuerdo de no agresión entre los dos bloques permitió a Turquía mantener en relativa calma su posición geoestratégica entre las dos alianzas.

Poco después, en 1957, seis países europeos –Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo, Países Bajos y República Federal de Alemania– firmaron el tratado de Roma para la constitución de la Comunidad Económica Europea (CEE), embrión de lo que hoy es la Unión Europea (UE). Se abría así una nueva puerta de entrada a la órbita europea que Turquía no podía desaprovechar, por lo que en 1959 solicitó su adhesión a través de Adnan Menderes, primer ministro desde 1950.

Sin embargo, la situación interna turca daría un vuelco en mayo de 1960, cuando las fuerzas armadas –consideradas el guardián de la Atatürkçülük o ideología de Atatürk– dieron un golpe de estado, destituyeron al presidente y al primer ministro y la jefatura del estado pasó a estar ocupada por Cemal Gürsel. La junta militar dictó sentencias de muerte para Celal Bayar y Adnan Menderes, de las que la segunda fue ejecutada en 1961, mientras que la del ya expresidente fue conmutada por la de cadena perpetua.

La OTAN no intervino en lo que consideró un asunto de política interna turca y la CEE siguió adelante con su planificación, si bien el golpe de estado serviría durante años para bloquear una adhesión que casi todos los socios desaprobaban. A pesar de ello, el gobierno militar de Cemal Gürsel firmó en 1963 el acuerdo de Ankara o tratado de asociación con la CEE, lo que le permitió abrir una nueva vía de comercialización para sus productos y un nuevo mercado para los países miembros.

Mientras tanto, el ejército había devuelto el poder a los estamentos civiles, pero el golpe de 1960 supuso la consecución de diferentes gobiernos de coalición, caracterizados por su inestabilidad, en los que participaron tanto el CHP de Ismet Inönü y Bülent Ecevit como el Dogru Yol Partisi (DYP) o Partido del Camino Verdadero de Süleyman Demirel. Y en 1971 un nuevo golpe de estado durante la presidencia de Cevdet Sunay puso a Turquía en manos de sus fuerzas armadas, siempre alerta ante cualquier desviación de la Atatürkçülük.

La intervención del ejército en la política interna y externa de Turquía se manifestó una vez más en 1974, durante el mandato presidencial de Fahri Korotürk y después de que las elecciones del año anterior hubieran dado la victoria al CHP. Bülent Ecevit se vio obligado a gobernar en coalición con el Milli Selamet Partisi (MSP) o Partido de Salvación Nacional, de ideología islamista, y el 20 de julio de 1974 ordenó la Operación Atila, la invasión aeronaval de Chipre, donde el gobierno del arzobispo Makarios acababa de ser derrocado por el movimiento que apoyaba la unión de la isla con Grecia, es decir, la enosis que a finales del siglo XIX defendía el rey Jorge I.

Frente a la enosis de la Ethniki Organosis Kyprion Agoniston (EOKA) u Organización Nacional de Combatientes Chipriotas, la comunidad turco-chipriota promovió la taksim (“partición”), pues entendía que sus intereses estarían protegidos bajo soberanía británica o turca y no bajo la griega. La EOKA contó con el apoyo de Grecia, donde desde 1967 gobernaba el régimen de los coroneles dirigido por Géorgios Papadópoulos, que fue quien impulsó el golpe contra Makarios como una forma más de salvar su propia dictadura militar. En Grecia también habían aprendido que para resolver una crisis de gobierno no hay nada mejor que invadir otro país.

