Jorge Beinstein / En Argentina empieza a conformarse un
régimen autoritario con apariencia constitucional, convergencia mafiosa de
camarillas empresarias, judiciales y mediáticas monitoreada por el aparato de
inteligencia de los Estados Unidos, pero lo que demuestran los primeros meses
del proceso es que la tentativa tropieza con numerosas dificultades que
amenazan convertirla en una gigantesca crisis de gobernabilidad. El contexto de
su desarrollo es una recesión económica que se va profundizando en marcha hacia
la depresión, es decir un funcionamiento económico de baja intensidad, con
altas tasas de desocupación, salarios reales muy reducidos y baratos en
dólares.
No se trata del retorno del viejo neoliberalismo de los años
1990 ni mucho menos de una imitación del régimen oligárquico de fines del siglo
XIX, sino de la tentativa de instauración de un sistema mafioso, parasitando
sobre una población desarticulada, albergando grandes espacios de marginalidad
y superexplotación laboral, realizando un saqueo sin precedentes de recursos
naturales. En esa dirección se van imponiendo los instrumentos esenciales del
régimen dictatorial: control completo de los medios de comunicación,
reconversión integral del sistema de seguridad como apéndice del de los Estados
Unidos1, implantación de mecanismos de
destrucción económica y social a gran escala, despliegues mediático-judiciales
tendientes a extirpar a las oposiciones que no se subordinen al nuevo régimen.












