“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

3/11/13

Inquisiciones y anatemas de Borges

J.L Borges ✆ Hugo Enio Braz
Edvard Zeind  |  Manderechas a la lingüística, a Bertrand Russell y a Ludwig Wittgenstein, que con sus observaciones filosóficas y sendos análisis del lenguaje clarificaron los problemas del estructuralismo, de los andamios culturales que escamotearon y confundieron al mundo; albricias al estructuralismo del historiante Michel Foucault y del gramático Jacques Derrida, pues merced a sus escrutamientos y apuntamientos metafísicos y semióticos hicieron posible la observación de los epistémicos fenómenos del pasado, sacados a la estampa, que no a luz, por gentes como el crítico Kant o como el dialéctico Marx; parabienes al positivismo de Augusto Comte, que en su libro llamado ‘Filosofía Positiva’ adunó ciencias naturales y sociales, o por mejor decir, métodos de estudio donde la percepción y el entendimiento, acendrados de teología, pudieron trabajar conjuntamente; albricias al idealista empirismo inglés, a su economía política, a Stuart Mill, a Locke y a Berkeley y a Hume, meditadores profundos que a fuer de nominalismo, cartesianismo y espiritualismo sacaron de la almáciga humana todo resabio de medievalismo, es decir, de lógica escolástica, aderezada ésta por el genio de Santo
Tomás y banderizada por confesados axiomas de San Agustín, perpetuadores de las tradiciones aristotélicas, platónicas, porfirianas y ambrosianas; aplausos para la Edad Media, tozuda época en la que los hombres de fe y caritativos soslayaron o pulimentaron el misticismo de Pitágoras y el amor atómico de Demócrito; altares para Grecia y Roma, que desarrollaron la filosofía, la duda, el naturalismo y las leyes jurídicas, y que clasificaron, a palabras de Goethe, el arte todo, lo bello, el derecho y el derecho a lo bello.

Urdido he breve recorrido histórico que nos ayudará a razonar la obra de Borges (‘mixtum compositum’), harto conocedor de pensadores antiguos, del "arduo latín de Séneca, de Tácito y de Lucano" (ver ‘Prólogos con un prólogo de prólogos’), de "fantasías cosmogónicas", de "obras de teología o de metafísica", de "discusiones verbales", de "problemas frívolos" vislumbrados en novelas de folletín y en pasquines atrabiliarios de autores mediocres, de la poética norteamericana, de Rafael Cansinos Assens, de Gómez de la Serna, de las Sagradas Escrituras, del sajón, de todo lo humano ("mathr er mannz gamman", léese en los ‘Eddas’). Como el Homero dormido de los anales griegos, como el Milton de Gaza, como el Groussac bibliófilo y ponderador de la alegoría quijotil, como todo hombre que ignora el concepto y ama la experiencia, citando a Kant, Jorge Luis Borges padeció la ceguera, y por tal prefirió el "negro laberinto de ciegos átomos" a la azulada vía cristiana, como nos refiere el argento en su libro ‘Inquisiciones. Otras Inquisiciones’, obra que procuraré explicar para beneplácito del lector con más libros que minutos, trayendo a colación jocosa expresión de Arthur Schopenhauer, dilecto pensante de nuestro erudito. 

Fue Borges, sostendría Quintiliano, un "vir bonus dicendi peritus". De Nebrija Borges siguió preceptos, que pensaba que hablar bien es posible imitando el habla de los mejores varones, que para Borges fueron los altos Virgilio, Saavedra Fajardo, Quevedo, Cervantes, Villarroel, Rafael Cansinos Assens y Macedonio Fernández. Borges, más versado en versos que en desdichas, más en endechas que en hechos, todo lo destruía, como Descartes, para luego reconstruirlo. Borges, golem de judíos gustos (lector de Scholem, de la Cábala), escribió un verso que afirma: "El nombre es arquetipo de la cosa". Todo nombre es un símbolo, arquetipo utilísimo para ciegos, que deben imaginar el sol usando imágenes de platillos de oro o la historia a través del mito. En el suso dicho libro borgiano, en sus ‘Inquisiciones’, don Jorge Luis, rememorando a los cabalistas, a Carlyle, a Schopenhauer, a Swedenborg, declara (artículo titulado ‘El enigma de Edward FitzGerald’): "Las nubes configuran, a veces, formas de montañas o leones". He aquí afirmación de ciego que puede ser invertida así: "Las montañas y los leones configuran, a veces, formas de nubes". La proposición de Borges explica lo real por lo ideal, mientras que la nuestra lo contrario ejecuta. 

El erudito lector notará que en la poética de Whitman acaece facsimilar fenómeno constructivo. Leamos el Canto III del ‘Song of Myself’: "Y lo invisible se prueba por lo visible,/ hasta que lo visible se haga invisible/ y sea probado a su vez". Ciertamente las nubes son visibles, más no inteligibles, siendo lo tal invisibilidad en el mundo platónico de Borges. La nube leonada insinúa un león, pero el león concreto, sea el castellano orgulloso, sea el perezoso referido en el ‘Quijote’, confirma la existencia de la nube, y no al revés, según Borges, de Berkeley lector, obispo que en la parte primera de su libro ‘Principios del conocimiento humano’, arbitra: "Las ideas de la vista y el tacto constituyen dos especies enteramente distintas y heterogéneas. Las primeras son las señales o indicios de las segundas". La nube leonada o nuboso león, así, es sólo indicio y señal del león concreto, hecho de agua, aire, tierra y furia de fuego. Todos nacemos, dice de nombradía autor citado por Borges, aristotélicos o platónicos; creo que Borges nació platónico, desdeñador de la nota (o ‘data’, como diría Wittgenstein), amador de la forma, del tono, y cierto texto suyo corrobóralo: "Opinaba que la poesía [Macedonio Fernández] está en los caracteres, en las ideas o en una justificación estética del universo; yo, al cabo de los años, sospecho que está esencialmente en la entonación, en cierta respiración de la frase". 