El gobierno de los coroneles cayó cuatro días después de la invasión turca y en la isla se instauró la Kuzey Kibris Türk Cumhuriyeti (KKTC) o República Turca del Norte de Chipre, reconocida únicamente por el gobierno de Ankara y que mantiene hasta la actualidad la división de la isla. La operación militar ordenada por Bülent Ecevit evitó la anexión de Chipre por parte de Grecia, pero volvió a mostrar un país dividido y excesivamente dependiente de sus fuerzas armadas en un momento en el que Europa prestaba atención a la “revolución de los claveles” portuguesa y a la tambaleante dictadura española y en el que Estados Unidos se hallaba inmerso en las consecuencias del Watergate y la dimisión de Richard Nixon. La división de Chipre solo había sido una consecuencia de la guerra fría, no una causa de conflicto.
Ejército y democracia
Durante la segunda mitad de la década de 1970 ocuparon el poder diferentes gobiernos de coalición, siempre protagonizados por Bülent Ecevit y Süleyman Demirel. Pero en septiembre de 1980 un nuevo golpe militar llevó a la presidencia al general Kenan Evren, relacionado con las actuaciones que la Operación Gladio desarrollaba en Europa bajo el paraguas clandestino de la OTAN y la Central Intelligence Agency (CIA). Esta organización paramilitar estaba encargada de prevenir cualquier actividad comunista en Europa occidental, y en su caso, actuar contra aquellos grupos o personas que la promovieran. Sin que se haya podido demostrar nunca su existencia ni los hechos que se le atribuyen en Italia, Grecia, Turquía y España, fue revelada en 1990 por el primer ministro italiano Giulio Andreotti.

El golpe dirigido por el general Evren fue el más sangriento de los producidos en Turquía, con cientos de asesinatos y decenas de miles de detenciones que apenas alteraron las relaciones internacionales con los países occidentales, más preocupados entonces por el auge del islamismo y por la invasión soviética de Afganistán. Al fin y al cabo, el gobierno militar siempre podría servir a los intereses europeos y estadounidenses en la zona y eliminar del primer plano a otros grupos paramilitares, como Bozkurtlar (Lobos Grises), protegido por el Milliyetçi Hareket Partisi (MHP) o Partido del Movimiento Nacional.

El propio régimen de Kenan Evren elaboró una Constitución que fue aprobada en 1982 mediante un referéndum que no garantizó el voto libre, por lo que el general se mantuvo en el poder. En 1987 solicitó formalmente la adhesión de Turquía a las Comunidades Europeas, de las que Grecia ya era miembro de pleno derecho, pero las potencias occidentales no podían aceptar en su círculo socioeconómico a un país dirigido por las fuerzas armadas, ya que ese había sido uno de los principales argumentos para retrasar la membresía de España y Portugal hasta 1986.

El general se mantuvo en el poder hasta 1989. En ese año, la Asamblea Nacional designó jefe de estado a quien había sido primer ministro durante el gobierno militar, Turgut Özal, fundador del Anavatan Partisi (AP) o Partido de la Madre Patria. El nuevo presidente decidió reforzar el potencial económico de Turquía y sus relaciones políticas con los países europeos, pero un infarto acabó con su vida en 1993 y la jefatura del estado recayó en quien había ocupado varias veces el puesto de primer ministro, Süleyman Demirel.

La presidencia de Demirel inauguró un nuevo periodo de gobiernos de coalición en los que participaron el AP, el DYP, el CHP, el MHP, el Refah-Yol Partisi (RP) o Partido del Bienestar y el Demokratik Sol Partisi (DSP) o Partido de la Izquierda Democrática, pero siempre vigilados de cerca por el ejército, que en 1998 volvió a avisar a los dirigentes políticos de la necesidad de mantener los ideales instaurados por Atatürk. No obstante, la gestión económica de estos gobiernos de coalición resultó eficaz y supuso una nueva aproximación a la Unión Europea, respaldada plenamente por quien sucedió a Demirel en el año 2000, Ahmet Necdet Sezer, quien en 2005 consiguió que se iniciara el proceso de adhesión a la UE.

En esos mismos años alcanzó gran popularidad el Adalet ve Kalkinma Partisi (AKP) o Partido de la Justicia y el Desarrollo, considerado conservador e islamodemócrata, es decir, el equivalente a los partidos democristianos europeos. Fue fundado en 2001 como una escisión del RP y a él pertenece el actual presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, que tras ser primer ministro desde 2003 sustituyó en agosto de 2014 al independiente Abdullah Gül. Tanto Erdogan como el AKP han sido muy criticados por un sector de la población que los considera contrarios a la herencia de Atatürk y que practican un nuevo otomanismo en su relación los países musulmanes moderados, a pesar de lo cual el país ha cumplido escrupulosamente sus compromisos como miembro de la OTAN, especialmente durante la invasión de Irak en 2003.

