“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

28/1/14

Tomás Moro y la centralidad de la propiedad privada en la organización social | Apuntes sobre Utopía y las utopías

Ariel Mayo  |  Theodor Adorno (1903-1969) afirmó en alguna parte que el estudio de la sociología debe iniciarse por los clásicos (1). Esta aseveración puede considerarse correcta en líneas generales, sobre todo porque los clásicos nos permiten adoptar esa actitud de distanciamiento tan necesaria al momento de emprender el análisis de la sociedad. El tomar distancia de los fenómenos sociales no es un tributo al positivismo, sino un recaudo imprescindible para evitar los peligros de naturalizar las relaciones sociales. Corresponde aclarar que este distanciamiento no debe ser interpretado en el sentido de adoptar una actitud neutral sino que, por el contrario, puede ir de la mano con una fuerte toma de posición frente a lo que está sucediendo ante los ojos del investigador social.

La Utopía (2) de Tomás Moro (1478-1535) (3) encuadra perfectamente en la categoría de clásico. Es cierto que la sociología, en el sentido moderno del término, no existía en el siglo XVI. Pero una de las cualidades que determinan el carácter clásico de una obra consiste,
justamente, en la dificultad para ubicarla dentro de una disciplina o un campo de estudio determinado. Los clásicos desbordan los límites establecidos por el sentido común, las convenciones académicas y lo políticamente correcto. Esta es una de las razones que hacen que un clásico posea una actualidad permanente.

La Utopía no es un tratado sociológico; tampoco puede ser considerada como una obra precursora de la sociología. Ubicarla en esta categoría implicaría adoptar una visión lineal de la historia, según la cual las acciones de las personas tienen que ser ubicadas en un plan maestro conducente a un fin determinado (por ejemplo, la construcción de una sociología “científica”). Además, calificarla de obra precursora supone domesticar a Utopía, convertirla en algo familiar, que no sale de los límites del sentido común de nuestra sociedad. Equivaldría, en definitiva, a convertirla en una especie de antepasado de nuestros trabajos académicos; aburridos, porque ya se sabe desde el principio cuáles son sus límites; inofensivos, porque jamás cuestionan la distribución del poder en nuestra sociedad.

Utopía es, a la vez, una formidable y apasionada denuncia de la situación social en la Inglaterra de principios del siglo XVI, y un brillante intento de dar con las causas de esa situación. Todo ello con las categorías de pensamiento vigentes en la época. Moro es un hombre de su tiempo, pero es un hombre que contempla la realidad más allá de las apariencias o de lo que le vedado ver a su clase; es por eso que suena actual a pesar de la distancia temporal.

Utopía está estructurada en torno al encuentro entre Moro y un personaje imaginario, el navegante Rafael Hitlodeo, quien llegó a la isla de Utopía en uno de sus viajes por el continente americano. La obra consta de dos libros. En el primero, Moro entabla un diálogo con Hitlodeo. Moro, admirado por la sabiduría de Hitlodeo, pregunta a éste el porqué no ha puesto su saber al servicio de algún monarca; Hitlodeo, al responder, somete a una crítica implacable a la situación social en Inglaterra. En el Libro segundo, en cambio, Moro describe la sociedad de los utópicos (y, por contraste, continúa la crítica de la sociedad inglesa).

Es imposible abarcar todos los temas tratados en Utopía. Hay, no obstante, un hilo conductor que da sentido al conjunto de la obra. Es la crítica al proceso social desencadenado por la expulsión de los campesinos de sus tierras, a partir de la pretensión de los señores feudales de convertirlas en terrenos de pastoreo para las ovejas. Dicho proceso debe ser ubicado en el contexto más general de desarrollo de la producción mercantil y constituye un hito importante en la conversión de la aristocracia feudal en una burguesía ávida de ganancias.

