“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

22/4/12

Luis Britto García tampoco quiere mandar

Discurso de orden en conmemoración del 19 de abril de 1810

Yo tampoco quiero imperios

Especial para La Página
Nada es más bonito que la mañana en que comienzan una pasión o una revolución. No la olvidamos nunca, volvemos siempre a ella preguntándonos cómo pudimos ser tan afortunados o tan desdichados, cómo pudimos cometer tantos errores por el lado de la sensatez o de la locura. Hace 202 años Santiago de León de Caracas estaba a punto de ser flechada por la pasión revolucionaria, en forma irreversible.  Algunos califican a la  Caracas de 1810 de aldea insignificante, sin peso en las cuestiones del mundo, dedicada apenas, según Arístides Rojas, a comer, rezar y dormir.  Sin embargo, La Guaira es el primer puerto de importancia de las naves que arriban de la metrópoli con impresos clandestinos, conspiradores y noticias. La Historia gira sobre el torbellino de las corrientes y los alisios del Caribe y del Atlántico. Desde 1492 se libra en él la Primera Guerra Mundial por el dominio del globo.

Esta guerra se extiende por todos los océanos, dura medio milenio, involucra a todas las  grandes potencias, y culmina hacia el siglo XVIII con una hegemonía de Inglaterra que sólo declinará en 1939. Francia contribuye desde  1778 para que Inglaterra pierda sus colonias en la Costa Atlántica. Desde 1789 ambos imperios están en mortal enfrentamiento por un aparente  debate entre monarquía y República,  cuya presa real son los mares y los mercados del mundo.


 En 1806 Francisco de Miranda invade por Coro con apoyo de los ingleses; ese año y el siguiente  éstos asaltan infructuosamente Buenos Aires y luego planifican una expedición al mando de Wellesley,  futuro duque de Wellington, para liberar o subyugar la América Española. En 1808 Napoleón invade España para clausurar los puertos de Portugal, los únicos abiertos en Europa a los británicos. Su hermano José Bonaparte envía agentes con instrucciones para “dar la libertad a la América española” a cambio del “comercio libre con los pueblos de las dos Américas” (Pérez Rescaniere, 2011: I,145) Tenemos así dos planes, uno inglés y otro francés, para “liberar” la América española, o más bien para pasarla de uno a otro coloniaje. Lo que suceda en nuestra región decidirá el futuro del planeta ¿Será otra vez el Nuevo Mundo repartido entre  imperios de ultramar? ¿Decidirá su propio destino?

Yo tampoco quiero lacayos

Toda revolución surge de un choque entre  imperios que los debilita. Al invadir España para completar el bloqueo continental contra Inglaterra, las tropas napoleónicas obligan a abdicar al Borbón Carlos IV en beneficio de su hijo Fernando VII. En España y América cunden Juntas Defensoras de los Derechos de Fernando VII, quien también vergonzosamente abdica.

Difícil es la lealtad hacia el Consejo de Regencia de una Junta Conservadora de los Derechos de un Abdicante transferidos por otro Abdicante ¿Dónde volverán los ojos tantas viudas de la monarquía de derecho divino?

Yo tampoco quiero esclavos

Cuando  la pirámide del poder se disuelve, hay que reconstituirla desde la base. Leamos el acta del 19 de abril de 1810 para enterarnos de lo que se debate. Según los firmantes, el Consejo de Regencia “no puede ejercer ningún mando ni jurisdicción sobre estos países, porque ni ha sido constituido por el voto de estos fieles habitantes, cuando han sido ya declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina, y a la reforma de la constitución nacional (…)”. El poder, por tanto, no viene de arriba, de Dios o de la sangre azul, sino del “voto de los fieles habitantes”. Y aunque no fuere así, la autoridad no es un concepto abstracto, sino una realidad operante. Pues si  “no pueden valerse a sí mismos los miembros que compongan el indicado nuevo gobierno, en cuyo caso el derecho natural y todos los demás dictan la necesidad de procurar los medios de su conservación y defensa; y de erigir en el seno mismo de estos países un sistema de gobierno que supla las enunciadas faltas, ejerciendo los derechos de la soberanía, que por el mismo hecho ha recaído en el pueblo, conforme a los mismos principios de la sabia Constitución primitiva de España, y a las máximas que ha enseñando y publicado en innumerables papeles la junta suprema extinguida”. Carolina Guerrero interpreta acertadamente que  “Los actos discursivos prerrepublicanos dieron cuenta de la concepción de la soberanía como poder supremo emanado del pueblo o de la nación, titular de derechos sagrados. Implicaba la deconstrucción de la concepción descendente del poder propia del orden monárquico absolutista. Y admitía la intervención divina en la creación de la soberanía sólo como acto trascendente inserto en la dinámica del derecho natural, destinado a proteger a sus beneficiaros en el goce y ejercicio de tales derechos. Si a lo largo de tres siglos se había asumido la figura del rey como expresión de la voluntad divina (en contradicción con el espíritu iusnaturalista hispánico), la republicanización del concepto demandaba demostrar que la verdadera interpretación de la ley de Dios consistía en el reconocimiento y defensa de la soberanía popular, lo que además obligaba a distinguir entre soberanía originaria y ejercicio temporal del poder por autorización, o soberanía instrumental derivada” (Guerrero, 97).