Al mismo tiempo, la política interna de Erdogan ha estado dirigida a acallar las consecuencias de la represión ciudadana tras las protestas surgidas en 2013 y a reprimir cualquier actividad del Partiya Karkeren Kurdistan (PKK) o Partido de los Trabajadores de Kurdistán, especialmente desde que el Halklarin Demokratik Partisi (HDP) o Partido Democrático de los Pueblos logró entrar en el Parlamento tras las elecciones de junio de 2015. No obstante, la principal crítica a Erdogan procede de los países occidentales, que le reprochan su pasividad –cuando no su connivencia– ante las actividades terroristas del Estado Islámico.
El largo camino hacia Europa
Turquía es hoy un país cuya población supera los 77 millones de habitantes, de los que el 78 % conforma su población activa, dedicada principalmente a la agricultura, producción textil, industria automovilística y servicios turísticos. Tras las reformas impulsadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en 2002-2003, los índices económicos han crecido hasta rivalizar con los de China e India, miembros también del G-20. A finales de 2015, su tasa de desempleo era del 10,1 %, equivalente a la de Francia. Sus principales socios comerciales se encuentran en la Unión Europea, además de Rusia, Estados Unidos y China. También Europa es el destino de la mayoría de emigrantes turcos, que eligen Alemania y Dinamarca como lugar de asentamiento, donde forman las minorías de población más numerosas.

El 99 % de la población turca es musulmana, principalmente suní, si bien el laicismo implantado desde la fundación de la república está reconocido en la Constitución. No obstante, algunos partidos políticos no ocultan su islamismo moderado, que en no pocas ocasiones ha sido causa de fricciones internas a pesar de que las comunidades religiosas no pueden participar en procesos políticos. El uso del hiyab –velo que cubre la cabeza y el pecho de las mujeres musulmanas– está expresamente prohibido, así como el uso de símbolos religiosos en edificios públicos, escuelas y universidades.

El ejército turco es el segundo más grande de los países miembros de la OTAN, en el que todos los ciudadanos varones aptos deben servir durante un periodo que oscila entre las tres semanas y los quince meses. Aunque las fuerzas armadas turcas se han considerado a sí mismas guardianas del espíritu secular y democrático establecido por Atartük y han intervenido con frecuencia en la política estatal para velar por estos principios, hoy existe un equilibrio entre el poder civil y militar que ha alejado de la sociedad turca el riesgo de golpe de estado, tan presente en las últimas décadas del siglo pasado.

En cuanto a sus relaciones exteriores, la invasión de Chipre en 1974 y la posterior creación de la República Turca del Norte de Chipre siguen suponiendo un obstáculo para la normalización de su diplomacia, especialmente con Grecia, país con el que mantiene diversos contenciosos derivados del mar que sus costas comparten, el Egeo. Los diversos planes impulsados por la ONU para resolver la división del territorio chipriota y constituir en la isla una federación de dos estados no han resultado satisfactorios hasta la fecha.

Sus históricas relaciones con los países balcánicos le han llevado a participar en diversas misiones de paz y en todos los procesos de reconstrucción y estabilización diseñados por la ONU y la Unión Europea. La misma voluntad de acercamiento es la que mantiene con Rusia desde la disolución de la URSS, a pesar de intermitentes desacuerdos en las fronteras del Cáucaso y diferencia de criterios en relación a Oriente Próximo.

En cuanto a Estados Unidos, la conferencia de El Cairo de 1943, la aplicación de la “doctrina Truman” en 1947 y el ingreso en la OTAN en 1952 sellaron una amistad que en la segunda mitad del siglo XX se tradujo en cuantiosas ayudas económicas y militares, por parte estadounidense, y en el apoyo del ejército turco durante la guerra de Corea y la guerra del Golfo. La administración norteamericana nunca perdió de vista la importancia geoestratégica de Turquía durante la guerra fría y sigue considerándolo un socio importante en la siempre conflictiva zona de Oriente Próximo, por lo que mantiene activa una base aérea en su territorio.