Moro describe así la expulsión de los campesinos:
“Las ovejas. Estas plácidas criaturas que solían necesitar muy poca comida han desarrollado por lo visto un apetito incontenible y se han transformado en comedores de hombres. Campos, casas, ciudades, todo cae en sus gargantas. Para ser más claro, en aquellos lugares del reino donde la mejor lana se produce, y por esto la más cara, los nobles y caballeros, para no mencionar a algunos santos abades, han comenzado a sentirse insatisfechos con los ingresos que sus predecesores obtenían de sus dominios. Ya no están más contentos con llevar vidas ociosas y confortables que no hacen ningún bien a la sociedad, sino que deben causarle daño activamente reservando toda la tierra que puedan para pastura, dejando nada para el cultivo. Están derribando las viviendas y demoliendo pueblos enteros, excepto, por supuesto, las iglesias, las que conservan como establos para ovejas. Pareciéndoles poca la tierra desperdiciada en guaridas y cotos de caza, estas amables almas han comenzado a destruir todo rastro de vida humana y a convertir cada pedazo de tierra cultivable en un desierto.” (p. 69-70).
Moro registra aquí el cambio de comportamiento de muchos miembros de la nobleza, que pasaron a depender cada vez más de ingresos monetarios obtenidos de actividades mercantiles, tales como la venta de lana a la industria textil de Flandes. La mutación de esta parte de la nobleza inglesa generó, andando el tiempo, la primer burguesía moderna de la historia, caracterizada por una mixtura peculiar entre ideología aristocrática y burguesa. Moro no indaga las causas de esta mutación, pero toma nota de ella y, a la vez, lo hace sometiendo a la nobleza a una crítica implacable. Para Moro, la nobleza es una clase que perjudica al Estado, pues se comporta como un parásito que, en el mejor de los casos, vive de la sociedad pero no le hace “ningún bien”, y en el peor de los casos (de eso se trata aquí), le causan daño.

La acción de los nobles tiene un efecto directo sobre los campesinos:
“¿Qué es lo que ocurre entonces? Cada codicioso individuo abusa de su tierra natal como un tumor maligno, absorbiendo campo tras campo, rodeando miles de acres con una única cerca. El resultado es que cientos de campesinos quedan expulsados. Son engañados, despojados de su propiedad por la fuerza o sistemáticamente maltratados hasta que finalmente se ven obligados a vender. Cualquiera sea la manera en que se lo haga allá van las pobres criaturas, hombres y mujeres, esposos y esposas, viudas y huérfanos, madres con hijos pequeños, junto con todos sus empleados, cuyo gran número no es signo de riqueza sino de que sencillamente no se puede hacer trabajar un campo sin suficiente mano de obra. Deben partir de los hogares que conocen tan bien y no tienen ningún lugar adónde ir. Todo su mobiliario no vale gran cosa, aunque pudieran esperar una oferta adecuada. Pero no pueden, y así obtienen un mínimo precio. Durante el tiempo en que deambulan por un bocado este poco dinero se acaba, y entonces, ¿qué otra cosa pueden hacer más que robar y ser luego ahorcados? Obviamente también podrían convertirse en vagabundos y mendigos, pero aún así serían pasibles de ser arrestados por vagancia y encarcelados por haraganes aunque no haya en realidad nadie que les dé un trabajo no importa cuánto quieran tener uno.” (p. 70).