Yo tampoco quiero mando

Sobre estas bases conceptuales se escenifica casi como una pieza dramática el movimiento del 19 de abril de 1810. El capitán general don Vicente de Emparam viene designado por José I Bonaparte, invasor francés que ocupa el trono de España. El Martes Santo, 17 de abril ancla en La Guaira un buque con documentos que ordenan el reconocimiento del Consejo de Regencia. Emparam los acata y difunde la orden en bandos pegados en las paredes, sin consultarlo al cabildo, las autoridades ni las corporaciones. Al día siguiente se reúnen patriotas, entre otros José Félix Rivas, Mariano Montilla y Narciso Blanco, prenden al teniente coronel Osorno, y comprometen a los capitanes del batallón Aragua y a los oficiales del batallón de pardos para desobedecer al comandante español Ros (Blanco, 126). En la mañana del Viernes Santo se reúne el cabildo y plantea al capitán general la necesidad de reunir una Junta; Emparam se excusa con el pretexto de asistir a los oficios religiosos. Cuando se dirige a éstos Francisco Salias lo toma del brazo y le impetra: Venga Usía al cabildo. Los ciudadanos reunidos en la Plaza Mayor corean el llamamiento; medio centenar de granaderos que custodian el sitio no se mueven para defender a Emparam, y el alférez mayor Feliciano Palacios por el contrario lo conmina a obedecer (Blanco, 127-128). Sigamos de nuevo el Acta del Cabildo: “(…)y abierto el tratado por el señor Presidente, habló en primer lugar después de su señoría el diputado primero en el orden con que quedan nombrados, alegando los fundamentos y razones del caso, en cuya inteligencia dijo entre otras cosas el señor Presidente, que no quería ningún mando, y saliendo ambos al balcón notificaron al pueblo su deliberación; y resultando conforme en que el mando supremo quedase depositado en este Ayuntamiento muy ilustre”. Añaden Rafael María Baralt y Ramón Díaz que el sacerdote chileno José Cortés de Madariaga pide abiertamente la deposición de Emparam; que éste como último recurso consulta al pueblo desde un balcón, mientras el sacerdote “indicaba a la turba la respuesta, haciéndole señas a hurtadillas. Los conjurados que estaban mezclados con el pueblo, gritaron no le queremos: el pueblo prorrumpió también no le queremos. Emparan  disimulando su bochorno dijo con despecho, pues yo tampoco quiero mando”(Baralt y Díaz, I, 51). La multitud reunida debía ser de consideración para la pequeña ciudad. No sólo la convocaba la agitación sobre las noticias llegadas de España, sino la solemnidad religiosa, que con sus oficios, cortejos y procesiones y su nutrida guardia militar era  una vasta ceremonia colectiva que emblematizaba el orden de la sociedad de castas.