La relación de Turquía con la Unión Europea sigue influida por la disputa chipriota, a pesar de lo cual en 1996 entró en vigor la unión aduanera que permite la libre circulación de productos y mercancías y en 1999 fue confirmado su estatus de país candidato a la adhesión. No obstante, el Consejo Europeo advirtió al gobierno de Ankara de que eran necesarias muchas reformas estructurales y políticas, en especial las relacionadas con los derechos humanos, para que Turquía se convirtiera en miembro de pleno derecho de la UE.

En 2005 el Consejo de la Unión Europea abrió oficialmente las negociaciones con Turquía, condicionadas a la retirada del norte de Chipre. Sin embargo, los obstáculos para su entrada en la UE no parten solo de Chipre, sino también de Alemania y Francia, que temen un notable incremento de la emigración turca. Por otra parte, no hay que olvidar que el 95 % del territorio turco se encuentra en Asia –la Unión Europea solo permite la entrada de países europeos– y que el 99 % de su población es musulmana, mientras que todos los miembros de la unión son de tradición cristiana. Se trata de un problema cultural que inquieta a la mayoría de los gobiernos continentales, que temen conflictos étnicos y religiosos derivados de la afluencia migratoria y del sentimiento antimusulmán propagado desde los atentados yihadistas de Nueva York (2001), Madrid (2004), Londres (2005) y París (2015).

También hay que tener en cuenta que Turquía se convertiría en el segundo país más poblado de la UE después de Alemania, por lo que obtendría también este mismo lugar en el Parlamento Europeo. Tras las últimas elecciones de 2014, Alemania pudo sumar 96 escaños de 751, mientras que a Francia le correspondieron 74 y a Reino Unido 73, los mismos que a Italia. Por lo tanto, y teniendo en cuenta su censo, Turquía sería el segundo país más importante de la Eurocámara, con unos 85 escaños.

De modo que independientemente de la división chipriota, que el gobierno de Ankara mantiene como una cuestión irredenta de política interna, los principales impedimentos para que Turquía se convierta en miembro de pleno derecho de la Unión Europea se centran en el reparto de poder y en su identidad étnica y cultural, de difícil encaje en una Europa anclada en el cristianismo. Y el principal obstáculo está en que Ankara y Atenas pueden llegar a alcanzar un acuerdo sobre Chipre, pero nada se puede modificar en relación a las creencias y la población.

No obstante, y a pesar de este complicado mapa de relaciones diplomáticas, no hay que olvidar que Turquía tiene un importante papel en la nueva “ruta de la seda”, es decir, en la red de gasoductos y oleoductos que desde Rusia y el Caspio desembocan en Europa y para la que el control del mar Negro resulta fundamental. Asimismo, las fronteras orientales y meridionales turcas hacen del gobierno de Ankara un aliado necesario para los países europeos, cuya dependencia energética no conoce aún alternativas. El gas y el petróleo son hoy las llaves que abren todas las puertas.
De Damasco a Berlín
Acostumbrados como estamos a los guiños que en ocasiones la historia realiza y a los extraños caminos por los que a veces la diplomacia discurre, es probable que Turquía acabe entrando en Europa no a través de los estrechos ni de los países balcánicos como en el siglo XV, y ni siquiera mediante acuerdos económicos o políticos con sus socios preferentes, sino gracias a un vecino meridional y antiguo componente de su imperio: Siria.

La guerra civil iniciada en 2011 como un enfrentamiento entre las tropas gubernamentales del presidente Bashar al-Asad y diferentes grupos de oposición ha ocasionado ya la muerte de 300.000 personas y tres millones de desplazados que buscan refugio en cualquier rincón alejado del conflicto, de los que decenas de miles llegan a Europa desesperados en busca de un lugar en el que subsistir. Pero esta guerra, que ha vuelto a demostrar la indiferencia de Occidente ante un drama de proporciones mayúsculas, tiene ya un protagonista que sí ha causado una honda preocupación en los gobiernos europeos: el Estado Islámico, Daesh (al-Dawla al-Islamiya al-Iraq al-Sham) o ISIS (Islamic State of Iraq and Syria).