Moro presenta así el drama de los campesinos expulsados de sus tierras. Este proceso, iniciado a principios del siglo XVI, fue la primera manifestación de la expropiación de los productores, imprescindible para lograr la escisión entre el productor y los medios de producción, que es una de las condiciones necesarias para el desarrollo del capitalismo. Se trató, además, de una de las primeras expresiones de la migración secular desde la ciudad hacia el campo. Pero el caso descripto por Moro es especialmente terrible, pues los campesinos expulsados no encontraban trabajo en las ciudades, pues todavía no había comenzado el desarrollo de la manufactura en Inglaterra. En este punto, el texto de Moro alcanza el nivel de la denuncia, manifestando una enorme compasión por la suerte de los campesinos y una no menos enorme indignación por el comportamiento de la nobleza.
“El trabajo agrícola es lo que saben hacer [los campesinos], y donde no hay tierra arable no hay trabajo que pueda hacerse. Por otra parte, sólo es necesario un pastor de ovejas o de vacas para apacentar animales en un área que necesitaría muchos brazos para estar apta para la producción de cereales. Por la misma razón los cereales se han vuelto tan valorados en muchos distritos. El precio de la lana también ha aumentado excesivamente y los tejedores más pobres no pueden comprarla, lo cual implica más gente sin trabajo. (…) Y no importa cuántas ovejas pueda haber, los precios no disminuirán, ya que el mercado de ovinos es hoy, si no un estricto monopolio, lo cual implica un solo vendedor, cuanto menos un oligopolio. Quiero decir que está casi enteramente bajo el control de unos pocos hombres ricos, quienes no necesitan vender a menos que tengan ganas de hacerlo y nunca parecen tener ganas a menos que puedan obtener el precio que quieran. (…) Los hombres ricos de los que hablo nunca se han molestado en criar ovejas o vacas ellos mismos. Simplemente le compran a otros huesudos especímenes a bajo precio, los engordan en sus propias pasturas y los revenden con grandes ganancias. (…) Así, unos pocos avaros han convertido una de las ventajas naturales más grandes de Inglaterra en un desastre nacional, ya que es el elevado precio de los víveres lo que obliga a los empleadores a despedir a tantos de sus sirvientes, lo que inevitablemente significa transformarlos en mendigos o ladrones…” (p. 72).
La acumulación de riqueza en pocas manos y la generalización de la pobreza entre los campesinos aparecen ligadas en la descripción de Moro. En este marco, la delincuencia y la mendicidad son tratados como problemas sociales, no como fenómenos morales o que merecen una condenación moral. La conducta mercantil de la aristocracia feudal cierra los caminos para que los trabajadores (los campesinos expulsados de sus tierras) puedan ganarse la vida “honradamente”.  En un párrafo digno de una antología, Moro expresa lo siguiente:
“…no tienen derecho a jactarse de la justicia impartida a los ladrones porque es una justicia más aparente que real o socialmente deseable. Permiten que estas gentes crezcan de la peor manera posible y sistemáticamente corrompidos desde sus más tempranos años. Al final, cuando crecen y cometen los delitos que estaban obviamente destinados a cometer desde que eran niños, los castigan. En otras palabras, ¡crean ladrones y después les imponen una pena por robar! (p. 73; el resaltado es mío).
Esta forma de tratar la delincuencia, poniéndola en el contexto de una totalidad (la sociedad inglesa) que se encuentra en proceso de transformación a partir de la modificación de la conducta económica de una parte de su elite (los nobles que cercan sus tierras), puede ser considerada como un modelo de análisis social. Es una de las tantas razones que hacen de Utopía un clásico. No creo necesario argumentar acerca de la actualidad que posee esta manera de encarar la cuestión.