El arte poético, para Aristóteles, era formalismo (ver su ‘Retórica’ y su ‘Poética’), y para Platón materialismo (ver su ‘Banquete’); dicho arte era achaque delineador para el barroco y culterano, y para el conceptista era de profundidades argucia ("cisne en los concentos, águila en los conceptos", dice Gracián); Borges está justo en medio. Respiración no es meramente métrica, no es meramente musa o música: es sentido, dirección es. Don Jorge Luis, en sus ‘Inquisiciones’, despacha texto rotulado con el nombre de ‘Ejecución de tres palabras’, donde acribilla la palabra ‘Azul’, que signa un color, un matiz. Hemos señalado que para Berkeley las sensaciones son simples señales o emanaciones de los objetos; señalemos ahora que la palabra ‘Azul’, para el clásico Borges, era un romanticismo, engañifa byroniana, triquiñuela de los Gracián. Quería don Jorge Luis que su arte fuese, como quería también su maestro Cansinos, marmóreo, zafiro. Tengo para mí que es posible ser marmóreos sin desazularnos, lucir linos purpúreos sin macularnos. Mostraré ejemplos. Rubén Darío, modernista, escribió: "Si seré siempre un gandul,/ lo cual aplaudo y celebro/ mientras sea mi cerebro/ jaula del pájaro azul"; nuestro grande Bécquer, romántico puro, esta rima escribió: "¿Qué es poesía?, dices mientras clavas/ en mi pupila tu pupila azul"; el bardo inglés Longfellow, cantor del aire, nos heredó lo transcrito: "Lancé una flecha al aire azul", y Cetina, galante, endecha enamorada fraguó: "Ojos claros, serenos,/ si de un dulce mirar sois alabados". Nótese que ningún cantaor pierde limpidez a causa del ‘Azul’, nótese cómo ganan viveza azulando, tiñendo de azur su aliento (la poesía, como el águila, "por un mundo de azur circundada se alza", sospechó Tennyson). 

Paso a glosar, actividad dignísima, exegética y necesaria, más siempre insuficiente. Para Darío, fauvista, el pájaro es azul porque el cielo es negro, como quería Borges; para Bécquer los ojos azules que se "clavan" son saetas azules que vuelan en el aire, siendo el aire o el vacío o la ausencia, para todo enamorado, una oscuridad, incertidumbre, urdimbre de la nada; para Longfellow el cielo era un blanco, cosa blanca nunca alcanzada por mano humana, y creyendo lo tal muéstrase griego, creedor del Hado, clásico; para Cetina, como para el Ortega y Gasset meditador del ‘Quijote’, los "ojos claros" son germánicos, clarividentes, filosóficos, airados ante el mundo substancioso, obscuro. El cielo azul, para el fauvista, jardín puede ser, ser verde; "te quiero verde", dijo un Lorca whitmaniano que veía en la hierba la "substancia verde de la esperanza"; "Naufraga en verde el paisaje", apunta un Bodet que nota cómo el azul del cielo es comido por verde horizonte o jardín horizontal; Rimbaud, en soneto de 1870, dice: "Estiré las dos piernas, feliz, bajo la mesa verde", esto es, cuéntanos la alegría vivida bajo la simbólica naturaleza humana; Cernuda, finalmente, imagina que el químico color de la tierra es verde, pues escribió: "y entre las hojas sueña,/ verde y sola, la tierra".  Tales caballeros, para etiquetar lo ‘Inefable’, atendían el color, envoltura de todo objeto, como razonaron los filósofos analíticos. 

Leyendo las Sagradas Escrituras entendemos que lo ‘Inefable’ puede ser el "ilimitado" nombre de Dios (Shakespeare, Dante o Cervantes son modos de Dios, creía Borges, lector de Spinoza, panteísta); analizando los tomos de Wittgenstein comprendemos que es mejor callar cuando nuestro lenguaje se aleja de los fenómenos; meditando a Simónides de Ceos conocemos que la pintura es poesía muda, ente ‘Inefable’, incapaz de "fablar"; escrutando los tetrálogos de Peirce, Morris, Roger Bacon o Escoto Erígena nos enseñamos que los símbolos sirven para mentir (‘verbus mentis’), como los silencios; revisando el libro ‘Inquisiciones’, de Borges, que manejó variopintas versiones de las Sagradas Escrituras (la de Ulfilas, la de Wycliffe, la de Cipriano, la de Jacobo), topámonos con "gracia artística asombrosa", con la del Garrick de Peza, con un Borges incrédulo de la palabra ‘Inefable’, símbolo del infinito leibniziano (infinito que para ser visible debe ser azul, no negro), de todo el "coro del cielo". Cierro mi negra meditación citando el Eclesiástico (capítulo 1, versículo 2): "¿Quién puede contar la arena de los mares, las gotas de la lluvia y los días de la eternidad?".