Yo tampoco quiero moderación

¿Hay que desautorizar al movimiento del 19 de abril como  pronunciamiento ingenuo, que espera operar un cambio de sede de la soberanía mediante razonamientos abstractos y una reducida aclamación popular que legitimaría la decisión de un cuerpo de privilegiados? Sigamos leyendo el acta del 19 de abril. En lo político sus medidas se reducen a desconocer el Consejo de Regencia, deponer a Emparam, nombrar a don Francisco de Berrío fiscal de la real hacienda en lugar del intendente Vicente Basadre, cesar al brigadier Agustín García y a José Vicente de Anca, auditor de guerra, y a los integrantes de la real audiencia. Pero se dispone “que se conserve a cada uno de los empleados comprendidos en esta suspensión el sueldo fijo de sus respectivas plazas y graduaciones militares”. Con razón opina el testigo presencial  presbítero José Félix Blanco que “jamás hubo ejemplo en la historia de las revoluciones de una moderación como la que se vio en aquel día memorable” (Blanco, 128). Es como acusar a la chispa de no ser todavía incendio.  No olvidemos que todas las revoluciones comienzan con la vana esperanza de conciliar pacíficamente los intereses de las clases emergentes con los de las hegemónicas. La respuesta feroz de estas últimas es la que obliga a una progresiva radicalización del movimiento.

Yo tampoco quiero orden

El del 19 de abril aspira a ser en sus principios, como lo llama Carole Leal Curiel “la Revolución del Orden”. Lo es, en cuanto postula la sustitución de un orden derivado del derecho divino, por otro  derivado del derecho natural racional. En el proceso interfiere un desorden inmovilizado a duras penas por la represión colonial de la sociedad de castas. Como señala la autora, “Después de 1810 y una vez declarada la independencia absoluta e instaurada la república, 1811 en adelante, las castas (indios, pardos, negros libres, indios y esclavos), el pueblo llano (populacho o plebe como se le llamó) pasan a constituir un problema capital en la reflexión acerca de cómo conciliar la libertad con el orden en tanto ellas amenazan bien sea la propiedad, bien la libertad y libertades o, mucho más tarde, el progreso y la civilización” (Leal, 81). Para reponer su orden, los sectores y clases amenazadas recurren indistintamente a la sublevación interna y la agresión externa. Contra la naciente República se alzarán la rebelión de Maracaibo y Coro y Guayana y las milicias de Monteverde y de José Tomás Boves y la Guerra de Colores, el bloqueo de España y la expedición del Pacificador Morillo. Contra ellos la Patria esgrimirá la liberación de los esclavos y las grandes confiscaciones de bienes de los realistas y la guerra continental y los proyectos de integración americana. La lucha no concluye con la Independencia política: se intensifica en creciente espiral de acciones y reacciones cuya expansión todavía no concluye.

Yo tampoco quiero mitos

El 19 de abril es más que un mito socarrón con un cura Madariaga que hace señas al pueblo como si éste no supiera qué decidir y un Capitán General que tampoco quiere mando cuando ya  milicia y  gobernados se lo quitaron y unos oligarcas que promueven la Independencia bajo la especie de Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII. A lo largo de los trescientos años de calma colonial que deploró Bolívar, en Nuestra América  se sucedieron cumbes, pachakutiks,  alzamientos y rebeliones. La del 19 de abril es la primera que culmina en un proceso independentista que dura hasta hoy. Sus postulados, el derecho a procurar la propia conservación y defensa, a erigir un sistema de gobierno que las garantice, la soberanía del pueblo, son conceptos relumbrantes y poderosos como relámpagos. Anuncian un reguero de pronunciamientos independentistas que en pocos meses incendia la América española. No cierran el debate: abren otro, todavía inconcluso, entre soberanía popular y despotismo elitista, entre castas, entre imperios y periferias, entre clases sociales. La conciliación es la única farsa. Yo tampoco quiero mitos.

Fuentes

> Baralt, Rafael María y Ramón Díaz: Resumen de la Historia de Venezuela, Tomo Primero, Brujas-París, Desclée de Brouwer, 1939.
> Blanco, José Félix: Bosquejo histórico de la Revolución de Venezuela, Bicentenario del Natalicio del Libertador Simón Bolívar, Venezuela, Caracas, 1983.
> Guerrero, Carolina: “19 de abril de 1810: los límites de la soberanía original y la soberanía derivada” Revista Politeia, N° 43, vol. 32. Instituto de Estudios Políticos, UCV, 2009:87-102.
> Leal Curiel, Carole: “La revolución del orden: el 19 de abril de 1810” Revista Politeia, N° 43, vol. 32. Instituto de Estudios Políticos, UCV, 2009:65-86.
> Pérez Rescaniere, Gerónimo: De Cristóbal Colón a Hugo Chávez Frías, T.I, Fondo Editorial Ipasme, Caracas, 2011.