El significado de la obra ha quedado ligado a la acepción actual del término utopía, asociado a un modelo de sociedad irrealizable e inalcanzable, útil para efectuar una crítica sentimental de la sociedad existente, pero completamente inoperante al momento de proponer una alternativa a lo existente. No obstante, la Utopía no cuadra con el significado habitual del término. Moro no se queda en el plano de la mera denuncia, sino que también plantea soluciones al problema de la expulsión de los campesinos.

En Utopía encontramos dos tipos de respuestas al problema. Una de ellas, a la que podríamos denominar como enfoque estatal (o reformista, si se me permite el anacronismo) del problema, porque lo aborda desde la óptica del gobierno y de las soluciones posibles dentro del ámbito de éste, es presentada así por Moro:
“Hagan una ley para que cualquiera que sea responsable por la destrucción de una granja o aldea deba reconstruirla él mismo o de lo contrario cederla a alguien que desee hacerlo. Eviten que los ricos acaparen los mercados y establezcan virtuales monopolios. Reduzcan la cantidad de gente que es mantenida sin trabajar. Revivan la agricultura y la industria de la lana para que haya suficiente trabajo honesto y útil para el gran ejército de desempleados, dentro del cual incluyo no sólo a los actuales ladrones, sino a los servidores vagos y ociosos que están prontos a convertirse en ladrones.” (p. 72-73).
Pero Moro es radicalmente escéptico respecto a la capacidad del Estado inglés (y de las monarquías europeas en general) para dar respuesta satisfactoria al problema. A este respecto, las contestaciones de Hitlodeo a los argumentos de Moro acerca de la conveniencia de poner la sabiduría al servicio de la monarquía, expresan la desconfianza irreductible del autor sobre las intenciones de los reyes y las cortes.
 “Con respecto al método de trabajo «indirecto» del que hablabas [Hitlodeo responde así a Moro, con quien estaba dialogando] (4) y con el cual habría de intentar que si las cosas no pueden convertirse en buenas, al menos lleguen a ser lo menos malas posibles, no entiendo qué significa. En la corte no puede uno guardar sus opiniones para sí o meramente consentir los delitos que otros cometen. Debes apoyar abiertamente políticas deplorables y suscribir resoluciones igualmente monstruosas. Mostrar el necesario entusiasmo hacia una ley execrable, de lo contrario ser catalogado como un espía o hasta un traidor. Además, ¿qué oportunidad habría para hacer algo bien trabajando con semejantes colegas? Nunca podrás reformarlos y es mucho más probable que ellos te corrompan, no importa qué personaje admirable seas. Asociándote con ellos perderías tu integridad o se la usaría para cubrir su maldad y su estupidez. ¡Estos serían los resultados de tu método indirecto!
Hay una bellísima imagen en Platón que explica por qué una  persona sensible se aleja de la política: ve a la gente apurada en las calles empapándose bajo la lluvia. No puede persuadirla para que entren y se pongan a resguardo. Sabe que si saliera se mojaría igual. Permanece por lo tanto adentro y no pudiendo hacer nada contra la necedad ajena se conforma a sí mismo con el pensamiento: «Bueno, por lo menos yo estoy a cubierto».” (p. 93-94).
La segunda respuesta de Moro implica un salto respecto a la forma habitual de resolver los problemas sociales: para eliminar la pobreza y la delincuencia es preciso abolir la propiedad privada.

En palabras de Moro:
No creo que se pueda obtener verdadera justicia o prosperidad mientras exista la propiedad privada y todo sea juzgado en términos de dinero, a menos que consideres justo que la peor especie de personas tengan las mejores condiciones de vida o puedas denominar próspero a un país en el que toda la riqueza es propiedad de una pequeñísima minoría de personas, las que aun así no son del todo felices, mientras el resto es sencillamente miserable.” (p. 94; el resaltado es mío).
O, en el mismo sentido:
“En otras palabras, estoy convencido de que jamás obtendrán una justa distribución de los bienes o una organización satisfactoria de la vida humana hasta que no sea abolida la propiedad privada en su conjunto. Mientras exista, la gran mayoría de la raza humana, y su mejor parte, seguirá trabajando bajo el peso de la pobreza, la fatiga y las preocupaciones. No digo que este peso no pueda ser aligerado, pero nunca lo sacarán del todo de encima de sus espaldas. Podrán, sin duda, fijar un límite legal a la cantidad de dinero o tierras que un individuo pueda poseer. Podrán mediante una adecuada legislación mantener un equilibrio de poder entre el rey y sus súbditos; declarar ilegal comprar o tan sólo solicitar un cargo público e innecesarios para un funcionario los gastos de representación, evitándose así que luego trate de recuperar sus expendios por medio del fraude y la extorsión – de lo contrario es la riqueza y no la competencia lo que se vuele condición esencial en estos puesto -.
Por cierto que leyes de este tipo pueden aliviar los síntomas, así como un enfermo crónico obtiene alivio con la atención médica constante. Pero no hay esperanza de curación si permanece la propiedad privada.” (p. 95; el resaltado es mío).
En el contexto de la economía mercantil en desarrollo, la única salida posible a la crisis era, según Moro, la abolición de la propiedad privada. Es cierto que no se trataba de una solución novedosa. Platón, cuyo nombre aparece varias veces en la obra, había propuesto la abolición de la propiedad privada entre los gobernantes filósofos, argumentando que de este modo ninguno de ellos antepondría sus intereses particulares a los intereses de la comunidad.

Como quiera que sea, el enfoque adoptado por Moro es mucho más radical que el de sus predecesores. La propiedad privada no es condenada en términos morales, sino que aparece articulada a una determinada forma de organización social, la cual genera pobreza y delincuencia. Moro percibe que propiedad privada está asociada inevitablemente a una forma determinada de organizar el trabajo. Por tanto, abolición de la propiedad privada y reorganización del proceso productivo son medidas que van de la mano. La sociedad no es, pues, un conjunto de instituciones separadas entre sí, sino que se encuentra estructurada en torno a la propiedad privada y el trabajo.