Sembrado en tiempos de la Primera Guerra Mundial y perfectamente alimentado durante cien años de errores occidentales en Oriente Próximo –desde la colaboración estadounidense con los muyahidines afganos a partir de 1980 y la guerra del Golfo en 1991 hasta la invasión de Irak en 2003–, el radicalismo islámico encontró en Al Qaeda y Al Nusra, primero, y en el ISIS, después, la forma de combatir a las potencias occidentales y de implantar su ideología fundamentalista basada en la yihad y el wahabismo. Los suníes del ISIS no solo combaten a las fuerzas sirias, sino que tratan de extender en Siria e Irak su propio sistema de gobierno frente a los chiíes y el movimiento kurdo, lo que es visto con complacencia por otros estados de Oriente Próximo, entre ellos Turquía.

El Estado Islámico encuentra sus fuentes de financiación en los países donde la rama suní es mayoritaria, como Arabia Saudí –interesada en contener la belicosidad iraní–, en la extorsión a las grandes fortunas de los “petroestados” y en la venta de crudo procedente de los campos petrolíferos que se encuentran bajo su control y que comercializa a través de terceros países, entre ellos Turquía. De modo que el gobierno de Ankara se ha encontrado en los últimos tiempos con dos herramientas que pueden resultarle muy útiles en su aproximación a Europa: su conexión con las finanzas del ISIS y su capacidad para convertirse en una barrera frente a los miles de refugiados que cruzan su territorio para llegar a Europa.

En toda guerra hay un actor que se beneficia de ella y en este caso puede ser Turquía, pues la Unión Europea ya ha acudido a ella –sobre todo después de los atentados de París en noviembre de 2015– para que deje de adquirir crudo procedente del Estado Islámico y para que “tapone” la salida de refugiados que cruzan Anatolia para poder llegar a los países balcánicos, Hungría, Austria y Alemania. Naturalmente, el gobierno de Erdogan, como cualquier otro, no está dispuesto a acceder desinteresadamente a estas reclamaciones y exige contrapartidas políticas y económicas. Como miembro de la OTAN, estaría obligado a actuar en caso de que otro país miembro de la alianza fuera atacado, pero las cláusulas de compromiso incluidas en la carta atlántica están lejos de ser activadas y el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, contempla el conflicto sirio desde Washington sin querer repetir los errores de sus antecesores.

Por su parte, la Unión Europea ya ha comenzado a inyectar importantes sumas de dinero en las arcas turcas y muchos de sus miembros, entre ellos Alemania, han dejado abierta la posibilidad de que la colaboración de Ankara pueda ser compensada con una aceleración de las negociaciones para que Turquía se convierta en miembro de pleno derecho del club europeo, si bien la complejidad de las mismas supera incluso la voluntad de Angela Merkel, Bruselas y Berlín. No obstante, tampoco sería correcto deducir de las reacciones bajo el shock parisino una modificación inmediata y sustancial de las posturas de ambas partes, pero es ya un hecho que las consecuencias de la guerra siria están abriendo una nueva ruta para las pretensiones turcas.

Es muy probable que a lo largo de la próxima década Turquía ingrese en el anhelado círculo europeo, pues las circunstancias geoestratégicas así lo aconsejan y el avispero mesopotámico no lleva camino de encontrar una solución que no pase por las llanuras de Anatolia. Así, el estado heredero del centenario imperio otomano que inauguró los tiempos modernos con su entrada en Constantinopla y generó el pánico de la cristiandad ante las puertas de Viena, recorrerá por fin el último tramo del camino y ocupará el lugar que en el corazón de Europa la historia le tenía reservado.

Fran Vega (Logroño, España, 1961) cursó estudios de Filosofía y Biblioteconomía, pero su trayectoria profesional ha estado siempre vinculada al sector editorial barcelonés, en el que ha dirigido cuatro empresas y numerosos proyectos durante los últimos veinticinco años. Su interés por el análisis histórico, político y social le ha llevado a participar en diferentes obras y medios de comunicación.

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