“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación” — Bertrand Russell

24/1/15

Más sobre Cinema Paradiso – 1988

“Si quieres un amigo, ¡domestícame!… Hay que ser paciente. Te sentarás al principio un poco lejos de mí… Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malos entendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca… Los ritos son necesarios”  Antoine de Saint-Exupéry
Jesús Dapena Botero 
Definitivamente Cinema Paradiso es cine de verdad. Yo la pondría dentro de las diez mejores películas que he visto a lo largo de mi vida. Es cine de veras pues si tratáramos de hacer un resumen del argumento nos resultaría una frase simplona: Remembranzas de infancia y juventud de un director de cine; pues la película es una cinta que, para comprenderla hay que mirarla una y mil veces, una experiencia que nunca resultará fatigante, ya que es todo un placer verla para introducirnos en el mundo de Giancaldo, una aldea humilde, de gentes sencillas, evocadora del Anacapri de Axel Munthe en su Historia de San Michele, que hace de la película casi un documento fílmico y humano, con una extraordinaria simplicidad, que la hace casi el atributo de un genio, quien logra realizar una obra maestra, un poco, también, a la manera de la filmografía de Ermanno Olmi con su sensibilidad hacia la gente humilde, con su enorme empatía por el mundo campesino, que le permite hacer una descripción muy respetuosa de los valores de esa gente del pueblo, así la película no esté articulada por grandes peripecias y más bien sea un canto a la sobriedad, llena de lirismo, de una manera sublime, de una aldea, que ocupa en la historia, una zona transicional entre la tradición y el progreso, donde lo más avanzado es la sala de cine, con sus historias excitantes, épicas, cómicas o melodramáticas, que aúnan a toda la comunidad.

Vemos allí el cine más como arte de colectividades, que de masas; esas gentes humildes saben apreciar el sentimiento que el cinematógrafo sabe comunicarles; algunos hasta se repiten de memoria los diálogos de las películas, que ven, mientras otros satisfacen sus urgencias de varones adolescentes, ante la imagen de una mujer desnuda, cuando el teatro ha perdido el control de la censura del cura párroco, un hombre también bastante sensible, que puede llevar el ritmo de las películas hasta que emerge ese tabú de la sexualidad, que ha caracterizado al mundo católico. Pero es en esa sala de cine, también se entretejerá la historia de un vínculo muy particular, ese que entrelaza la vida del operador, Alfredo, con un niño quien, a través de la relación con él, podrá hacer del cine mismo una vocación, a pesar de que tenga en un principio que enfrentarse con la hosquedad primaria del viejo de la cabina, ese lugar mágico, guardado por dos leones, el que sirve de canal a la luz, que brota de un arco voltaico, cargada de imágenes, que en la fantasía de Salvatore, llega a rugir como si fuera el propio león de la Metro y el mismo Alfredo, un gruñón de primera clase, que nos irá enamorando, a lo largo de la película, con su inmensa ternura, con su bondad y con esa capacidad de ocupar el lugar de un padre, sin destituir al verdadero progenitor de Salvatore, al que cariñosamente se le dice Totó, el mismo nombre del famoso cómico del cine italiano.

Pero Alfredo, quien llega a amar a Salvatore, como al hijo que nunca tuvo, no sabe de egoísmos; profundamente agradecido con ese rapaz, que le ha salvado la vida, espera que el niño tenga un futuro distinto al que él ha tenido; es por eso, que le dice que se marche de ese pueblo maldito, que podría llegar a hacer que el niño repitiera la vida de un hombre, que sabe demasiado de ella, porque la ha visto en el cine, aunque es plenamente consciente de que la vida real es mucho más difícil que la que aparece en las pantallas, ya que él mismo no se ha quedado en el mundo imaginario, que las cintas ofrecen, sino que sabe de todo lo que falta allí, en la pintoresca Giancaldo.

Es por eso que cuando el muchacho vuelve a visitarlo después de haber estado en el continente, le dice que no quiere oírlo más, sino oír hablar de él, un acto de suprema generosidad, que recuerda a ese otro hermoso viejo del cuento de Unamuno, El cruce de caminos, ya que es exactamente lo mismo, lo que ocurre en ambas narraciones, la de Tornatore y la del rector de Salamanca: la vida hace que se crucen dos seres, uno cargado de futuro y el otro cargado de experiencia, que creen un vínculo, que se domestiquen, con toda la responsabilidad, que implica ese acto, pero que saben desprenderse para brindar al ser más nuevo, las mayores posibilidades vitales.

Es por eso que el ya maduro Salvatore vuelve a dar el último adiós a su querido maestro, un hombre sencillo, sin otras erudiciones, que las que le ha dado el ver y rever películas, encerrado en una cabina, fría en el invierno y terriblemente caldeada en el verano, que desaparecerá en ese fin de semana, ya que la gente de un pueblo mucho más civilizado no ha vuelto a la sala de cine para ver televisión y videos en la soledad de sus casas.

Y asistimos a la presencia de un sentimiento contenido, en el adulto Salvatore; pero, no por ello menos doloroso, ya que es duro ver partir a quien tanto nos ha enseñado y el legado no puede ser más erótico, en el más pleno sentido de la palabra, ya que la herencia que queda es todo un pot-pourri amoroso, el de los besos censurados por el cura, que nos llevará a una feliz convergencia cuando la palabra fine cancela no sólo el espectáculo heredado por Salvatore, sino que cancela el nuestro propio, mientras nos deja cargados de nostalgia.

Sobraría decir que la que la película es un prolongado flashback autobiográfico de la vida del mismo Tornatore; así sea cierto, yo preferiría pensar que, más bien, es una forma de recuperar para siempre la bondadosa figura de Alfredo, quien le ha transmitido y sostenido una pasión a un niño, que no lo olvida y que lo recordará siempre y hace que todos los recordemos, como si fuéramos habitantes de Giancaldo, para hacer de Alfredo, un ser inmortal, ya que no finiquitará su existencia con la muerte de Totó, sino que quedará para siempre en el recuerdo de todos, y nadie muere hasta que no muera el último que lo recuerde.

Director: Giuseppe Tornatore
Producción: Franco Cristaldi, Giovanna Romagnoli
Protagonistas:   Philippe Noiret como Alfredo
                            Salvatore Cascio como Totó de niño
                            Marco Leonardi como el joven Totó
                            Jacques Perrin como Salvatore adulto
                            Antonella Attili como madre joven
                            Agnesa Nano como Elena Mendola
                            Puppela Maggio como madre vieja
                            Leopoldo Trieste como Padre Adelfio
                            Nicola Di Pinto como el loco del pueblo
                            Leo Gullotta como el ujier
Guión: Giuseppe Tornatore, Vanna Paoli
Fotografía: Blasco Giurato
Escenografía: Andrea Crisanti
Vestuario: Beatrice Bordone
Música: Ennio Morricone
Productora: Laurenfilm, S.A.
Duración: 123 minutos
Color: Color