La descripción de las instituciones sociales de los utópicos, en el Libro Segundo, cumple la función de presentar una forma de organización social alternativa a la existente en la Inglaterra de la época. El énfasis está puesto en la abolición de la propiedad privada y en la consiguiente obligación de trabajar para todo el mundo.
“Veamos cómo son sus condiciones de trabajo. Hay un trabajo que todos hacen, sin tomar en cuenta su sexo: es la agricultura. Es parte de la educación de cada niño. Aprenden los principios de la agricultura en la escuela pero regularmente son llevados al campo cerca de la ciudad. Allí no sólo observan cómo se trabaja, sino que ellos mismos realizan algunas tareas como parte de su entrenamiento.
Además de la agricultura que, como dije, es parte del trabajo de todos, cada persona aprende un oficio propio. Puede enseñársele a procesar la lana o el lino, a ser un herrero, un albañil o un carpintero. Éstos son los únicos oficios que tienen una gran demanda. No hay sastres ni modistas; todos en la isla usan el mismo tipo de ropa con pequeñas variantes de acuerdo con su sexo y estado civil, y la moda nunca cambia. (…) De manera tal que todos aprenden alguno de los oficios que nombré, y cuando digo todos, me refiero a hombres y mujeres por igual, sólo que al sexo débil se le asignan los trabajos más livianos, como la hilandería y el tejido, mientras que los hombres realizan los más pesados.” (p. 113).
La pobreza no existe en Utopía porque todos trabajan. Moro llega a la comprensión de que los problemas sociales tienen su origen en la deficiente organización del trabajo, motivada, a su vez, por la propiedad privada. En otra pasaje de antología, Moro compara la situación en Utopía con la de Inglaterra:
“Desde el momento en que trabajan seis horas por día se puede pensar que existe escasez de bienes esenciales, y no es así. Esas seis horas son suficientes y más que suficientes para producir todo lo necesario para una vida confortable. Entenderán por qué es así si tienen en cuenta la gran proporción de la población que en otros países está desocupada. En principio, prácticamente todas las mujeres, lo que representa desde el vamos un cincuenta por ciento de la población, y en países donde las mujeres sí trabajan, los hombres en cambio haraganean el día entero. Están además todos los sacerdotes y los miembros de las así llamadas órdenes religiosas: ¿cuál es el trabajo que hacen? Agreguen a éstos los ricos, en especial los hacendados, conocidos popularmente como nobles y señores. Incluyan a sus servidores domésticos – me refiero a esas bandas de rufianes armados que mencioné anteriormente -. Para finalizar completemos la lista con todos los mendigos saludables y vigorosos que se hacen los enfermos para excusarse por ser vagos. Una vez que los hayan contado a todos estarán sorprendidos de ver cuán poca gente produce lo que consume la raza humana.
Ahora consideremos cuántas de estas personas se dedican a oficios esenciales: no son muchas. Donde todo se mide por dinero es inevitable que existan docenas de profesiones y oficios innecesarios meramente destinados a proporcionar bienes suntuarios o diversión. Porque aunque la mano de obra existente fuera distribuida entre los pocos oficios realmente necesarios para hacer la vida lo suficientemente confortable, habría sobreproducción y los precios caerían hasta tal punto que los artesanos no podrían sustentar su vida. En cambio, si toda esa chusma abocada a oficios sin importancia y todos los demasiado vagos como para trabajar, cada uno de los cuales consume el doble de lo producido por el trabajo de un obrero, fueran puestos en su totalidad a hacer algo útil, pronto verían que pocas horas de trabajo diario son suficientes para proporcionar todas las necesidades y comodidades de la vida; a las que podríamos agregar todas las formas reales y naturales del placer.” (p. 115-116).
Como puede verse, la diferencia entre Inglaterra y Utopía radica en la organización del trabajo. Lejos de hacer honor al significado que hoy le damos al término, Utopía aborda de un modo concreto el problema de la pobreza y la desigualdad. Todo se explica a partir de la existencia o no de la propiedad privada. Si ésta no existe, es posible organizar el trabajo de un modo tal que todos puedan gozar de la vida.
“Como todos se ocupan de un oficio útil y éste a su vez se ve reducido a lo mínimo indispensable, tienen tantas reservas de todo que de tanto en tanto pueden liberar una gran fuerza de trabajo para arreglar caminos en malas condiciones, y, a menudo, si hay algún requerimiento de este tipo, las autoridades anuncian un día de trabajo más corto. Nunca fuerzan a la gente a trabajar más de lo necesario, ya que el objetivo principal de su economía es otorgar a cada persona tanto tiempo libre del trabajo físico fatigoso como lo permitan las necesidades de la comunidad; podrá así cultivar su mente, lo cual es considerado como el secreto de una vida feliz.” (p. 118-119).
El tema de la propiedad privada es un tópico habitual de la filosofía político, desde Platón en adelante. Lo novedoso del enfoque de Moro es la relación entre propiedad privada y organización del proceso de trabajo. LaUtopía se convierte así en una indagación realista del proceso social en su conjunto.  

