“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

9/5/13

Vittorio de Sica, pionero del cine en la calle y del neorrealismo

Foto: Vittorio de Sica
Cuentan que un día de 1945, cuando los nazis acababan de dejar la capital italiana, Vittorio de Sica iba en bicicleta por Roma y se topó con Rossellini, tumbado en la escalinata de la plaza de España. “¿Hola Roberto, ¿Qué tal? ¿Qué estás haciendo?”, le saluda. “Voy a rodar una película sobre la ocupación, con Anna y un cómico nuevo, un tal Fabrizi, en el papel de cura. A ver qué sale. ¿Y tú?”, se interesa. “Yo nada, tengo la idea de hacer algo sobre los sciuscià, ¿sabes?, esos niños que limpian los zapatos en la calle”, confiesa. “En aquel instante, nació el neorrealismo”, sella Emi de Sica, hija mayor del director: Rossellini realizó ‘Roma ciudad abierta’ y su padre ‘El limpiabotas’, tierna y dolida epopeya que trajo a Italia el primer Oscar, en 1946.

De Sica (1901-1974) no fue solo el pionero del cine hecho en la calle: antes fue un cantante de fama, talentoso intérprete de teatro y, luego, actor y maestro de la comedia a la italiana, descubridor de actores como Sophia Loren o Alberto Sordi; marido y padre de dos familias distintas, censurado y excomulgado por la Iglesia, escándalo en la Italia conservadora que despertaba de la guerra. De Sica fue, ninguno y cien mil, por citar el título de una obra esencial de Pirandello. Todos sus rostros se desvelan al visitante de la exposición ‘Tutti de Sica’, en el Ara Pacis de Roma.

“Fue como Orson Welles o Chaplin. No se le puede reducir al creador del póquer neorrealista, ‘El limpiabotas’, ‘Ladrón de bicicletas’, ‘Milagro en Milán’ y ‘Umberto D’.”, comenta Gianluca Farinelli, presidente de la Fundación de la Cinemateca de Bolonia, cuyos restauradores recuperaron fotos, cartas y objetos de los baúles conservados por su primera mujer, Giuditta Rissone, su hija Emilia, y Manuel y Christian, los hijos que tuvo con la actriz catalana María Mercader.

La narración, orquestada en la planta baja del museo romano, abre con los primeros éxitos en el escenario, con la prestigiosa compañía de Tatiana Pavlova: “Fue mi abuelo Umberto”, recuerda la hija, “quien casi le obligó a presentarse al casting. Encontré un cuaderno donde pegaba los artículos que aludían al amadísimo hijo que \[estaba convencido\] tenía talento para ser actor”.

Vittorio actúa y canta melodías napolitanas, como Parlami d’amore Mariù, que interpreta con gracia y picardía en uno de sus primeros roles cinematográficos: ‘¡Qué descarados son los hombres!’ (1932). En 1936, actúa en ‘El señor Max’, de Luigi Pirandello. En una foto, aparece rodeado por la compañía. Su mirada viva y la pose histriónica le roba la escena a todos, hasta al anciano dramaturgo, vestido de blanco y galardonado con el Nobel de Literatura dos años antes. Un abrigo pied-de-poule, la mesa del camerino y pelucas completan el viaje a aquellos primeros pasos del artista.

“A principios de los cuarenta, De Sica quiere contar el mundo con una mirada ética distinta”, explica Farinelli, “siente que no podía abandonarse más al cine artificial de los estudios. ‘Los niños nos miran’, de 1943, documenta este gesto de ruptura, de salir de Cinecittà y rodar entre la gente”. Las fotos son conmovedoras: De Sica dirige en calzoncillos, con un pañuelo blanco que le protege la cabeza del sol, con un entusiasmo que le hace gesticular, doblarse encima de la cámara, arrimarse a los actores, mimarles la escena y volver al megáfono de lata para gritar “acción”. Allí, en la canícula de la playa de Alassio, cerca de Roma, pero a una distancia sideral del cartón piedra de Cinecittà, nace el neorrealismo.

“Ladrón de bicicletas cambia el curso del séptimo arte”, aventura Farinelli. “A partir de entonces, nadie pudo ignorar que al lado del cine de producción, podía existir uno poético”. El largometraje no solo fue un éxito entre los críticos y las élites culturales. Al lado del Oscar que ganó en 1948 y de la bicicleta con la que se rodó, está expuesta una postal escrita al director por un artesano de bicicletas, que le pedía escoger el nombre para un nuevo modelo que estaba construyendo. Un detalle que demuestra cómo esta obra supo interpretar un país entero, un país que quería volver a la vida, tras el derrumbamiento de la dictadura. Ganar el Oscar fue como devolver Italia al mundo. “La nación entera viajó sobre esta bicicleta”, sella el director. Dino Gasperini, concejal de cultura de Roma, añade: “De Sica nos contó quiénes éramos, nuestros miedos, las esperanzas, el hambre, la gallardía. Sus actores eran personas reales, no solo porque no eran profesionales. Sino porque nos representaban a todos”.

“No paraba. Era un volcán de creación. Pero no se lo tomaba en serio, jugaba mucho con nosotros. Se divertía haciéndonos actuar para amigos y familiares”, cuenta Christian, el más joven de los tres hijos, nacido en 1951, entornando los ojos sobre las fotos en blanco y negro de su infancia. Su padre siempre sale sonriendo.

Los años sesenta son los de la comedia: inolvidables Sophia Loren y Marcello Mastroianni en ‘Matrimonio a la italiana’ o en ‘Ayer, hoy y mañana’ (Oscar en 1965, el último será en 1972 por ‘El jardín de los Finzi Contini’). Películas que combinan temas sociales, actrices fornidas y sonrisas que siempre esconden un fondo agridulce.
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