Notas

(1) Adorno dice lo siguiente: “…soy de la opinión de que el estudio de los textos centrales del pasado constituye una parte integral del estudio de la sociología. La razón de esto (…) es que muchos de los problemas y momentos de la formación de teorías de los que uno se informa a través de la historia dogmática no están (…) superados. Por el contrario, a través de la creciente tecnificación de las ciencias sociales se han convertido, cada vez más en técnicas a las que se les asignan tareas específicas dentro de la sociedad existente, se pasan por alto, se olvidan cuestionamientos centrales, que sólo pueden encontrarse en los textos sociológicos del pasado, desde Platón y la izquierda socrática hasta, digamos, los pensadores de la generación pasada, como Pareto, Durkheim, Max Weber o Simmel. Especialmente, creo que sólo se puede captar el concepto de totalidad social (…) si se capta en tales viejos textos (entre los cuales, por supuesto, El capital de Marx cumple un papel sobresaliente) de qué modo se ha llegado concretamente en estos intentos a la categoría de totalidad. (…) a pesar de todo lo que pueda objetársele o que pueda ser problemático, es posible reconocer y aprender en la historia dogmática problemas que en la sociología altamente tecnificada y racionalizada de hoy se han perdido.” (Adorno, Theodor, Introducción a la sociología, Madrid, Editora Nacional, 2002, págs. 128-129).
(2) Moro escribió el texto original en latín y en ese idioma apareció la primera edición, publicada en 1516 en Lovaina. Posteriormente vieron la luz las ediciones de París (1517) y de Basilea (1518; edición considerada definitiva). Para la redacción de este ensayo me serví de la traducción española de María Guillermina Nicolini: Moro, Tomás. (2007). Utopía. Buenos Aires: Losada. Salvo indicación en contrario, a esta edición pertenecen todas las citas realizadas.
(3) En rigor, y para respetar la grafía inglesa, debería escribir Thomas More. Sin embargo, y puesto que la inmensa mayoría de los lectores son de lengua castellana, he preferido adoptar la forma española del nombre del autor.
(4) Moro describe el método del trabajo “indirecto” en la corte: “Si no puedes erradicar ideas erróneas o manejar vicios arraigados con la eficacia que te gustaría, no es razón para darle la espalda a la vida pública en su conjunto. No abandonarías un barco en una tormenta sólo porque no puedes controlar los vientos. Por otra parte, no tiene sentido tratar de introducir ideas enteramente nuevas, las cuales obviamente no tendrán peso alguno en las personas que tienen prejuicios en contra. Debes trabajar de forma indirecta. Manejar todo con el mayor tacto de que seas capaz, y aquello que no puede corregir, tratar de que esté lo menos equivocado posible. No serán perfectas las cosas hasta que el hombre sea perfecto y no espero que lo sea hasta dentro de algunos años.” (p. 91-92). En estos pasajes, Moro parece hacer un balance, pesimista por cierto, de su actuación como alto funcionario del rey Enrique VIII. A través de Hitlodeo, critica ácidamente las razones con las que podía justificar esa actuación.